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	<title>Ceniza de Ombú &#187; Cambio Social</title>
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	<description>Un blog de literatura que transforma</description>
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		<title>Adrienne Rich: la voluntad de conectar</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Mar 2021 09:21:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios. Cuando recibí la versión revisada de la Antología poética (1951-1985) de Adrienne Rich -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en The Dream of a Common Language) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando: “Nadie vive en este cuarto sin enfrentarse con la blancura de la pared detrás de los poemas, los estantes de libros, las fotografías de heroínas muertas. Sin reflexionar tarde y al fin sobre la verdadera naturaleza de la poesía. La voluntad de conectar. El sueño de un lenguaje común”. Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz[1]: donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –the drive to connect en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien. Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más. A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer. “Kenneth me dice que ha ordenado sus libros para mirar a Blake y Kafka mientras escribe; sí; y todavía debemos considerar a Swift detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto, el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide, y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos- de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres      carbonizadas en la hoguera, siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”                                               (Twenty-one Love Poems, 1976) Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo. Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.                                            “El tiempo es masculino y en sus copas brinda por las bellas. Absortas en las galanterías, escuchamos las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades, la indolencia se interpreta como abnegación, el descuido en el pensar se denomina intuición, se perdona cada traspié, nuestro crimen solo consiste en hacer demasiada sombra, o en romper el molde, sin vacilar.”                           (Snapshots of a Daughter-in-law, 1963) Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:        “ ¿pero cuándo elegimos      ver nuestros cuerpos atados en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante        cuándo elegimos ser      linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos del centro de la ciudad cuándo elegimos       convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”                                  (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común necesita recurrir al legado de otras mujeres. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética. “¿Cómo puedo dejar de amar                                                tu lucidez y tu furia? ¿Cómo puedo darte                                todos tus derechos                                                  obtener valentía de tu valentía honrar tu exacto                           legado tal cual es y reconocer                    además                                 que no es suficiente?”                            (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian. La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: Listening for Something, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”. Por favor: subrayen, subrayen… &#160; [1] Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich y Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&#38;contents=toc-38597 &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><img class="  wp-image-179 alignright" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2021/03/Antologia_poetica_Adrienne-Rich-194x300.jpg" alt="visor" width="159" height="246" />     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando recibí la versión revisada de la <strong><em>Antología poética (1951-1985)</em> de Adrienne Rich</strong> -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en <em>The Dream of a Common Language</em>) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando:</p>
<p>“Nadie vive en este cuarto<br />
sin enfrentarse con la blancura de la pared<br />
detrás de los poemas, los estantes de libros,<br />
las fotografías de heroínas muertas.<br />
Sin reflexionar tarde y al fin sobre<br />
la verdadera naturaleza de la poesía. <strong>La voluntad</strong><br />
<strong> de conectar. El sueño de un lenguaje común</strong>”.</p>
<p style="text-align: justify">Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré <strong>un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz<a href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a>: </strong>donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –<em>the drive to connect </em>en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien.</p>
<p style="text-align: justify">Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. <strong>La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más.</strong></p>
<p>A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich <strong>hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. </strong>A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer.</p>
<p>“Kenneth me dice que ha ordenado sus libros<br />
para mirar a Blake y Kafka mientras escribe;<br />
sí; y todavía debemos considerar a Swift<br />
detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto,<br />
el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide,<br />
y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos-<br />
de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres<br />
<em>     </em><em>carbonizadas en la hoguera,<br />
siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”<br />
<em>         </em> <em>                                    (Twenty-one Love Poems, 1976)</em></em></p>
<p>Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– <strong>tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías</strong>; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo.</p>
<p>Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de <strong>disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos</strong>. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.</p>
<p><em>            </em>                               <em>“El tiempo es masculino<br />
y en sus copas brinda por las bellas.<br />
Absortas en las galanterías, escuchamos<br />
las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades,<br />
la indolencia se interpreta como abnegación,<br />
el descuido en el pensar se denomina intuición,<br />
se perdona cada traspié, nuestro crimen<br />
solo consiste en hacer demasiada sombra,<br />
o en romper el molde, sin vacilar.”<br />
<em> </em>                         </em>(<em>Snapshots of a Daughter-in-law, 1963)</em></p>
<p>Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:</p>
<p><em>       </em><em>“ ¿pero cuándo elegimos<br />
<em>     </em><em>ver nuestros cuerpos atados<br />
en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante<br />
<em>       </em><em>cuándo elegimos ser<br />
<em>     </em><em>linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos<br />
del centro de la ciudad cuándo elegimos<br />
<em>      </em><em>convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”<br />
<em>                                 </em>(<em>A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</em></em></em></em></em></p>
<p>Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común <strong>necesita recurrir al legado de otras mujeres</strong>. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética.</p>
<p>“¿Cómo puedo dejar de amar<br />
<em>                                               </em><em>tu lucidez y tu furia?<br />
¿Cómo puedo darte<br />
<em>                               t</em><em>odos tus derechos<br />
<em>                                                 </em><em>obtener valentía de tu valentía<br />
honrar tu exacto<br />
<em>     </em><em>                     legado tal cual es<br />
y reconocer<br />
<em>                   </em><em>además<br />
<em>                                </em><em>que no es suficiente?”</em></em></em></em></em></em></p>
<p><em>                           (A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</p>
<p style="text-align: justify">La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian.</p>
<p style="text-align: justify">La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: <em>Listening for Something</em>, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”.</p>
<p>Por favor: subrayen, subrayen…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: <em>The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich</em> y <em>Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich</em>. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la <em>Breve historia feminista de la </em>literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&amp;contents=toc-38597</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Cuando no queda más remedio que negar a las vírgenes</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Mar 2020 10:08:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Igualdad]]></category>

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		<description><![CDATA[Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza. En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las clases dominantes. Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al purple washing sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.” Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas? El feminismo vaut bien plus qu´une messe. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual. Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios. Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente. No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza.</p>
<p style="text-align: justify">En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las <em>clases dominantes</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al <em>purple washing</em> sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.”</p>
<p style="text-align: justify">Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas?</p>
<p style="text-align: justify">El feminismo <em>vaut bien plus qu´une messe</em>. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual.</p>
<p style="text-align: justify">Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios.</p>
<p style="text-align: justify">Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente.</p>
<p style="text-align: justify">No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.</p>
<p style="text-align: justify">
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		<title>El rumor de las voces propias</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2016/08/23/el-rumor-de-las-voces-propias/</link>
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		<pubDate>Tue, 23 Aug 2016 17:03:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
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		<description><![CDATA[        Juan Carlos Onetti escribió que un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre: “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (Dejemos hablar al viento). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog. Al final de El hombre que amaba a los perros, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”. Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en El punto ciego-, la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual. Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores. Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar. Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de Ceniza de ombú (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. Una se paraba a narrar desde algún lugar y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible. La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones. Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. ¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada? Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana. Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos. Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador? Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura. Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la fé cega, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es faca amolada. *Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">        Juan Carlos Onetti escribió que <strong>un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre:</strong> “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (<em>Dejemos hablar al viento</em>). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog.</p>
<p style="text-align: justify">Al final de <em>El hombre que amaba a los perros</em>, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”.</p>
<p style="text-align: justify">Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en <em>El punto ciego-</em>, <strong>la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual.</strong> Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores.</p>
<p style="text-align: justify">Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, <strong>había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de <em>Ceniza de ombú</em> (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. <strong>Una se paraba a narrar desde algún lugar</strong> y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible.</p>
<p style="text-align: justify">La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones.</p>
<p style="text-align: justify">Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. <strong>¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada?</strong> Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo</strong> en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos<strong>.</strong> Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador?</p>
<p style="text-align: justify">Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. <strong>Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. </strong>Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura.</p>
<p style="text-align: justify">Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la <em>fé cega</em>, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es <em>faca amolada</em>.</p>
<p style="text-align: right">*Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog.</p>
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		<title>Los agujeros del horror y las manos que los cierran</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2016 19:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado desaparece, su vórtice candente colapsó y se evaporó, el ser humano sigue el curso de su vida. Le rodea lo cotidinano. Todo a su alrededor es corriente, excepto su memoria. Svetlana Alexiévich. La guerra no tiene rostro de mujer (pág.169)           Suena de nuevo ese ruido que nos hace daño, nos trastoca. Quizás dure algunos días su eco, tal vez incluso tengamos la oportunidad de demostrar que podemos ser mejores. “Vivimos tiempos inciertos” –escuchamos en las tertulias, a los vecinos que siempre se adelantan a dar las primicias más lúgubres. El horror, que creíamos que era ajeno y no cotidiano, aparece de repente en nuestras calles en intervalos de tiempo que sentimos más cortos. Los agujeros del horror abren sus precipicios bajo nuestros pies. El discurso racista y fundamentalista de quien puede convertirse en presidente de EEUU; el integrismo del ISIS y su amenaza de califato excluyente y asesino; la vergüenza del vecchio continente de dejar a la deriva a miles de refugiados; los pecados de las potencias que apoyaron durante décadas el islamismo radical o lo alentaron; la destrucción del medio ambiente; el patriarcado que sigue adosado a las mentes&#8230; ¿Qué esperar cuando en los países que creímos modelo de tolerancia ganan espacio los discursos más insolidarios y nacionalistas? Todos estos argumentos podrían respaldar la hipótesis de esos tiempos inciertos, pero habría algo de impostado si tratáramos de argumentar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La literatura está ahí para recordarnos otros momentos o geografías de agujeros de horror, siempre tan incomprensibles como probables. La lectura de La guerra no tiene rostro de mujer, de la última premio Nobel de literatura Svetlana Alexiévich, me ha permitido hacer más llevadero el presente. Encontramos argumentos para no juzgarnos peores que nuestros antecesores y corroborar que el progreso es un entorno fallido. Es cierto que somos capaces de consensuar agendas de desarrollo ambiciosas en el seno de las Naciones Unidas, pero a la vez damos pasos atrás en la evolución hacia un buen convivir con otros seres con los que compartimos el planeta. Uno de los agujeros más profundos del siglo XX fue la II Guerra Mundial. Los relatos parecían todos contados, pero la escritora bielorrusa tuvo la paciencia y la ocurrencia de amplificar la voz de un millón de soviéticas que participaron en una de las conflagraciones más sangrientas de todos los siglos. Esos relatos se adentran en sus miradas particulares del drama y la violencia. De nuevo nos sorprenden. Distintas narraciones muestran la guerra desde la juventud de mujeres solidarias que sienten que su destino está ligado al de muchas otras personas. Hay un engaño cruel de partida: el de pensar que tienen más que ver con quienes son de donde ellas han nacido. La máquina de propaganda estaba bien afianzada, el sentimiento nacionalista se manipulaba: “Nosotras no necesitábamos ahondar en cómo éramos (…). Nos educaron en la idea de que éramos uno con la Patria” (pág.87). Ese es otro fundamentalismo que hace más iguales a las personas, a pesar de que se esté en distintos bandos. La guerra no deja espacio para comprender al prisionero que cae preso, todo se convierte en patria totalizante, excusa para la muerte, para ese horror que solo se combate desde el recuerdo, desde el relato que hacen aquellas que lo vivieron. La obligación de odiar, el miedo a ser persona, a mirar al otro. Pero Alexiévich nos muestra las grietas que se abren en ese muro desde las miradas de esas mujeres. Los trajes de los soldados les quedan demasiado grandes, las botas de hombre les provocan heridas por no estar hechas con hormas adaptadas a sus pies. Lo cierto es que hay una violencia que ellas detestan, desde otra sensibilidad, que hace que hasta critiquen a sus compañeros soviéticos cuando perciben la violencia masculina, incluso contra el enemigo, como intolerable. Tan deplorable como la que ven en los alemanes cuando el soldado arrebata a un bebé de los brazos de su madre mientras le da el pecho para molerlo a golpes o cuando presencian la brutalidad contra sus compañeras violadas y exhibidas salvajemente empaladas después de ser torturadas y asesinadas. Alexiévich argumenta esta diferencia de mirada entre hombres y mujeres, pero eso no significa que no haya pluralidad de cantos y escalas: “Ellas -¿cómo explicarlo bien?- extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y solo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias. Los sentimientos y el lenguaje de las personas cultas, por muy extraño que parezca, a menudo son más vulnerables frente al moldeo del tiempo” (pág.15). Su mirada no es la misma, como tampoco lo es el resultado de ese horror. Cuando la guerra termina, después de servir con su juventud como carne de cañón, el patriarcado hizo que a aquellas mujeres fueran estigmatizadas, que fueran tratadas como no se merecían: “…como las chicas del frente, unas cualquiera que habían estado con los hombres…”. Los seres humanos somos capaces de abrir un agujero de horror, pero también son nuestros pequeños gestos los que descorren un sortilegios que hace posible taponar el hueco que todo lo absorbe. En el relato de Alexiévich, que es confeccionado de manera caleidoscópica a través de ese coro de testimonios, vemos como los gestos de las combatientes van cerrando el precipicio. Sus acciones, contra todo pronóstico, les acercan al otro, a quien han sentido tan diferente. Una de ellas comparte el pan con los prisioneros alemanes vencidos:  “Yo estaba feliz… Estaba feliz porque no era capaz de odiar. Me sorprendí a mí misma…” (pág.105). Este es un relato de uno de tantos agujeros del horror con los que se escribe la historia de la humanidad. Y todos emanan una pestilencia intolerable. Una de las ex combatientes, Anastasia Ivánovna, le dice a Alexievich: “Usted es escritora. Invéntense algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…” (pág. 242). Pero pese a esta frase, los lectores de este testimonio seguramente no puedan dejar de admirarse por esa fortaleza, por esa capacidad para celebrar la vida de quienes han contribuido a poner fin a ese horror. Nosotras también estamos a tiempo de cerrar los agujeros presentes, de estar al lado de la tolerancia y la cultura de paz que son las mejores armas contra cualquier fundamentalismo, porque como bien decía una enfermera soviética al sentir compasión por uno de los heridos alemanes: “(…) no sería capaz de pegar a un prisionero por el mero hecho de que está indefenso. Lo importante es que cada uno tomaba sus propias decisiones” (pág. 189). * Las citas han sido extraídas de la siguiente edición: Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer, Debate, Buenos Aires, 2015. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>El pasado desaparece, su vórtice candente colapsó y </em></p>
<p style="text-align: right"><em>se evaporó, el ser humano sigue el curso de su vida. </em></p>
<p style="text-align: right"><em>Le rodea lo cotidinano. </em></p>
<p style="text-align: right"><em>Todo a su alrededor es corriente, excepto su memoria.</em></p>
<p style="text-align: right">Svetlana Alexiévich. <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em> (pág.169)</p>
<p style="text-align: justify">          Suena de nuevo ese ruido que nos hace daño, nos trastoca. Quizás dure algunos días su eco, tal vez incluso tengamos la oportunidad de demostrar que podemos ser mejores. “Vivimos tiempos inciertos” –escuchamos en las tertulias, a los vecinos que siempre se adelantan a dar las primicias más lúgubres. <strong>El horror, que creíamos que era ajeno y no cotidiano, aparece de repente en nuestras calles en intervalos de tiempo que sentimos más cortos.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Los agujeros del horror abren sus precipicios bajo nuestros pies. El discurso racista y fundamentalista de quien puede convertirse en presidente de EEUU; el integrismo del ISIS y su amenaza de califato excluyente y asesino; la vergüenza del <em>vecchio continente</em> de dejar a la deriva a miles de refugiados; los pecados de las potencias que apoyaron durante décadas el islamismo radical o lo alentaron; la destrucción del medio ambiente; el patriarcado que sigue adosado a las mentes&#8230; <strong>¿Qué esperar cuando en los países que creímos modelo de tolerancia ganan espacio los discursos más insolidarios y nacionalistas?</strong></p>
<p style="text-align: justify">Todos estos argumentos podrían respaldar la hipótesis de esos tiempos inciertos, pero habría algo de impostado si tratáramos de argumentar aquello de que <em>cualquier tiempo pasado fue mejor</em>. <strong>La literatura está ahí para recordarnos otros momentos o geografías de agujeros de horror, siempre tan incomprensibles como probables.</strong></p>
<p style="text-align: justify">La lectura de<strong><em> La guerra no tiene rostro de mujer</em>, de la última premio Nobel de literatura Svetlana Alexiévich,</strong> me ha permitido hacer más llevadero el presente. Encontramos argumentos para no juzgarnos peores que nuestros antecesores y corroborar que el progreso es un entorno fallido. Es cierto que somos capaces de consensuar agendas de desarrollo ambiciosas en el seno de las Naciones Unidas, pero a la vez damos pasos atrás en la evolución hacia un buen convivir con otros seres con los que compartimos el planeta.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de los agujeros más profundos del siglo XX fue la II Guerra Mundial. <strong>Los relatos parecían todos contados, pero la escritora bielorrusa tuvo la paciencia y la ocurrencia de amplificar la voz de un millón de soviéticas</strong> que participaron en una de las conflagraciones más sangrientas de todos los siglos. Esos relatos se adentran en sus miradas particulares del drama y la violencia. De nuevo nos sorprenden.</p>
<p style="text-align: justify">Distintas narraciones muestran la guerra desde la juventud de mujeres solidarias que sienten que su destino está ligado al de muchas otras personas. <strong>Hay un engaño cruel de partida: el de pensar que tienen más que ver con quienes son de donde ellas han nacido.</strong></p>
<p style="text-align: justify">La máquina de propaganda estaba bien afianzada, el sentimiento nacionalista se manipulaba: “Nosotras no necesitábamos ahondar en cómo éramos (…). Nos educaron en la idea de que éramos uno con la Patria” (pág.87). Ese es otro fundamentalismo que hace más iguales a las personas, a pesar de que se esté en distintos bandos.</p>
<p>La guerra no deja espacio para comprender al prisionero que cae preso, t<strong>odo se convierte en patria totalizante, excusa para la muerte, para ese horror que solo se combate desde el recuerdo, desde el relato que hacen aquellas que lo vivieron</strong>. La obligación de odiar, el miedo a ser persona, a mirar al otro.</p>
<p style="text-align: justify">Pero <strong>Alexiévich nos muestra las grietas que se abren en ese muro desde las miradas de esas mujeres.</strong> Los trajes de los soldados les quedan demasiado grandes, las botas de hombre les provocan heridas por no estar hechas con hormas adaptadas a sus pies. Lo cierto es que hay una violencia que ellas detestan, desde otra sensibilidad, que hace que hasta critiquen a sus compañeros soviéticos cuando perciben la violencia masculina, incluso contra el enemigo, como intolerable.</p>
<p style="text-align: justify">Tan deplorable como la que ven en los alemanes cuando el soldado arrebata a un bebé de los brazos de su madre mientras le da el pecho para molerlo a golpes o cuando presencian la brutalidad contra sus compañeras violadas y exhibidas salvajemente empaladas después de ser torturadas y asesinadas.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Alexiévich argumenta esta diferencia de mirada entre hombres y mujeres,</strong> pero eso no significa que no haya pluralidad de cantos y escalas:</p>
<p style="text-align: justify"><em>“Ellas -¿cómo explicarlo bien?- extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y solo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias. Los sentimientos y el lenguaje de las personas cultas, por muy extraño que parezca, a menudo son más vulnerables frente al moldeo del tiempo” (pág.15).</em></p>
<p style="text-align: justify">Su mirada no es la misma, como tampoco lo es el resultado de ese horror. Cuando la guerra termina, después de servir con su juventud como carne de cañón, el patriarcado hizo que a aquellas mujeres fueran estigmatizadas, que fueran tratadas como no se merecían: “…como las chicas del frente, unas cualquiera que habían estado con los hombres…”.</p>
<p style="text-align: justify">Los seres humanos somos capaces de abrir un agujero de horror, pero también s<strong>on nuestros pequeños gestos los que descorren un sortilegios que hace posible taponar el hueco que todo lo absorbe.</strong> En el relato de Alexiévich, que es confeccionado de manera caleidoscópica a través de ese coro de testimonios, vemos como los gestos de las combatientes van cerrando el precipicio. Sus acciones, contra todo pronóstico, les acercan al otro, a quien han sentido tan diferente. Una de ellas comparte el pan con los prisioneros alemanes vencidos:</p>
<p><em> “Yo estaba feliz… Estaba feliz porque no era capaz de odiar. Me sorprendí a mí misma…” (pág.105).</em></p>
<p>Este es un relato de uno de tantos agujeros del horror con los que se escribe la historia de la humanidad. Y todos emanan una pestilencia intolerable. Una de las ex combatientes, Anastasia Ivánovna, le dice a Alexievich:</p>
<p><em>“Usted es escritora. Invéntense algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…” (pág. 242). </em></p>
<p style="text-align: justify">Pero pese a esta frase, los lectores de este testimonio seguramente no puedan dejar de admirarse por esa fortaleza, por esa capacidad para celebrar la vida de quienes han contribuido a poner fin a ese horror. <strong>Nosotras también estamos a tiempo de cerrar los agujeros presentes, de estar al lado de la tolerancia y la cultura de paz que son las mejores armas contra cualquier fundamentalismo,</strong> porque como bien decía una enfermera soviética al sentir compasión por uno de los heridos alemanes:</p>
<p style="text-align: justify"><em>“(…) no sería capaz de pegar a un prisionero por el mero hecho de que está indefenso. Lo importante es que cada uno tomaba sus propias decisiones” (pág. 189).</em></p>
<p style="text-align: left">* Las citas han sido extraídas de la siguiente edición: Svetlana Alexiévich: <em>La guerra no tiene rostro de mujer, </em>Debate, Buenos Aires, 2015.</p>
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		<title>La realidad y sus desaciertos</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/10/25/la-realidad-y-sus-desaciertos/</link>
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		<pubDate>Sun, 25 Oct 2015 22:48:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos… Myriam Diocaretz &#160; Intentar ligar la literatura con las inquietudes que nos acechan, con tantos desaciertos de la realidad, NO significa meter la literatura, que por definición es inasible, en una caja de zapatos. De la literatura, como ejercicio que tiene en la libertad su principal valor, seguramente emanan las mejores representaciones del poder humano y sus miserias (recientemente encontré un buen ejemplo en Bandidos, del chileno Rafael Ruiz Moscatelli). Disiento, por lo tanto, con aquellos que temen o etiquetan de panfleto a la literatura que refleja porciones de la realidad o reinventa pedazos de mundo. No es que la literatura se convierta en una herramienta de cambio, sino que transformar es una de los valores más altos a los que la literatura puede aspirar, y muchas obras, con intención o sin ella, consiguen, al exponer la evidencia, provocar mutaciones en la mente de hombres y mujeres, que es donde de verdad empieza cualquier revolución que se precie. Pese a ello, el desencanto y el mal uso que en muchas ocasiones se ha hecho entre arte y compromiso suscita dudas y suspicacias. La literatura, en eso coincido con quienes dudan, no se puede acorralar ni meter en cajas clasificadoras. Pero que exista libertad o no en la creación no depende del tema que la convoca, ni siquiera de la intención de la obra, sino de donde surge el impulso: si es desde el discurso político, desde el encargo publicitario o propagandístico o si procede de una intención comunicativa que nace de lo literario. En este caso, la literatura es la que elige y está en su derecho de que el resultado de esa gran batalla que se libra en la mente de la narradora o narrador, en su pensamiento, en su trabajo artesanal, en el desafío a sí misma/o en la puesta en duda de sus propios prejuicios, sea una obra que denuncie la explotación de los recursos naturales, la acción del hombre en la ruptura de los equilibrios naturales (como por ejemplo refleja la película china Wolf Totem, de Jean-Jaques Annaud, basada en la novela homónima de Jiang Rong) o la violencia que la reproducción de los estereotipos machistas impone a sus víctimas. El relato literario es un lugar para disolver los dogmas, para dialogar con esas otras y otros que llevamos dentro de nosotros mismos. Un espacio donde la imaginación tiene un valor incalculable, aunque se parezca tanto a la realidad y sus desaciertos. En sus afluentes y contrapuntos, en la variedad de voces y personajes encontramos también un ámbito donde ejercer la libertad, lo que no es incompatible con que una creadora/or quiera tomar partido, porque de una u otra forma siempre se toma. La libertad es el valor que convocan escritoras y escritores de todo el mundo cuando se les pregunta qué es para ellos la literatura, pero se corre el riesgo de que, por repetida, la cantinela pierda el verdadero sentir que la inspiró y su sabor se condense, se reduzca a una inercia. Muchos reniegan de ella cuando lo que está en juego son mayores beneficios económicos y más ventas. Los temas más anodinos, sobre realidades identificables por cualquiera, o los más extraordinarios, como el sado-porno y los vampiros, también pueden ser productos para meter en cajas de zapatos y ataúdes (bueno, los segundos literalmente). La narración queda encorsetada en un modelo, aparentemente redondo, que no nos dice nada del ser humano: ni una intuición vaga de su complejidad ni un susurro de su paso por el tiempo, de su huella. El lenguaje literario se traviste para otro fin, aunque el injerto antinatural es demasiado obvio para que la obra resulte en algo perdurable. La lectura literaria tiene que ser un desafío, no una droga para evadirse. La preocupación por lo estático, por el discurso único, nos estrangula como seres inteligentes que tratamos de ser. Seríamos poco más que autómatas o marionetas si el lenguaje solo fuera utilizado para las guías telefónicas, los contratos laborales cada vez más precarios, las series televisivas dirigidas desde los gabinetes de relaciones públicas de casas reales para mayor gloria del reino o la casposa mediocridad de los discursos políticos que tratan de convencernos, a fuerza de repetir, de que el gobierno debe de conformarlo el partido más votado (¡por dios, que les den una clase sobre gobernabilidad democrática!). La realidad exige ámbitos para entenderla desde distintos ángulos y la literatura se convierte por ello en uno de los pocos espacios posibles para ejercer la libertad cuando la maquinaria del dogma pisotea otros mundos en marcha. Sin duda, las intrigas de palacio y los tejemanejes del poder, los grupos de presión que llaman a las puertas de un sistema político cada vez más debilitado, son un buen motivo para la ficción. Necesitamos el relato literario para comprender cómo se engarzan tantas cuestiones coyunturales con la historia de la humanidad, el relato del pasado con nuestro presente, el relato de la comunidad con el personal. A veces, el entendimiento surge de un matiz, de las pequeñas resistencias cotidianas que, definitivamente, redimen esa otra parte de la naturaleza humana que nos condena. Se escriben novelas policiales que son capaces de incorporar en su ruido de fondo aquello que deja a su paso el paradigma económico-financiero dominante (Liquidación final, Petros Márkaris) o novelas de intriga que relatan el intento de traficar con derechos humanos básicos como el de la salud y la defensa de la sanidad pública (El comité de la noche, de Belén Gopegui). ¿Son esas voces que tratan de frenar los horrores más atroces y que el arte recoge, las que muchos sienten como incómodas? Hay relatos tan humanos y bellos que no necesitan que se adjetiven. Hay literatura que es eso: literatura; pero que además insufla, desde su complejidad, la fuerza para no callar, para sentir que no estamos solas ante tantos abusos, para seguir trabajando y no dejar que el horror y sus desaciertos acaben ocupando todos los ámbitos de la realidad. &#160; **La referencia a los desaciertos está inspirada en el poema de Myriam Diocaretz, del libro La inquietud de la gaviota (Madrid: Torremozas, 2014, p.36) donde ni dios se salva de ser increpado: &#160; Estimado Dios, II Con todo mi respeto si estás en todas partes como dicen, te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos ven a los territorios de los fantasmas de todas estas guerras (adjunto por separado la lista de pueblos y naciones por ser muy extensa) acepta que aquí faltan el agua, el pan de cada día, la conmiseración, y que allá tienes hambre perpetua observa la violencia y la soberbia al acecho, el cálculo químico hacia el blando de la ira sé honesto y escribe en las crónicas de esta tierra: la vida aquí es incierta acepta que tu cuerpo entero está enfermo cada segundo, día, noche aumenta la evidencia de tu ser imperfecto. ¿Cómo puedes vivir sabiendo todo esto? *(Reproducido con la autorización de la autora. El poema forma parte de un tríptico).]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>Te imagino existiendo en la eterna frustración de tantos desaciertos…</em></p>
<p style="text-align: right">Myriam Diocaretz</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Intentar ligar la literatura con las inquietudes que nos acechan, con tantos desaciertos de la realidad, <strong>NO</strong> significa meter la literatura, que por definición es inasible, en una caja de zapatos.</p>
<p><strong>De la literatura, como ejercicio que tiene en la libertad su principal valor, seguramente emanan las mejores representaciones del poder humano y sus miserias</strong> (recientemente encontré un buen ejemplo en <a href="http://www.ceiboproducciones.cl/?product=bandidos" target="_blank"><em>Bandidos</em>, del chileno Rafael Ruiz Moscatelli</a>). Disiento, por lo tanto, con aquellos que temen o etiquetan de panfleto a la literatura que refleja porciones de la realidad o reinventa pedazos de mundo.</p>
<p>No es que la literatura se convierta en una herramienta de cambio, sino que t<strong>ransformar es una de los valores más altos a los que la literatura puede aspirar</strong>, y muchas obras, con intención o sin ella, consiguen, al exponer la evidencia, provocar mutaciones en la mente de hombres y mujeres, que es donde de verdad empieza cualquier revolución que se precie.</p>
<p>Pese a ello, el desencanto y el mal uso que en muchas ocasiones se ha hecho entre arte y compromiso suscita dudas y suspicacias. <strong>La literatura, en eso coincido con quienes dudan, no se puede acorralar ni meter en cajas clasificadoras.</strong> Pero que exista libertad o no en la creación no depende del tema que la convoca, ni siquiera de la intención de la obra, sino de donde surge el impulso: si es desde el discurso político, desde el encargo publicitario o propagandístico o si procede de una intención comunicativa que nace de lo literario.</p>
<p>En este caso, <strong>la literatura es la que elige</strong> y está en su derecho de que el resultado de esa gran batalla que se libra en la mente de la narradora o narrador, en su pensamiento, en su trabajo artesanal, en el desafío a sí misma/o en la puesta en duda de sus propios prejuicios, sea una obra que denuncie la explotación de los recursos naturales, la acción del hombre en la ruptura de los equilibrios naturales (como por ejemplo refleja la película china <em>Wolf Totem</em>, de Jean-Jaques Annaud, basada en la novela homónima de Jiang Rong) o la violencia que la reproducción de los estereotipos machistas impone a sus víctimas.</p>
<p>El relato literario es un lugar para disolver los dogmas, para dialogar con esas otras y otros que llevamos dentro de nosotros mismos. <strong>Un espacio donde la imaginación tiene un valor incalculable, aunque se parezca tanto a la realidad y sus desaciertos.</strong> En sus afluentes y contrapuntos, en la variedad de voces y personajes encontramos también un ámbito donde ejercer la libertad, lo que no es incompatible con que una creadora/or quiera tomar partido, porque de una u otra forma siempre se toma.</p>
<p>La libertad es el valor que convocan escritoras y escritores de todo el mundo cuando se les pregunta qué es para ellos la literatura, <strong>pero se corre el riesgo de que, por repetida, la cantinela pierda el verdadero sentir que la inspiró y su sabor se condense, se reduzca a una inercia.</strong> Muchos reniegan de ella cuando lo que está en juego son mayores beneficios económicos y más ventas.</p>
<p>Los temas más anodinos, sobre realidades identificables por cualquiera, o los más extraordinarios, como el sado-porno y los vampiros, también pueden ser productos para meter en cajas de zapatos y ataúdes (bueno, los segundos literalmente). <strong>La narración queda encorsetada en un modelo, aparentemente redondo, que no nos dice nada del ser humano:</strong> ni una intuición vaga de su complejidad ni un susurro de su paso por el tiempo, de su huella. El lenguaje literario se traviste para otro fin, aunque el injerto antinatural es demasiado obvio para que la obra resulte en algo perdurable.</p>
<p><strong>La lectura literaria tiene que ser un desafío, no una droga para evadirse.</strong> La preocupación por lo estático, por el discurso único, nos estrangula como seres inteligentes que tratamos de ser. Seríamos poco más que autómatas o marionetas si el lenguaje solo fuera utilizado para las guías telefónicas, los contratos laborales cada vez más precarios, las series televisivas dirigidas desde los gabinetes de relaciones públicas de casas reales para mayor gloria del reino o la casposa mediocridad de los discursos políticos que tratan de convencernos, a fuerza de repetir, de que el gobierno debe de conformarlo el partido más votado (¡por dios, que les den una clase sobre gobernabilidad democrática!).</p>
<p>La realidad exige ámbitos para entenderla desde distintos ángulos y la literatura se convierte por ello en u<strong>no de los pocos espacios posibles para ejercer la libertad cuando la maquinaria del dogma pisotea otros mundos en marcha.</strong> Sin duda, las intrigas de palacio y los tejemanejes del poder, los grupos de presión que llaman a las puertas de un sistema político cada vez más debilitado, son un buen motivo para la ficción.</p>
<p>Necesitamos el relato literario para comprender cómo se engarzan tantas cuestiones coyunturales con la historia de la humanidad, el relato del pasado con nuestro presente, el relato de la comunidad con el personal. <strong>A veces, el entendimiento surge de un matiz, de las pequeñas resistencias cotidianas</strong> que, definitivamente, redimen esa otra parte de la naturaleza humana que nos condena.</p>
<p>Se escriben novelas policiales que son capaces de incorporar en su ruido de fondo aquello que deja a su paso el paradigma económico-financiero dominante (<em><a href="http://www.elplacerdelalectura.com/blog/resena/liquidacion-final-de-petros-markaris" target="_blank">Liquidación final</a></em>, Petros Márkaris) o novelas de intriga que relatan el intento de traficar con derechos humanos básicos como el de la salud y la defensa de la sanidad pública (<a href="http://latormentaenunvaso.blogspot.com.uy/2014/12/el-comite-de-la-noche-belen-gopegui.html" target="_blank">El c<em>omité de la noche</em></a>, de Belén Gopegui).</p>
<p>¿Son esas voces que tratan de frenar los horrores más atroces y que el arte recoge, las que muchos sienten como incómodas? Hay relatos tan humanos y bellos que no necesitan que se adjetiven. <strong>Hay literatura que es eso: literatura; pero que además insufla, desde su complejidad, la fuerza para no callar, para sentir que no estamos solas ante tantos abusos,</strong> para seguir trabajando y no dejar que el horror y sus desaciertos acaben ocupando todos los ámbitos de la realidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>**La referencia a los desaciertos está inspirada en el poema de Myriam Diocaretz, del libro <a href="http://www.torremozas.com/la-inquietud-de-la-gaviota" target="_blank"><em>La inquietud de la gaviota</em> (Madrid: Torremozas, 2014, p.36)</a> donde ni dios se salva de ser increpado:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center"><span style="text-decoration: underline">Estimado Dios, II</span></p>
<p style="text-align: center">Con todo mi respeto<br />
si estás en todas partes como dicen,<br />
te imagino existiendo en la eterna frustración<br />
de tantos desaciertos<br />
ven a los territorios de los fantasmas<br />
de todas estas guerras<br />
(adjunto por separado la lista de pueblos y naciones<br />
por ser muy extensa)<br />
acepta que aquí faltan el agua, el pan de cada día,<br />
la conmiseración, y que allá tienes hambre perpetua</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">observa la violencia y la soberbia al acecho,<br />
el cálculo químico hacia el blando de la ira</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">sé honesto y escribe en las crónicas de esta tierra:<br />
la vida aquí es incierta<br />
acepta que tu cuerpo entero está enfermo<br />
cada segundo, día, noche aumenta la evidencia<br />
de tu ser imperfecto.</p>
<h1 style="text-align: center"></h1>
<p style="text-align: center">¿Cómo puedes vivir sabiendo todo esto?</p>
<h1 style="text-align: left"></h1>
<p style="text-align: left">*(Reproducido con la autorización de la autora. El poema forma parte de un tríptico).</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Los achachilas</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/09/09/los-achachilas/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Sep 2015 11:14:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Juan Ignacio Siles]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Han venido de todos los rincones del altiplano. Los hombres y las mujeres. Algunos han traído sus rebaños. Otros han traído las bestias que han abandonado los criollos y los españoles al huir hacia La Paz por el miedo que tenían. Han llegado de muy lejos y de muy cerca para juntarnos todos. Para buscar la protección de los achachilas. Hemos venido aquí para que nos acompañen. En fila hemos venido. Uno detrás del otro. Murmurando apenas. Hemos hecho una larga espera para subir todos desde Tahuapalca. Hace frío, pero el sol quema. El viento agita los ponchos verdes y rojos de los hombres. Los mantos de las mujeres. Se ve la procesión desde muy lejos. Es hermoso distinguir a tantos hombres y mujeres subiendo a lo alto de la montaña. En silencio, formando una línea desde el más hondo valle hasta la punta afilada de las rocas. Pisando ya casi el corazón mismo de la eterna nieve. Sólo se oye la respiración agitada de los más cansados. O el grito de algún cóndor que vuela en las alturas. Una línea como una serpiente que se arrastra sigilosa. Hemos venido a anunciar a los dioses nuestra lucha, porque nos hemos unido para rebelarnos. Hemos atravesado todo el altiplano. Hemos seguido la ruta de las llamas. Unos han venido desde el mismo lago, desde Huarina, otros de los campos que se abren junto a los ríos. Unos han salido de los ayllus y otros de las haciendas. De otras wak&#8217;as sagradas han venido. Primero fue una mujer la que comenzó a caminar; al preguntarle un hombre hacia dónde iba, se unió con ella para seguir su paso. Después se les juntaron otros dos. Algunos más al tener noticia de su destino. Pronto fueron una decena de mujeres y de hombres. Y así se animaron muchos más. Vinieron también sus hijos y sus hijas. Ya eran unos cientos. Unos cientos que se juntaron con otros cientos hasta hacerse miles. Caminando, haciendo marcha y dejando huella entre las redes de los siqis para que otros puedan también venir más tarde, cuando toda la tierra se encienda como una hoguera, como un incendio liberador y no quede piedra sin arder y no quede muro sin derribar. Vienen para presentar sus ofrendas, sus regalos al gran apu, al sagrado apu del Illimani, al dios todopoderoso, para que con su aliento frío nos dé toda su fuerza, y nos haga invencibles. Estamos invocando al Achachila. Ha llegado nuestro tiempo. En la cumbre hemos hablado con los que ya se fueron, con los que ya no están sino en la montaña. Hemos encontrado al hijo de esta tierra capaz de rebelarse con nosotros, capaz de alzar su puño, capaz de conducir y gobernar a su pueblo. A la hija de estas aguas hemos venido a proclamar también. Y estamos aquí para que sientan el duro valor de su gente que con ellos violentamente se levanta. Porque él es Julián, el Tupac Katari, la serpiente que relumbra, la que nos trae la luz desde la oscuridad y el conocimiento del mundo de abajo. Y ella, la Bartolina, es el aire que nos une al universo, la que nos hace parte del sol, la luna y las estrellas. Él la simiente que fecunda la tierra. Ella la naturaleza que al atardecer nos indica el camino. En la montaña se guarda nuestro ajayu más profundo. Habiéndosenos salido del cuerpo, ha vuelto para recuperar la vida. Bartolina 1781 Yo soy la que lleva un nombre que se despelleja. La Bartolina. La que nació en Caracato, en Sahapaqui vino de la tierra y se avecindó en Sica Sica. No tengo edad, aunque no tenga ni treinta años. Hilandera y tejedora. Soy la hembra que es todas las hembras. Ni puta ni santa. India o mestiza, eso no importa. Mujer. La más feroz. Y la más entregada. La que no teme matar y la que morir no teme. Soy la compañera del Julián, pero no soy la mujer de nadie. Porque soy libre. Quien apacigua y quien arenga, la que enarbola los estandartes. La más aguerrida y la más guerrera. La más fuerte. Doy la cara y me sacrifico. La que conduce a los hombres cuando Tupaj Katari se ausenta. Soy la sabiduría que junta, convoca y reconcilia. También la que intercede. Mi voz repercute en las montañas. Reconozco los caminos que él ha recorrido. La que sabe conducir las alpacas y las llamas soy. La que camina al lado del Julián. Ni detrás ni delante. Al costado. Hombro con hombro. Yo soy la confidente, la amiga. La Virreina. De mí nace la luz con que relumbra la serpiente. La Coronela. Visto gabán o chaquetilla. Sé montar a caballo. Manejar la honda. Apuntar con el arcabuz y disparar. No tiembla mi mano derecha, mi mano izquierda tampoco tiembla. La Pachamama misma soy. Y María. Y todas las santas de las iglesias que no son vírgenes. Soy la lengua aymara de mi gente. Pero nunca pude ser el idioma de los que nos quitaron casi todo. Porque todo nos quitaron menos el deseo de pelear. Yo soy quien cae por salvar las huestes de su marido, quien en la cárcel sufre luego la muerte de Julián, quien sube al cadalso porque no renuncia ni se arrepiente. La que sabe callar. Porque jamás se rinde. Y soy las partes despedazadas de mi cuerpo. Y mi cabeza expuesta en una picota y mis manos separadas de mis brazos y la carne seca y abrasada y la ceniza esparcida y el humo y la memoria larga de mi pueblo. Hija soy de la memoria, hija de todo cuanto he sido. Yo soy la libertad y el día en que podamos gobernarnos por nosotros mismos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Han venido de todos los rincones del altiplano. Los hombres y las mujeres. Algunos han traído sus rebaños. Otros han traído las bestias que han abandonado los criollos y los españoles al huir hacia La Paz por el miedo que tenían. Han llegado de muy lejos y de muy cerca para juntarnos todos. Para buscar la protección de los achachilas. Hemos venido aquí para que nos acompañen. En fila hemos venido. Uno detrás del otro. Murmurando apenas. Hemos hecho una larga espera para subir todos desde Tahuapalca. Hace frío, pero el sol quema. El viento agita los ponchos verdes y rojos de los hombres. Los mantos de las mujeres. Se ve la procesión desde muy lejos. Es hermoso distinguir a tantos hombres y mujeres subiendo a lo alto de la montaña. En silencio, formando una línea desde el más hondo valle hasta la punta afilada de las rocas. Pisando ya casi el corazón mismo de la eterna nieve. Sólo se oye la respiración agitada de los más cansados. O el grito de algún cóndor que vuela en las alturas. Una línea como una serpiente que se arrastra sigilosa. Hemos venido a anunciar a los dioses nuestra lucha, porque nos hemos unido para rebelarnos. Hemos atravesado todo el altiplano. Hemos seguido la ruta de las llamas. Unos han venido desde el mismo lago, desde Huarina, otros de los campos que se abren junto a los ríos. Unos han salido de los ayllus y otros de las haciendas. De otras wak&#8217;as sagradas han venido. Primero fue una mujer la que comenzó a caminar; al preguntarle un hombre hacia dónde iba, se unió con ella para seguir su paso. Después se les juntaron otros dos. Algunos más al tener noticia de su destino. Pronto fueron una decena de mujeres y de hombres. Y así se animaron muchos más. Vinieron también sus hijos y sus hijas. Ya eran unos cientos. Unos cientos que se juntaron con otros cientos hasta hacerse miles. Caminando, haciendo marcha y dejando huella entre las redes de los siqis para que otros puedan también venir más tarde, cuando toda la tierra se encienda como una hoguera, como un incendio liberador y no quede piedra sin arder y no quede muro sin derribar. Vienen para presentar sus ofrendas, sus regalos al gran apu, al sagrado apu del Illimani, al dios todopoderoso, para que con su aliento frío nos dé toda su fuerza, y nos haga invencibles. Estamos invocando al Achachila. Ha llegado nuestro tiempo. En la cumbre hemos hablado con los que ya se fueron, con los que ya no están sino en la montaña. Hemos encontrado al hijo de esta tierra capaz de rebelarse con nosotros, capaz de alzar su puño, capaz de conducir y gobernar a su pueblo. A la hija de estas aguas hemos venido a proclamar también. Y estamos aquí para que sientan el duro valor de su gente que con ellos violentamente se levanta. Porque él es Julián, el Tupac Katari, la serpiente que relumbra, la que nos trae la luz desde la oscuridad y el conocimiento del mundo de abajo. Y ella, la Bartolina, es el aire que nos une al universo, la que nos hace parte del sol, la luna y las estrellas. Él la simiente que fecunda la tierra. Ella la naturaleza que al atardecer nos indica el camino. En la montaña se guarda nuestro ajayu más profundo. Habiéndosenos salido del cuerpo, ha vuelto para recuperar la vida.</p>
<h2>Bartolina 1781</h2>
<p>Yo soy la que lleva un nombre que se despelleja. La Bartolina. La que nació en Caracato, en Sahapaqui vino de la tierra y se avecindó en Sica Sica. No tengo edad, aunque no tenga ni treinta años. Hilandera y tejedora. Soy la hembra que es todas las hembras. Ni puta ni santa. India o mestiza, eso no importa. Mujer. La más feroz. Y la más entregada. La que no teme matar y la que morir no teme. Soy la compañera del Julián, pero no soy la mujer de nadie. Porque soy libre. Quien apacigua y quien arenga, la que enarbola los estandartes. La más aguerrida y la más guerrera. La más fuerte. Doy la cara y me sacrifico. La que conduce a los hombres cuando Tupaj Katari se ausenta. Soy la sabiduría que junta, convoca y reconcilia. También la que intercede. Mi voz repercute en las montañas. Reconozco los caminos que él ha recorrido. La que sabe conducir las alpacas y las llamas soy. La que camina al lado del Julián. Ni detrás ni delante. Al costado. Hombro con hombro. Yo soy la confidente, la amiga. La Virreina. De mí nace la luz con que relumbra la serpiente. La Coronela. Visto gabán o chaquetilla. Sé montar a caballo. Manejar la honda. Apuntar con el arcabuz y disparar. No tiembla mi mano derecha, mi mano izquierda tampoco tiembla. La Pachamama misma soy. Y María. Y todas las santas de las iglesias que no son vírgenes. Soy la lengua aymara de mi gente. Pero nunca pude ser el idioma de los que nos quitaron casi todo. Porque todo nos quitaron menos el deseo de pelear. Yo soy quien cae por salvar las huestes de su marido, quien en la cárcel sufre luego la muerte de Julián, quien sube al cadalso porque no renuncia ni se arrepiente. La que sabe callar. Porque jamás se rinde. Y soy las partes despedazadas de mi cuerpo. Y mi cabeza expuesta en una picota y mis manos separadas de mis brazos y la carne seca y abrasada y la ceniza esparcida y el humo y la memoria larga de mi pueblo. Hija soy de la memoria, hija de todo cuanto he sido. Yo soy la libertad y el día en que podamos gobernarnos por nosotros mismos.</p>
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		<title>Conscientes del ruido de fondo</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2015/08/23/conscientes-del-ruido-de-fondo/</link>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2015 16:27:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>
		<category><![CDATA[Políticas Públicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Ellos, los dueños de los días actúan por la vía láctea con prisas de tijeras. “Lluvia de estrellas” (María Ángeles Maeso) Las lecturas y relecturas del verano quizás nos han ayudado a alimentar esperanzas mientras contemplábamos como el retrato del mundo cabía en una playa. Recoger las botellas y los plásticos que otros dejan abandonados en la arena es inevitable cuando nos avergonzamos, ante el mar y la naturaleza, de algunos de nuestros congéneres. Tener un buen libro cerca siempre reconforta. Abrirlo desde el papel o el dispositivo electrónico que lo cobija no marca la diferencia más importante, que es la que depende de hacerlo buscando algún sentido a todo cuanto nos rodea. Existe un “ruido de fondo” de la realidad del que una buena novela no puede prescindir (al menos así señalaba Italo Calvino). El ruido de fondo forma parte del barro con el que la/el novelista crea su mundo. Lo escuchamos mientras se narra la historia, nos ancla en las relaciones de poder que hacen que la humanidad nunca haya sido del todo feliz. Desde el ejercicio intelectual y emocional que es la escritura, también se puede indagar en las contradicciones del relato del desarrollo. Detrás de aquella crueldad de poder impenetrable e institucionalizado que lleva a Josef K. en El proceso (1925) a ser arrestado una mañana había una maquinaria que anulaba al individuo. Franz Kafka nos deja escucharlo como ruido de fondo: hay un culpable tras ese malestar, hay una obediencia a las inercias del pasado que nos estrangula. Lo mismo ocurre en La metamorfosis. Gregorio Samsa prefiere renunciar a vivir como humano porque ser persona no es coherente con esa obediencia esclava. Desde el privilegio que concede la libertad, el novelista puede parodiar el paradigma del tiempo que le toca vivir. Un paradigma que provoca que una se sienta marciana la mayoría de las veces que hace un esfuerzo por ver las noticias en la televisión (no hay excepciones) y reflexiona sobre los valores en los que estamos enmarcando el contexto de cada información. A inicios del siglo XXI el sentimiento de malestar puede guardar algunos paralelismos con lo que ocurrió en los albores del siglo XX, cuando la modernidad (estética) supuso una quiebra total con lo existente y el mundo literario buscó formas nuevas, intentó reformular los valores. Las novelas de entonces pretendían describir el mundo en su caótica impenetrabilidad, en la imposibilidad de comprenderlo en su totalidad. Occidente parecía haber tomado conciencia, de repente, de la complejidad del mundo (Christine Zschirnt, 2006). Los escritores/as más reconocidos de la época se apartaron del modelo de relato lineal, de esa estructura lógica y esa demanda de que “ocurran cosas” que tanto vende en el mercado editorial de nuestra época. Robert Musil, Virginia Woolf, Joyce o Proust declararon que ese esquema resultaba inadecuado para describir la complejidad del mundo. Sigue siendo imposible que la complejidad de nuestro tiempo quepa en novelas masticadas que impiden ejercer el pensamiento y la reflexión más profunda de quiénes somos y cuál es nuestro proyecto como humanidad. En la preocupación de cuantificar si se lee o no se lee se olvida que también es importante contar con políticas públicas que promuevan la bibliodiversidad. No es el mercado por sí solo quien pone en valor las obras literarias más relevantes. Tampoco son las lista de los libros más vendidos las reconocen a la literatura que transforma, sino más bien las que contribuyen a prender las hogueras de antaño. Por eso se necesitan políticas que den valor a la calidad literaria y promuevan lecturas que amplíen nuestra mirada. Pero si el reconocimiento de la complejidad del mundo es una obviedad, no lo parece tanto que desde la ficción, y su ruido de fondo, sea imposible descorrer el telón a ciertas dinámicas espurias que nos llevan al desastre medioambiental o al incremento de las desigualdades. Es más, poner de manifiesto cuáles son las causas de estas supone nuevas búsquedas que sirven de leitmotiv de esa literatura que recupera el anclaje del autor/a con el tiempo que le toca vivir. Hace más de cien años, Joseph Conrad exigía para el autor de obras de ficción “muchos actos de fe entre los cuales el primero habría de ser que alimentara una esperanza imperecedera” (Fuera de la literatura, 2009): Lo que se percibe como yermo sin esperanza de ninguna clase en el pesimismo militante no es más que arrogancia. Es como si el descubrimiento que han hecho muchos hombres en momentos muy distintos de la historia, es decir, que el mal abunda en el mundo, fuese una fuente de alegría orgullosa y malsana entre algunos de los escritores modernos. Esa manera de pensar no es la adecuada si se aspira a abordar con seriedad el arte de la ficción. Reflejar ese ruido de fondo encadenando letras no siempre es fácil de conseguir, pero lo hemos escuchado en muchas de las novelas contemporáneas. Abunda en las obras de Belen Gopegui o Rafael Chirbes, y en novelas como Freedom (2010), de Jonathan Franzen; Middlesex (2002), de Jeffrey Eugenides o El jardinero fiel (2001), de John Le Carré. También en otras menos conocidas como la Sombra del jaguar, de Rafael Bernardi o Los últimos días del Ché, de Juan Ignacio Siles. Las grandes novelas –como nos dice Jorge Volpi (Leer la mente, 2011)- no nos reconfortan: nos desafían. No nos alegran la tarde: cambian, literalmente, nuestras vidas”. La humanidad siempre construyó relatos que hablaban de quiénes éramos y del contexto que habitábamos, libros que incluían el ruido de fondo, que nos ayudaban a expresar sentimientos y a ser capaces de imaginar otros mundos. A las lectoras/es les gusta saborear esa realidad que reconocían o deseaban. Para recuperar la ilusión en un proyecto más inclusivo necesitaremos relatos que amplíen nuestras fronteras no que cerquen nuestras mentes. Conrad escribía que la búsqueda de la felicidad es el único tema que legítimamente le cabe desarrollar al narrador que sea de veras cronista de las vicisitudes del género humano en medio de los peligros que abundan en el reino de la tierra. Y añade: “ (…) se precisa de valentía para adentrarse con calma allí donde cualquier mentecato temerario puede estar ansioso de precipitarse”.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>Ellos, los dueños de los días</em></p>
<p style="text-align: right"><em>actúan por la vía láctea con prisas de tijeras.</em></p>
<p style="text-align: right"><a href="http://vocesdelextremopoesia.blogspot.com/2015/05/3-poemas-de-maria-angeles-maeso-en.html">“Lluvia de estrellas”</a> (María Ángeles Maeso)</p>
<p>Las lecturas y relecturas del verano quizás nos han ayudado a alimentar esperanzas mientras contemplábamos como el retrato del mundo cabía en una playa. Recoger las botellas y los plásticos que otros dejan abandonados en la arena es inevitable cuando nos avergonzamos, ante el mar y la naturaleza, de algunos de nuestros congéneres.</p>
<p>Tener un buen libro cerca siempre reconforta. Abrirlo desde el papel o el dispositivo electrónico que lo cobija no marca la diferencia más importante, que es la que depende de hacerlo buscando algún sentido a todo cuanto nos rodea. Existe un “ruido de fondo” de la realidad del que una buena novela no puede prescindir (al menos así señalaba Italo Calvino).</p>
<p>El ruido de fondo forma parte del barro con el que la/el novelista crea su mundo. Lo escuchamos mientras se narra la historia, nos ancla en las relaciones de poder que hacen que la humanidad nunca haya sido del todo feliz. Desde el ejercicio intelectual y emocional que es la escritura, también se puede indagar en las contradicciones del relato del desarrollo.</p>
<p>Detrás de aquella crueldad de poder impenetrable e institucionalizado que lleva a Josef K. en <em>El proceso</em> (1925) a ser arrestado una mañana había una maquinaria que anulaba al individuo. Franz Kafka nos deja escucharlo como ruido de fondo: hay un culpable tras ese malestar, hay una obediencia a las inercias del pasado que nos estrangula. Lo mismo ocurre en <em>La metamorfosis</em>. Gregorio Samsa prefiere renunciar a vivir como humano porque ser persona no es coherente con esa obediencia esclava.</p>
<p>Desde el privilegio que concede la libertad, el novelista puede parodiar el paradigma del tiempo que le toca vivir. Un paradigma que provoca que una se sienta marciana la mayoría de las veces que hace un esfuerzo por ver las noticias en la televisión (no hay excepciones) y reflexiona sobre los valores en los que estamos enmarcando el contexto de cada información.</p>
<p>A inicios del siglo XXI el sentimiento de malestar puede guardar algunos paralelismos con lo que ocurrió en los albores del siglo XX, cuando la modernidad (estética) supuso una quiebra total con lo existente y el mundo literario buscó formas nuevas, intentó reformular los valores. Las novelas de entonces pretendían describir el mundo en su caótica impenetrabilidad, en la imposibilidad de comprenderlo en su totalidad. Occidente parecía haber tomado conciencia, de repente, de la complejidad del mundo (Christine Zschirnt, 2006).</p>
<p>Los escritores/as más reconocidos de la época se apartaron del modelo de relato lineal, de esa estructura lógica y esa demanda de que “ocurran cosas” que tanto vende en el mercado editorial de nuestra época. Robert Musil, Virginia Woolf, Joyce o Proust declararon que ese esquema resultaba inadecuado para describir la complejidad del mundo.</p>
<p>Sigue siendo imposible que la complejidad de nuestro tiempo quepa en novelas masticadas que impiden ejercer el pensamiento y la reflexión más profunda de quiénes somos y cuál es nuestro proyecto como humanidad. En la preocupación de cuantificar si se lee o no se lee se olvida que también es importante contar con políticas públicas que promuevan la bibliodiversidad. No es el mercado por sí solo quien pone en valor las obras literarias más relevantes. Tampoco son las lista de los libros más vendidos las reconocen a la literatura que transforma, sino más bien las que contribuyen a prender las hogueras de antaño. Por eso se necesitan políticas que den valor a la calidad literaria y promuevan lecturas que amplíen nuestra mirada.</p>
<p>Pero si el reconocimiento de la complejidad del mundo es una obviedad, no lo parece tanto que desde la ficción, y su ruido de fondo, sea imposible descorrer el telón a ciertas dinámicas espurias que nos llevan al desastre medioambiental o al incremento de las desigualdades. Es más, poner de manifiesto cuáles son las causas de estas supone nuevas búsquedas que sirven de <em>leitmotiv</em> de esa literatura que recupera el anclaje del autor/a con el tiempo que le toca vivir.</p>
<p>Hace más de cien años, Joseph Conrad exigía para el autor de obras de ficción “muchos actos de fe entre los cuales el primero habría de ser que alimentara una esperanza imperecedera” (<em>Fuera de la literatura</em>, 2009):</p>
<p><em>Lo que se percibe como yermo sin esperanza de ninguna clase en el pesimismo militante no es más que arrogancia. Es como si el descubrimiento que han hecho muchos hombres en momentos muy distintos de la historia, es decir, que el mal abunda en el mundo, fuese una fuente de alegría orgullosa y malsana entre algunos de los escritores modernos. Esa manera de pensar no es la adecuada si se aspira a abordar con seriedad el arte de la ficción.</em></p>
<p>Reflejar ese ruido de fondo encadenando letras no siempre es fácil de conseguir, pero lo hemos escuchado en muchas de las novelas contemporáneas. Abunda en las obras de Belen Gopegui o Rafael Chirbes, y en novelas como <em>Freedom </em>(2010)<em>, </em>de Jonathan Franzen; <em>Middlesex</em> (2002), de Jeffrey Eugenides o <em>El jardinero fiel </em>(2001), de John Le Carré. También en otras menos conocidas como la <em>Sombra del jaguar</em>, de Rafael Bernardi o <em>Los últimos días del Ché</em>, de Juan Ignacio Siles.</p>
<p>Las grandes novelas –como nos dice Jorge Volpi (<em>Leer la mente, </em>2011)- no nos reconfortan: nos desafían. No nos alegran la tarde: cambian, literalmente, nuestras vidas”. La humanidad siempre construyó relatos que hablaban de quiénes éramos y del contexto que habitábamos, libros que incluían el ruido de fondo, que nos ayudaban a expresar sentimientos y a ser capaces de imaginar otros mundos. A las lectoras/es les gusta saborear esa realidad que reconocían o deseaban.</p>
<p>Para recuperar la ilusión en un proyecto más inclusivo necesitaremos relatos que amplíen nuestras fronteras no que cerquen nuestras mentes. Conrad escribía que la búsqueda de la felicidad es el único tema que legítimamente le cabe desarrollar al narrador que sea de veras cronista de las vicisitudes del género humano en medio de los peligros que abundan en el reino de la tierra. Y añade: “ (…) se precisa de valentía para adentrarse con calma allí donde cualquier mentecato temerario puede estar ansioso de precipitarse”.</p>
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		<title>Boquiabiertas ante tanto fósil</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Aug 2015 07:36:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[He reminds us that utopia involves fundamental questions about the human condition and its future, and he refuses to abandon faith in the possibilities of that future. Ruth Levitas, The Concept of Utopia La memoria sigue siendo un sustento para representar el hoy. Perderla es quedarnos inermes frente a la comprensión de la maquinaria del horror y la barbarie, pero también es abandonar los eslabones de la cadena de mujeres y hombres que resistieron sus embates. La resistencia y su memoria, que devuelven un poco de consistencia a la fugacidad de un tiempo sin esquinas, ha sido recogida a través de distintas manifestaciones, siendo la literatura, pese a todas sus predicciones de muerte, la que sigue hilvanando los relatos explorando de forma más precisa en sus contradicciones. Quizás por eso, João Guimarães Rosa señalaba que escribir es una forma de resistencia al olvido, a la pérdida de identidad, a la alienación, como nos recuerda a menudo Mario Delgado Aparaín. Hanta, el protagonista de Una soledad demasiado ruidosa (Bohumil Hrabal), ha pasado treinta y cinco años prensando papel viejo y su lucha por rescatar de la destrucción las historias que merecen la pena -esas que se erigen frente al monstruo que reparte olvido- aparece como un impulso vital: la intuición de la fuerza que la unión de palabras con sentido contiene. Más que un antihéroe, Hanta se convierte en un fragmento del héroe colectivo que nos recuerda al Montag de Fahrenheit 451, a quien también se le había asignado la tarea de “matar” libros. De alguna manera, los dos encuentran una grieta para salir de su “destino” y unirse a quienes buscan otro orden al mundo que les ha sido dado. La realidad nos brinda demasiadas historias tristes de quema de relatos y listas prohibidas de libros transgresores. Hanta piensa: “…todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo”. Estos libros, acerca del presente o referidos a contextos pretéritos, nos conminan a parar, a cuestionar la canción plana que nos entretiene y arrulla. Fluyen en la contracorriente del poder aniquilador: en ellos encontramos impulso para no condenarnos a la mediocridad de servir de engranaje a un sistema excluyente, que muestra obsceno las consecuencias de la creciente concentración de riqueza y la galopante degradación ambiental. Don DeLillo, en Underworld, lo expresaba así: “El dinero se ha desatado. La violencia se ha desatado, ahora la violencia es algo más fácil, algo liberado, fuera de control, algo que ya no tiene medida y no se basa en una escala de virtudes”. Las consecuencias de nuestra negligencia son grandes montañas de basura y cementerios de chatarra. George Steiner señalaba: “El icono de nuestra época es la preservación de un bosquecillo dedicado a Goethe dentro de una campo de concentración”. Mirando lo que acontece en nuestro entorno es razonable dar cabida al fatalismo, a una concepción pesimista de la historia que “no tiene momentos determinantes sino que es una proliferación de instantes, de brevedades que compiten entre sí en monstruosidad” (Bolaño, 2666). Como imagen del presente, Bolaño eligió los feminicidios de Ciudad Juárez para hacer su retrato del mundo. Antonio Crespo Massieu, desde su poema “También la historia” (En este lugar, 2004), no quita la razón “…a esta sucesión/de gritos o catástrofes/ esta barbarie meticulosa calculada/este espasmo del tiempo…”, pero desde un ejercicio de honestidad también nos recuerda: “…esta interminable rebelión que atraviesa los siglos lágrimas de lucidez alzadas en las calles este No que hace añicos los cielos este pensamiento inerme y limpio hondas raíces de razón y materia”. En definitiva, Crespo Massieu rescata como parte de la historia “este ansia infinita inabarcable de cambiar el mundo”. Escribir sobre historias de resistencia tiene la potencialidad de enfrentar las grandes maldiciones que aquejan al mundo de hoy. Esa concepción de la creación literaria que busca significados y donde la creadora o el creador se dejan la piel parece pasada de moda pero sigue estando ahí, aunque no siempre sea visible frente a tanta oferta de superficialidad. Deja un legado, de ahí su transcendencia, por más fugaz que parezca. Leonardo Padura vuelve a dar valor a la memoria, no sin cierta amargura, con el guión de la película Regreso a Ítaca (2015), dirigida por Laurent Cantet. Los compañeros que se reúnen en una azotea de La Habana para reencontrarse con su amigo Amadeo, quien regresa de España tras 16 años de exilio, necesitan saber quiénes fueron para dar algún sentido a su presente. Se aferran con uñas a la memoria para no sucumbir del todo a la derrumbe. La catarsis que hacen es importante, sin mediaciones, fundamental para saber quiénes eran y en qué creían, aunque para ello sea necesario abrir la caja de los truenos. La literatura tiene la llave que puede abrir el pasadizo a lo desconocido, un papel de latencia utópica que regenera a partir de mostrarnos que el ser humano siempre ha necesitado la disidencia para transitar el camino. Bohumil Hrabal lo expresaba así a través de Hanta: “…me quedo boquiabierto cuando Hegel me enseña que la única cosa aterradora es lo fosilizado, rígido y moribundo y, en cambio, la única cosa satisfactoria es cuando un individuo o, mejor dicho, toda la sociedad, consiguen rejuvenecerse en la lucha, conquistar su derecho a una nueva vida”. Eso sí, el protagonista de Una soledad demasiado ruidosa también nos cuenta que ha aprendido de sus “amigos limpiadores de cloacas universitarios que tan pronto como finalice dicha guerra, la potencia victoriosa se volverá a dividir en dos campos, según las leyes de la dialéctica, al igual que fraccionan los gases y los metales y todo lo que de vivo hay en el mundo, para seguir el movimiento vital por la vía de la lucha y alcanzar la armonía por medio del equilibrio de contrarios; por eso el mundo en su conjunto nunca anda cojo”. &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>He reminds us that utopia involves fundamental </em></p>
<p style="text-align: right"><em>questions about the human condition and its future, </em></p>
<p style="text-align: right"><em>and he refuses to abandon faith in the possibilities of that future. </em></p>
<p style="text-align: right">Ruth Levitas, <em>The Concept of Utopia</em></p>
<p>La memoria sigue siendo un sustento para representar el hoy. Perderla es quedarnos inermes frente a la comprensión de la maquinaria del horror y la barbarie, pero también es abandonar los eslabones de la cadena de mujeres y hombres que resistieron sus embates.</p>
<p>La resistencia y su memoria, que devuelven un poco de consistencia a la fugacidad de un tiempo sin esquinas, ha sido recogida a través de distintas manifestaciones, siendo la literatura, pese a todas sus predicciones de muerte, la que sigue hilvanando los relatos explorando de forma más precisa en sus contradicciones. Quizás por eso, João Guimarães Rosa señalaba que escribir es una forma de resistencia al olvido, a la pérdida de identidad, a la alienación, como nos recuerda a menudo Mario Delgado Aparaín.</p>
<p>Hanta, el protagonista de <em>Una soledad demasiado ruidosa</em> (Bohumil Hrabal), ha pasado treinta y cinco años prensando papel viejo y su lucha por rescatar de la destrucción las historias que merecen la pena -esas que se erigen frente al monstruo que reparte olvido- aparece como un impulso vital: la intuición de la fuerza que la unión de palabras con sentido contiene. Más que un antihéroe, Hanta se convierte en un fragmento del héroe colectivo que nos recuerda al Montag de <em>Fahrenheit 451</em>, a quien también se le había asignado la tarea de “matar” libros. De alguna manera, los dos encuentran una grieta para salir de su “destino” y unirse a quienes buscan otro orden al mundo que les ha sido dado.</p>
<p>La realidad nos brinda demasiadas historias tristes de quema de relatos y listas prohibidas de libros transgresores. Hanta piensa: “…todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo”.</p>
<p>Estos libros, acerca del presente o referidos a contextos pretéritos, nos conminan a parar, a cuestionar la canción plana que nos entretiene y arrulla. Fluyen en la contracorriente del poder aniquilador: en ellos encontramos impulso para no condenarnos a la mediocridad de servir de engranaje a un sistema excluyente, que muestra obsceno las consecuencias de la creciente concentración de riqueza y la galopante degradación ambiental.</p>
<p>Don DeLillo, en <em>Underworld, </em>lo expresaba así: “El dinero se ha desatado. La violencia se ha desatado, ahora la violencia es algo más fácil, algo liberado, fuera de control, algo que ya no tiene medida y no se basa en una escala de virtudes”. Las consecuencias de nuestra negligencia son grandes montañas de basura y cementerios de chatarra.</p>
<p><a href="http://www.nonopp.com/ar/filos_educ/02/gramatica_creacion_steiner.htm">George Steiner</a> señalaba: “El icono de nuestra época es la preservación de un bosquecillo dedicado a Goethe dentro de una campo de concentración”. Mirando lo que acontece en nuestro entorno es razonable dar cabida al fatalismo, a una concepción pesimista de la historia que “no tiene momentos determinantes sino que es una proliferación de instantes, de brevedades que compiten entre sí en monstruosidad” (Bolaño, <em>2666</em>). Como imagen del presente, Bolaño eligió los feminicidios de Ciudad Juárez para hacer su retrato del mundo.</p>
<p>Antonio Crespo Massieu, desde su poema <a href="https://vimeo.com/119121064">“También la historia”</a> (<em>En este lugar</em>, 2004), no quita la razón “…a esta sucesión/de gritos o catástrofes/ esta barbarie meticulosa calculada/este espasmo del tiempo…”, pero desde un ejercicio de honestidad también nos recuerda:</p>
<p>“…esta interminable rebelión</p>
<p>que atraviesa los siglos</p>
<p>lágrimas de lucidez alzadas en las calles</p>
<p>este No que hace añicos los cielos</p>
<p>este pensamiento inerme y limpio</p>
<p>hondas raíces de razón y materia”.</p>
<p>En definitiva, Crespo Massieu rescata como parte de la historia “este ansia infinita inabarcable de cambiar el mundo”.</p>
<p>Escribir sobre historias de resistencia tiene la potencialidad de enfrentar las grandes maldiciones que aquejan al mundo de hoy. Esa concepción de la creación literaria que busca significados y donde la creadora o el creador se dejan la piel parece pasada de moda pero sigue estando ahí, aunque no siempre sea visible frente a tanta oferta de superficialidad. Deja un legado, de ahí su transcendencia, por más fugaz que parezca.</p>
<p>Leonardo Padura vuelve a dar valor a la memoria, no sin cierta amargura, con el guión de la película <em>Regreso a Ítaca</em> (2015), dirigida por Laurent Cantet. Los compañeros que se reúnen en una azotea de La Habana para reencontrarse con su amigo Amadeo, quien regresa de España tras 16 años de exilio, necesitan saber quiénes fueron para dar algún sentido a su presente. Se aferran con uñas a la memoria para no sucumbir del todo a la derrumbe. La catarsis que hacen es importante, sin mediaciones, fundamental para saber quiénes eran y en qué creían, aunque para ello sea necesario abrir la caja de los truenos.</p>
<p>La literatura tiene la llave que puede abrir el pasadizo a lo desconocido, un papel de latencia utópica que regenera a partir de mostrarnos que el ser humano siempre ha necesitado la disidencia para transitar el camino. Bohumil Hrabal lo expresaba así a través de Hanta: “…me quedo boquiabierto cuando Hegel me enseña que la única cosa aterradora es lo fosilizado, rígido y moribundo y, en cambio, la única cosa satisfactoria es cuando un individuo o, mejor dicho, toda la sociedad, consiguen rejuvenecerse en la lucha, conquistar su derecho a una nueva vida”.</p>
<p>Eso sí, el protagonista de <em>Una soledad demasiado ruidosa</em> también nos cuenta que ha aprendido de sus “amigos limpiadores de cloacas universitarios que tan pronto como finalice dicha guerra, la potencia victoriosa se volverá a dividir en dos campos, según las leyes de la dialéctica, al igual que fraccionan los gases y los metales y todo lo que de vivo hay en el mundo, para seguir el movimiento vital por la vía de la lucha y alcanzar la armonía por medio del equilibrio de contrarios; por eso el mundo en su conjunto nunca anda cojo”.</p>
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		<title>Mi patria es una selva</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jul 2015 09:14:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[(…) soy otro cuando soy, los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros (…) Octavio Paz, Piedra de sol (1957) ¿Los relatos literarios tienen patria?, ¿pertenecen a un espacio o fueron escritos para cualquiera que estuviera dispuesta/o a disfrutarlos? Esta pregunta, hecha a los animales de la selva de Horacio Quiroga (La patria), les produciría cierto escalofrío. Habían construido su patria para imitar a los humanos pero pronto se dieron cuenta de que al establecer sus fronteras perdieron toda la selva, su lugar genuino. Sin ese espacio infinito, el jaguar sintió por primera vez algo hasta entonces desconocido: la sed. Cercar las selvas humanas también provoca sed por conocer lo que hay al otro lado. Algunos relatos literarios, sabedores de la existencia de condiciones adversas, incorporan la disidencia para hacer frente a los muros infranqueables. Si la frontera pretende delimitar la separación entre un nosotros y los otros, la literatura es maestra en el arte de tender puentes a la otredad. Puentes que cambian las miradas e incrementan la incomprensión ante la tragedia cotidiana derivada de las patrias egoístas y excluyentes. La literatura, proceda de un lugar, de una identidad o de una afinidad cultural, o esté escrita bajo un determinado código, también da muchas pistas de quienes somos los animales humanos. Nos acerca al otro, que es distinto a nosotros, pero también es igual (ver Tzvetan Todorov, La conquista de América. El problema del otro, 1984). Novelas consideradas indigenistas como El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría (1941); Los ríos profundos (1958), de José María Arguedas o Huasipungo (1934), de Jorge Icaza, permiten entender mejor las sociedades peruana o ecuatoriana, pero también retratan temas universales como el abuso de los poderosos o el repudio a las clases dominantes. La existencia de textos bajo coordenadas temporales o espaciales no los hacen exclusividad de un país, de un tiempo, ni siquiera de una lengua. Otra de las grandes virtudes de esa gran selva que es la patria literaria es la oportunidad que abre en cada una de las vetas de una cultura: la de asomarse a sus contradicciones, conflictos o diversidad de miradas. Max Aub, hijo de madre francesa y padre alemán, había crecido en Valencia y vivido más de treinta años exiliado en México después de ser perseguido, depurado y recluido en un campo de concentración. Defendía que uno es del lugar donde hace el bachillerato. Su espíritu “de exilio” puede ser gozado por un lector universal que aprecia el valor de la resistencia, esa que respira su hexalogía (El laberinto mágico) o La Gallina ciega (1971). “Estos que ves- le dice uno de sus personajes a su hijo-, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo” Campo de los almendros (1968). Dirimir acerca de a qué frontera física pertenecía su literatura sería un sinsentido. “Un libro que se configura como equivalente del universo” es a juicio de Italo Calvino un requisito para ser considerado un clásico. Con el fin de conocer quiénes somos y adónde hemos llegado “(…) los italianos –dice- son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos” (¿Por qué leer a los clásicos?). El binomio de italianos o no italianos adquiriría en nuestra selva un sinfín de combinaciones infinitas que no necesariamente pasan por una nacionalidad. La condición de otredad también viene impuesta por circunstancias como las aducidas por Virginia Woolf en su ensayo Tres guineas, cuando le responde al abogado de Londres que le preguntó “cómo hemos de evitar la guerra” que si bien los dos pertenecían a la clase instruida, él era hombre y ella mujer, y que eso implicaba diferencias grandes a la hora de mirar la realidad bélica. Como nos recuerda Susang Sontag, no debía sobreentender ese “nosotros” cuando el tema era la mirada de dolor de los demás: “(..) no afanarse en abolir lo que causa semejante estrago, carnicería semejante: para Woolf ésas serían las reacciones de un monstruo moral. Y afirma: no somos monstruos, somos integrantes de la clase instruida. Nuestro fallo es de imaginación, de empatía: no hemos sido capaces de tener presente esa realidad”(Ante el dolor de los demás). Las fronteras son difusas, casi siempre artificiales, por eso en la maraña de la identidad múltiple es muy fácil perderse, casi una bendición. Pero puestos a buscar una frontera, quizás la más real sea la que separa a los héroes de los villanos, o su traducción a explotadores y explotados u opresores y oprimidos. Libros de procedencias tan dispares como la distopia Nosotros (1929, pero no fue publicada en ruso hasta 1988) de Yevgueni Zamiatin o Disidentes. Antología de poetas críticos españoles (1990-2014) dejan contemplar esa frontera que impone el ejercicio del poder en los ecosistemas humanos. Doris Lessing también muestra fronteras que son causas o consecuencias de las desigualdades raciales, sociales y de género. Tener raíz o vivir en el desarraigo es independiente de la cualidad de mirar más allá de los muros impuestos para conocer mejor al otro. Hay personas que potencian esta mirada con proyectos literarios como Je suis favela, puesto en marcha por la editora Paula Anacaona con el fin de publicar libros en Francia que versan sobre la vida en los barrios pobres de Brasil. Si una patria solo admitiese los relatos contados por los que “son como ellos”, con sus apellidos y pedigrí, evitando la contaminación con “los otros”, se convertiría en un lugar triste. Huyssen señala que la forma en que pensamos en el pasado es cada vez más la de una memoria sin fronteras. “No hay duda de que la modernidad ha traído consigo una compresión muy real del tiempo y el espacio. Pero en el registro de las imaginerías también ha expandido nuestros horizontes del tiempo y el espacio más allá de lo local, lo nacional y hasta lo internacional” (Modernismo después de la postmodernidad, 2010). Es extraño entonces que los mercados y algunas de sus editoriales todavía sigan enmarcando el espíritu de una selva bajo una condición que simplifique el instinto de libertad de creadoras y creadores. La ruptura de los espacios acotados, la unidad universal de los temas humanos más transcendentes y, por otro lado, la indivisibilidad de cada voz forman parte del gran desafío de reconocernos miembros de la especie humana. Es aquí donde el relato literario abre grietas en desiertos de metal para darnos la oportunidad de salir de los barrotes impuestos que día tras día parecen querer advertirnos de que no somos iguales en nuestra diferencia. Volviendo a la selva de Quiroga, el soldado -que ha quedado ciego por defender a su patria y ahora en la penumbra puede distinguir lo que el exceso de luz le impedía- regresa para recordar a los animales que fueron ellos mismos quienes crearon su propia cárcel al recluirse cuando su ámbito de libertad era toda la selva. Si las obras literarias que aspiran a transcender y transformar tienen patria, esa debe de ser muy parecida a la de los animales. Una que hace que escritoras y escritores creen mundos desde lo visto, sentido e imaginado para calmar nuestra sed, siempre inextinguible como la del jaguar. &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right">(…) soy otro cuando soy, los actos míos<br />
son más míos si son también de todos,<br />
para que pueda ser he de ser otro,<br />
salir de mí, buscarme entre los otros (…)</p>
<p style="text-align: right">Octavio Paz, Piedra de sol (1957)</p>
<p>¿Los relatos literarios tienen patria?, ¿pertenecen a un espacio o fueron escritos para cualquiera que estuviera dispuesta/o a disfrutarlos? Esta pregunta, hecha a los animales de la selva de <a href="#www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/la_patria.htm">Horacio Quiroga (<em>La patria</em>),</a> les produciría cierto escalofrío. Habían construido su patria para imitar a los humanos pero pronto se dieron cuenta de que al establecer sus fronteras perdieron toda la selva, su lugar genuino. Sin ese espacio infinito, el jaguar sintió por primera vez algo hasta entonces desconocido: la sed.</p>
<p>Cercar las selvas humanas también provoca sed por conocer lo que hay al otro lado. Algunos relatos literarios, sabedores de la existencia de condiciones adversas, incorporan la disidencia para hacer frente a los muros infranqueables. Si la frontera pretende delimitar la separación entre un nosotros y los otros, la literatura es maestra en el arte de tender puentes a la <em>otredad</em>. Puentes que cambian las miradas e incrementan la incomprensión ante la tragedia cotidiana derivada de las patrias egoístas y excluyentes.</p>
<p>La literatura, proceda de un lugar, de una identidad o de una afinidad cultural, o esté escrita bajo un determinado código, también da muchas pistas de quienes somos los animales humanos. Nos acerca al otro, que es distinto a nosotros, pero también es igual (ver Tzvetan Todorov, <em>La conquista de América. El problema del otro</em>, 1984).</p>
<p>Novelas consideradas indigenistas como <em>El mundo es ancho y ajeno,</em> de Ciro Alegría (1941)<em>; Los ríos profundos (</em>1958), de José María Arguedas o <em>Huasipungo </em>(1934), de Jorge Icaza, permiten entender mejor las sociedades peruana o ecuatoriana, pero también retratan temas universales como el abuso de los poderosos o el repudio a las clases dominantes. La existencia de textos bajo coordenadas temporales o espaciales no los hacen exclusividad de un país, de un tiempo, ni siquiera de una lengua.</p>
<p>Otra de las grandes virtudes de esa gran selva que es la patria literaria es la oportunidad que abre en cada una de las vetas de una cultura: la de asomarse a sus contradicciones, conflictos o diversidad de miradas. Max Aub, hijo de madre francesa y padre alemán, había crecido en Valencia y vivido más de treinta años exiliado en México después de ser perseguido, depurado y recluido en un campo de concentración. Defendía que uno es del lugar donde hace el bachillerato. Su espíritu “de exilio” puede ser gozado por un lector universal que aprecia el valor de la resistencia, esa que respira su hexalogía (<em>El laberinto mágico)</em> o <em>La Gallina ciega (1971)</em>. “Estos que ves- le dice uno de sus personajes a su hijo-, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo”<em> Campo de los almendros (1968)</em>. Dirimir acerca de a qué frontera física pertenecía su literatura sería un sinsentido.</p>
<p>“Un libro que se configura como equivalente del universo” es a juicio de Italo Calvino un requisito para ser considerado un clásico. Con el fin de conocer quiénes somos y adónde hemos llegado “(…) los italianos –dice- son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos” (¿<em>Por qué leer a los clásicos</em>?).</p>
<p>El binomio de italianos o no italianos adquiriría en nuestra selva un sinfín de combinaciones infinitas que no necesariamente pasan por una nacionalidad. La condición de otredad también viene impuesta por circunstancias como las aducidas por Virginia Woolf en su ensayo <em>Tres guineas</em>, cuando le responde al abogado de Londres que le preguntó “cómo hemos de evitar la guerra” que si bien los dos pertenecían a la clase instruida, él era hombre y ella mujer, y que eso implicaba diferencias grandes a la hora de mirar la realidad bélica. Como nos recuerda Susang Sontag<em>,</em> no debía sobreentender ese “nosotros” cuando el tema era la mirada de dolor de los demás: “(..) no afanarse en abolir lo que causa semejante estrago, carnicería semejante: para Woolf ésas serían las reacciones de un monstruo moral. Y afirma: no somos monstruos, somos integrantes de la clase instruida. Nuestro fallo es de imaginación, de empatía: no hemos sido capaces de tener presente esa realidad”(<em>Ante el dolor de los demás</em>).</p>
<p>Las fronteras son difusas, casi siempre artificiales, por eso en la maraña de la identidad múltiple es muy fácil perderse, casi una bendición. Pero puestos a buscar una frontera, quizás la más real sea la que separa a los héroes de los villanos, o su traducción a explotadores y explotados u opresores y oprimidos. Libros de procedencias tan dispares como la distopia <em>Nosotros (1929</em>, pero no fue publicada en ruso hasta 1988) de Yevgueni Zamiatin o<em> Disidentes. Antología de poetas críticos españoles (1990-2014)</em> dejan contemplar esa frontera que impone el ejercicio del poder en los ecosistemas humanos. Doris Lessing también muestra fronteras que son causas o consecuencias de las desigualdades raciales, sociales y de género.</p>
<p>Tener raíz o vivir en el desarraigo es independiente de la cualidad de mirar más allá de los muros impuestos para conocer mejor al otro. Hay personas que potencian esta mirada con proyectos literarios como <a href="http://www.anacaona.fr/">Je suis favela</a>, puesto en marcha por la editora Paula Anacaona con el fin de publicar libros en Francia que versan sobre la vida en los barrios pobres de Brasil. Si una patria solo admitiese los relatos contados por los que “son como ellos”, con sus apellidos y pedigrí, evitando la contaminación con “los otros”, se convertiría en un lugar triste.</p>
<p>Huyssen señala que la forma en que pensamos en el pasado es cada vez más la de una memoria sin fronteras. “No hay duda de que la modernidad ha traído consigo una compresión muy real del tiempo y el espacio. Pero en el registro de las imaginerías también ha expandido nuestros horizontes del tiempo y el espacio más allá de lo local, lo nacional y hasta lo internacional” (<em>Modernismo después de la postmodernidad</em>, 2010). Es extraño entonces que los mercados y algunas de sus editoriales todavía sigan enmarcando el espíritu de una selva bajo una condición que simplifique el instinto de libertad de creadoras y creadores.</p>
<p>La ruptura de los espacios acotados, la unidad universal de los temas humanos más transcendentes y, por otro lado, la indivisibilidad de cada voz forman parte del gran desafío de reconocernos miembros de la especie humana. Es aquí donde el relato literario abre grietas en desiertos de metal para darnos la oportunidad de salir de los barrotes impuestos que día tras día parecen querer advertirnos de que no somos iguales en nuestra diferencia.</p>
<p>Volviendo a la selva de Quiroga, el soldado -que ha quedado ciego por defender a su patria y ahora en la penumbra puede distinguir lo que el exceso de luz le impedía- regresa para recordar a los animales que fueron ellos mismos quienes crearon su propia cárcel al recluirse cuando su ámbito de libertad era toda la selva. Si las obras literarias que aspiran a transcender y transformar tienen patria, esa debe de ser muy parecida a la de los animales. Una que hace que escritoras y escritores creen mundos desde lo visto, sentido e imaginado para calmar nuestra sed, siempre inextinguible como la del jaguar.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Cuando en una novela cabe el mundo</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2015 10:20:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué podría hacer? ¿Discutir con usted? Estoy en contra de todos los granujas y opresores que habitan la tierra. Ray Bradbury, Aunque siga brillando la luna La literatura, como relato universal compuesto de múltiples voces, posee un valor insustituible para imaginar el mundo que queremos y presentar descarnadamente los engranajes de dominación que marcan las pautas de su funcionamiento. Meter un mundo en una novela o pieza literaria, desde la intuición de vida que tuvieron sus creadores, ha sido una constante a lo largo de la historia de la literatura (La odisea, Don Quijote de la Mancha, Moby Dick, El corazón de las tinieblas, Memorias del fuego…). Aldous Huxley con Island -su obra póstuma- o Ray Bradbury &#8211;a través de Martian Chronicles y esa imaginada ciudad marciana que unía arte y vida- estaban a la vez representando un momento, creando proyectos de buen vivir y emitiendo señales de alarma sobre el poder de autodestrucción del ser humano. En sus novelas confluían las visiones utópicas y distópicas porque también eso es el mundo: el encontronazo entre intereses contrapuestos donde se ejerce el egoísmo y la solidaridad al mismo tiempo, donde uno puede convertirse en héroe, aunque esté perseguido por la justicia (como lo están Helvé Falcioni, Julian Assange o Edward Snowden) o ser un villano con presunción de inocencia o apariencia de legalidad (como las clases dirigentes transnacionales, cuyas decisiones impactan en la destrucción del medioambiente y en la creciente desigualdad mundial). Una contradicción que, pese a todo lo que se ha dicho sobre la muerte de la novela, sigue teniendo en la literatura del siglo XXI un espacio para la representación (2666, Underworld), anticipación (Mara and Dann) y búsqueda de otros mundos (The Fifth Sacred Thing). La complejidad y aristas de la realidad no encuentran, sino en la novela, la posibilidad del relato que, desde la profundidad y los infinitos matices, nos cuente quiénes somos, cómo nos relacionamos con los otros – incluyendo los seres no humanos que nos acompañan en el planeta-, cuáles son nuestros proyectos colectivos y cuáles las “maldiciones egoístas” que impiden la consecución de nuestras utopías. Drones asesinos, ataúdes flotantes en el Mediterráneo y en el mar de Andamán, círculos de basura y consumo irracional, semillas terminator que destruyen la biodiversidad y las culturas, uso de combustibles fósiles que fijan la espada de Damocles con un pelo de crin sobre nuestras cabezas, fundamentalismo machista que encarcela las mentes de hombres y mujeres, codicia financiera que trae como consecuencia una desigualdad obscena, corrupción generalizada que deja pocos espacios para creer en la bondad del ser humano, violencia gratuita con la que obsequiamos a nuestros jóvenes… Viéndolo así, a cualquiera se le quitan las ganas de renunciar a toda posibilidad de proyecto humano. Pero, aún en nuestra condición de náufragos, la humanidad siempre ha encontrado motivos para renacer de las cenizas, de esa hecatombe que algunos provocan para extender sus redes de dominación mientras mucha gente mira pasiva y absorta. También ha sido la literatura la que, desde su letra, ha permitido que entendamos mejor quiénes somos abriendo el pasadizo a lo desconocido, ocultado, invisibilizado. Si lo que está en crisis es nuestro modelo de desarrollo, sólo desde la recuperación y apropiación de lo simbólico mediante relatos podremos recuperar la capacidad de soñar con otros mundos más igualitarios, ecológicos y posibles. Es el poder de las metáforas, su capacidad imperfecta de suscitar revelaciones y emociones, el que da inicio a la trasformación de la realidad. La literatura cumple un papel de latencia utópica que puede regenerar, a partir de esta “resignificación”, algo que parece imposible de cambiarse. La literatura transformadora parte de cosas tan simples como la de convertirse en una gran goma de borrar fronteras: recordándonos que somos miembros de una misma comunidad. Como se contaba el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, cuando la abuela Ixmucamé muele el maíz: éramos una sola raza, estamos conformados por la misma materia. Pero también la madre tierra forma parte de nosotros. Carmen Flys profundiza en textos literarios que, desde la ética del cuidado, muestran que es posible otra manera de relacionarnos con el medio ambiente. Autoras como Starhawk, Linda Hogan o Ann Pancake incluyen en sus obras a la naturaleza no humana reflejando un cambio de paradigma cultural hacia una actitud más justa y sostenible. La armonía con la madre tierra, en el otro extremo de lo que implica su dominación o extracción de su riqueza, permite una comunicación empática bidireccional: los personajes escuchan la naturaleza y se dejan escuchar por ella. David Becerra Mayor escribe que, pueda o no la literatura cambiar el mundo, “lo importante es que la gran literatura crea en sus potencialidades”. Y esta potencialidad, en el tiempo en que vivimos, no significa que una novela tenga que versar sobre el cambio climático o la violencia de género, pero tampoco es suficiente hilvanar frases con sentido para entretener. A veces basta con contribuir a salir del discurso totalizador de la ideología que nos somete, con la búsqueda de un entendimiento que parta de la diversidad en igualdad, con una atmósfera que se haga eco del conflicto ambiental o de las consecuencias de los desequilibrios de poder entre los géneros. Lo que si no cabe en la literatura transformadora es el silencio y la pasividad ante las grandes miserias colectivas. Pero nada más lejos de la realidad que supeditar la literatura al servicio de una idea política inmóvil. La literatura es un territorio de libertad, de voces diversas, plagado de contradicciones, donde no es posible encontrar la aspiración a una única verdad, sino un espacio donde se debaten ideas en pugna a través de personajes que encarnan distintos puntos de vista. Su estela siempre deja huellas de duda entre sus interrogaciones de tinta y silencio. Hemos asistido a los intentos de frivolización, banalización y comercialización de muchas dimensiones de nuestra vida, pero todavía queda espacio para la aparición de obras que van al centro mismo de la vida y de la historia. Obras que son sustrato de nuevas transformaciones o, como escribía Roberto Bolaño en 2666, donde se lucha “con los combates de verdad”. Por eso este espacio, Ceniza de ombú, aspira a convertirse en un lugar de diálogo e intercambio sobre obras literarias que representan el mundo del siglo XXI, que anticipan lo que vendrá después y construyen otros mundos posibles. Un lugar virtual para profundizar en las contradicciones del discurso del desarrollo humano hegemónico respetando el multivocalismo. Compartiremos reflexiones sobre autor@s y obras que exponen los abusos de la codicia y la opresión y que, por otra parte, dignifican la valentía de las luchas de personas o colectivos que encarnan las grietas abiertas en muros inexpugnables. El ombú, pese a su apariencia de árbol, es una planta arborescente que se convierte en metáfora de la levedad y fragilidad de todo lo que creemos arraigado: el capitalismo salvaje, el integrismo cultural y religioso, la sociedad patriarcal y la explotación de la naturaleza. Sabemos que es posible extraer sus raíces, porque una novela donde cabe el mundo encierra la semilla de su transformación.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>¿Qué podría hacer? ¿Discutir con usted? </em></p>
<p style="text-align: right"><em>Estoy en contra de todos los granujas y opresores que habitan la tierra.</em></p>
<p style="text-align: right"><em>Ray Bradbury, Aunque siga brillando la luna </em></p>
<p>La literatura, como relato universal compuesto de múltiples voces, posee un valor insustituible para imaginar el mundo que queremos y presentar descarnadamente los engranajes de dominación que marcan las pautas de su funcionamiento.</p>
<p>Meter un mundo en una novela o pieza literaria, desde la intuición de vida que tuvieron sus creadores, ha sido una constante a lo largo de la historia de la literatura (<em>La odisea</em>, <em>Don Quijote de la Mancha</em>, <em>Moby Dick</em>, <em>El corazón de las tinieblas, Memorias del fuego</em>…).</p>
<p>Aldous Huxley con <a href="http://www.tehura.es/index.php/bloc/83-from-island-to-2666-commitment-to-the-present-and-new-ways-to-look-at-the-past"><em>Island</em></a> -su obra póstuma- o<em> Ray Bradbury &#8211;</em>a través de <em>Martian Chronicles</em> y esa imaginada ciudad marciana que unía arte y vida- estaban a la vez representando un momento, creando proyectos de buen vivir y emitiendo señales de alarma sobre el poder de autodestrucción del ser humano. En sus novelas confluían las visiones utópicas y distópicas porque también eso es el mundo: el encontronazo entre intereses contrapuestos donde se ejerce el egoísmo y la solidaridad al mismo tiempo, donde uno puede convertirse en héroe, aunque esté perseguido por la justicia (como lo están Helvé Falcioni, Julian Assange o Edward Snowden) o ser un villano con presunción de inocencia o apariencia de legalidad (como las clases dirigentes transnacionales, cuyas decisiones impactan en la destrucción del medioambiente y en la creciente desigualdad mundial).</p>
<p>Una contradicción que, pese a todo lo que se ha dicho sobre la muerte de la novela, sigue teniendo en la literatura del siglo XXI un espacio para la representación (<em>2666, Underworld</em>), anticipación (<em>Mara and Dann</em>) y búsqueda de otros mundos (<em>The Fifth Sacred Thing</em>). La complejidad y aristas de la realidad no encuentran, sino en la novela, la posibilidad del relato que, desde la profundidad y los infinitos matices, nos cuente quiénes somos, cómo nos relacionamos con los otros – incluyendo los seres no humanos que nos acompañan en el planeta-, cuáles son nuestros proyectos colectivos y cuáles las “maldiciones egoístas” que impiden la consecución de nuestras utopías.</p>
<p>Drones asesinos, ataúdes flotantes en el Mediterráneo y en el mar de Andamán, círculos de basura y consumo irracional, semillas <em>terminator </em>que destruyen la biodiversidad y las culturas, uso de combustibles fósiles que fijan la espada de Damocles con un pelo de crin sobre nuestras cabezas, fundamentalismo machista que encarcela las mentes de hombres y mujeres, codicia financiera que trae como consecuencia una desigualdad obscena, corrupción generalizada que deja pocos espacios para creer en la bondad del ser humano, violencia gratuita con la que obsequiamos a nuestros jóvenes… Viéndolo así, a cualquiera se le quitan las ganas de renunciar a toda posibilidad de proyecto humano.</p>
<p>Pero, aún en nuestra condición de náufragos, la humanidad siempre ha encontrado motivos para renacer de las cenizas, de esa hecatombe que algunos provocan para extender sus redes de dominación mientras mucha gente mira pasiva y absorta. También ha sido la literatura la que, desde su letra, ha permitido que entendamos mejor quiénes somos abriendo el pasadizo a lo desconocido, ocultado, <em>invisibilizado</em>.</p>
<p>Si lo que está en crisis es nuestro modelo de desarrollo, sólo desde la recuperación y apropiación de lo simbólico mediante relatos podremos recuperar la capacidad de soñar con otros mundos más igualitarios, ecológicos y posibles. Es el poder de las metáforas, su capacidad imperfecta de suscitar revelaciones y emociones, el que da inicio a la trasformación de la realidad. La literatura cumple un papel de latencia utópica que puede regenerar, a partir de esta “resignificación”, algo que parece imposible de cambiarse.</p>
<p>La literatura transformadora parte de cosas tan simples como la de convertirse en una gran goma de borrar fronteras: recordándonos que somos miembros de una misma comunidad. Como se contaba el <em>Popol Vuh</em>, el libro sagrado de los mayas, cuando la abuela Ixmucamé muele el maíz: éramos una sola raza, estamos conformados por la misma materia.</p>
<p>Pero también la madre tierra forma parte de nosotros. <a href="http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/39794/1/Feminismos_22_07.pdf">Carmen Flys</a> profundiza en textos literarios que, desde la ética del cuidado, muestran que es posible otra manera de relacionarnos con el medio ambiente. Autoras como Starhawk, Linda Hogan o Ann Pancake incluyen en sus obras a la naturaleza no humana reflejando un cambio de paradigma cultural hacia una actitud más justa y sostenible. La armonía con la madre tierra, en el otro extremo de lo que implica su dominación o extracción de su riqueza, permite una comunicación empática bidireccional: los personajes escuchan la naturaleza y se dejan escuchar por ella.</p>
<p><a href="http://davidbecerramayor.blogspot.com/2014/01/literatura-de-anticipacion-publicado-en.html">David Becerra Mayor</a> escribe que, pueda o no la literatura cambiar el mundo, “lo importante es que la gran literatura crea en sus potencialidades”. Y esta potencialidad, en el tiempo en que vivimos, no significa que una novela tenga que versar sobre el cambio climático o la violencia de género, pero tampoco es suficiente hilvanar frases con sentido para entretener. A veces basta con contribuir a salir del discurso totalizador de la ideología que nos somete, con la búsqueda de un entendimiento que parta de la diversidad en igualdad, con una atmósfera que se haga eco del conflicto ambiental o de las consecuencias de los desequilibrios de poder entre los géneros. Lo que si no cabe en la literatura transformadora es el silencio y la pasividad ante las grandes miserias colectivas.</p>
<p>Pero nada más lejos de la realidad que supeditar la literatura al servicio de una idea política inmóvil. La literatura es un territorio de libertad, de voces diversas, plagado de contradicciones, donde no es posible encontrar la aspiración a una única verdad, sino un espacio donde se debaten ideas en pugna a través de personajes que encarnan distintos puntos de vista. Su estela siempre deja huellas de duda entre sus interrogaciones de tinta y silencio.</p>
<p>Hemos asistido a los intentos de frivolización, banalización y comercialización de muchas dimensiones de nuestra vida, pero todavía queda espacio para la aparición de obras que van al centro mismo de la vida y de la historia. Obras que son sustrato de nuevas transformaciones o, como escribía Roberto Bolaño en <a href="http://www.tehura.es/index.php/bloc/83-from-island-to-2666-commitment-to-the-present-and-new-ways-to-look-at-the-past"><em>2666</em></a>, donde se lucha “con los combates de verdad”.</p>
<p>Por eso este espacio, <em>Ceniza de ombú</em>, aspira a convertirse en un lugar de diálogo e intercambio sobre obras literarias que representan el mundo del siglo XXI, que anticipan lo que vendrá después y construyen otros mundos posibles. Un lugar virtual para profundizar en las contradicciones del discurso del desarrollo humano hegemónico respetando el multivocalismo.</p>
<p>Compartiremos reflexiones sobre autor@s y obras que exponen los abusos de la codicia y la opresión y que, por otra parte, dignifican la valentía de las luchas de personas o colectivos que encarnan las grietas abiertas en muros inexpugnables. El ombú, pese a su apariencia de árbol, es una planta arborescente que se convierte en metáfora de la levedad y fragilidad de todo lo que creemos arraigado: el capitalismo salvaje, el integrismo cultural y religioso, la sociedad patriarcal y la explotación de la naturaleza.</p>
<p>Sabemos que es posible extraer sus raíces, porque una novela donde cabe el mundo encierra la semilla de su transformación.</p>
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