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	<title>Otro mundo está en marcha &#187; Autor invitado: Ignacio Santos</title>
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		<title>¿Ficción? climática</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2015 09:55:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Ignacio Santos]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[En los inicios de este siglo XXI, Rubén Bertomeu conduce por las calles de una pequeña ciudad del Levante español. Hace mucho calor. En la radio comentan algo sobre  el cambio climático pero “a quién le importa”, piensa mientras vive pasando de un ambiente climatizado a otro. Del calor habla en estos momentos la emisora local (…) Hay que remontarse a los años cincuenta para encontrar una sucesión de días con temperaturas tan elevadas. Se trata de la segunda ola de calor del verano(…) A ti, todo esto ya te da igual, Matías, y a mi me aburre la cháchara(…) Porque ahora me paso la vida huyendo del sol, del calor, metido en una malla nodal de cápsulas climatizadas: la oficina, el coche, los restaurantes y cafeterías, la casa de la ladera del Montbroch herméticamente cerrada y refrigerada durante la mayor parte del día(…)  También en nuestros días, los ganaderos y agricultores de una comunidad pobre y vulnerable de Tennessee  contemplan preocupados como no para de llover. En su comarca, de repente aparecen, desorientadas en su migración,  millones de mariposas monarca. El campo adyacente, el huerto que laboriosamente habían plantado los vecinos el año anterior se estaba muriendo bajo la lluvia(…) Habían perdido la siega del final del verano porque para segar hacían falta tres días consecutivos sin lluvia(…)… Con tanto llover sobre mojado, en todo el condado estaba pasando lo mismo… toda una ladera de bosque añoso se había desmoronado a la vez, provocando un alud de troncos astillados, rocas y fango(…) Y mientras Rubén Bertomeu se oculta del calor y los vecinos de esos montes y valles de Tennessee contemplan sus pastizales anegados, un Premio Nobel de Física, el inglés Michael Beard, ofrece en Londres un discurso sobre la energía solar, en la línea de lo que se denomina  desarrollo verde, ante un selecto grupo de inversores. Sin embargo, como puede comprobar, el dinero es todavía muy conservador. Supo que horas antes un analista del petróleo había convencido a la sala de que, incluidas las arenas de alquitrán y las perforaciones de fondos marinos muy profundos, las reservas conocidas durarían cinco décadas(…) ¿por qué íbamos a arriesgar el dinero de nuestros clientes en formas energéticas no comprobadas y discontinuas?(…) En 2032, cuando el senador Joe Benton gana las elecciones presidenciales norteamericanas, la reubicación de algunos millones de sus conciudadanos se ha incorporado a las campañas  electorales como un elemento prioritario más, como la educación y la salud. Los acuerdos sobre cambio climático en el marco de las Naciones Unidas se hayan estancados. El nuevo Presidente se encuentra con datos, no hechos públicos, que muestran una situación peor de lo esperado (hay que reubicar a cinco veces más personas de lo que pensaban). El plan de reubicación que llevé al Congreso contemplaba el abandono de la mayor parte de la costa del Golfo, zonas del sur de Florida, el área de la Bahía de Chesapeake, zonas del área de la bahía de San Francisco y algunos sectores de Nueva York y otras ciudades costeras(…) Hacia finales del XXI, las zonas centrales de  España se han convertido en territorios semidesérticos. Como escribe Cruz, un alto funcionario del Gobierno, en un discurso que prepara: En nuestro país el clima se ha hecho extremo, sin duda, pero lo peor ha sido la caída constante de los índices de pluviometría. En el año 2000 la gente contaba aún con periodos de sequía y regímenes más o menos normales: Hoy, esa lluvia continuada es una rareza(…). Ya entrados en el siglo XXII, los efectos del cambio climático (subidas del nivel del mar e intensificación de  fenómenos meteorológicos extremos) han  devorado, definitivamente, diferentes ciudades costeras del planeta,  pero Bangkok, pese a su topografía, resiste gracias a que las bombas de carbón, los diques y la confianza ciega que profesan al visionario liderazgo de la dinastía Chakri les han ayudado a mantener a raya hasta la fecha lo que ya ha devorado Nueva York y Rangún, Bombay y Nueva Orleans(…) Como señalaba en mi anterior entrada, “Narrativas y límites planetarios”,  cada vez se encuentran más referencias, dentro de la novela, que reflejan los conflictos ambientales y, recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción: la “ficción climática” (CliFi en inglés). Sin embargo, tiene poco de ficción el calor que muestra Rafael Chirbes en Crematorio (2007), la obra que protagoniza Rubén Bertomeu (calor que estamos experimentando en España y en el mundo en este año 2015); y tampoco parece ficción  lo que sucede, esas pautas en las precipitaciones que cambian, en esas comunidades rurales de Tennessee descritas por Barbara Kingsolver en Conducta migratoria (2012), novela que algunos califican como la mejor que se ha escrito sobre el cambio climático hasta el momento; igualmente, es muy real la actitud conservadora de los inversores que transmite Ian McEwan en Solar (2010). A la vista de los resultados de la Cumbre del clima celebrada en Paris (un milagro si lo comparamos con lo que podría haber sido y un desastre si lo comparamos con que debería haber sido escribía George Monbiot en su columna de The Guardian),  lo sucedido con las negociaciones de los últimos años y  lo que suceda en los próximos podría ajustarse a lo que anticipaba Mathew Glass en Ultimatum (2009). Y parece que van a ser reales los millones de  reubicados (desplazados) climáticos  que sugiere el mismo autor. A todas esas ciudades parcialmente inundadas, que enuncia Roberto Bacigalupi en La chica mecánica (2009 ), se refiere un reciente informe sobre los potenciales afectados por los efectos en la subida del nivel del mar en las ciudades costeras del planeta (si solo subiera 2ºC la temperatura sobre los niveles preindustriales, se baraja una cifra de entre 130 y 458 millones de personas). El clima de nuestro país, sin duda, se hace cada vez más extremo, de manera que el futuro que adelanta José Ardillo en El salario del gigante (2011) resulta probable. Pese a lo acordado en París (las valoraciones, como siempre, abarcan un amplio espectro), los compromisos de reducción de emisiones presentados voluntariamente por los países ante Naciones Unidas nos conducen, si es que se cumplen, a un escenario de entre casi  tres grados y  tres grados y pico, (muy alejado de esos 2ºC o 1,5ºC recogidos en el texto final). Así que cabe preguntarse: ¿Cuánto tiene de ficción la ya denominada “ficción climática”? Y, lo que es más importante, y a la vista de las dificultades y la lentitud para tomar medidas eficaces contra el cambio climático: ¿Puede la narrativa ayudarnos a sensibilizar y  comunicar mejor para alentar a un cambio más rápido? ¿Cala más profundamente, entre los ciudadanos de a pie, una buena novela que, por ejemplo, los informes  del Panel Internacional sobre Cambio Climático? En un debate sobre la ficción climática que promovió el año pasado el New York Times, Heidi Cullen, jefa científica de Climate Central y profesora visitante en la Universidad de Princeton, escribía: Como científica climática, soy extremadamente consciente de que los hechos no son suficientes para alcanzar a la mayoría de la población cuando se trata del cambio climático. El  modelo del déficit de comunicación de la Ciencia –  solo si comprendes los hechos, entonces entenderás que el cambio climático es una amenaza urgente- no funciona a la hora de hacer a gente actuar. Para muchos, el cambio climático es algo distante, tanto en el tiempo como en el espacio. Entonces, es ahí donde la narrativa aparece… Nota: Casi todas las novelas mencionadas han pasado este año por el Ecoclub de lectura. https://ecoclubdelectura.wordpress.com/ https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En los inicios de este siglo XXI, Rubén Bertomeu conduce por las calles de una pequeña ciudad del Levante español. Hace mucho calor. En la radio comentan algo sobre  el cambio climático pero “a quién le importa”, piensa mientras vive pasando de un ambiente climatizado a otro.</p>
<p><em>Del calor habla en estos momentos la emisora local (…) Hay que remontarse a los años cincuenta para encontrar una sucesión de días con temperaturas tan elevadas. Se trata de la segunda ola de calor del verano(…) A ti, todo esto ya te da igual, Matías, y a mi me aburre la cháchara(…)</em></p>
<p><em>Porque ahora me paso la vida huyendo del sol, del calor, metido en una malla nodal de cápsulas climatizadas: la oficina, el coche, los restaurantes y cafeterías, la casa de la ladera del Montbroch herméticamente cerrada y refrigerada durante la mayor parte del día(…)</em></p>
<p><em> </em>También en nuestros días, los ganaderos y agricultores de una comunidad pobre y vulnerable de Tennessee  contemplan preocupados como no para de llover. En su comarca, de repente aparecen, desorientadas en su migración,  millones de mariposas monarca.</p>
<p><em>El campo adyacente, el huerto que laboriosamente habían plantado los vecinos el año anterior se estaba muriendo bajo la lluvia(…)</em></p>
<p><em>Habían perdido la siega del final del verano porque para segar hacían falta tres días consecutivos sin lluvia(…)…</em></p>
<p><em>Con tanto llover sobre mojado, en todo el condado estaba pasando lo mismo… toda una ladera de bosque añoso se había desmoronado a la vez, provocando un alud de troncos astillados, rocas y fango(…)</em></p>
<p>Y mientras Rubén Bertomeu se oculta del calor y los vecinos de esos montes y valles de Tennessee contemplan sus pastizales anegados, un Premio Nobel de Física, el inglés Michael Beard, ofrece en Londres un discurso sobre la energía solar, en la línea de lo que se denomina  desarrollo verde, ante un selecto grupo de inversores. Sin embargo, como puede comprobar, el dinero es todavía muy conservador.</p>
<p><em>Supo que horas antes un analista del petróleo había convencido a la sala de que, incluidas las arenas de alquitrán y las perforaciones de fondos marinos muy profundos, las reservas conocidas durarían cinco décadas(…) ¿por qué íbamos a arriesgar el dinero de nuestros clientes en formas energéticas no comprobadas y discontinuas?(…)</em></p>
<p>En 2032, cuando el senador Joe Benton gana las elecciones presidenciales norteamericanas, la reubicación de algunos millones de sus conciudadanos se ha incorporado a las campañas  electorales como un elemento prioritario más, como la educación y la salud. Los acuerdos sobre cambio climático en el marco de las Naciones Unidas se hayan estancados. El nuevo Presidente se encuentra con datos, no hechos públicos, que muestran una situación peor de lo esperado (hay que reubicar a cinco veces más personas de lo que pensaban).</p>
<p><em>El plan de reubicación que llevé al Congreso contemplaba el abandono de la mayor parte de la costa del Golfo, zonas del sur de Florida, el área de la Bahía de Chesapeake, zonas del área de la bahía de San Francisco y algunos sectores de Nueva York y otras ciudades costeras(…)</em></p>
<p>Hacia finales del XXI, las zonas centrales de  España se han convertido en territorios semidesérticos. Como escribe Cruz, un alto funcionario del Gobierno, en un discurso que prepara:<em> En nuestro país el clima se ha hecho extremo, sin duda, pero lo peor ha sido la caída constante de los índices de pluviometría. En el año 2000 la gente contaba aún con periodos de sequía y regímenes más o menos normales: Hoy, esa lluvia continuada es una rareza(…). </em></p>
<p>Ya entrados en el siglo XXII, los efectos del cambio climático (subidas del nivel del mar e intensificación de  fenómenos meteorológicos extremos) han  devorado, definitivamente, diferentes ciudades costeras del planeta,  pero Bangkok, pese a su topografía, resiste gracias a que <em>las bombas de carbón, los diques y la confianza ciega que profesan al visionario liderazgo de la dinastía Chakri les han ayudado a mantener a raya hasta la fecha lo que ya ha devorado Nueva York y Rangún, Bombay y Nueva Orleans(…)</em></p>
<p>Como señalaba en mi anterior entrada, <a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/10/07/narrativas-y-limites-planetarios/">“Narrativas y límites planetarios”,</a>  cada vez se encuentran más referencias, dentro de la novela, que reflejan los conflictos ambientales y, recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción: la “ficción climática” (CliFi en inglés).</p>
<p>Sin embargo, tiene poco de ficción el calor que muestra Rafael Chirbes en <u>Crematorio</u> (2007), la obra que protagoniza Rubén Bertomeu (calor que estamos experimentando en España y en el mundo en este año 2015); y tampoco parece ficción  lo que sucede, esas pautas en las precipitaciones que cambian, en esas comunidades rurales de Tennessee descritas por Barbara Kingsolver en <u>Conducta migratoria</u> (2012), novela que algunos califican como la mejor que se ha escrito sobre el cambio climático hasta el momento; igualmente, es muy real la actitud conservadora de los inversores que transmite Ian McEwan en <u>Solar</u> (2010).</p>
<p>A la vista de los resultados de la Cumbre del clima celebrada en Paris (<em>un milagro si lo comparamos con lo que podría haber sido y un desastre si lo comparamos con que debería haber sido </em>escribía George Monbiot en su columna de The Guardian),  lo sucedido con las negociaciones de los últimos años y  lo que suceda en los próximos podría ajustarse a lo que anticipaba Mathew Glass en <u>Ultimatum</u> (2009). Y parece que van a ser reales los millones de  reubicados (desplazados) climáticos  que sugiere el mismo autor. A todas esas ciudades parcialmente inundadas, que enuncia Roberto Bacigalupi en <u>La chica mecánica </u>(2009 ), se refiere un reciente informe sobre los potenciales afectados por los efectos en la subida del nivel del mar en las ciudades costeras del planeta (si solo subiera 2ºC la temperatura sobre los niveles preindustriales, se baraja una cifra de entre 130 y 458 millones de personas). El clima de nuestro país, sin duda, se hace cada vez más extremo, de manera que el futuro que adelanta José Ardillo en <u>El salario del gigante</u> (2011) resulta probable.</p>
<p>Pese a lo acordado en París (las valoraciones, como siempre, abarcan un amplio espectro), los compromisos de reducción de emisiones presentados voluntariamente por los países ante Naciones Unidas nos conducen, si es que se cumplen, a un escenario de entre casi  tres grados y  tres grados y pico, (muy alejado de esos 2ºC o 1,5ºC recogidos en el texto final).</p>
<p>Así que cabe preguntarse: ¿Cuánto tiene de ficción la ya denominada “ficción climática”? Y, lo que es más importante, y a la vista de las dificultades y la lentitud para tomar medidas eficaces contra el cambio climático: ¿Puede la narrativa ayudarnos a sensibilizar y  comunicar mejor para alentar a un cambio más rápido? ¿Cala más profundamente, entre los ciudadanos de a pie, una buena novela que, por ejemplo, los informes  del <a href="http://www.ipcc.ch/home_languages_main_spanish.shtml">Panel Internacional sobre Cambio Climático</a>?</p>
<p>En un debate sobre la ficción climática que promovió el año pasado el New York Times, Heidi Cullen, jefa científica de Climate Central y profesora visitante en la Universidad de Princeton, escribía:</p>
<p><em>Como científica climática, soy extremadamente consciente de que los hechos no son suficientes para alcanzar a la mayoría de la población cuando se trata del cambio climático. El  modelo del déficit de comunicación de la Ciencia –  solo si comprendes los hechos, entonces entenderás que el cambio climático es una amenaza urgente- no funciona a la hora de hacer a gente actuar. Para muchos, el cambio climático es algo distante, tanto en el tiempo como en el espacio.<strong> </strong></em><strong><em>Entonces, es ahí donde la narrativa aparece…</em></strong></p>
<p>Nota: Casi todas las novelas mencionadas han pasado este año por el Ecoclub de lectura.</p>
<p><a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/">https://ecoclubdelectura.wordpress.com/</a></p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/</a></p>
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		<title>Narrativas y límites planetarios</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/10/07/narrativas-y-limites-planetarios/</link>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 15:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Ignacio Santos]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la Ecocrítica, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente. Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) Trilogía de Baztán, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el sumak kawsay andino. Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como La sequía, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades. Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el Ecoclub de lectura (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook) La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas. El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente Crematorio, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en El salario del gigante nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en Beatriz y la loba aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista. El Sur, se ha manifestado a través de La chica mecánica, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con Ultimatum este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático. El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo. La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los límites planetarios. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de El salario del gigante, próxima novela sobre la que conversaremos: Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar. Dice Jonathan Gottschall en The Storytelling Animal: How Stories make us human, que la narrativa es: una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro. Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la Huella ecológica y el Índice del planeta vivo. ¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en Un mundo que agoniza (1979)?: .A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. ¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos y metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios? Ecoclub de lectura: https://www.facebook.com/ecoclubdelectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la <em>Ecocrítica</em>, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente.</p>
<p>Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) <em>Trilogía de Baztán</em>, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el <em>sumak kawsay </em>andin<em>o</em>.</p>
<p>Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como <em>La sequía</em>, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades.</p>
<p>Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el <a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/"> Ecoclub de lectura</a> (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook)</p>
<p>La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas.</p>
<p>El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente <em>Crematorio</em>, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en <em>El salario del gigante </em>nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en <em>Beatriz y la loba</em> aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista.</p>
<p>El Sur, se ha manifestado a través de <em>La chica mecánica</em>, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con<em> Ultimatum</em> este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático.</p>
<p>El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo.</p>
<p>La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los <a href="http://www.stockholmresilience.org/21/research/research-programmes/planetary-boundaries.html">límites planetarios</a>. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de <em>El salario del gigante, </em>próxima novela sobre la que conversaremos<em>:</em></p>
<p><em>Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar.</em></p>
<p>Dice Jonathan Gottschall en <em>The Storytelling Animal: How Stories make us human</em>, que la narrativa es: <em>una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos</em>. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro.</p>
<p>Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la <a href="http://www.footprintnetwork.org/es/index.php/GFN/page/footprint_basics_overview/">Huella ecológica</a> y el <a href="http://www.footprintnetwork.org/images/article_uploads/Informe-PlanetaVivo2014_LowRES.pdf">Índice del planeta vivo</a>.</p>
<p>¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en <em>Un mundo que agoniza</em> (1979)?: .<em>A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. </em></p>
<p>¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos <em>y </em>metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios?</p>
<p>Ecoclub de lectura:</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura</a></p>
<p><a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/">https://ecoclubdelectura.wordpress.com/</a></p>
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