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	<title>Ceniza de Ombú &#187; Ecologías</title>
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	<description>Un blog de literatura que transforma</description>
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		<title>«Canto yo y la montaña baila», de Irene Solà</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Jul 2020 15:24:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela Canto yo y la montaña baila (Canto jo i la muntanya balla, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente. Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera. En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”. La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido. Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue. La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron. La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina. La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece. Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos. El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando. &#160; La versión en inglés de esta reseña puede leerse en EUPL reviews. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-165" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996-300x225.jpg" alt="IMG_6996" width="300" height="225" /></a></p>
<p>La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela <em>Canto yo y la montaña baila</em> (<em>Canto jo i la muntanya balla</em>, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente.</p>
<p>Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera.</p>
<p>En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”.</p>
<p>La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido.</p>
<p>Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue.</p>
<p>La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron.</p>
<p>La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina.</p>
<p>La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece.</p>
<p>Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos.</p>
<p>El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando.</p>
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<p>La versión en inglés de esta reseña puede leerse en <a href="http://www.euprizeliterature.eu/news/eupl-reviews" target="_blank">EUPL reviews</a>.</p>
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		<title>Ceniza de ombú</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2017/07/30/ceniza-de-ombu/</link>
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		<pubDate>Sun, 30 Jul 2017 19:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado 23 de mayo presenté la novela Ceniza de ombú en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.  (extracto del cuaderno de Helena, página 77) No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición. Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios. Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino. Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado 23 de mayo presenté la novela <em><a href="http://www.cce.org.uy/ceniza-de-ombu-el-ultimo-libro-de-la-espanola-raquel-martinez-gomez-se-presenta-en-el-cce/" target="_blank">Ceniza de ombú</a></em> en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.</p>
<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44.png"><img class="alignnone size-medium wp-image-135" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44-212x300.png" alt="Captura de pantalla 2017-05-21 a las 10.12.44" width="212" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-136" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1-210x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="210" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-137" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3-211x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="211" height="300" /></a></p>
<p><strong> </strong><strong>(extracto del cuaderno de Helena, página 77)</strong></p>
<p style="text-align: justify">No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición.</p>
<p style="text-align: justify">Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios.</p>
<p style="text-align: justify">Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino.</p>
<p style="text-align: justify">Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.</p>
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		<title>Perdiendo nuestro mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Sep 2016 08:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en Conducta migratoria (Flight Behavior), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. “¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo? –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático. La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo. Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma. Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza: Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto. El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: Money Tree Industries); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido. Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón. El título original de la novela, Flight Behavior, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta. Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los males del Mediterráneo no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en Crematorio y En la orilla? Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. La novela de Kingsolver es una alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías. Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “un concepto creado por los chinos para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”. Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales, cerrando la puerta de golpe sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas. La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de incomunicación muchas de sus causas. Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción: Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon. La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. La pobreza parece ser la única aliada forzosa en la reducción de emisiones de CO2. Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión. Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores. Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse? * En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre Conducta migratoria. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/ @Ecoclubdlectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/ &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en <em>Conducta migratoria</em> (<em>Flight Behavior</em>), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. <strong>“¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo?</strong> –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, <strong>lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma.</p>
<p style="text-align: justify">Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. <strong>Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza:</strong></p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto</em>.</p>
<p style="text-align: justify">El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: <em>Money Tree Industries</em>); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele <em>esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón</em>.</strong> El título original de la novela, <em>Flight Behavior</em>, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta.</p>
<p style="text-align: justify">Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los <a href="http://www.ipsnoticias.net/2016/06/el-mar-de-la-contaminacion-alias-mediterraneo/">males del Mediterráneo</a> no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2013/02/28/actualidad/1362067884_779080.html"><em>Crematorio</em></a> y <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/en-la-orilla/9788433997593/NH_512"><em>En la orilla</em></a>?</p>
<p style="text-align: justify">Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan <em>con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver es una <strong>alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías.</strong> Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “<a href="http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=3aa442f5-96dc-4ac1-a898-cfc72cfc18a9">un concepto creado por los chinos</a> para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.</p>
<p style="text-align: justify">Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose <em>sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales</em>, cerrando la puerta de golpe <em>sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas</em>.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de <em>in</em>comunicación muchas de sus causas.</strong> Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. <a href="https://www.theguardian.com/books/2012/nov/11/flight-behaviour-barbara-kingsolver-review">La pobreza parece ser la única aliada</a> forzosa en la reducción de emisiones de CO2.</p>
<p style="text-align: justify">Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión.</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px">Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en <em>las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. <strong>Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán <em>que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire</em>, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo</strong>. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse?</p>
<p>* En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre <em>Conducta migratoria</em>. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/</a></p>
<p>@Ecoclubdlectura</p>
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		<title>Narrativas y límites planetarios</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 15:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Ignacio Santos]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la Ecocrítica, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente. Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) Trilogía de Baztán, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el sumak kawsay andino. Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como La sequía, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades. Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el Ecoclub de lectura (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook) La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas. El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente Crematorio, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en El salario del gigante nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en Beatriz y la loba aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista. El Sur, se ha manifestado a través de La chica mecánica, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con Ultimatum este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático. El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo. La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los límites planetarios. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de El salario del gigante, próxima novela sobre la que conversaremos: Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar. Dice Jonathan Gottschall en The Storytelling Animal: How Stories make us human, que la narrativa es: una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro. Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la Huella ecológica y el Índice del planeta vivo. ¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en Un mundo que agoniza (1979)?: .A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. ¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos y metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios? Ecoclub de lectura: https://www.facebook.com/ecoclubdelectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la <em>Ecocrítica</em>, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente.</p>
<p>Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) <em>Trilogía de Baztán</em>, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el <em>sumak kawsay </em>andin<em>o</em>.</p>
<p>Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como <em>La sequía</em>, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades.</p>
<p>Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el <a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/"> Ecoclub de lectura</a> (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook)</p>
<p>La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas.</p>
<p>El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente <em>Crematorio</em>, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en <em>El salario del gigante </em>nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en <em>Beatriz y la loba</em> aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista.</p>
<p>El Sur, se ha manifestado a través de <em>La chica mecánica</em>, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con<em> Ultimatum</em> este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático.</p>
<p>El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo.</p>
<p>La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los <a href="http://www.stockholmresilience.org/21/research/research-programmes/planetary-boundaries.html">límites planetarios</a>. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de <em>El salario del gigante, </em>próxima novela sobre la que conversaremos<em>:</em></p>
<p><em>Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar.</em></p>
<p>Dice Jonathan Gottschall en <em>The Storytelling Animal: How Stories make us human</em>, que la narrativa es: <em>una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos</em>. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro.</p>
<p>Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la <a href="http://www.footprintnetwork.org/es/index.php/GFN/page/footprint_basics_overview/">Huella ecológica</a> y el <a href="http://www.footprintnetwork.org/images/article_uploads/Informe-PlanetaVivo2014_LowRES.pdf">Índice del planeta vivo</a>.</p>
<p>¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en <em>Un mundo que agoniza</em> (1979)?: .<em>A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. </em></p>
<p>¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos <em>y </em>metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios?</p>
<p>Ecoclub de lectura:</p>
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