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	<title>Otro mundo está en marcha &#187; Alternativas</title>
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	<description>Blogosfera 2015 y más</description>
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		<title>El rumor de las voces propias</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Aug 2016 17:03:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[        Juan Carlos Onetti escribió que un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre: “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (Dejemos hablar al viento). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog. Al final de El hombre que amaba a los perros, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”. Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en El punto ciego-, la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual. Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores. Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar. Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de Ceniza de ombú (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. Una se paraba a narrar desde algún lugar y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible. La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones. Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. ¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada? Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana. Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos. Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador? Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura. Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la fé cega, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es faca amolada. *Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">        Juan Carlos Onetti escribió que <strong>un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre:</strong> “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (<em>Dejemos hablar al viento</em>). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog.</p>
<p style="text-align: justify">Al final de <em>El hombre que amaba a los perros</em>, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”.</p>
<p style="text-align: justify">Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en <em>El punto ciego-</em>, <strong>la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual.</strong> Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores.</p>
<p style="text-align: justify">Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, <strong>había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de <em>Ceniza de ombú</em> (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. <strong>Una se paraba a narrar desde algún lugar</strong> y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible.</p>
<p style="text-align: justify">La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones.</p>
<p style="text-align: justify">Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. <strong>¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada?</strong> Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo</strong> en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos<strong>.</strong> Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador?</p>
<p style="text-align: justify">Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. <strong>Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. </strong>Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura.</p>
<p style="text-align: justify">Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la <em>fé cega</em>, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es <em>faca amolada</em>.</p>
<p style="text-align: right">*Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog.</p>
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		<title>Resistencias, regulaciones y alternativas a las empresas transnacionales</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/repensar-el-desarrollo/2015/11/18/resistencias-regulaciones-y-alternativas-a-las-empresas-transnacionales/</link>
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		<pubDate>Wed, 18 Nov 2015 10:26:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[OMAL]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Economía Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Pedro Ramiro (OMAL).- Con la expansión del capitalismo global y el aumento del poder de las grandes corporaciones, se han multiplicado por todo el planeta las luchas sociales que ponen en cuestión la centralidad de las empresas transnacionales en el modelo de «desarrollo». En las últimas décadas, confrontando la visión hegemónica que sitúa al crecimiento económico y al sector privado como pilares del «progreso» para toda la sociedad, han surgido múltiples procesos de resistencia que se enfrentan a la creciente mercantilización y privatización de cada vez más esferas de nuestra vida. &#160; Junto con todas estas experiencias, impulsadas en buena medida por organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales emancipadores, han cristalizado también distintos paradigmas y marcos de referencia alternativos a la modernidad capitalista.Con el objetivo de construir propuestas de transición que sirvan para avanzar hacia economías y sociedades post-capitalistas, estos nuevos discursos e iniciativas contrahegemónicas van caminando con una triple perspectiva. Primero, con una dinámica de resistencia: investigando y denunciando la expansión del capital transnacional para tratar de frenar sus impactos económicos, políticos, sociales, ambientales y culturales. Segundo, en base a una lógica de regulación: formulando mecanismos de control y propuestas de redistribución que, en el marco del actual modelo socioeconómico, sirvan para poner los derechos de las personas y los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que esa lex mercatoria que protege con fuerza los negocios de las grandes empresas. Y tercero, con la idea de apostar por la construcción de alternativas: impulsando y poniendo en práctica propuestas concretas que, teniendo como horizonte la necesidad de construir modelos de desarrollo y de sociedad diferentes al dominante, vayan arañando, aquí y ahora, parcelas de autonomía y soberanía económica a las empresas transnacionales. Estas dinámicas de resistencia, regulación y alternativa están avanzando a un mismo tiempo, en paralelo y de forma dialéctica; todo ello, en el marco de una lógica de proceso y con una perspectiva de transición. Puede decirse que, en este contexto, las tres perspectivas son complementarias y todas ellas, a la vez, interpelan a gobiernos, empresas y organizaciones sociales a establecer otros sistemas socioeconómicos que no tengan como pilar fundamental lo que Polanyi denominó –refiriéndose a los orígenes del capitalismo y constatando cómo «en el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia»– «el móvil de la ganancia». Impactos, luchas y resistencias Las dinámicas de resistencia y de contestación social para enfrentar el dominio del capital sobre la vida en el planeta vienen produciéndose, en realidad, desde que las grandes corporaciones –al principio, estadounidenses y, más tarde, también europeas y asiáticas– se dedicaron a expandir sus operaciones a otros países para profundizar con su lógica de crecimiento y acumulación. Puede decirse, entonces, que hay una especie de hilo rojo que conecta las luchas del movimiento obrero a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con sus reclamaciones de mejoras en las condiciones laborales y en el reparto de los beneficios empresariales, con las que hoy tienen como protagonistas, por ejemplo, a las comunidades locales y pueblos indígenas que se oponen a la presencia de mineras y petroleras en sus territorios, pasando por las campañas de resistencia que a lo largo del siglo pasado se realizaron contra empresas como United Fruit Company –hoy Chiquita Brands–, Nestlé, Shell, Nike o McDonald’s, y que hoy tienen lugar frente a transnacionales como Telefónica, Coca-Cola, Chevron-Texaco y Repsol. En el caso concreto de América Latina, además, estos procesos de resistencia popular frente al capital transnacional resultaron decisivos a la hora de contribuir a la conformación de las mayorías sociales que, conforme fue avanzando la primera década de este siglo, desalojaron de los gobiernos a los gestores del Consenso de Washington y certificaron el fin de «la larga noche neoliberal». Eso sí, estos gobiernos de cambio, amortiguada la etapa de resistencia, se debaten ahora entre una dualidad que, al fin y al cabo, es similar a la que aquí pueden tener ahora los nuevos partidos y agrupaciones ciudadanas que han apostado por el «asalto institucional» y han de ejercer responsabilidades de gobierno: ¿optar por una asociación táctica con las corporaciones transnacionales, que suponga un avance en términos de regulación, o por una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo –construyendo una propuesta alternativa– basado en paradigmas como el decrecimiento, el buen vivir o el ecofeminismo? Mecanismos de control Moviéndose en esa tensión constante entre regulación y alternativa, entre la posibilidad de instaurar mecanismos de control para limitar el poder de «los mercados» y la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición post-capitalista, es justamente donde se están moviendo la mayoría de las iniciativas que le están disputando la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas. Y como apenas existen espacios que no hayan sido colonizados por la lógica de la propiedad privada y el crecimiento económico –dicho de otro modo, en el capitalismo global no hay «afueras»–, buena parte de estas experiencias funcionan mediante una combinación de esa doble perspectiva de regulación y alternativa. Como parte de una misma propuesta de transición, se trata de combinar las exigencias tanto de mejorar la legislación existente como de crear nuevas normativas a nivel nacional e internacional –en términos de transparencia y rendición de cuentas, de evaluación y seguimiento de las prácticas de las grandes compañías, de una fiscalidad justa que subordine los beneficios empresariales al cumplimiento efectivo de los derechos humanos, etc.–, que estén dirigidas a los gobiernos e instituciones multilaterales, con la puesta en práctica de proyectos alternativos que, partiendo de renovados paradigmas que no tengan como principio fundamental «el móvil de la ganancia», sean impulsados por las organizaciones de la sociedad civil para ir caminando hacia nuevos horizontes emancipatorios que pongan en el centro la diversidad, la colectividad, la democracia y la sostenibilidad de la vida. Ambas vías se relacionan de forma dialéctica, teniendo presente que, como afirma Miren Etxezarreta, «no es lo mismo una propuesta, un medio, un instrumento alternativo para resolver un problema específico, que una sociedad alternativa que tiene por objetivo subvertir la existente». Y, además, se construyen dentro de una lógica de proceso, sabiendo que –en palabras de esta misma autora– «la alternativa es el propio proceso de lucha y transformación, un proceso que se tiene que ir construyendo en la vida cotidiana, en la lucha por una sociedad diferente». Consolidadas y futuras experiencias de cambio Empresas recuperadas, monedas sociales, finanzas solidarias, comercio justo, cooperativas de consumo agroecológico, proyectos de vivienda comunitaria en derecho de uso, circuitos cortos de comercialización… Hay muchos ejemplos, cada uno en distinto grado y con diversa potencialidad, de cómo es viable organizar las actividades humanas de otra manera, al margen de la lógica de la acumulación capitalista. Mientras algunos de ellos ya están contribuyendo a disputarle parcelas de poder a las multinacionales, otros están en una fase más incipiente y se constituyen como «laboratorios de experiencias» que, a menor escala, sirven para ensayar prácticas social y ambientalmente responsables, basándose en los principios de la economía solidaria, feminista y ecológica. Como escriben Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, autores de En la espiral de la energía, «de tener éxito, estas pequeñas experiencias crearán los nodos de agregación y copia para la siguiente fase”; serán “los faros imprescindibles, los bancos de prueba». Pedro Ramiro (@pramiro_), del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad. Artículo publicado originalmente en Diagonal, nº 254, septiembre de 2015.]]></description>
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<div class="limpia">
<p>Por Pedro Ramiro (<i>OMAL</i>).- <strong>Con la expansión del capitalismo global y el aumento del poder de las grandes corporaciones, se han multiplicado por todo el planeta las luchas sociales que ponen en cuestión la centralidad de las empresas transnacionales en el modelo de «desarrollo». En las últimas décadas, confrontando la visión hegemónica que sitúa al crecimiento económico y al sector privado como pilares del «progreso» para toda la sociedad, han surgido múltiples procesos de resistencia que se enfrentan a la creciente mercantilización y privatización de cada vez más esferas de nuestra vida.</strong></p>
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<p><span class="spip_document_1688 spip_documents spip_documents_center media media_image media_image_jpg"><img src="http://omal.info/local/cache-vignettes/L500xH190/unnamed_6-9abf3.jpg" alt="JPEG - 52.6 KB" width="500" height="190" /></span></p>
<p>Junto con todas estas experiencias, impulsadas en buena medida por organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales emancipadores, han cristalizado también distintos paradigmas y marcos de referencia alternativos a la modernidad capitalista.Con el objetivo de construir propuestas de transición que sirvan para avanzar hacia economías y sociedades post-capitalistas, estos nuevos discursos e iniciativas contrahegemónicas van caminando con una triple perspectiva.</p>
<p>Primero, con una dinámica de <em>resistencia</em>: investigando y denunciando la expansión del capital transnacional para tratar de frenar sus impactos económicos, políticos, sociales, ambientales y culturales. Segundo, en base a una lógica de <em>regulación</em>: formulando mecanismos de control y propuestas de redistribución que, en el marco del actual modelo socioeconómico, sirvan para poner los derechos de las personas y los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que esa lex mercatoria que protege con fuerza los negocios de las grandes empresas. Y tercero, con la idea de apostar por la construcción de <em>alternativas</em>: impulsando y poniendo en práctica propuestas concretas que, teniendo como horizonte la necesidad de construir modelos de desarrollo y de sociedad diferentes al dominante, vayan arañando, aquí y ahora, parcelas de autonomía y soberanía económica a las empresas transnacionales.</p>
<p>Estas dinámicas de resistencia, regulación y alternativa están avanzando a un mismo tiempo, en paralelo y de forma dialéctica; todo ello, en el marco de una lógica de <em>proceso</em> y con una perspectiva de <em>transición</em>. Puede decirse que, en este contexto, las tres perspectivas son complementarias y todas ellas, a la vez, interpelan a gobiernos, empresas y organizaciones sociales a establecer otros sistemas socioeconómicos que no tengan como pilar fundamental lo que Polanyi denominó –refiriéndose a los orígenes del capitalismo y constatando cómo «en el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia»– «el móvil de la ganancia».</p>
<p><strong>Impactos, luchas y resistencias</strong></p>
<p>Las dinámicas de resistencia y de contestación social para enfrentar el dominio del capital sobre la vida en el planeta vienen produciéndose, en realidad, desde que las grandes corporaciones –al principio, estadounidenses y, más tarde, también europeas y asiáticas– se dedicaron a expandir sus operaciones a otros países para profundizar con su lógica de crecimiento y acumulación.</p>
<p>Puede decirse, entonces, que hay una especie de hilo rojo que conecta las luchas del movimiento obrero a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con sus reclamaciones de mejoras en las condiciones laborales y en el reparto de los beneficios empresariales, con las que hoy tienen como protagonistas, por ejemplo, a las comunidades locales y pueblos indígenas que se oponen a la presencia de mineras y petroleras en sus territorios, pasando por las campañas de resistencia que a lo largo del siglo pasado se realizaron contra empresas como United Fruit Company –hoy Chiquita Brands–, Nestlé, Shell, Nike o McDonald’s, y que hoy tienen lugar frente a transnacionales como Telefónica, Coca-Cola, Chevron-Texaco y Repsol.</p>
<p>En el caso concreto de América Latina, además, estos procesos de resistencia popular frente al capital transnacional resultaron decisivos a la hora de contribuir a la conformación de las mayorías sociales que, conforme fue avanzando la primera década de este siglo, desalojaron de los gobiernos a los gestores del Consenso de Washington y certificaron el fin de «la larga noche neoliberal». Eso sí, estos gobiernos de cambio, amortiguada la etapa de resistencia, se debaten ahora entre una dualidad que, al fin y al cabo, es similar a la que aquí pueden tener ahora los nuevos partidos y agrupaciones ciudadanas que han apostado por el «asalto institucional» y han de ejercer responsabilidades de gobierno: ¿optar por una asociación táctica con las corporaciones transnacionales, que suponga un avance en términos de regulación, o por una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo –construyendo una propuesta alternativa– basado en paradigmas como el decrecimiento, el buen vivir o el ecofeminismo?</p>
<p><strong>Mecanismos de control</strong></p>
<p>Moviéndose en esa tensión constante entre regulación y alternativa, entre la posibilidad de instaurar mecanismos de control para limitar el poder de «los mercados» y la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición post-capitalista, es justamente donde se están moviendo la mayoría de las iniciativas que le están disputando la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas. Y como apenas existen espacios que no hayan sido colonizados por la lógica de la propiedad privada y el crecimiento económico –dicho de otro modo, en el capitalismo global no hay «afueras»–, buena parte de estas experiencias funcionan mediante una combinación de esa doble perspectiva de regulación y alternativa.</p>
<p>Como parte de una misma propuesta de transición, se trata de combinar las exigencias tanto de mejorar la legislación existente como de crear nuevas normativas a nivel nacional e internacional –en términos de transparencia y rendición de cuentas, de evaluación y seguimiento de las prácticas de las grandes compañías, de una fiscalidad justa que subordine los beneficios empresariales al cumplimiento efectivo de los derechos humanos, etc.–, que estén dirigidas a los gobiernos e instituciones multilaterales, con la puesta en práctica de proyectos alternativos que, partiendo de renovados paradigmas que no tengan como principio fundamental «el móvil de la ganancia», sean impulsados por las organizaciones de la sociedad civil para ir caminando hacia nuevos horizontes emancipatorios que pongan en el centro la diversidad, la colectividad, la democracia y la sostenibilidad de la vida.</p>
<p>Ambas vías se relacionan de forma dialéctica, teniendo presente que, como afirma Miren Etxezarreta, «no es lo mismo una propuesta, un medio, un instrumento alternativo para resolver un problema específico, que una sociedad alternativa que tiene por objetivo subvertir la existente». Y, además, se construyen dentro de una lógica de proceso, sabiendo que –en palabras de esta misma autora– «la alternativa es el propio proceso de lucha y transformación, un proceso que se tiene que ir construyendo en la vida cotidiana, en la lucha por una sociedad diferente».</p>
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<p><strong>Consolidadas y futuras experiencias de cambio</strong></p>
<p>Empresas recuperadas, monedas sociales, finanzas solidarias, comercio justo, cooperativas de consumo agroecológico, proyectos de vivienda comunitaria en derecho de uso, circuitos cortos de comercialización… Hay muchos ejemplos, cada uno en distinto grado y con diversa potencialidad, de cómo es viable organizar las actividades humanas de otra manera, al margen de la lógica de la acumulación capitalista.</p>
<p>Mientras algunos de ellos ya están contribuyendo a disputarle parcelas de poder a las multinacionales, otros están en una fase más incipiente y se constituyen como «laboratorios de experiencias» que, a menor escala, sirven para ensayar prácticas social y ambientalmente responsables, basándose en los principios de la economía solidaria, feminista y ecológica. Como escriben Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, autores de <i>En la espiral de la energía</i>, «de tener éxito, estas pequeñas experiencias crearán los nodos de agregación y copia para la siguiente fase”; serán “los faros imprescindibles, los bancos de prueba».</p>
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<p><i> <strong>Pedro Ramiro</strong> (<a class="spip_out" href="http://twitter.com/pramiro_" target="_blank" rel="external">@pramiro_</a>), del <a class="spip_out" href="http://www.omal.info" target="_blank" rel="external">Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)</a> – <a class="spip_out" href="http://www.pazcondignidad.org" target="_blank" rel="external">Paz con Dignidad</a>. </i></p>
</div>
<hr />
<p class="hyperlien">Artículo publicado originalmente en <a href="https://www.diagonalperiodico.net/global/27878-resistencias-regulaciones-alternativas.html" target="_blank"><i>Diagonal</i>, nº 254, septiembre de 2015.</a></p>
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		<title>COP21: La agricultura que calienta el mundo se suma al baile</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/alvoleo/2015/10/27/cop21-la-agricultura-que-calienta-el-mundo-se-suma-al-baile/</link>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2015 10:47:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
		<category><![CDATA[AGROECOLOGÍA]]></category>
		<category><![CDATA[CRISIS CLIMÁTICA]]></category>
		<category><![CDATA[SOBERANÍA ALIMENTARIA]]></category>

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		<description><![CDATA[Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos. En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar. Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con dos grandes proyectos de geoingeniería (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto. Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático. Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (ver figura 3, pág. 10). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global. Estas son las estimaciones recogidas por la organización internacional GRAIN, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones. A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como el interlocutor principal del establishment en esta materia. El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición. Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: un 60% de los miembros privados de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15. Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina. Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que <strong>cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos.</strong> En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar.</p>
<p align="justify">Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con <strong>dos grandes proyectos de geoingeniería</strong> (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) <a href="http://www.etcgroup.org/es/content/paris-climate-change-spectacular"><strong>de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto.</strong></a> Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático.</p>
<p align="justify">Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (<a href="http://www.fao.org/3/a-i4260s.pdf">ver figura 3, pág. 10</a>). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero.</p>
<p align="justify"><strong>Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global.</strong> Estas son las estimaciones recogidas por la <a href="https://www.grain.org/article/entries/4364-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado">organización internacional GRAIN</a>, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones.</p>
<p align="justify">A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5276-las-exxons-de-la-agricultura">el interlocutor principal del <i>establishment</i> en esta materia</a>. <strong>El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición.</strong> Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: <a href="http://www.cidse.org/publications/just-food/food-and-climate/climate-smart-revolution-or-a-new-era-of-green-washing-2.html">un 60% de los miembros privados</a> de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15.</p>
<p align="justify">Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. <strong>La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina.</strong> Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5100-la-soberania-alimentaria-5-pasos-para-enfriar-el-planeta-y-alimentar-a-su-gente">puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero</a>. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. <strong>Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.</strong></p>
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		<title>La realidad y sus desaciertos</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/10/25/la-realidad-y-sus-desaciertos/</link>
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		<pubDate>Sun, 25 Oct 2015 22:48:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos… Myriam Diocaretz &#160; Intentar ligar la literatura con las inquietudes que nos acechan, con tantos desaciertos de la realidad, NO significa meter la literatura, que por definición es inasible, en una caja de zapatos. De la literatura, como ejercicio que tiene en la libertad su principal valor, seguramente emanan las mejores representaciones del poder humano y sus miserias (recientemente encontré un buen ejemplo en Bandidos, del chileno Rafael Ruiz Moscatelli). Disiento, por lo tanto, con aquellos que temen o etiquetan de panfleto a la literatura que refleja porciones de la realidad o reinventa pedazos de mundo. No es que la literatura se convierta en una herramienta de cambio, sino que transformar es una de los valores más altos a los que la literatura puede aspirar, y muchas obras, con intención o sin ella, consiguen, al exponer la evidencia, provocar mutaciones en la mente de hombres y mujeres, que es donde de verdad empieza cualquier revolución que se precie. Pese a ello, el desencanto y el mal uso que en muchas ocasiones se ha hecho entre arte y compromiso suscita dudas y suspicacias. La literatura, en eso coincido con quienes dudan, no se puede acorralar ni meter en cajas clasificadoras. Pero que exista libertad o no en la creación no depende del tema que la convoca, ni siquiera de la intención de la obra, sino de donde surge el impulso: si es desde el discurso político, desde el encargo publicitario o propagandístico o si procede de una intención comunicativa que nace de lo literario. En este caso, la literatura es la que elige y está en su derecho de que el resultado de esa gran batalla que se libra en la mente de la narradora o narrador, en su pensamiento, en su trabajo artesanal, en el desafío a sí misma/o en la puesta en duda de sus propios prejuicios, sea una obra que denuncie la explotación de los recursos naturales, la acción del hombre en la ruptura de los equilibrios naturales (como por ejemplo refleja la película china Wolf Totem, de Jean-Jaques Annaud, basada en la novela homónima de Jiang Rong) o la violencia que la reproducción de los estereotipos machistas impone a sus víctimas. El relato literario es un lugar para disolver los dogmas, para dialogar con esas otras y otros que llevamos dentro de nosotros mismos. Un espacio donde la imaginación tiene un valor incalculable, aunque se parezca tanto a la realidad y sus desaciertos. En sus afluentes y contrapuntos, en la variedad de voces y personajes encontramos también un ámbito donde ejercer la libertad, lo que no es incompatible con que una creadora/or quiera tomar partido, porque de una u otra forma siempre se toma. La libertad es el valor que convocan escritoras y escritores de todo el mundo cuando se les pregunta qué es para ellos la literatura, pero se corre el riesgo de que, por repetida, la cantinela pierda el verdadero sentir que la inspiró y su sabor se condense, se reduzca a una inercia. Muchos reniegan de ella cuando lo que está en juego son mayores beneficios económicos y más ventas. Los temas más anodinos, sobre realidades identificables por cualquiera, o los más extraordinarios, como el sado-porno y los vampiros, también pueden ser productos para meter en cajas de zapatos y ataúdes (bueno, los segundos literalmente). La narración queda encorsetada en un modelo, aparentemente redondo, que no nos dice nada del ser humano: ni una intuición vaga de su complejidad ni un susurro de su paso por el tiempo, de su huella. El lenguaje literario se traviste para otro fin, aunque el injerto antinatural es demasiado obvio para que la obra resulte en algo perdurable. La lectura literaria tiene que ser un desafío, no una droga para evadirse. La preocupación por lo estático, por el discurso único, nos estrangula como seres inteligentes que tratamos de ser. Seríamos poco más que autómatas o marionetas si el lenguaje solo fuera utilizado para las guías telefónicas, los contratos laborales cada vez más precarios, las series televisivas dirigidas desde los gabinetes de relaciones públicas de casas reales para mayor gloria del reino o la casposa mediocridad de los discursos políticos que tratan de convencernos, a fuerza de repetir, de que el gobierno debe de conformarlo el partido más votado (¡por dios, que les den una clase sobre gobernabilidad democrática!). La realidad exige ámbitos para entenderla desde distintos ángulos y la literatura se convierte por ello en uno de los pocos espacios posibles para ejercer la libertad cuando la maquinaria del dogma pisotea otros mundos en marcha. Sin duda, las intrigas de palacio y los tejemanejes del poder, los grupos de presión que llaman a las puertas de un sistema político cada vez más debilitado, son un buen motivo para la ficción. Necesitamos el relato literario para comprender cómo se engarzan tantas cuestiones coyunturales con la historia de la humanidad, el relato del pasado con nuestro presente, el relato de la comunidad con el personal. A veces, el entendimiento surge de un matiz, de las pequeñas resistencias cotidianas que, definitivamente, redimen esa otra parte de la naturaleza humana que nos condena. Se escriben novelas policiales que son capaces de incorporar en su ruido de fondo aquello que deja a su paso el paradigma económico-financiero dominante (Liquidación final, Petros Márkaris) o novelas de intriga que relatan el intento de traficar con derechos humanos básicos como el de la salud y la defensa de la sanidad pública (El comité de la noche, de Belén Gopegui). ¿Son esas voces que tratan de frenar los horrores más atroces y que el arte recoge, las que muchos sienten como incómodas? Hay relatos tan humanos y bellos que no necesitan que se adjetiven. Hay literatura que es eso: literatura; pero que además insufla, desde su complejidad, la fuerza para no callar, para sentir que no estamos solas ante tantos abusos, para seguir trabajando y no dejar que el horror y sus desaciertos acaben ocupando todos los ámbitos de la realidad. &#160; **La referencia a los desaciertos está inspirada en el poema de Myriam Diocaretz, del libro La inquietud de la gaviota (Madrid: Torremozas, 2014, p.36) donde ni dios se salva de ser increpado: &#160; Estimado Dios, II Con todo mi respeto si estás en todas partes como dicen, te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos ven a los territorios de los fantasmas de todas estas guerras (adjunto por separado la lista de pueblos y naciones por ser muy extensa) acepta que aquí faltan el agua, el pan de cada día, la conmiseración, y que allá tienes hambre perpetua observa la violencia y la soberbia al acecho, el cálculo químico hacia el blando de la ira sé honesto y escribe en las crónicas de esta tierra: la vida aquí es incierta acepta que tu cuerpo entero está enfermo cada segundo, día, noche aumenta la evidencia de tu ser imperfecto. ¿Cómo puedes vivir sabiendo todo esto? *(Reproducido con la autorización de la autora. El poema forma parte de un tríptico).]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>Te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos…</em></p>
<p style="text-align: right">Myriam Diocaretz</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Intentar ligar la literatura con las inquietudes que nos acechan, con tantos desaciertos de la realidad, <strong>NO</strong> significa meter la literatura, que por definición es inasible, en una caja de zapatos.</p>
<p><strong>De la literatura, como ejercicio que tiene en la libertad su principal valor, seguramente emanan las mejores representaciones del poder humano y sus miserias</strong> (recientemente encontré un buen ejemplo en <a href="http://www.ceiboproducciones.cl/?product=bandidos" target="_blank"><em>Bandidos</em>, del chileno Rafael Ruiz Moscatelli</a>). Disiento, por lo tanto, con aquellos que temen o etiquetan de panfleto a la literatura que refleja porciones de la realidad o reinventa pedazos de mundo.</p>
<p>No es que la literatura se convierta en una herramienta de cambio, sino que t<strong>ransformar es una de los valores más altos a los que la literatura puede aspirar</strong>, y muchas obras, con intención o sin ella, consiguen, al exponer la evidencia, provocar mutaciones en la mente de hombres y mujeres, que es donde de verdad empieza cualquier revolución que se precie.</p>
<p>Pese a ello, el desencanto y el mal uso que en muchas ocasiones se ha hecho entre arte y compromiso suscita dudas y suspicacias. <strong>La literatura, en eso coincido con quienes dudan, no se puede acorralar ni meter en cajas clasificadoras.</strong> Pero que exista libertad o no en la creación no depende del tema que la convoca, ni siquiera de la intención de la obra, sino de donde surge el impulso: si es desde el discurso político, desde el encargo publicitario o propagandístico o si procede de una intención comunicativa que nace de lo literario.</p>
<p>En este caso, <strong>la literatura es la que elige</strong> y está en su derecho de que el resultado de esa gran batalla que se libra en la mente de la narradora o narrador, en su pensamiento, en su trabajo artesanal, en el desafío a sí misma/o en la puesta en duda de sus propios prejuicios, sea una obra que denuncie la explotación de los recursos naturales, la acción del hombre en la ruptura de los equilibrios naturales (como por ejemplo refleja la película china <em>Wolf Totem</em>, de Jean-Jaques Annaud, basada en la novela homónima de Jiang Rong) o la violencia que la reproducción de los estereotipos machistas impone a sus víctimas.</p>
<p>El relato literario es un lugar para disolver los dogmas, para dialogar con esas otras y otros que llevamos dentro de nosotros mismos. <strong>Un espacio donde la imaginación tiene un valor incalculable, aunque se parezca tanto a la realidad y sus desaciertos.</strong> En sus afluentes y contrapuntos, en la variedad de voces y personajes encontramos también un ámbito donde ejercer la libertad, lo que no es incompatible con que una creadora/or quiera tomar partido, porque de una u otra forma siempre se toma.</p>
<p>La libertad es el valor que convocan escritoras y escritores de todo el mundo cuando se les pregunta qué es para ellos la literatura, <strong>pero se corre el riesgo de que, por repetida, la cantinela pierda el verdadero sentir que la inspiró y su sabor se condense, se reduzca a una inercia.</strong> Muchos reniegan de ella cuando lo que está en juego son mayores beneficios económicos y más ventas.</p>
<p>Los temas más anodinos, sobre realidades identificables por cualquiera, o los más extraordinarios, como el sado-porno y los vampiros, también pueden ser productos para meter en cajas de zapatos y ataúdes (bueno, los segundos literalmente). <strong>La narración queda encorsetada en un modelo, aparentemente redondo, que no nos dice nada del ser humano:</strong> ni una intuición vaga de su complejidad ni un susurro de su paso por el tiempo, de su huella. El lenguaje literario se traviste para otro fin, aunque el injerto antinatural es demasiado obvio para que la obra resulte en algo perdurable.</p>
<p><strong>La lectura literaria tiene que ser un desafío, no una droga para evadirse.</strong> La preocupación por lo estático, por el discurso único, nos estrangula como seres inteligentes que tratamos de ser. Seríamos poco más que autómatas o marionetas si el lenguaje solo fuera utilizado para las guías telefónicas, los contratos laborales cada vez más precarios, las series televisivas dirigidas desde los gabinetes de relaciones públicas de casas reales para mayor gloria del reino o la casposa mediocridad de los discursos políticos que tratan de convencernos, a fuerza de repetir, de que el gobierno debe de conformarlo el partido más votado (¡por dios, que les den una clase sobre gobernabilidad democrática!).</p>
<p>La realidad exige ámbitos para entenderla desde distintos ángulos y la literatura se convierte por ello en u<strong>no de los pocos espacios posibles para ejercer la libertad cuando la maquinaria del dogma pisotea otros mundos en marcha.</strong> Sin duda, las intrigas de palacio y los tejemanejes del poder, los grupos de presión que llaman a las puertas de un sistema político cada vez más debilitado, son un buen motivo para la ficción.</p>
<p>Necesitamos el relato literario para comprender cómo se engarzan tantas cuestiones coyunturales con la historia de la humanidad, el relato del pasado con nuestro presente, el relato de la comunidad con el personal. <strong>A veces, el entendimiento surge de un matiz, de las pequeñas resistencias cotidianas</strong> que, definitivamente, redimen esa otra parte de la naturaleza humana que nos condena.</p>
<p>Se escriben novelas policiales que son capaces de incorporar en su ruido de fondo aquello que deja a su paso el paradigma económico-financiero dominante (<em><a href="http://www.elplacerdelalectura.com/blog/resena/liquidacion-final-de-petros-markaris" target="_blank">Liquidación final</a></em>, Petros Márkaris) o novelas de intriga que relatan el intento de traficar con derechos humanos básicos como el de la salud y la defensa de la sanidad pública (<a href="http://latormentaenunvaso.blogspot.com.uy/2014/12/el-comite-de-la-noche-belen-gopegui.html" target="_blank">El c<em>omité de la noche</em></a>, de Belén Gopegui).</p>
<p>¿Son esas voces que tratan de frenar los horrores más atroces y que el arte recoge, las que muchos sienten como incómodas? Hay relatos tan humanos y bellos que no necesitan que se adjetiven. <strong>Hay literatura que es eso: literatura; pero que además insufla, desde su complejidad, la fuerza para no callar, para sentir que no estamos solas ante tantos abusos,</strong> para seguir trabajando y no dejar que el horror y sus desaciertos acaben ocupando todos los ámbitos de la realidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>**La referencia a los desaciertos está inspirada en el poema de Myriam Diocaretz, del libro <a href="http://www.torremozas.com/la-inquietud-de-la-gaviota" target="_blank"><em>La inquietud de la gaviota</em> (Madrid: Torremozas, 2014, p.36)</a> donde ni dios se salva de ser increpado:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center"><span style="text-decoration: underline">Estimado Dios, II</span></p>
<p style="text-align: center">Con todo mi respeto<br />
si estás en todas partes como dicen,<br />
te imagino existiendo en la eterna frustración<br />
de tantos desaciertos<br />
ven a los territorios de los fantasmas<br />
de todas estas guerras<br />
(adjunto por separado la lista de pueblos y naciones<br />
por ser muy extensa)<br />
acepta que aquí faltan el agua, el pan de cada día,<br />
la conmiseración, y que allá tienes hambre perpetua</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">observa la violencia y la soberbia al acecho,<br />
el cálculo químico hacia el blando de la ira</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">sé honesto y escribe en las crónicas de esta tierra:<br />
la vida aquí es incierta<br />
acepta que tu cuerpo entero está enfermo<br />
cada segundo, día, noche aumenta la evidencia<br />
de tu ser imperfecto.</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">¿Cómo puedes vivir sabiendo todo esto?</p>
<h1 style="text-align: left"></h1>
<p style="text-align: left">*(Reproducido con la autorización de la autora. El poema forma parte de un tríptico).</p>
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		<title>Narrativas y límites planetarios</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 15:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Ignacio Santos]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la Ecocrítica, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente. Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) Trilogía de Baztán, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el sumak kawsay andino. Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como La sequía, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades. Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el Ecoclub de lectura (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook) La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas. El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente Crematorio, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en El salario del gigante nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en Beatriz y la loba aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista. El Sur, se ha manifestado a través de La chica mecánica, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con Ultimatum este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático. El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo. La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los límites planetarios. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de El salario del gigante, próxima novela sobre la que conversaremos: Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar. Dice Jonathan Gottschall en The Storytelling Animal: How Stories make us human, que la narrativa es: una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro. Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la Huella ecológica y el Índice del planeta vivo. ¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en Un mundo que agoniza (1979)?: .A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. ¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos y metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios? Ecoclub de lectura: https://www.facebook.com/ecoclubdelectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la <em>Ecocrítica</em>, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente.</p>
<p>Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) <em>Trilogía de Baztán</em>, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el <em>sumak kawsay </em>andin<em>o</em>.</p>
<p>Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como <em>La sequía</em>, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades.</p>
<p>Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el <a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/"> Ecoclub de lectura</a> (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook)</p>
<p>La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas.</p>
<p>El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente <em>Crematorio</em>, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en <em>El salario del gigante </em>nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en <em>Beatriz y la loba</em> aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista.</p>
<p>El Sur, se ha manifestado a través de <em>La chica mecánica</em>, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con<em> Ultimatum</em> este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático.</p>
<p>El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo.</p>
<p>La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los <a href="http://www.stockholmresilience.org/21/research/research-programmes/planetary-boundaries.html">límites planetarios</a>. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de <em>El salario del gigante, </em>próxima novela sobre la que conversaremos<em>:</em></p>
<p><em>Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar.</em></p>
<p>Dice Jonathan Gottschall en <em>The Storytelling Animal: How Stories make us human</em>, que la narrativa es: <em>una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos</em>. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro.</p>
<p>Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la <a href="http://www.footprintnetwork.org/es/index.php/GFN/page/footprint_basics_overview/">Huella ecológica</a> y el <a href="http://www.footprintnetwork.org/images/article_uploads/Informe-PlanetaVivo2014_LowRES.pdf">Índice del planeta vivo</a>.</p>
<p>¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en <em>Un mundo que agoniza</em> (1979)?: .<em>A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. </em></p>
<p>¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos <em>y </em>metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios?</p>
<p>Ecoclub de lectura:</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura</a></p>
<p><a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/">https://ecoclubdelectura.wordpress.com/</a></p>
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		<title>Contra la ‘lex mercatoria’</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 08:52:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[OMAL]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos]]></category>
		<category><![CDATA[Economía Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro (OMAL).- En la lex mercatoria, los derechos de las empresas transnacionales se protegen a través de un ordenamiento jurídico global basado en reglas de comercio e inversiones –los contratos firmados por las grandes corporaciones; las normas, disposiciones, políticas de ajuste y préstamos condicionados de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial; el Sistema de Solución de Diferencias de la OMC y los tribunales arbitrales– cuyas características son imperativas, coercitivas y ejecutivas. Y, mientras tanto, sus obligaciones se reenvían a las legislaciones nacionales, sometidas a las políticas neoliberales de desregulación, privatización y reducción de la capacidad de intervención del Estado –en lo que se refiere a las políticas públicas, no así en el fortalecimiento de los aparatos militares y de control social–; es decir, se construyen legislaciones ad hoc para la defensa de los intereses de las multinacionales. A la vez que sus negocios por todo el planeta se protegen mediante toda esa “arquitectura jurídica de la impunidad” compuesta por los miles de acuerdos y tratados que conforman el Derecho Corporativo Global, el Derecho Internacional de los Derechos Humanos presenta una manifiesta debilidad a la hora de proteger los derechos de las mayorías sociales y controlar a las corporaciones transnacionales. Frente a la fortaleza de las normas de comercio e inversiones, la responsabilidad social corporativa (RSC) y los códigos de conducta son fórmulas de Derecho blando (soft law) –normas voluntarias, unilaterales y sin exigibilidad jurídica– para contener el poder de las transnacionales, que remiten sus obligaciones a sus memorias anuales y a la “ética empresarial”. Casos como el de Chevron-Texaco, que ha demandado al Estado ecuatoriano ante tribunales internacionales de arbitraje después de que la Corte Nacional de Justicia de Ecuador ratificase el fallo que lo condenaba a pagar una indemnización a los afectados por la contaminación de la petrolera estadounidense en la Amazonia, o el de la actual negociación del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP), con el que tratan de blindarse los derechos de las grandes corporaciones en tiempos de crisis y ante posibles cambios de gobierno, ilustran la asimetría que existe entre el poder de la lex mercatoria y la fragilidad del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. De ahí la necesidad de nuevas normas y propuestas alternativas para controlar a las empresas transnacionales que, justo en sentido contrario, sirvan para poner los derechos de las personas y de los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que los de las grandes compañías. Hacia normas vinculantes en la ONU En junio del año pasado, durante la 26ª sesión del Consejo de Derechos Humanos, Naciones Unidas adoptó una decisión importante: “Establecer un grupo de trabajo intergubernamental de composición abierta sobre las empresas transnacionales y otras empresas con respecto a los derechos humanos, cuyo mandato es elaborar un instrumento jurídicamente vinculante para regular las actividades de las empresas transnacionales y otras empresas en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos”. Un año después, este grupo ha echado a andar en Ginebra con el objetivo de crear una normativa internacional que obligue a las grandes corporaciones a respetar los derechos humanos. El proceso de elaboración de una norma vinculante para empresas transnacionales en términos de derechos humanos, eso sí, va a ser largo y costoso. Frente a la rapidez con que la UE y EEUU negocian los acuerdos comerciales y de inversión –además del TTIP, que se está retrasando más de lo previsto por la fuerte movilización social en su contra, no hay más que ver todos los acuerdos comerciales que la Unión ha firmado en los últimos años (Colombia, Perú, Centroamérica, en breve Canadá)–, las normas de derechos humanos siguen un proceso mucho más lento y salpicado de complicaciones. Como pudo verse en las primeras sesiones que tuvieron lugar en julio en Ginebra, las grandes potencias y los lobbies empresariales van a hacer todo lo posible para obstruir esta iniciativa, bloqueando la discusión, deslegitimando el debate y eternizando el avance del proceso. Alternativas al tratado de libre comercio “Los derechos humanos, la democracia y la transparencia deben priorizase por encima de los intereses empresariales y privados, al igual que el acceso universal a los servicios públicos de calidad, la protección social, las normas laborales y ambientales.” Ésta es la premisa central del nuevo mandato de comercio alternativo, un documento elaborado el pasado año por diferentes organizaciones sociales europeas en el que se apuesta “por una nueva perspectiva frente al comercio”. En él se incluyen propuestas alternativas de regulación que tienen en cuenta, entre otros factores, que: La política comercial europea respete el derecho de los países y las regiones a desarrollar el comercio local y regional por encima del global; por ejemplo, en el sector de la alimentación. Los gobiernos y los parlamentos europeos han de exigir a las corporaciones transnacionales que rindan cuentas en sus países por las consecuencias sociales y ambientales de sus operaciones en todo el mundo. Los gobiernos deben regular las importaciones, exportaciones e inversiones de forma que estas sirvan a sus propias estrategias de desarrollo sostenible. Los países, las regiones y las comunidades tienen que controlar la producción, la distribución y el consumo de sus propios bienes y servicios. Los gobiernos, los parlamentos y las autoridades públicas deben tener plenos derechos para regular los mercados financieros, con el fin de proteger los derechos sociales, salvaguardar el control democrático y garantizar la sostenibilidad socioambiental. Mecanismos de control y regulación Ante la negociación del TTIP y otros tratados comerciales y de inversión, es necesario restablecer la competencia territorial de los tribunales nacionales, recuperar el papel de los parlamentos y poner en marcha iniciativas legislativas populares. No parece que, en los tratados de “libre comercio”, sirva de mucho incluir cláusulas a favor del “desarrollo sostenible” y la “responsabilidad social”, sino que en su lugar habría que incorporar menciones efectivas a favor de los derechos humanos. Como, por ejemplo: Cambio de paradigma: un comercio de complementariedad, con respeto a los pueblos y a la naturaleza, frente a un comercio basado en la competitividad, la guerra y la destrucción. Jerarquía normativa: debe haber una primacía de los derechos humanos sobre las normas de comercio e inversiones. Consultas: que tengan en cuenta a las empresas, por supuesto, pero también a las administraciones públicas, organizaciones sindicales y de consumidores, movimientos sociales, personas y pueblos… Transparencia: en todo el proceso de tramitación, al menos, como en todo lo que tiene que ver con la tramitación parlamentaria. Bienes comunes: dejar el agua, la salud, la educación y los servicios públicos fuera de las normas de comercio y situarlos bajo tutela pública y colectiva. Soberanía judicial: poner fin a los tribu­nales privados de arbitraje, apostando por establecer instancias y órganos para el control público y ciudadano de las empresas transnacionales. Obligaciones extraterritoriales El Estado no debería plantear medidas de asesoramiento e incentivo a las empresas para hacer respetar los derechos humanos en sus actividades, sino de control y sanción; su labor habría de ser la de exigir el cumplimiento de las normas que regulan los mismos. Porque las corporaciones transnacionales tienen la obligación de respetar la ley a escala nacional e internacional y, en su caso, sufrir las sanciones, civiles, penales, laborales y/o administrativas correspondientes. En esta línea, el Estado español debería aprobar y reformar distintas normas jurídicas en esta dirección y no, como se indica en la reciente Estrategia Española de RSE 2014-2020 y en el Plan Nacional sobre Empresas y Derechos Humanos –aún no aprobado–, implantar un sistema de incentivos, sensibilización y reconocimiento de buenas prácticas para afrontar los incumplimientos de una normativa de obligado cumplimiento. Es necesario reafirmar la obligación de los Estados de proteger los derechos humanos contra las violaciones cometidas por las empresas transnacionales, detallando medidas específicas que los Estados han de asumir al respecto. Para empezar, estas deberían incluir el establecimiento de mecanismos efectivos a nivel nacional para posibilitar el acceso a la justicia y la reparación a las víctimas y las comunidades afectadas. Igualmente, los Estados deben garantizar las obligaciones extraterritoriales de las grandes corporaciones; esto es, que las empresas que tienen su sede principal en su territorio respeten todos los derechos humanos cuando operen en el exterior. Por un tratado internacional de los Pueblos Con el propósito de crear instrumentos para el ejercicio de un control real sobre las operaciones de estas compañías, diferentes movimientos sociales, pueblos originarios, sindicalistas, juristas, activistas y víctimas de las prácticas de las multinacionales han elaborado conjuntamente el Tratado Internacional de los Pueblos para el Control de las Empresas Transnacionales: “Una propuesta alternativa de carácter radical, cuyos objetivos son, por un lado, proponer mecanismos de control para frenar las violaciones de derechos humanos cometidas por las empresas transnacionales y, por otro, ofrecer un marco para el intercambio y la creación de alianzas entre comunidades y movimientos sociales para reclamar el espacio público, ahora ocupado por los poderes corporativos”. La idea es que el trabajo colectivo que ha dado lugar a este tratado recoja la experiencia acumulada en la última década, a partir de las diferentes luchas contra las empresas transnacionales y las instituciones estatales e internacionales que las apoyan. Como se dice en la propuesta del Tratado de los Pueblos, se trata de “construir y analizar el Derecho Internacional ‘desde abajo’, desde los movimientos sociales y desde las resistencias de hombres y mujeres, y no desde las élites económicas y políticas”. Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro (@pramiro_), del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad. Artículo publicado en Diagonal, nº 254, septiembre de 2015.]]></description>
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<p>Por Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro (<i>OMAL).- </i><strong>En la <em>lex mercatoria</em>, los derechos de las empresas transnacionales se protegen a través de un ordenamiento jurídico global basado en reglas de comercio e inversiones –los contratos firmados por las grandes corporaciones; las normas, disposiciones, políticas de ajuste y préstamos condicionados de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial; el Sistema de Solución de Diferencias de la OMC y los tribunales arbitrales– cuyas características son imperativas, coercitivas y ejecutivas. Y, mientras tanto, sus obligaciones se reenvían a las legislaciones nacionales, sometidas a las políticas neoliberales de desregulación, privatización y reducción de la capacidad de intervención del Estado –en lo que se refiere a las políticas públicas, no así en el fortalecimiento de los aparatos militares y de control social–; es decir, se construyen legislaciones <em>ad hoc</em> para la defensa de los intereses de las multinacionales.</strong></p>
<p>A la vez que sus negocios por todo el planeta se protegen mediante toda esa “arquitectura jurídica de la impunidad” compuesta por los miles de acuerdos y tratados que conforman el Derecho Corporativo Global, el Derecho Internacional de los Derechos Humanos presenta una manifiesta debilidad a la hora de proteger los derechos de las mayorías sociales y controlar a las corporaciones transnacionales. Frente a la fortaleza de las normas de comercio e inversiones, la responsabilidad social corporativa (RSC) y los códigos de conducta son fórmulas de Derecho blando (soft law) –normas voluntarias, unilaterales y sin exigibilidad jurídica– para contener el poder de las transnacionales, que remiten sus obligaciones a sus memorias anuales y a la “ética empresarial”.</p>
<p>Casos como el de Chevron-Texaco, que ha demandado al Estado ecuatoriano ante tribunales internacionales de arbitraje después de que la Corte Nacional de Justicia de Ecuador ratificase el fallo que lo condenaba a pagar una indemnización a los afectados por <a class="spip_out" href="https://www.diagonalperiodico.net/global/26811-movilizaciones-trece-paises-contra-la-petrolera-texaco.html" target="_blank" rel="external">la contaminación de la petrolera estadounidense en la Amazonia</a>, o el de <a class="spip_out" href="https://www.diagonalperiodico.net/tags-tags-tematicos/ttip" target="_blank" rel="external">la actual negociación del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP)</a>, con el que tratan de blindarse los derechos de las grandes corporaciones en tiempos de crisis y ante posibles cambios de gobierno, ilustran la asimetría que existe entre el poder de la lex mercatoria y la fragilidad del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. De ahí la necesidad de nuevas normas y propuestas alternativas para controlar a las empresas transnacionales que, justo en sentido contrario, sirvan para poner los derechos de las personas y de los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que los de las grandes compañías.</p>
<p><strong>Hacia normas vinculantes en la ONU</strong></p>
<p>En junio del año pasado, durante la 26ª sesión del Consejo de Derechos Humanos, Naciones Unidas adoptó una decisión importante: “Establecer un grupo de trabajo intergubernamental de composición abierta sobre las empresas transnacionales y otras empresas con respecto a los derechos humanos, cuyo mandato es elaborar un instrumento jurídicamente vinculante para regular las actividades de las empresas transnacionales y otras empresas en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos”. Un año después, este grupo ha echado a andar en Ginebra con el objetivo de crear una normativa internacional que obligue a las grandes corporaciones a respetar los derechos humanos.</p>
<p>El proceso de elaboración de una norma vinculante para empresas transnacionales en términos de derechos humanos, eso sí, va a ser largo y costoso.</p>
<p>Frente a la rapidez con que la UE y EEUU negocian los acuerdos comerciales y de inversión –además del TTIP, que se está retrasando más de lo previsto por la fuerte movilización social en su contra, no hay más que ver todos los acuerdos comerciales que la Unión ha firmado en los últimos años (Colombia, Perú, Centroamérica, en breve Canadá)–, las normas de derechos humanos siguen un proceso mucho más lento y salpicado de complicaciones. Como pudo verse en las primeras sesiones que tuvieron lugar en julio en Ginebra, las grandes potencias y los lobbies empresariales van a hacer todo lo posible para obstruir esta iniciativa, bloqueando la discusión, deslegitimando el debate y eternizando el avance del proceso.</p>
<p><strong>Alternativas al tratado de libre comercio</strong></p>
<p>“Los derechos humanos, la democracia y la transparencia deben priorizase por encima de los intereses empresariales y privados, al igual que el acceso universal a los servicios públicos de calidad, la protección social, las normas laborales y ambientales.”</p>
<p>Ésta es la premisa central del nuevo mandato de comercio alternativo, un documento elaborado el pasado año por diferentes organizaciones sociales europeas en el que se apuesta “por una nueva perspectiva frente al comercio”. En él se incluyen propuestas alternativas de regulación que tienen en cuenta, entre otros factores, que:</p>
<ul class="spip">
<li>La política comercial europea respete el derecho de los países y las regiones a desarrollar el comercio local y regional por encima del global; por ejemplo, en el sector de la alimentación.</li>
<li>Los gobiernos y los parlamentos europeos han de exigir a las corporaciones transnacionales que rindan cuentas en sus países por las consecuencias sociales y ambientales de sus operaciones en todo el mundo.</li>
<li>Los gobiernos deben regular las importaciones, exportaciones e inversiones de forma que estas sirvan a sus propias estrategias de desarrollo sostenible.</li>
<li>Los países, las regiones y las comunidades tienen que controlar la producción, la distribución y el consumo de sus propios bienes y servicios.</li>
<li>Los gobiernos, los parlamentos y las autoridades públicas deben tener plenos derechos para regular los mercados financieros, con el fin de proteger los derechos sociales, salvaguardar el control democrático y garantizar la sostenibilidad socioambiental.</li>
</ul>
<p><strong>Mecanismos de control y regulación</strong></p>
<p>Ante la negociación del TTIP y otros tratados comerciales y de inversión, es necesario restablecer la competencia territorial de los tribunales nacionales, recuperar el papel de los parlamentos y poner en marcha iniciativas legislativas populares. No parece que, en los tratados de “libre comercio”, sirva de mucho incluir cláusulas a favor del “desarrollo sostenible” y la “responsabilidad social”, sino que en su lugar habría que incorporar menciones efectivas a favor de los derechos humanos. Como, por ejemplo:</p>
<ul class="spip">
<li>Cambio de paradigma: un comercio de complementariedad, con respeto a los pueblos y a la naturaleza, frente a un comercio basado en la competitividad, la guerra y la destrucción.</li>
<li>Jerarquía normativa: debe haber una primacía de los derechos humanos sobre las normas de comercio e inversiones.</li>
<li>Consultas: que tengan en cuenta a las empresas, por supuesto, pero también a las administraciones públicas, organizaciones sindicales y de consumidores, movimientos sociales, personas y pueblos…</li>
<li>Transparencia: en todo el proceso de tramitación, al menos, como en todo lo que tiene que ver con la tramitación parlamentaria.</li>
<li>Bienes comunes: dejar el agua, la salud, la educación y los servicios públicos fuera de las normas de comercio y situarlos bajo tutela pública y colectiva.</li>
<li>Soberanía judicial: poner fin a los tribu­nales privados de arbitraje, apostando por establecer instancias y órganos para el control público y ciudadano de las empresas transnacionales.</li>
</ul>
<p><strong>Obligaciones extraterritoriales</strong></p>
<p>El Estado no debería plantear medidas de asesoramiento e incentivo a las empresas para hacer respetar los derechos humanos en sus actividades, sino de control y sanción; su labor habría de ser la de exigir el cumplimiento de las normas que regulan los mismos. Porque las corporaciones transnacionales tienen la obligación de respetar la ley a escala nacional e internacional y, en su caso, sufrir las sanciones, civiles, penales, laborales y/o administrativas correspondientes.</p>
<p>En esta línea, el Estado español debería aprobar y reformar distintas normas jurídicas en esta dirección y no, como se indica en la reciente Estrategia Española de RSE 2014-2020 y en el Plan Nacional sobre Empresas y Derechos Humanos –aún no aprobado–, implantar un sistema de incentivos, sensibilización y reconocimiento de buenas prácticas para afrontar los incumplimientos de una normativa de obligado cumplimiento.</p>
<p>Es necesario reafirmar la obligación de los Estados de proteger los derechos humanos contra las violaciones cometidas por las empresas transnacionales, detallando medidas específicas que los Estados han de asumir al respecto. Para empezar, estas deberían incluir el establecimiento de mecanismos efectivos a nivel nacional para posibilitar el acceso a la justicia y la reparación a las víctimas y las comunidades afectadas. Igualmente, los Estados deben garantizar las obligaciones extraterritoriales de las grandes corporaciones; esto es, que las empresas que tienen su sede principal en su territorio respeten todos los derechos humanos cuando operen en el exterior.</p>
<p><strong>Por un tratado internacional de los Pueblos</strong></p>
<p>Con el propósito de crear instrumentos para el ejercicio de un control real sobre las operaciones de estas compañías, diferentes movimientos sociales, pueblos originarios, sindicalistas, juristas, activistas y víctimas de las prácticas de las multinacionales han elaborado conjuntamente el Tratado Internacional de los Pueblos para el Control de las Empresas Transnacionales: “Una propuesta alternativa de carácter radical, cuyos objetivos son, por un lado, proponer mecanismos de control para frenar las violaciones de derechos humanos cometidas por las empresas transnacionales y, por otro, ofrecer un marco para el intercambio y la creación de alianzas entre comunidades y movimientos sociales para reclamar el espacio público, ahora ocupado por los poderes corporativos”.</p>
<p>La idea es que el trabajo colectivo que ha dado lugar a este tratado recoja la experiencia acumulada en la última década, a partir de las diferentes luchas contra las empresas transnacionales y las instituciones estatales e internacionales que las apoyan. Como se dice en la propuesta del Tratado de los Pueblos, se trata de “construir y analizar el Derecho Internacional ‘desde abajo’, desde los movimientos sociales y desde las resistencias de hombres y mujeres, y no desde las élites económicas y políticas”.</p>
<hr class="spip" />
<p><i> <strong>Juan Hernández Zubizarreta</strong> y <strong>Pedro Ramiro</strong> (<a class="spip_out" href="http://twitter.com/pramiro_" target="_blank" rel="external">@pramiro_</a>), del <a class="spip_out" href="http://www.omal.info" target="_blank" rel="external">Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)</a> – <a class="spip_out" href="http://www.pazcondignidad.org" target="_blank" rel="external">Paz con Dignidad</a>. </i></p>
</div>
<hr />
<p class="hyperlien">Artículo publicado en <a href="https://www.diagonalperiodico.net/global/27883-contra-la-lex-mercatoria.html" target="_blank"><i>Diagonal</i>, nº 254, septiembre de 2015.</a></p>
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		<title>David contra Goliat: Cómo la ciudadanía puede vencer al poder económico.</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Sep 2015 13:26:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Economistas sin Fronteras]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Economía justa]]></category>
		<category><![CDATA[Tranformación social]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jesús Ochoa (Economistas sin Fronteras) Cada vez son más las voces desde el mundo de la política, de la universidad, de la cultura y de las organizaciones sociales que denuncian el fracaso del actual modelo económico que no erradica la pobreza y genera cada vez más desigualdades y problemas medioambientales, y que plantean posibles vías para ir configurando un nuevo modelo más humano y sostenible. Pero, sin embargo, el poder económico-financiero, que sustenta dicho modelo, parece que cada vez domina más el mundo imponiendo su voluntad en contra de la ciudadanía y dirigiendo nuestras vidas sometiendo al poder político. ¿Se puede cambiar esa situación? ¿La ciudadanía es capaz de hacerlo? ¿Podremos superar el sentimiento de impotencia y de desmoralización que supone enfrentarse a semejante poder? ¿Podremos ser el David que vence a Goliat? Malcom Gladwell, autor de Las claves del éxito, plantea que la historia de David y Goliat te hará replantearte lo que sabías sobre el poder. Es la victoria del pequeño frente al grande, del desvalido frente al poderoso, un recuerdo de que, aunque tengamos todo en nuestra contra, siempre habrá posibilidades de salir triunfante. Gladwell ha reformulado el mito en su último trabajo, dice que los débiles (o, mejor dicho, los underdogs, algo así como “los previsibles perdedores”) no son en realidad las víctimas, sino aquellos que, precisamente por sus dificultades, llegan más lejos. La fortaleza es sólo una apariencia, recuerda Gladwell, todos los Goliat tienen importantes puntos débiles que un enemigo avezado puede descubrir y aprovechar. Para enfrentarnos a nuestro Goliat, el actual poder económico-financiero, la ciudadanía global tenemos que actuar como David: responsable, comprometido con una causa justa; social, para defender a los más débiles y el bien común de su pueblo; audaz, sin temer las dificultades y los riesgos; osado, convencido que podría vencer; activo, decidido a la acción; valiente, arriesgando su integridad y confort; inteligente, estudiando las estrategias adecuadas; perseverante, a pesar de la ingente tarea que tenía por delante; inconformista contra “el no hay nada que hacer” y la indolencia. ¡¡¡¡ Todas las personas podemos ser David !!!! Todas podemos aportar nuestro grano de arena para conformar la piedra que pongamos en nuestra honda que derribe este modelo económico injusto en el que vivimos. Como personas, somos David cuando interiorizamos, ejercitamos y transmitimos valores de humanidad, universalidad, justicia, solidaridad, cooperación, moderación, austeridad, transparencia, coherencia, diversidad, defensa de la naturaleza, etc., cuando priorizamos las relaciones humanas y familiares, cuando desarrollamos una conciencia crítica y global informándonos, analizando y compartiendo, cuando aportamos nuestro tiempo o nuestro dinero a causas sociales, etc. Como ciudadanos y ciudadasas, somos David cuando superamos la cultura de la trampa y del escapismo, cuando hacemos un uso respetuoso de los bienes y servicios públicos, cuando cumplimos nuestras obligaciones con Hacienda y la Seguridad Social, cuando exigimos y ejercemos nuestros derechos de control de los poderes políticos y de participación en la vida pública a todos los niveles -político, sindical y social-, cuando hacemos frente a los abusos e injusticias del sistema actual, cuando trabajamos por una educación que forme personas con valores humanos, etc. Como profesionales, somos David cuando tenemos en cuenta en nuestras decisiones sus impactos sociales y medioambientales además de los económicos, cuando la ética impregna nuestra vida profesional, cuando valoramos el trabajo como fuente de realización y no como vía para ganar más dinero, cuando fomentamos modelos jurídicos y organizativos basados en las personas y no en el capital, cuando defendemos los derechos de las personas trabajadoras, etc. Como consumidores/as, somos David cuando el consumo lo ejercemos de manera crítica, consciente y transformadora alineado con nuestra responsabilidad social, cuando moderamos nuestros hábitos de consumo y ocio reduciéndolos y racionalizándolos, cuando utilizamos el gran poder que tenemos al elegir bienes y servicios valorando las condiciones sociales, laborales y medioambientales de su producción, financiación y comercialización, cuando participamos en las denuncias y boicots a la violación de los derechos humanos por las empresas transnacionales, cuando priorizamos el producto local, la agricultura y ganadería ecológicas, las energías renovables, la banca y los seguros éticos, la economía social y solidaria, el comercio justo, el mercado social, etc. Como le ocurrió a David, a los demás les pareceremos locos, insensatos, utópicos, suicidas, soberbios, desestabilizadores, contracorrientes, etc. pero, al final, también ganaremos, como lo hizo David contra Goliat. Estoy convencido que la ciudadanía vencerá con mucho esfuerzo, ánimo y perseverancia ese enfrentamiento con el actual poder económico-financiero y logrará alumbrar un nuevo modelo económico más equilibrado y humano, socialmente justo y respetuoso con el medio ambiente. “Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga ” Gandhi]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/otra-economia-esta-en-marcha/wp-content/uploads/sites/15/2015/09/davidgoliath1.jpg"><img class=" size-full wp-image-66 aligncenter" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/otra-economia-esta-en-marcha/wp-content/uploads/sites/15/2015/09/davidgoliath1.jpg" alt="davidgoliath1" width="400" height="311" /></a></p>
<p>Por Jesús Ochoa (Economistas sin Fronteras)</p>
<p>Cada vez son más las voces desde el mundo de la política, de la universidad, de la cultura y de las organizaciones sociales que denuncian el <strong>fracaso del actual modelo económico</strong> que no erradica la pobreza y genera cada vez más desigualdades y problemas medioambientales, y que plantean posibles vías para ir configurando un nuevo modelo más humano y sostenible.</p>
<p>Pero, sin embargo, el poder económico-financiero, que sustenta dicho modelo, parece que cada vez domina más el mundo imponiendo su voluntad en contra de la ciudadanía y dirigiendo nuestras vidas sometiendo al poder político.</p>
<p>¿Se puede cambiar esa situación? ¿La ciudadanía es capaz de hacerlo? ¿Podremos superar el sentimiento de impotencia y de desmoralización que supone enfrentarse a semejante poder? ¿<strong>Podremos ser el David que vence a Goliat?</strong></p>
<p>Malcom Gladwell, autor de <em>Las claves del éxito</em>, plantea que la historia de David y Goliat te hará replantearte lo que sabías sobre el poder. Es la<strong> victoria del pequeño frente al grande</strong>, del desvalido frente al poderoso, un recuerdo de que, aunque tengamos todo en nuestra contra, <strong>siempre habrá posibilidades de salir triunfante</strong>. Gladwell ha reformulado el mito en su último trabajo, dice que los débiles (o, mejor dicho, los <em>underdogs</em>, algo así como “los previsibles perdedores”) no son en realidad las víctimas, sino aquellos que, precisamente por sus dificultades, <strong>llegan más lejos</strong>. La fortaleza es sólo una apariencia, recuerda Gladwell, todos los Goliat tienen importantes puntos débiles que un enemigo avezado puede descubrir y aprovechar.</p>
<p>Para enfrentarnos a nuestro Goliat, el actual poder económico-financiero, la ciudadanía global tenemos que <strong>actuar como David:</strong> <em>responsable,</em> comprometido con una causa justa; <em>social,</em> para defender a los más débiles y el bien común de su pueblo; <em>audaz,</em> sin temer las dificultades y los riesgos; <em>osado,</em> convencido que podría vencer; <em>activo,</em> decidido a la acción; <em>valiente,</em> arriesgando su integridad y confort; <em>inteligente,</em> estudiando las estrategias adecuadas; <em>perseverante,</em> a pesar de la ingente tarea que tenía por delante; <em>inconformista</em> contra “el no hay nada que hacer” y la indolencia.</p>
<p><strong>¡¡¡¡ Todas las personas podemos ser David !!!! </strong>Todas podemos aportar nuestro grano de arena para conformar la piedra que pongamos en nuestra honda que derribe este modelo económico injusto en el que vivimos.</p>
<p>Como <strong>personas</strong>, somos David cuando interiorizamos, ejercitamos y transmitimos valores de humanidad, universalidad, justicia, solidaridad, cooperación, moderación, austeridad, transparencia, coherencia, diversidad, defensa de la naturaleza, etc., cuando priorizamos las relaciones humanas y familiares, cuando desarrollamos una conciencia crítica y global informándonos, analizando y compartiendo, cuando aportamos nuestro tiempo o nuestro dinero a causas sociales, etc.</p>
<p>Como <strong>ciudadanos y ciudadasas,</strong> somos David cuando superamos la cultura de la trampa y del escapismo, cuando hacemos un uso respetuoso de los bienes y servicios públicos, cuando cumplimos nuestras obligaciones con Hacienda y la Seguridad Social, cuando exigimos y ejercemos nuestros derechos de control de los poderes políticos y de participación en la vida pública a todos los niveles -político, sindical y social-, cuando hacemos frente a los abusos e injusticias del sistema actual, cuando trabajamos por una educación que forme personas con valores humanos, etc.</p>
<p>Como <strong>profesionales,</strong> somos David cuando tenemos en cuenta en nuestras decisiones sus impactos sociales y medioambientales además de los económicos, cuando la ética impregna nuestra vida profesional, cuando valoramos el trabajo como fuente de realización y no como vía para ganar más dinero, cuando fomentamos modelos jurídicos y organizativos basados en las personas y no en el capital, cuando defendemos los derechos de las personas trabajadoras, etc.</p>
<p>Como <strong>consumidores/as</strong>, somos David cuando el consumo lo ejercemos de manera crítica, consciente y transformadora alineado con nuestra responsabilidad social, cuando moderamos nuestros hábitos de consumo y ocio reduciéndolos y racionalizándolos, cuando utilizamos el gran poder que tenemos al elegir bienes y servicios valorando las condiciones sociales, laborales y medioambientales de su producción, financiación y comercialización, cuando participamos en las denuncias y boicots a la violación de los derechos humanos por las empresas transnacionales, cuando priorizamos el producto local, la agricultura y ganadería ecológicas, las energías renovables, la banca y los seguros éticos, la economía social y solidaria, el comercio justo, el mercado social, etc.</p>
<p>Como le ocurrió a David, a los demás les pareceremos locos, insensatos, utópicos, suicidas, soberbios, desestabilizadores, contracorrientes, etc. pero, al final, también ganaremos, como lo hizo David contra Goliat. Estoy convencido que la ciudadanía vencerá con mucho esfuerzo, ánimo y perseverancia ese enfrentamiento con el actual poder económico-financiero y logrará alumbrar un nuevo modelo económico más equilibrado y humano, socialmente justo y respetuoso con el medio ambiente.</p>
<p><strong>“Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga ” <em>Gandhi</em></strong></p>
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		<title>Más TTIP, más desigualdad</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Sep 2015 07:45:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Economistas sin Fronteras]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Economía Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Políticas Públicas]]></category>
		<category><![CDATA[Globalización]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Paco Cervera (Economistas sin Fronteras) A partir del 2004 y tras la publicación por parte de la OIT del A fair globalization. The role of the ILO. Report of the Director-General on the World Commission on the Social Dimension of Globalization (Report 92), la desigualdad pasó a ocupar una posición más central entre las preocupaciones de distintos organismos internacionales. Pero ha sido tras la publicación del libro “Capital en el siglo XXI” del economista francés Thomas Piketty que el debate sobre este concepto se ha convertido en tema obligatorio casi en cualquier tertulia, económica o no. Y es que el proceso globalizador, en la forma en que se ha desarrollado, no ha estado exento de disfunciones y entre ellas, el crecimiento de la desigualdad. El Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión, más conocido por sus siglas en inglés TTIP, ha pasado a ser un elemento de debate encendido entre partidarios y detractores. Sus partidarios resaltan los efectos positivos sobre la economía y el empleo. Un estudio independiente &#8216;Reducing Transatlantic Barriers to Trade and Investment: An Economic Assessment&#8216;, del Centre for Economic Policy Research de Londres establecía que las mejoras económicas que notaría una familia de cuatro personas rondarían los 545€ al año en ingreso disponible. Las exportaciones europeas crecerían un 6%, teniendo en cuenta que hoy por hoy, diez millones de empleos ya dependen de las exportaciones europeas a EE.UU., se generaría más empleo y mejor remunerado. Al incrementarse la competencia, la teoría económica nos dice que los precios tenderán a bajar, aspecto beneficioso para los consumidores, junto al incremento en las posibilidades de elección. Se estima que la economía crezca entre un 0.2 y 0.5% extra anualmente. Y es que este acuerdo pretende relajar, más si cabe, las restricciones comerciales que existen entre los EE.UU. y la UE, llegando a plantear un proceso de homogeneización de legislaciones actuales y futuras. Aunque no sólo esto, sino que también espera que se produzca un aumento de las inversiones extranjeras directas (IED) a ambos lados del Atlántico. Para ello, establece la creación del conocido, y polémico, ISDS (Investor-State Dispute Settlement) o tribunal (privado) de resolución de conflictos entre la parte inversora y los estados que reciben la inversión. Por tanto, es necesario preguntarse si este acuerdo, basado en la institucionalización del proceso globalizador, va a tener efectos sobre la desigualdad económica en nuestras sociedades. A pesar de que el mensaje más repetido (tienen mucho poder los TINA’s) es el que afirma que el comercio mundial y demás componentes de la globalización han reducido la desigualdad, un repaso de la literatura sobre el efecto que tiene la liberalización del comercio y de la IED sobre la desigualdad nos habla de efectos contradictorios. Todo ello consecuencia de las diferencias en cómo se mide la desigualdad, de si se dispone de datos suficientes en cantidad y/o en calidad, así como se realice la estimación, ponderando el peso poblacional y de la forma en que se homogeneizan los datos a una moneda común. ¿Puede incrementar la desigualdad económica la apertura total al comercio? Antes de responder a la cuestión me gustaría puntualizar que quizás el efecto de esta apertura, en cuanto al TTIP, sea limitado. En este sentido ya existe mucha interconexión entre ambos mercados, aunque en determinados sectores sí que puede ser importante. Lo que sucede cuando dos mercados entran en contacto es que tienden a especializarse en aquellas producciones en las que tienen ventajas competitivas. Como consecuencia de estas especializaciones se van a producir cierres de ciertas empresas con el consiguiente aumento del paro. Los TINA’s suelen argumentar que este paro es friccional y que tenderá a desaparecer en el medio plazo, pues será absorbido por aquellas industrias con ventajas competitivas. Todo este razonamiento me genera una duda y es, si ese medio plazo no será demasiado largo para una sociedad con un 20% de paro. Seguidamente me planteo si este paro friccional va a recibir una ayuda social (digna) mientras no encuentran trabajo. La duda es mayor pensando en las tendencias actuales en política de empleo mucho más favorable a medidas activas que a pasivas. En cuanto a la relación entre IED y crecimiento económico es claramente positiva y además, es un factor muy importante en la reducción de la pobreza. Pero, deja muy desprotegidas a las sociedades, pues exigen desregulaciones en aquellos sectores a los que se dirijan, lo que también provoca una mayor exposición a las crisis. Si se quiere captar inversión se va a tener que renunciar al Estado de Bienestar como se conoce hasta ahora. Los inversores van a exigir mayor control de las políticas públicas. Si entendemos que mucha de la inversión se produce para obtener ventajas en costes, entonces, si queremos obtener un mayor flujo de dinero en nuestro país vamos a tener que hacer lo mismo que en el resto pero más barato. No planteo en ningún momento las ventajas en tecnología pues estamos hablando de dos zonas desarrolladas. En cambio, los capitalistas (los grandes) podrán mover sus inversiones buscando un mayor rendimiento. En conjunto, provocará un aumento de las desigualdades entre capitalistas y asalariados, pero también entre grandes capitalistas y pequeños. En un especial del Equal Times sobre el TTIP se explica el caso de México y los efectos que el NAFTA-TLCAN supuso para los agricultores mexicanos y las maquiladoras. El Gobierno mexicano vio un incentivo para aumentar las inversiones americanas en frontera mantener los salarios bajos. Salarios bajos que no han permitido disminuir, más bien se ha incrementado, la desigualdad en esa zona. Felipe Calderón, ex presidente mexicano arremetió contra los derechos laborales con varias reformas y continuos ataques a los sindicatos y sindicalistas que se opusieron a las reformas. Es lógico pensar que de la forma en la que se está construyendo el TTIP, los países europeos, con mayor probabilidad los que sufrimos un mayor desempleo, entremos en una competición a la baja en cuanto a derechos e impuestos. Ante lo cual, que el crecimiento económico que pueda provocar este acuerdo, sea redistribuido de manera socialmente justa es francamente improbable. Se pretende sólo proteger a los grandes inversores (con el ISDS), pero ¿dónde quedamos los demás grupos de la sociedad? A pesar de asegurar desde fuentes políticas que no se permitirá esta competición entre estados no se han establecido mecanismos, al menos no se conocen, para evitarla. Es más, en relación a los sindicatos, protectores de los derechos laborales (constitucionalmente en algunos Estados), se les otorga un papel residual en todo el acuerdo, relegándolos a una especie de ONG. Pero, ¡cuidado! Quitar poder al sindicalismo conlleva rebajas en sueldos (muchas personas única fuente de renta) y, por supuesto, menos derechos. La inversión provocará una fuerte competencia entre países de la UE, pero no nos olvidemos que dentro de los propios países se van a acentuar las desigualdades entre territorios. La IED no se localiza de forma homogénea en todo el territorio. En España, son La Comunidad de Madrid y Catalunya las principales receptoras. Esta desigualdad entre territorios si se intenta subsanar con una mayor solidaridad interterritorial puede alimentar, más si cabe, los sentimientos nacionalistas de determinadas zonas del Estado. Todos estos procesos, así como sus consecuencias, no son casualidades divinas sino que proceden de decisiones de quienes nos gobiernan, y por tanto, reversibles. Si deseamos un mundo más igual es posible, con voluntad. La colaboración, y no la competición, entre países es la solución. Establecer medidas fiscales, salarios mínimos iguales junto a demás políticas de empleo para toda la UE, podría frenar la hipotética, pero probable, competición hacia una mayor desigualdad. ¿Se está negociando? Parece que no.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Por Paco Cervera (Economistas sin Fronteras)</p>
<p>A partir del 2004 y tras la publicación por parte de la OIT del <a href="http://www.ilo.org/global/publications/ilo-bookstore/order-online/books/WCMS_PUBL_9221157873_EN/lang--en/index.htm"><em>A fair globalization. The role of the ILO. Report of the Director-General on the World Commission on the Social Dimension of Globalization (Report 92)</em></a>, la desigualdad pasó a ocupar una posición más central entre las preocupaciones de distintos organismos internacionales. Pero ha sido tras la publicación del libro “Capital en el siglo XXI” del economista francés Thomas Piketty que el debate sobre este concepto se ha convertido en tema obligatorio casi en cualquier tertulia, económica o no. Y es que el proceso globalizador, en la forma en que se ha desarrollado, no ha estado exento de disfunciones y entre ellas, el crecimiento de la desigualdad.</p>
<p>El Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión, más conocido por sus siglas en inglés TTIP, ha pasado a ser un elemento de debate encendido entre partidarios y detractores. Sus partidarios resaltan los efectos positivos sobre la economía y el empleo. Un estudio independiente &#8216;<em>Reducing Transatlantic Barriers to Trade and Investment: An Economic Assessment</em>&#8216;, del <em>Centre for Economic Policy Research</em> de Londres establecía que las mejoras económicas que notaría una familia de cuatro personas rondarían los 545€ al año en ingreso disponible. Las exportaciones europeas crecerían un 6%, teniendo en cuenta que hoy por hoy, diez millones de empleos ya dependen de las exportaciones europeas a EE.UU., se generaría más empleo y mejor remunerado. Al incrementarse la competencia, la teoría económica nos dice que los precios tenderán a bajar, aspecto beneficioso para los consumidores, junto al incremento en las posibilidades de elección. Se estima que la economía crezca entre un 0.2 y 0.5% extra anualmente. Y es que este acuerdo pretende relajar, más si cabe, las restricciones comerciales que existen entre los EE.UU. y la UE, llegando a plantear un proceso de homogeneización de legislaciones actuales y futuras. Aunque no sólo esto, sino que también espera que se produzca un aumento de las inversiones extranjeras directas (IED) a ambos lados del Atlántico. Para ello, establece la creación del conocido, y polémico, ISDS (<em>Investor-State Dispute Settlement</em>) o tribunal (privado) de resolución de conflictos entre la parte inversora y los estados que reciben la inversión. Por tanto, es necesario preguntarse si este acuerdo, basado en la institucionalización del proceso globalizador, va a tener efectos sobre la desigualdad económica en nuestras sociedades.</p>
<p>A pesar de que el mensaje más repetido (tienen mucho poder los TINA’s) es el que afirma que el comercio mundial y demás componentes de la globalización han reducido la desigualdad, un repaso de la literatura sobre el efecto que tiene la liberalización del comercio y de la IED sobre la desigualdad nos habla de efectos contradictorios. Todo ello consecuencia de las diferencias en cómo se mide la desigualdad, de si se dispone de datos suficientes en cantidad y/o en calidad, así como se realice la estimación, ponderando el peso poblacional y de la forma en que se homogeneizan los datos a una moneda común.</p>
<p><strong>¿Puede incrementar la desigualdad económica la apertura total al comercio?</strong></p>
<p>Antes de responder a la cuestión me gustaría puntualizar que quizás el efecto de esta apertura, en cuanto al TTIP, sea limitado. En este sentido ya existe mucha interconexión entre ambos mercados, aunque en determinados sectores sí que puede ser importante.</p>
<p>Lo que sucede cuando dos mercados entran en contacto es que tienden a especializarse en aquellas producciones en las que tienen ventajas competitivas. Como consecuencia de estas especializaciones se van a producir cierres de ciertas empresas con el consiguiente aumento del paro. Los TINA’s suelen argumentar que este paro es friccional y que tenderá a desaparecer en el medio plazo, pues será absorbido por aquellas industrias con ventajas competitivas. Todo este razonamiento me genera una duda y es, si ese medio plazo no será demasiado largo para una sociedad con un 20% de paro. Seguidamente me planteo si este paro friccional va a recibir una ayuda social (digna) mientras no encuentran trabajo. La duda es mayor pensando en las tendencias actuales en política de empleo mucho más favorable a medidas activas que a pasivas.</p>
<p>En cuanto a la relación entre IED y crecimiento económico es claramente positiva y además, es un factor muy importante en la reducción de la pobreza. Pero, deja muy desprotegidas a las sociedades, pues exigen desregulaciones en aquellos sectores a los que se dirijan, lo que también provoca una mayor exposición a las crisis. Si se quiere captar inversión se va a tener que renunciar al Estado de Bienestar como se conoce hasta ahora. Los inversores van a exigir mayor control de las políticas públicas.</p>
<p>Si entendemos que mucha de la inversión se produce para obtener ventajas en costes, entonces, si queremos obtener un mayor flujo de dinero en nuestro país vamos a tener que hacer lo mismo que en el resto pero más barato. No planteo en ningún momento las ventajas en tecnología pues estamos hablando de dos zonas desarrolladas. En cambio, los capitalistas (los grandes) podrán mover sus inversiones buscando un mayor rendimiento. En conjunto, provocará un aumento de las desigualdades entre capitalistas y asalariados, pero también entre grandes capitalistas y pequeños. En un especial del <a href="http://www.equaltimes.org/what-does-the-ttip-really-mean-for?lang=en#.Vfb0p_ntmko">Equal Times sobre el TTIP</a> se explica el caso de México y los efectos que el NAFTA-TLCAN supuso para los agricultores mexicanos y las maquiladoras. El Gobierno mexicano vio un incentivo para aumentar las inversiones americanas en frontera mantener los salarios bajos. Salarios bajos que no han permitido disminuir, más bien se ha incrementado, la desigualdad en esa zona. Felipe Calderón, ex presidente mexicano arremetió contra los derechos laborales con varias reformas y continuos ataques a los sindicatos y sindicalistas que se opusieron a las reformas.</p>
<p>Es lógico pensar que de la forma en la que se está construyendo el TTIP, los países europeos, con mayor probabilidad los que sufrimos un mayor desempleo, entremos en una competición a la baja en cuanto a derechos e impuestos. Ante lo cual, que el crecimiento económico que pueda provocar este acuerdo, sea redistribuido de manera socialmente justa es francamente improbable. Se pretende sólo proteger a los grandes inversores (con el ISDS), pero ¿dónde quedamos los demás grupos de la sociedad?</p>
<p>A pesar de asegurar desde fuentes políticas que no se permitirá esta competición entre estados no se han establecido mecanismos, al menos no se conocen, para evitarla. Es más, en relación a los sindicatos, protectores de los derechos laborales (constitucionalmente en algunos Estados), se les otorga un papel residual en todo el acuerdo, relegándolos a una especie de ONG. Pero, ¡cuidado! Quitar poder al sindicalismo conlleva rebajas en sueldos (muchas personas única fuente de renta) y, por supuesto, menos derechos.</p>
<p>La inversión provocará una fuerte competencia entre países de la UE, pero no nos olvidemos que dentro de los propios países se van a acentuar las desigualdades entre territorios. La IED no se localiza de forma homogénea en todo el territorio. En España, son La Comunidad de Madrid y Catalunya las principales receptoras. Esta desigualdad entre territorios si se intenta subsanar con una mayor solidaridad interterritorial puede alimentar, más si cabe, los sentimientos nacionalistas de determinadas zonas del Estado.</p>
<p>Todos estos procesos, así como sus consecuencias, no son casualidades divinas sino que proceden de decisiones de quienes nos gobiernan, y por tanto, reversibles. Si deseamos un mundo más igual es posible, con voluntad. La colaboración, y no la competición, entre países es la solución. Establecer medidas fiscales, salarios mínimos iguales junto a demás políticas de empleo para toda la UE, podría frenar la hipotética, pero probable, competición hacia una mayor desigualdad. ¿Se está negociando? Parece que no.</p>
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		<title>Alternativas para disputar el poder, el ser y el saber a las transnacionales</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/repensar-el-desarrollo/2015/09/10/alternativas-para-disputar-el-poder-el-ser-y-el-saber-a-las-transnacionales/</link>
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		<pubDate>Thu, 10 Sep 2015 14:13:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[OMAL]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Economía Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate (OMAL). Quienes asistieron al nacimiento de las primeras compañías comerciales en Holanda en el siglo XVII, quienes vivieron la aparición de las fábricas textiles en Manchester en el siglo XIX, e incluso quienes contemplaron la configuración de las grandes empresas fordistas y de los incipientes conglomerados corporativos estadounidenses a lo largo de los primeros dos tercios del siglo XX, no dejarían de mostrar su asombro ante el poder acumulado hoy en día por las empresas transnacionales. Es más, podríamos llegar a afirmar que el mismísimo Karl Marx (que no fue ni mucho menos ajeno a las dinámicas de centralización y concentración del capital) se quedaría perplejo si pudiera visualizar la dimensión global y el peso que las grandes corporaciones han alcanzado en múltiples aspectos de nuestras vidas, de todas y cada una de las personas y pueblos que vivimos en este mundo globalizado. Es precisamente a partir de la actual fase de globalización neoliberal, iniciada hace cuatro décadas en el contexto de la crisis de los 70, cuando las tendencias expansivas de las empresas transnacionales se agudizan. Éstas se convierten en los agentes que con mayor fuerza impulsan una salida a dicha crisis desde el ahondamiento de los valores civilizatorios vigentes (ánimo de lucro, maximización de la ganancia, acumulación, crecimiento incesante), a través de una propuesta política conocida como Consenso de Washington (desregulación, apertura, flexibilización, limitación de las capacidades de los Estados). La implementación de dicha propuesta se ve favorecida por el disciplinamiento de la clase trabajadora, por un lado, así como por las mejoras tecnológicas en el transporte, la comunicación y la información, por el otro. De esta manera, éstas asumen el papel de agente hegemónico de la globalización neoliberal y amplían no sólo su frontera espacial a lo largo y ancho del mundo, sino también su frontera sectorial (incorporando progresivamente al mercado capitalista y controlando ámbitos como la agricultura, los servicios, los bienes naturales, las patentes sobre la propia vida, etc.), e incluso su frontera política (alcanzando una capacidad de incidencia superior a la de los Estados y los pueblos). Acumulan así un poder extraordinario que se expande más allá de lo económico y que se evidencia también en los ámbitos político, cultural y jurídico. En este sentido, y en lo que respecta al poder económico, las empresas transnacionales se sitúan en el centro de las grandes cadenas globales de producción, distribución, comercialización, finanzas y comunicación, lo que les permite acumular beneficios que superan en ocasiones las capacidades de los propios Estados. Algunos ejemplos: Wal-Mart, la mayor empresa del mundo, maneja un volumen anual de ventas que supera la suma del PIB de Colombia y Ecuador, mientras la petrolera Shell tiene unos ingresos superiores al PIB de Emiratos Árabes Unidos, al igual que el BBVA comparado con Guatemala. Por supuesto, esta situación de privilegio económico se traslada de manera natural a un poder político creciente. Las multinacionales son las principales beneficiarias (y defensoras a ultranza) de la democracia de baja intensidad en la que vivimos, donde las decisiones se alejan de la ciudadanía y se toman cada vez más en ámbitos supraestatales (como estamos viendo en las negociaciones del TTIP [1] o del TISA [2]), sin las mínimas garantías democráticas de participación e información, y contando con la connivencia de Estados matrices y receptores, así como de las principales instituciones multilaterales, formales (FMI, OMC) o informales (G7). Es en este contexto y en estos espacios donde su capacidad de incidencia a través de lobbies se acrecienta, a la vez que, en sentido contrario, los Estados (y no digamos ya los pueblos) pierden peso específico. De esta manera, los gobiernos ven limitada su capacidad para actuar en defensa de la ciudadanía en espacios donde no tienen protagonismo. A su vez, la infiltración de las transnacionales en sus competencias y responsabilidades es tal que en muchas ocasiones los Estados priman la alianza con éstas frente a su compromiso con las mayorías sociales, bien sea por derrotismo (no hay alternativa), persuasión (empleo, negocios, inversión extranjera directa, etc.) y/o corrupción (sobornos, puertas giratorias, etc.), situando a las grandes corporaciones como agentes políticos de primer orden. Pero, además, las empresas transnacionales acumulan también poder cultural, jugando un papel fundamental en la reproducción simbólica del sistema, convirtiéndose en sujetos activos en defensa de una civilización individualista, consumista, fragmentada y despolitizada. De esta manera, han entendido con claridad que su legitimación depende de los imaginarios colectivos, de los valores imperantes, para lo cual han llevado la cultura a su terreno (mercantilizándola en la medida de lo posible), a la vez que han diseñado, impulsado y generalizado un formato universal de sociedad, de ciudadanía global, y de saber y conocimiento, adaptado a la primacía del crecimiento capitalista y a la democracia de baja intensidad. Finalmente, y como garantía para mantener todo este entramado de poder económico, político y simbólico, las corporaciones transnacionales acumulan un aplastante poder jurídico. Éste se muestra en una lex mercatoria (derecho fuerte, basado en una maraña de complejos tratados, acuerdos comerciales, de inversión, etc.) que se impone sobre la soberanía de los pueblos y sobre el marco internacional de derechos humanos (derecho débil), generando así una arquitectura de la impunidad que les protege y blinda jurídicamente de las posibles iniciativas populares y/o de los Estados. El círculo se cierra. Pasamos del poder económico al político, y de éste al cultural, todo ello bajo un marco jurídico actualmente inexpugnable y que les favorece. Han conseguido, por tanto, ser el agente protagonista y hegemónico en nuestra realidad global, con una gran incidencia en múltiples ámbitos de nuestras vidas. En el centro del conflicto capital-vida La relación entre las empresas transnacionales y el sistema vigente es de absoluta simbiosis. Por un lado, es éste quien dentro de su propia lógica de reproducción ha posibilitado y favorecido el poder de las empresas transnacionales, frente al de las personas y pueblos. Por el otro, son las grandes corporaciones el agente fundamental y centro del sistema, quien lo valida y sostiene. Sistema y trasnacionales son por tanto hermanas siamesas imposibles de separar: éstas no sobrevivirían sin un modelo de sociedad que no primara los valores civilizatorios del lucro, ganancia, competencia y acumulación; mientras que el sistema no se podría trascender sin enfrentar explícitamente a las transnacionales. Su devenir camina entonces por la misma senda. Es precisamente esta senda la que muestra hoy en día con toda crudeza su carácter desigual, ingobernable, violento e insostenible. Hablamos de crisis civilizatoria, atravesamos una crisis multidimensional cuya génesis situamos en el propio modelo de sociedad global imperante, cuyos parámetros de civilización básicos desde hace más de dos siglos (progreso, individualismo, crecimiento económico capitalista y democracia liberal-representativa) y cuyos principios fuertes (ánimo de lucro, ganancia, acumulación), agudizados en la actual fase de globalización neoliberal, nos conducen a un callejón sin salida. Esto es fundamentalmente porque el propio sistema es incapaz de enfrentar esta situación en clave de bienestar, democracia, justicia y sostenibilidad, valores de segundo orden o incluso antagónicos con su propia naturaleza. Y es esta naturaleza la que lleva en su génesis una vulnerabilidad estructural que se manifiesta en un sistema de dominación múltiple que sufrimos las mayorías populares, de manera intensa pero desigual, y en el que se articulan capitalismo, patriarcado, productivismo, colonialidad y democracia de baja intensidad. Son precisamente las grandes corporaciones quienes se sitúan como agente necesario en dicha dominación múltiple. En este sentido, la primacía de sus valores y estrategias de mercantilización, centralización y concentración no sólo no ha conllevado la mejora económica prometida (cantidad y calidad en el empleo, prestación de servicios, inversiones, transferencia tecnológica), sino que ha generado unos impactos muy negativos en términos sociales, políticos, ambientales y culturales, sistemáticamente denunciados por personas y pueblos de todo el mundo. Asistimos a una crisis que apunta a la raíz del sistema. Un sistema que de manera asfixiante y natural ha ido mercantilizando, dominando y arrebatando espacios a la democracia, a la humanidad, a la vida en definitiva, por lo que no puede ser reformado sino trascendido. Nos enfrentamos pues a un conflicto explícito entre la vida y el capital, en el que este último lamina las bases materiales de reproducción de la vida, se desarrolla sobre violencia y sobre crecientes desigualdades que afectan a grandes mayorías, y se muestra ingobernable a la hora de responder a criterios de justicia y sostenibilidad. Por lo tanto, el conflicto se acrecienta en la pugna entre las personas y los pueblos en favor de la vida, por un lado, y quienes la ponen en riesgo (el capital, las empresas transnacionales y sus alianzas), por el otro. Los caminos se bifurcan y se hace más notoria la necesidad de confrontar propuestas, la urgencia por generar e implementar alternativas al statu quo. Como hemos dicho, sistema y grandes compañías son hermanas siamesas, por lo que es momento de disputar el poder, el ser y el saber a las transnacionales: disputar la soberanía y autonomía de las personas y pueblos para decidir sobre su presente y futuro; disputar la primacía de las lógicas de justicia y sostenibilidad frente a las del ánimo de lucro y el crecimiento incesante; disputar los diversos saberes populares frente al pensamiento único y corporativizado. Alternativas a las transnacionales… ¿Hacia dónde? Vivimos un momento de agudización del conflicto capital-vida, por lo que es necesario y urgente que nos empeñemos no sólo en resistir ante los embates del capital, sino también en proponer alternativas que prefiguren y desarrollen en la práctica otras formas de organización social. En este sentido, debemos iniciar y consolidar procesos de transición en defensa de la vida que nos permitan colocar diques de contención que frenen la actuación de las transnacionales, a la vez que nos posibiliten avanzar en la consecución de espacios emancipadores que escapen a sus lógicas. Además, es posible. Así, y a pesar del poder omnímodo que acumulan estas empresas, hoy en día ya se están formulando e impulsando alternativas que confrontan directamente el poder corporativo. No se trata entonces de una esperanza basada en vagas utopías, sino más bien en prácticas existentes y en la creencia en la capacidad de la humanidad para tomar las riendas de su futuro. El reto consiste por tanto en cómo articularlas para ir progresivamente arrebatando espacios para la democracia, la igualdad y la sostenibilidad, desde estrategias políticas confrontativas y de disputa de espacios, valores y legitimidades. Estas iniciativas son de una naturaleza muy diversa. En primer lugar, alcanzan diferentes intensidades dentro de la lógica de transición, desde la resistencia (ocupación de monocultivos por parte de campesinas brasileñas este 8 de marzo) hasta la propuesta alternativa (soberanía alimentaria, ecofeminismo, economía solidaria), pasando por la regulación (normas vinculantes y observatorios internacionales). En segundo lugar, son impulsadas por diferentes actores, como los movimientos sociales (nacionalización de sectores estratégicos, control público y/o social de los bienes naturales, reparto del trabajo), los gobiernos (leyes de regulación de la mercantilización de la información, normativa en defensa de derechos), las personas (consumo responsable, boicot) e incluso las propias empresas (democracia interna, primacía del trabajo frente al capital, tratamiento no capitalista del capital). Por último, y en tercer lugar, se formulan en función de los diferentes ámbitos competenciales de nuestra sociedad global, desde el territorio (mercado social, lucha contra la minería a gran escala), pasando por el Estado (nacionalización de la seguridad social), el nivel regional (como los valores de reciprocidad defendidos en ALBA-TCP [3]) y el internacional (propuesta del Tratado Internacional de los Pueblos [4]). Es por tanto fundamental reconocer, visibilizar, articular y vincular toda esta miríada de alternativas (las señaladas son sólo unos ejemplos) en una lógica de transición y de disputa integral respecto a las multinacionales. No obstante, es necesario que en este punto nos preguntemos por el horizonte de nuestras alternativas. ¿Hacia dónde se dirigen? ¿Alternativas a qué y para qué? No toda propuesta tiene por qué ser considerada una alternativa al sistema actual por el hecho de no circunscribirse estrictamente a los parámetros y principios hegemónicos. Al mismo tiempo, no toda iniciativa nace desde una lógica procesual de transición, ni desde análisis certeros de la compleja realidad global estructurada en torno al sistema de dominación múltiple. Es en este momento donde se vuelve indispensable contar no con un modelo cerrado y universal, sino más bien con una serie de principios e ideas-fuerza que nos ayuden a definir cuáles son los horizontes de emancipación que nos pueden servir de referencia para reconocer, priorizar y construir alternativas. Muchas son las perspectivas (economía feminista, ecológica, marxista, solidaria, soberanía alimentaria, decolonialidad, buen vivir, etc.) que aportan su granito de arena en este sentido. Sin ánimo de ser exhaustivos, y a modo de propuesta tentativa, planteamos a continuación una serie de ideas-fuerza que consideramos sugerentes: la centralidad de la sostenibilidad de la vida, frente a la que se otorga actualmente a la reproducción ampliada del capital; el reconocimiento y articulación de la diversidad, frente a la pretendida universalidad del modelo hegemónico y a la jerarquización de seres, poderes y saberes; la democracia participativa, que se contrapone a la democracia de baja intensidad actual; la relevancia de lo colectivo y de la comunidad frente al individualismo; la politización de lo cotidiano dentro de dinámicas que unen lo general con lo personal; y la confrontación con el sistema y sus agentes fundamentales, entre ellos las empresas transnacionales. Aterrizando estas ideas-fuerza al ámbito socio-económico y a la disputa con las grandes corporaciones, proponemos una serie de claves que nos permitirían vislumbrar hacia dónde dirigir los esfuerzos en el impulso de alternativas: asunción de los ciclos de energía, materiales y residuos; gestión democrática de la demanda en relación con un consumo menor y más responsable; democratización de las decisiones económicas (Estados, pueblos, comunidades, empresas, hogares); desmercantilización capitalista de la economía (bienes comunes, propiedad pública y/o social); redistribución y reparto equitativo de los trabajos; redistribución igualitaria de los recursos; democratización cultural (comunicación, conocimiento, etc.); reconocimiento de economías diversas; fomento de economías no capitalistas; apuesta por sistemas económicos basados en la reciprocidad y la intercooperación. Asistimos a un momento civilizatorio muy complejo, pero reiteramos la necesidad, la urgencia y la esperanza en visibilizar y construir nuevas sendas, nuevos horizontes por los que transitar, disputando el poder, el ser y el saber a las transnacionales. Es un compromiso de todas y todos, es nuestro compromiso. Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate es coordinador de Paz con Dignidad – Euskadi e investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL).  Euskaraz: “Transnazionalei boterea, izaera eta jakintza kentzeko alternatibak” &#62;&#62;  Este artículo ha sido publicado originalmente en Pueblos, nº 66, tercer trimestre de 2015. NOTAS: [1] Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión entre EEUU y la UE (por sus siglas en inglés). [2] Acuerdo Internacional de Comercio e Inversión de Servicios (por sus siglas en inglés). [3] Alternativa Bolivariana para las Américas – Tratado de Comercio de los Pueblos. [4] Hernández Zubizarreta, Juan; González, Erika y Ramiro, Pedro (2014): Tratado internacional de los pueblos para el control de las empresas transnacionales: Una apuesta desde los movimientos sociales y la solidaridad internacional, Cuadernos de Trabajo / Lan-Koadernoak, Hegoa, nº 64.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Por Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate (OMAL)<i></i><strong><i>. </i>Quienes asistieron al nacimiento de las primeras compañías comerciales en Holanda en el siglo XVII, quienes vivieron la aparición de las fábricas textiles en Manchester en el siglo XIX, e incluso quienes contemplaron la configuración de las grandes empresas fordistas y de los incipientes conglomerados corporativos estadounidenses a lo largo de los primeros dos tercios del siglo XX, no dejarían de mostrar su asombro ante el poder acumulado hoy en día por las empresas transnacionales. Es más, podríamos llegar a afirmar que el mismísimo Karl Marx (que no fue ni mucho menos ajeno a las dinámicas de centralización y concentración del capital) se quedaría perplejo si pudiera visualizar la dimensión global y el peso que las grandes corporaciones han alcanzado en múltiples aspectos de nuestras vidas, de todas y cada una de las personas y pueblos que vivimos en este mundo globalizado.</strong></p>
<div class="texte surlignable">
<p><span class="spip_document_1666 spip_documents spip_documents_center media media_image media_image_jpg"><img class=" alignleft" src="http://omal.info/local/cache-vignettes/L500xH500/p66_2-crisis-civilizatoria-y-horizontes-emancipatorios-df-d3e97.jpg" alt="Ilustración: Virginia Pedrero." width="354" height="354" /></span></p>
<p>Es precisamente a partir de la actual fase de globalización neoliberal, iniciada hace cuatro décadas en el contexto de la crisis de los 70, cuando las tendencias expansivas de las empresas transnacionales se agudizan. Éstas se convierten en los agentes que con mayor fuerza impulsan una salida a dicha crisis desde el ahondamiento de los valores civilizatorios vigentes (ánimo de lucro, maximización de la ganancia, acumulación, crecimiento incesante), a través de una propuesta política conocida como <i>Consenso de Washington</i> (desregulación, apertura, flexibilización, limitación de las capacidades de los Estados). La implementación de dicha propuesta se ve favorecida por el <i>disciplinamiento</i> de la clase trabajadora, por un lado, así como por las mejoras tecnológicas en el transporte, la comunicación y la información, por el otro.</p>
<p>De esta manera, éstas asumen el papel de agente hegemónico de la globalización neoliberal y amplían no sólo su frontera espacial a lo largo y ancho del mundo, sino también su <i>frontera sectorial</i> (incorporando progresivamente al mercado capitalista y controlando ámbitos como la agricultura, los servicios, los bienes naturales, las patentes sobre la propia vida, etc.), e incluso su <i>frontera política</i> (alcanzando una capacidad de incidencia superior a la de los Estados y los pueblos).</p>
<p>Acumulan así un poder extraordinario que se expande más allá de lo económico y que se evidencia también en los ámbitos político, cultural y jurídico. En este sentido, y en lo que respecta al poder económico, las empresas transnacionales se sitúan en el centro de las grandes cadenas globales de producción, distribución, comercialización, finanzas y comunicación, lo que les permite acumular beneficios que superan en ocasiones las capacidades de los propios Estados. Algunos ejemplos: Wal-Mart, la mayor empresa del mundo, maneja un volumen anual de ventas que supera la suma del PIB de Colombia y Ecuador, mientras la petrolera Shell tiene unos ingresos superiores al PIB de Emiratos Árabes Unidos, al igual que el BBVA comparado con Guatemala.</p>
<p>Por supuesto, esta situación de privilegio económico se traslada de manera natural a un <i>poder político</i> creciente. Las multinacionales son las principales beneficiarias (y defensoras a ultranza) de la democracia de baja intensidad en la que vivimos, donde las decisiones se alejan de la ciudadanía y se toman cada vez más en ámbitos supraestatales (como estamos viendo en las negociaciones del TTIP<span class="spip_note_ref"> [1]</span> o del TISA<span class="spip_note_ref"> [2]</span>), sin las mínimas garantías democráticas de participación e información, y contando con la connivencia de Estados matrices y receptores, así como de las principales instituciones multilaterales, formales (FMI, OMC) o informales (G7). Es en este contexto y en estos espacios donde su capacidad de incidencia a través de <i>lobbies</i> se acrecienta, a la vez que, en sentido contrario, los Estados (y no digamos ya los pueblos) pierden peso específico. De esta manera, los gobiernos ven limitada su capacidad para actuar en defensa de la ciudadanía en espacios donde no tienen protagonismo. A su vez, la infiltración de las transnacionales en sus competencias y responsabilidades es tal que en muchas ocasiones los Estados priman la alianza con éstas frente a su compromiso con las mayorías sociales, bien sea por derrotismo (no hay alternativa), persuasión (empleo, negocios, inversión extranjera directa, etc.) y/o corrupción (sobornos, puertas giratorias, etc.), situando a las grandes corporaciones como agentes políticos de primer orden.</p>
<p>Pero, además, las empresas transnacionales acumulan también <i>poder cultural</i>, jugando un papel fundamental en la reproducción simbólica del sistema, convirtiéndose en sujetos activos en defensa de una civilización individualista, consumista, fragmentada y despolitizada. De esta manera, han entendido con claridad que su legitimación depende de los imaginarios colectivos, de los valores imperantes, para lo cual han llevado la cultura a su terreno (mercantilizándola en la medida de lo posible), a la vez que han diseñado, impulsado y generalizado un formato universal de sociedad, de ciudadanía global, y de saber y conocimiento, adaptado a la primacía del crecimiento capitalista y a la democracia de baja intensidad.</p>
<p>Finalmente, y como garantía para mantener todo este entramado de poder económico, político y simbólico, las corporaciones transnacionales acumulan un aplastante <i>poder jurídico</i>. Éste se muestra en una <i>lex mercatoria</i> (derecho fuerte, basado en una maraña de complejos tratados, acuerdos comerciales, de inversión, etc.) que se impone sobre la soberanía de los pueblos y sobre el marco internacional de derechos humanos (derecho débil), generando así una <i>arquitectura de la impunidad</i> que les protege y blinda jurídicamente de las posibles iniciativas populares y/o de los Estados.</p>
<p>El círculo se cierra. Pasamos del poder económico al político, y de éste al cultural, todo ello bajo un marco jurídico actualmente inexpugnable y que les favorece. Han conseguido, por tanto, ser el agente protagonista y hegemónico en nuestra realidad global, con una gran incidencia en múltiples ámbitos de nuestras vidas.</p>
<p><strong>En el centro del conflicto capital-vida</strong></p>
<p>La relación entre las empresas transnacionales y el sistema vigente es de absoluta simbiosis. Por un lado, es éste quien dentro de su propia lógica de reproducción ha posibilitado y favorecido el poder de las empresas transnacionales, frente al de las personas y pueblos. Por el otro, son las grandes corporaciones el agente fundamental y centro del sistema, quien lo valida y sostiene. Sistema y trasnacionales son por tanto hermanas siamesas imposibles de separar: éstas no sobrevivirían sin un modelo de sociedad que no primara los valores civilizatorios del lucro, ganancia, competencia y acumulación; mientras que el sistema no se podría trascender sin enfrentar explícitamente a las transnacionales. Su devenir camina entonces por la misma senda.</p>
<p>Es precisamente esta senda la que muestra hoy en día con toda crudeza su carácter desigual, ingobernable, violento e insostenible. Hablamos de <i>crisis civilizatoria</i>, atravesamos una crisis multidimensional cuya génesis situamos en el propio modelo de sociedad global imperante, cuyos parámetros de civilización básicos desde hace más de dos siglos (progreso, individualismo, crecimiento económico capitalista y democracia liberal-representativa) y cuyos principios fuertes (ánimo de lucro, ganancia, acumulación), agudizados en la actual fase de globalización neoliberal, nos conducen a un callejón sin salida.</p>
<p>Esto es fundamentalmente porque el propio sistema es incapaz de enfrentar esta situación en clave de bienestar, democracia, justicia y sostenibilidad, valores de segundo orden o incluso antagónicos con su propia naturaleza. Y es esta naturaleza la que lleva en su génesis una vulnerabilidad estructural que se manifiesta en un <i>sistema de dominación múltiple</i> que sufrimos las mayorías populares, de manera intensa pero desigual, y en el que se articulan capitalismo, patriarcado, productivismo, colonialidad y democracia de baja intensidad. Son precisamente las grandes corporaciones quienes se sitúan como agente necesario en dicha dominación múltiple. En este sentido, la primacía de sus valores y estrategias de mercantilización, centralización y concentración no sólo no ha conllevado la mejora económica prometida (cantidad y calidad en el empleo, prestación de servicios, inversiones, transferencia tecnológica), sino que ha generado unos impactos muy negativos en términos sociales, políticos, ambientales y culturales, sistemáticamente denunciados por personas y pueblos de todo el mundo.</p>
<p>Asistimos a una crisis que apunta a la raíz del sistema. Un sistema que de manera asfixiante y natural ha ido mercantilizando, dominando y arrebatando espacios a la democracia, a la humanidad, a la vida en definitiva, por lo que no puede ser reformado sino trascendido. Nos enfrentamos pues a un <i>conflicto explícito entre la vida y el capital</i>, en el que este último lamina las bases materiales de reproducción de la vida, se desarrolla sobre violencia y sobre crecientes desigualdades que afectan a grandes mayorías, y se muestra ingobernable a la hora de responder a criterios de justicia y sostenibilidad. Por lo tanto, el conflicto se acrecienta en la pugna entre las personas y los pueblos en favor de la vida, por un lado, y quienes la ponen en riesgo (el capital, las empresas transnacionales y sus alianzas), por el otro.</p>
<p>Los caminos se bifurcan y se hace más notoria la necesidad de confrontar propuestas, la urgencia por generar e implementar alternativas al <i>statu quo</i>. Como hemos dicho, sistema y grandes compañías son hermanas siamesas, por lo que es momento de disputar el poder, el ser y el saber a las transnacionales: disputar la soberanía y autonomía de las personas y pueblos para decidir sobre su presente y futuro; disputar la primacía de las lógicas de justicia y sostenibilidad frente a las del ánimo de lucro y el crecimiento incesante; disputar los diversos saberes populares frente al pensamiento único y corporativizado.</p>
<p><strong>Alternativas a las transnacionales… ¿Hacia dónde?</strong></p>
<p>Vivimos un momento de agudización del conflicto capital-vida, por lo que es necesario y urgente que nos empeñemos no sólo en resistir ante los embates del capital, sino también en proponer <i>alternativas</i> que prefiguren y desarrollen en la práctica otras formas de organización social. En este sentido, debemos iniciar y consolidar <i>procesos de transición en defensa de la vida</i> que nos permitan colocar <i>diques de contención</i> que frenen la actuación de las transnacionales, a la vez que nos posibiliten avanzar en la consecución de <i>espacios emancipadores</i> que escapen a sus lógicas.</p>
<p>Además, es posible. Así, y a pesar del poder omnímodo que acumulan estas empresas, hoy en día ya se están formulando e impulsando alternativas que confrontan directamente el poder corporativo. No se trata entonces de una esperanza basada en vagas utopías, sino más bien en prácticas existentes y en la creencia en la capacidad de la humanidad para tomar las riendas de su futuro. El reto consiste por tanto en cómo articularlas para ir progresivamente arrebatando espacios para la democracia, la igualdad y la sostenibilidad, desde estrategias políticas confrontativas y de disputa de espacios, valores y legitimidades.</p>
<p>Estas iniciativas son de una naturaleza muy diversa. En primer lugar, alcanzan diferentes intensidades dentro de la lógica de transición, desde la resistencia (ocupación de monocultivos por parte de campesinas brasileñas este 8 de marzo) hasta la propuesta alternativa (soberanía alimentaria, ecofeminismo, economía solidaria), pasando por la regulación (normas vinculantes y observatorios internacionales). En segundo lugar, son impulsadas por diferentes actores, como los movimientos sociales (nacionalización de sectores estratégicos, control público y/o social de los bienes naturales, reparto del trabajo), los gobiernos (leyes de regulación de la mercantilización de la información, normativa en defensa de derechos), las personas (consumo responsable, boicot) e incluso las propias empresas (democracia interna, primacía del trabajo frente al capital, tratamiento no capitalista del capital). Por último, y en tercer lugar, se formulan en función de los diferentes ámbitos competenciales de nuestra sociedad global, desde el territorio (mercado social, lucha contra la minería a gran escala), pasando por el Estado (nacionalización de la seguridad social), el nivel regional (como los valores de reciprocidad defendidos en ALBA-TCP<span class="spip_note_ref"> [3]</span>) y el internacional (propuesta del Tratado Internacional de los Pueblos<span class="spip_note_ref"> [4]</span>). Es por tanto fundamental reconocer, visibilizar, articular y vincular toda esta miríada de alternativas (las señaladas son sólo unos ejemplos) en una lógica de transición y de disputa integral respecto a las multinacionales.</p>
<p>No obstante, es necesario que en este punto nos preguntemos por el horizonte de nuestras alternativas. ¿Hacia dónde se dirigen? ¿Alternativas a qué y para qué? No toda propuesta tiene por qué ser considerada una alternativa al sistema actual por el hecho de no circunscribirse estrictamente a los parámetros y principios hegemónicos. Al mismo tiempo, no toda iniciativa nace desde una lógica procesual de transición, ni desde análisis certeros de la compleja realidad global estructurada en torno al sistema de dominación múltiple. Es en este momento donde se vuelve indispensable contar no con un modelo cerrado y universal, sino más bien con una serie de principios e ideas-fuerza que nos ayuden a definir cuáles son los horizontes de emancipación que nos pueden servir de referencia para reconocer, priorizar y construir alternativas.</p>
<p>Muchas son las perspectivas (economía feminista, ecológica, marxista, solidaria, soberanía alimentaria, decolonialidad, buen vivir, etc.) que aportan su granito de arena en este sentido. Sin ánimo de ser exhaustivos, y a modo de propuesta tentativa, planteamos a continuación una serie de ideas-fuerza que consideramos sugerentes: la <i>centralidad de la sostenibilidad de la vida</i>, frente a la que se otorga actualmente a la reproducción ampliada del capital; el <i>reconocimiento y articulación de la diversidad</i>, frente a la pretendida universalidad del modelo hegemónico y a la jerarquización de seres, poderes y saberes; la <i>democracia participativa</i>, que se contrapone a la democracia de baja intensidad actual; la <i>relevancia de lo colectivo y de la comunidad</i> frente al individualismo; la <i>politización de lo cotidiano</i> dentro de dinámicas que unen lo general con lo personal; y la <i>confrontación con el sistema y sus agentes fundamentales</i>, entre ellos las empresas transnacionales.</p>
<p>Aterrizando estas ideas-fuerza al ámbito socio-económico y a la disputa con las grandes corporaciones, proponemos una serie de claves que nos permitirían vislumbrar hacia dónde dirigir los esfuerzos en el impulso de alternativas:</p>
<ul class="spip">
<li>asunción de los ciclos de energía, materiales y residuos;</li>
<li>gestión democrática de la demanda en relación con un consumo menor y más responsable;</li>
<li>democratización de las decisiones económicas (Estados, pueblos, comunidades, empresas, hogares);</li>
<li>desmercantilización capitalista de la economía (bienes comunes, propiedad pública y/o social);</li>
<li>redistribución y reparto equitativo de los trabajos;</li>
<li>redistribución igualitaria de los recursos;</li>
<li>democratización cultural (comunicación, conocimiento, etc.);</li>
<li>reconocimiento de economías diversas;</li>
<li>fomento de economías no capitalistas;</li>
<li>apuesta por sistemas económicos basados en la reciprocidad y la intercooperación.</li>
</ul>
<p>Asistimos a un momento civilizatorio muy complejo, pero reiteramos la necesidad, la urgencia y la esperanza en visibilizar y construir nuevas sendas, nuevos horizontes por los que transitar, disputando el poder, el ser y el saber a las transnacionales. Es un compromiso de todas y todos, es nuestro compromiso.</p>
<hr class="spip" />
<p><i> <strong>Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate</strong> es coordinador de Paz con Dignidad – Euskadi e investigador del <a class="spip_out" href="http://www.omal.info" target="_blank" rel="external">Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)</a>.</i></p>
<p><img class="puce" src="http://omal.info/local/cache-vignettes/L8xH11/puce-cebf5.gif" alt="-" width="8" height="11" /> <a class="spip_out" href="http://www.revistapueblos.org/?p=19678&amp;lang=eu" target="_blank" rel="external">Euskaraz: “Transnazionalei boterea, izaera eta jakintza kentzeko alternatibak” &gt;&gt;</a></p>
</div>
<p class="hyperlien"><img class="puce" src="http://omal.info/local/cache-vignettes/L8xH11/puce-cebf5.gif" alt="-" width="8" height="11" /> Este artículo ha sido publicado originalmente en <a href="http://www.revistapueblos.org/?p=19678" target="_blank"><i>Pueblos</i>, nº 66, tercer trimestre de 2015.</a></p>
<hr />
<p class="hyperlien"><strong>NOTAS</strong>:</p>
<div id="nb1">
<p><span class="spip_note_ref">[1] </span>Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión entre EEUU y la UE (por sus siglas en inglés).</p>
</div>
<div id="nb2">
<p><span class="spip_note_ref">[2] </span>Acuerdo Internacional de Comercio e Inversión de Servicios (por sus siglas en inglés).</p>
</div>
<div id="nb3">
<p><span class="spip_note_ref">[3] </span>Alternativa Bolivariana para las Américas – Tratado de Comercio de los Pueblos.</p>
</div>
<div id="nb4">
<p><span class="spip_note_ref">[4] </span>Hernández Zubizarreta, Juan; González, Erika y Ramiro, Pedro (2014): <i>Tratado internacional de los pueblos para el control de las empresas transnacionales: Una apuesta desde los movimientos sociales y la solidaridad internacional</i>, Cuadernos de Trabajo / Lan-Koadernoak, Hegoa, nº 64.</p>
</div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.otromundoestaenmarcha.org/repensar-el-desarrollo/2015/09/10/alternativas-para-disputar-el-poder-el-ser-y-el-saber-a-las-transnacionales/feed/</wfw:commentRss>
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		</item>
		<item>
		<title>#DemocratizaLasOndas, la lucha invisible de las emisoras comunitarias</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/hable-sin-miedo/2015/08/18/democratizalasondas-la-lucha-invisible-de-las-emisoras-comunitarias/</link>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 10:14:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Javier García]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación]]></category>

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		<description><![CDATA[El espectro radioeléctrico es un patrimonio de la humanidad, un bien público de uso común que debido a su escasez ha pasado a ser administrado por el Estado. Un bien común que no se ve pero tiene un valor: hizo posible la radio, la TV, la telefonía móvil y ahora el Internet móvil. Pero ¿cómo se reparte este recurso? ¿qué papel tiene la sociedad en este proceso? Lamentablemente cada vez es mayor la mercantilización de este bien y la exclusión de la sociedad civil tanto de las decisiones sobre su uso como de ser promotor de sus propias iniciativas de (tele)comunicaciones. Esta es la alerta que lanzan en España desde la campaña #DemocratizaLasOndas que reivindica un espacio en el dial para radios y televisiones al servicio de la ciudadanía. Digitalización de la TV y el dividendo digital, el caso español La radio y la televisión han sido quienes han acaparado una gran parte del dial. Pero ahora también pugnan por ese espacio las empresas de telecomunicaciones que cada vez requieren de más ancho de banda para ofrecer nuevos servicios y mayor consumo de datos. Desde 2011 el Gobierno español ha procedido a adjudicar el espectro destinado a operadores de telefonía mediante subastas, ampliando en un 70% el espacio destinado a telecomunicaciones gracias al espacio liberado tras el cese de las emisiones analógicas de TV y su digitalización. Un proceso que se ha denominado como “dividendo digital”. El proceso se completó en los últimos meses: a finales de 2014 el Gobierno, tras algunos accidentes judiciales, aprobó el “definitivo” reparto del espectro entre TV y telecomunicaciones. El nuevo plan técnico de televisión recortó los canales destinados a TV pública y excluyó a las TV comunitarias. Los últimos seis canales disponibles para TV están en estos momentos en proceso de adjudicación, prevista para el mes de octubre, al que optan: Atresmedia (Antena3 y La Sexta), Mediaset (Telecinco y Cuatro), 13TV, Net TV (Vocento), Real Madrid TV, PRISA, 13TV, Secuoya, Kiss FM y El Corte Inglés. Considerando que estamos en un año clave electoralmente con elecciones nacionales y en Cataluña: ¿influye el proceso de reparto en la labor informativa de las empresas que se postulan al concurso? Evidentemente sí. Quizá en eso tenga que ver algunos hechos ocurridos en los últimos meses  como el repentino cese del periodista Jesús Cintora de «Las Mañanas de Cuatro» o los cambios en la programación de La Sexta durante los meses de verano retirando programas como «El Intermedio», «Salvados» o «La Sexta Columna» Las emisoras comunitarias: el espectro radioeléctrico como un bien común El reparto del espectro realizado para TV y para telefonía, a pesar de su importancia política, estratégica y económica, no parece haber sido un tema dentro de la agenda de los movimientos sociales, que en todo caso han centrado sus alarmas respecto del deterioro de las televisiones públicas. Quienes sí han seguido todo este proceso desde el principio han sido las radios libres y las televisiones comunitarias. Se trata de emisoras independientes cuya gestión y programación se elabora de forma colectiva, promovidas por un colectivo de personas o por una asociación sin ánimo de lucro. Las emisoras comunitarias surgen a principios de los años 80 y ante la falta de reconocimiento legal tomaron las ondas abriendo espacios de comunicación para la ciudadanía. Más de treinta años después estas emisoras siguen enfrentando las mismas dificultades que en sus inicios, emitiendo sin licencia, peleando por hacerse un hueco en el dial con el constante riesgo de multas y cierres. En 2010 la Ley Audiovisual reconoció el derecho de estas emisoras a un espacio en el dial, pero los distintos gobiernos continúan bloqueando su acceso a frecuencias, condenándolas a la marginalidad. Durante 2015 la Red de Medios Comunitarios (ReMC), Radiotelevisió Cardedeu y TeleK pusieron en marcha la campaña #DemocratizaLasOndas para denunciar el incumpliendo de la Ley Audiovisual y llamar la atención sobre una nueva vuelta de tuerca en la mercantilización del espectro radioeléctrico. Uno de los hitos de la campaña ha sido impugnar ante el Tribunal Supremo el reparto del espectro realizado por el Gobierno para TV y telefonía 4G. Para eso ha sido necesario embarcarse en un complejo y costoso proceso judicial para el cual se abrió una campaña de recogida de donativos. Por el momento los resultados son muy modestos. La campaña de crowdfunding para recabar cinco mil euros apenas ha recogido mil, una cifra insuficiente para hacer frente económicamente al reto planteado. Puede que durante 2016 asistamos a una sentencia histórica y a la ruina económica de los promotores. Los resultados de la campaña quizá son una muestra más de las dificultades que enfrentan las emisoras comunitarias para visibilizar sus aportes y sus reivindicaciones. ¿Por qué es tan desconocida la labor de los medios comunitarios? Creo que por una parte tiene que ver con la situación de gran precariedad de estos medios y las dificultades que enfrentan para su sostenibilidad. En su ámbito más cercano estas experiencias son muy valoradas pero en la red de redes sus aportes y logros son poco conocidos. También puede deberse a que desde los movimientos sociales se ha prestado poca atención a estas iniciativas y a la importancia de la lucha por el espectro radioeléctrico. Muchas organizaciones y activistas perciben a estas emisoras como instrumentos del pasado que han sido superadas por las nuevas herramientas que ofrece Internet. Sin embargo la irrupción de internet no ha supuesto la desaparición de la emisoras comunitarias, incluso ha promovido su desarrollo convirtiéndolas en medios híbridos, un puente entre lo nuevo y lo viejo, un laboratorio para aprovechar la experiencia acumulada en la comunicación comunitaria. ¿Por qué se ha prestado tan poca atención por parte de los movimientos sociales al proceso de mercantilización del espectro radioeléctrico? La irrupción de Internet y sus nuevas posibilidades de comunicación, difusión de audio y vídeo propiciaron una visión tecno-utópica en que la lucha por el espectro parecía algo anacrónico, del pasado. Pero con el 3G, el wifi y los smartphones, Internet es un servicio de telecomunicaciones que depende del espectro radioeléctrico para operar. En la última década se ha realizado un importante reparto de espectro destinado a telefonía, primero con las concesiones de 3G y después con la subasta de las frecuencias para 4G. Los movimientos sociales han sabido sacar rendimiento a estas nuevas herramientas de comunicación pero deslumbrados por los nuevos avances tecnológico ha pasado desapercibido el proceso de privatización del espectro. Las emisoras comunitarias, que siempre entendieron el espectro radioeléctrico como un bien común, se han abierto a internet pero sin abandonar la lucha por el dial. En esa línea van también iniciativas más novedosas como guifi.net y otras cooperativas de telecomunicaciones. Ahora con Internet propagándose por las ondas el debate sobre cómo y quien administra el espectro radioeléctrico está más vigente que nunca, si no queremos conformarnos con ser meros consumidores y usuarios de redes privatizadas. Por eso recomiendo prestar atención a la pelea que están dando las emisoras comunitarias con el reparto del espectro y animo a apoyar la campaña de crowdfunding #DemocratizaLasOndas. Los logros en estas luchas serán claves en el proceso de privatización del espectro y en su reivindicación como un bien común.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.migranodearena.org/es/reto/5979/democratiza-las-ondas/" target="_blank"><img class="alignnone wp-image-51" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/hable-sin-miedo/wp-content/uploads/sites/9/2015/08/Banner-explicativo_v4HAZ-CLICK-2.jpg" alt="Banner explicativo_v4HAZ CLICK (2)" width="1070" height="137" /></a></p>
<p>El espectro radioeléctrico es un patrimonio de la humanidad, un bien público de uso común que debido a su escasez ha pasado a ser administrado por el Estado. Un bien común que no se ve pero tiene un valor: hizo posible la radio, la TV, la telefonía móvil y ahora el Internet móvil. Pero ¿cómo se reparte este recurso? ¿qué papel tiene la sociedad en este proceso?</p>
<p>Lamentablemente cada vez es mayor la mercantilización de este bien y la exclusión de la sociedad civil tanto de las decisiones sobre su uso como de ser promotor de sus propias iniciativas de (tele)comunicaciones. Esta es la alerta que lanzan en España desde la campaña #DemocratizaLasOndas que reivindica un espacio en el dial para radios y televisiones al servicio de la ciudadanía.</p>
<h2><strong>Digitalización de la TV y el dividendo digital, el caso español</strong></h2>
<p>La radio y la televisión han sido quienes han acaparado una gran parte del dial. Pero ahora también pugnan por ese espacio las empresas de telecomunicaciones que cada vez requieren de más ancho de banda para ofrecer nuevos servicios y mayor consumo de datos.</p>
<p>Desde 2011 el Gobierno español ha procedido a adjudicar el espectro destinado a operadores de telefonía <a href="http://www.minetur.gob.es/es-ES/GabinetePrensa/NotasPrensa/2011/Paginas/npsubastaespectro.aspx">mediante subastas</a>, ampliando en un 70% el espacio destinado a telecomunicaciones gracias al espacio liberado tras el cese de las emisiones analógicas de TV y su digitalización. Un proceso que se ha denominado como “dividendo digital”.</p>
<p>El proceso se completó en los últimos meses: a finales de 2014 el Gobierno, tras algunos accidentes judiciales, aprobó el “definitivo” reparto del espectro entre TV y telecomunicaciones.</p>
<p>El nuevo plan técnico de televisión recortó los canales destinados a TV pública y excluyó a las TV comunitarias. Los últimos seis canales disponibles para TV están en estos momentos en <a href="http://economia.elpais.com/economia/2015/06/16/actualidad/1434464427_200871.html">proceso de adjudicación</a>, prevista para el mes de octubre, al que optan: Atresmedia (Antena3 y La Sexta), Mediaset (Telecinco y Cuatro), 13TV, Net TV (Vocento), Real Madrid TV, PRISA, 13TV, Secuoya, Kiss FM y El Corte Inglés.</p>
<p>Considerando que estamos en un año clave electoralmente con elecciones nacionales y en Cataluña: ¿influye el proceso de reparto en la labor informativa de las empresas que se postulan al concurso?</p>
<p>Evidentemente sí. Quizá en eso tenga que ver algunos hechos ocurridos en los últimos meses  como el repentino <a href="http://www.lavanguardia.com/television/programas/20150327/54428502592/jesus-cintora-las-mananas-de-cuatro-despedido.html">cese del periodista Jesús Cintora</a> de «Las Mañanas de Cuatro» o los <a href="http://vozpopuli.com/economia-y-finanzas/66348-batacazo-de-la-sexta-su-audiencia-se-hunde-tras-retirar-sus-programas-mas-molestos">cambios en la programación de La Sexta</a> durante los meses de verano retirando programas como «El Intermedio», «Salvados» o «La Sexta Columna»</p>
<h2><strong>Las emisoras comunitarias: el espectro radioeléctrico como un bien común</strong></h2>
<p>El reparto del espectro realizado para TV y para telefonía, a pesar de su importancia política, estratégica y económica, no parece haber sido un tema dentro de la agenda de los movimientos sociales, que en todo caso han centrado sus alarmas respecto del deterioro de las televisiones públicas.</p>
<p>Quienes sí han seguido todo este proceso desde el principio han sido las radios libres y las televisiones comunitarias. Se trata de emisoras independientes cuya gestión y programación se elabora de forma colectiva, promovidas por un colectivo de personas o por una asociación sin ánimo de lucro. Las emisoras comunitarias surgen a principios de los años 80 y ante la falta de reconocimiento legal tomaron las ondas abriendo espacios de comunicación para la ciudadanía. Más de treinta años después estas emisoras siguen enfrentando las mismas dificultades que en sus inicios, emitiendo sin licencia, peleando por hacerse un hueco en el dial con el constante riesgo de multas y cierres. En 2010 la Ley Audiovisual reconoció el derecho de estas emisoras a un espacio en el dial, pero los distintos gobiernos continúan bloqueando su acceso a frecuencias, condenándolas a la marginalidad.</p>
<p>Durante 2015 la Red de Medios Comunitarios (ReMC), Radiotelevisió Cardedeu y TeleK pusieron en marcha la campaña #DemocratizaLasOndas para denunciar el incumpliendo de la Ley Audiovisual y llamar la atención sobre una nueva vuelta de tuerca en la mercantilización del espectro radioeléctrico.</p>
<p>Uno de los hitos de la campaña ha sido impugnar ante el Tribunal Supremo el reparto del espectro realizado por el Gobierno para TV y telefonía 4G. Para eso ha sido necesario embarcarse en un complejo y costoso proceso judicial para el cual se abrió una campaña de recogida de donativos. Por el momento los resultados son muy modestos. La campaña de <em>crowdfunding </em>para recabar cinco mil euros apenas ha recogido mil, una cifra insuficiente para hacer frente económicamente al reto planteado. Puede que durante 2016 asistamos a una sentencia histórica y a la ruina económica de los promotores.</p>
<p>Los resultados de la campaña quizá son una muestra más de las dificultades que enfrentan las emisoras comunitarias para visibilizar sus aportes y sus reivindicaciones.</p>
<h2><strong>¿Por qué es tan desconocida la labor de los medios comunitarios?</strong></h2>
<p>Creo que por una parte tiene que ver con la situación de gran precariedad de estos medios y las dificultades que enfrentan para su sostenibilidad. En su ámbito más cercano estas experiencias son muy valoradas pero en la red de redes sus aportes y logros son poco conocidos.</p>
<p>También puede deberse a que desde los movimientos sociales se ha prestado poca atención a estas iniciativas y a la importancia de la lucha por el espectro radioeléctrico. Muchas organizaciones y activistas perciben a estas emisoras como instrumentos del pasado que han sido superadas por las nuevas herramientas que ofrece Internet.</p>
<p>Sin embargo la irrupción de internet no ha supuesto la desaparición de la emisoras comunitarias, incluso ha promovido su desarrollo convirtiéndolas en medios híbridos, un puente entre lo nuevo y lo viejo, un laboratorio para aprovechar la experiencia acumulada en la comunicación comunitaria.</p>
<h2><strong>¿Por qué se ha prestado tan poca atención por parte de los movimientos sociales al proceso de mercantilización del espectro radioeléctrico?</strong></h2>
<p>La irrupción de Internet y sus nuevas posibilidades de comunicación, difusión de audio y vídeo propiciaron una visión tecno-utópica en que la lucha por el espectro parecía algo anacrónico, del pasado. Pero con el 3G, el wifi y los smartphones, Internet es un servicio de telecomunicaciones que depende del espectro radioeléctrico para operar. En la última década se ha realizado un importante reparto de espectro destinado a telefonía, primero con las concesiones de 3G y después con la subasta de las frecuencias para 4G. Los movimientos sociales han sabido sacar rendimiento a estas nuevas herramientas de comunicación pero deslumbrados por los nuevos avances tecnológico ha pasado desapercibido el proceso de privatización del espectro.</p>
<p>Las emisoras comunitarias, que siempre entendieron el espectro radioeléctrico como un bien común, se han abierto a internet pero sin abandonar la lucha por el dial. En esa línea van también iniciativas más novedosas como guifi.net y otras cooperativas de telecomunicaciones. Ahora con Internet propagándose por las ondas el debate sobre cómo y quien administra el espectro radioeléctrico está más vigente que nunca, si no queremos conformarnos con ser meros consumidores y usuarios de redes privatizadas.</p>
<p>Por eso recomiendo prestar atención a la pelea que están dando las emisoras comunitarias con el reparto del espectro y animo a apoyar la <a href="http://www.migranodearena.org/es/reto/5979/democratiza-las-ondas/">campaña de crowdfunding #DemocratizaLasOndas</a>. Los logros en estas luchas serán claves en el proceso de privatización del espectro y en su reivindicación como un bien común.</p>
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