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	<title>Ceniza de Ombú &#187; Igualdad</title>
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	<description>Un blog de literatura que transforma</description>
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		<title>Cuando no queda más remedio que negar a las vírgenes</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Mar 2020 10:08:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Igualdad]]></category>

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		<description><![CDATA[Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza. En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las clases dominantes. Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al purple washing sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.” Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas? El feminismo vaut bien plus qu´une messe. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual. Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios. Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente. No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza.</p>
<p style="text-align: justify">En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las <em>clases dominantes</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al <em>purple washing</em> sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.”</p>
<p style="text-align: justify">Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas?</p>
<p style="text-align: justify">El feminismo <em>vaut bien plus qu´une messe</em>. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual.</p>
<p style="text-align: justify">Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios.</p>
<p style="text-align: justify">Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente.</p>
<p style="text-align: justify">No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.</p>
<p style="text-align: justify">
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		<title>Valeria y su derecho a volar</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Nov 2015 21:52:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Derechos]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Igualdad]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Se trata de despertar a la serpiente dormida y enroscada tres veces y media en el chakra inferior y dirigirla hasta el chakra superior. Sólo así podrá unirse el cuerpo y el espíritu.   Fui payasa en Nueva York durante quince años después de dejar Buenos Aires siguiendo a Bruno. Actué tan bien durante todo ese tiempo que llegué a creerme que no me gustaba el trapecio. Me equivoqué sobre muchas cosas: que los proyectos de él eran los míos y que cualquier decisión que tomara en mi vida debía de contar con su beneplácito. Pude ser trapecista, pero elegí ser payasa para no hacerle sombra, para no competir con él. Pensé que bastaba tenerlo a mi lado para ser feliz. Sin duda, me equivoqué. Él volaba desafiando las leyes de la gravedad y yo, convertida en payasa, hacía descansar los enormes zapatones en el suelo mientras una gran sonrisa de maquillaje desfiguraba mi rostro, tanto como se deformaba mi cuerpo dentro del traje de colores. Aproveché algunas de sus ausencias para hacer piruetas en el aire, para despegar mis alas, ajadas de falta de uso. El leve aleteo que produjeron albergó una duda. Después, oculté las telas con las que me colgaba en los árboles del parque. Nunca me preguntó sobre mi decisión de dejar el trapecio. Pensé que gracias a ello se acabarían los celos y las presiones, los gritos y los menosprecios, pero la violencia siguió aferrada a otras excusas. Cuando le propuse ser madre, Bruno se negó a compartirme, quería que lo cuidara y, sobre todo, que le ayudara a crecer sobre un trapecio mientras mis suelas desgastada de payasa se hundían más y más en el barro de Central Park. Conocí a Javier después, en un lugar tranquilo al este de Uruguay, al que huí intentando olvidar los gritos, los ninguneos, los insultos y las violaciones que padecí y que, solo tras mucho esfuerzo y ayuda, pude identificar como violencia. En aquella época ya saltaba por las telas como un chimpancé y solo me bajaba de ellas para sumergirme en el océano Atlántico y sentirme pez. Me resistía a tocar al suelo y la tierra con los pies. Javier me reconoció y fue despacio, incluso intentó subir a las telas y permanecer a mi lado, pero era muy difícil para él sostenerse en las alturas y, todavía más, seguirme. Las ansias de libertad me habían transformado en un pájaro imbatible que, sin embargo, se asustaba con la crueldad que podía emanar del paraíso, con la fragilidad de la felicidad malentendida, con el fuego egoísta que confundí con el amor. Sólo me dejaba sentir un cuerpo que ya nunca más se arrastraría. Un día, desde la torre más alta de la laguna Rocha, vi a Javier recogiendo la basura que habían dejado los visitantes del fin de semana en el mismo punto donde el agua dulce se junta con el mar. Me gustó su generosidad con la naturaleza y bajé a ayudarle. La arena, a esa hora de la tarde, todavía estaba cálida. Mis pies se sintieron reconfortados y dejaron que el agua también los acariciara. Javier me explicó que no lo hacía por generosidad, sino por la vergüenza que en ocasiones le causaba su propia especie humana. Yo, que había sido payasa, pero que ahora era pez y pájaro, comprendí muy bien lo que aquella frase significaba. A partir de ese día, compartimos la mirada desde el cielo, desde el agua, desde la arena y pedimos a las personas que vienen a pasar el día en el lago que disfruten del entorno y sus seres sin dañarlos porque, todas y todos, formamos parte de él. * Este relato lo he escrito con motivo de la campaña “Mujeres libres, Mujeres en paz. ACTÚA, las violencias de género no distinguen fronteras”, organizada por la Agencia Española de Cooperación (AECID) y la Coordinadora de ONGD-España. Nos sumamos a los “16 días de Activismo contra la Violencia de Género” impulsada por Naciones Unidas, con el objetivo de sensibilizar a toda la sociedad sobre las causas y consecuencias de las violencias que sufren las mujeres y las niñas en el mundo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right">Se trata de despertar a la serpiente dormida</p>
<p style="text-align: right">y enroscada tres veces y media en el chakra inferior</p>
<p style="text-align: right">y dirigirla hasta el chakra superior.</p>
<p style="text-align: right">Sólo así podrá unirse el cuerpo y el espíritu.</p>
<p><em> </em></p>
<p>Fui payasa en Nueva York durante quince años después de dejar Buenos Aires siguiendo a Bruno. Actué tan bien durante todo ese tiempo que llegué a creerme que no me gustaba el trapecio. Me equivoqué sobre muchas cosas: que los proyectos de él eran los míos y que cualquier decisión que tomara en mi vida debía de contar con su beneplácito. <strong>Pude ser trapecista, pero elegí ser payasa para no hacerle sombra, para no competir con él.</strong> Pensé que bastaba tenerlo a mi lado para ser feliz. Sin duda, me equivoqué.</p>
<p>Él volaba desafiando las leyes de la gravedad y yo, convertida en payasa, hacía descansar los enormes zapatones en el suelo mientras una gran sonrisa de maquillaje desfiguraba mi rostro, tanto como se deformaba mi cuerpo dentro del traje de colores. <strong>Aproveché algunas de sus ausencias para hacer piruetas en el aire, para despegar mis alas, ajadas de falta de uso.</strong> El leve aleteo que produjeron albergó una duda. Después, oculté las telas con las que me colgaba en los árboles del parque.</p>
<p>Nunca me preguntó sobre mi decisión de dejar el trapecio. <strong>Pensé que gracias a ello se acabarían los celos y las presiones, los gritos y los menosprecios, pero la violencia siguió aferrada a otras excusas.</strong> Cuando le propuse ser madre, Bruno se negó a compartirme, quería que lo cuidara y, sobre todo, que le ayudara a crecer sobre un trapecio mientras mis suelas desgastada de payasa se hundían más y más en el barro de Central Park.</p>
<p>Conocí a Javier después, en un lugar tranquilo al este de Uruguay, al que huí intentando olvidar los gritos, los ninguneos, los insultos y las violaciones que padecí y que, solo tras mucho esfuerzo y ayuda, pude identificar como violencia. <strong>En aquella época ya saltaba por las telas como un chimpancé y solo me bajaba de ellas para sumergirme en el océano Atlántico y sentirme pez.</strong> Me resistía a tocar al suelo y la tierra con los pies.</p>
<p>Javier me reconoció y fue despacio, incluso intentó subir a las telas y permanecer a mi lado, pero era muy difícil para él sostenerse en las alturas y, todavía más, seguirme. <strong>Las ansias de libertad me habían transformado en un pájaro imbatible</strong> que, sin embargo, se asustaba con la crueldad que podía emanar del paraíso, con la fragilidad de la felicidad malentendida, con el fuego egoísta que confundí con el amor. Sólo me dejaba sentir un cuerpo que ya nunca más se arrastraría.</p>
<p>Un día, desde la torre más alta de la laguna Rocha, vi a Javier recogiendo la basura que habían dejado los visitantes del fin de semana en el mismo punto donde el agua dulce se junta con el mar. Me gustó su generosidad con la naturaleza y bajé a ayudarle. La arena, a esa hora de la tarde, todavía estaba cálida. Mis pies se sintieron reconfortados y dejaron que el agua también los acariciara. <strong>Javier me explicó que no lo hacía por generosidad, sino por la vergüenza que en ocasiones le causaba su propia especie humana.</strong> Yo, que había sido payasa, pero que ahora era pez y pájaro, comprendí muy bien lo que aquella frase significaba.</p>
<p>A partir de ese día, compartimos la mirada desde el cielo, desde el agua, desde la arena y pedimos a las personas que vienen a pasar el día en el lago que <strong>disfruten del entorno y sus seres sin dañarlos porque, todas y todos, formamos parte de él.</strong></p>
<p>* Este relato lo he escrito con motivo de la <a href="http://mujereslibresyenpaz.com/quienes-somos-2/">campaña “Mujeres libres, Mujeres en paz. ACTÚA, las violencias de género no distinguen fronteras”,</a> organizada por la <a href="http://www.aecid.es/ES">Agencia Española de Cooperación (AECID)</a> y la <a href="http://www.congde.org/">Coordinadora de ONGD-España</a>. Nos sumamos a los “16 días de Activismo contra la Violencia de Género” impulsada por Naciones Unidas, con el objetivo de sensibilizar a toda la sociedad sobre las causas y consecuencias de las violencias que sufren las mujeres y las niñas en el mundo.</p>
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		<title>Recogiendo el zapato de Rosa Luxemburgo</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jul 2015 11:33:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Igualdad]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El feminismo nació el día que una mujer dijo no a los sometimientos que la dominación masculina imponía. O quizás, lo que dijo fue sí, pero lo hizo con inteligencia, como Sherezade hilaba historias cada noche, para no dejar su destino al albur de un hombre, quien además disponía de su vida desde la superioridad que su inventada condición de rey le otorgaba. Sería difícil situar el inicio del feminismo, pero ahora que se entiende su legado y se toma conciencia de lo que ha costado cada paso, datar su origen, por ejemplo, en los movimientos sufragistas de principios del siglo XX sería dejar en silencio miles de batallas que las mujeres disidentes libraron frente al patriarcado en espacios públicos y privados. Fueron muchas las dificultades que impidieron que sus ecos y hazañas quedaran grabadas, lo que no pasó con las aniquilaciones de pueblos enteros por hombres que dan nombre a calles, plazas o ponen rostro a sellos. Quizás es complicado creer que las mujeres tienden menos a la violencia cuando están “al mando”, como imaginó Gioconda Belli en El país de las mujeres, teniendo ejemplos como Margaret Thatcher. Lo que sí está claro es que la falta de visibilidad de las heroínas transgresoras nos lleva a pensar en la huella que las relaciones de poder desigual deja en la historia y nos brinda la oportunidad de poner en valor la disidencia procedente de algunos textos literarios. Muchos de esos relatos fueron escritos por las propias mujeres hace mil años, como nos recuerda Eduardo Galeano en su texto recopilatorio Mujeres (2015). Dos japonesas: Murasaki Shikibu, quien recreó en Historia de Genji “aventuras masculinas y humillaciones femeninas”, y Sei Shônagon, quien dio nacimiento con su Libro de almohada al género zuihitsu, escribieron “como si fuera ahora”, nos relata Galeano con la maestría que gozan los grandes buscadores y contadores de historias. En este recopilatorio habla de mujeres “que conmueven por su determinación y su desobediencia constante”: aquellas que a inicios del siglo XIX creaban escuelas laicas y mixtas en Sudamérica; que en esos mismos años pintaban hombres desnudos; comuneras deportadas después de saborear por un instante el derecho a opinar; presas disidentes de distintas dictaduras; mujeres que promovían los métodos anticonceptivos cuando eran tabú… Todas ellas, la mayoría desde el anonimato, pusieron semillas que hicieron crecer la aspiración de igualdad que hoy está instalada entre nuestros valores y utopías. Cuenta historias que amplían nuestra mirada desde una perspectiva humana que redime todo aquello que fue aniquilado por el poder patriarcal. La dominación de la mujer y su resistencia dio lugar a relatos tan memorables como The Room Nineteen (Doris Lessing). La reducción a estereotipos (monja, puta o esclava) o su marginación por su condición de “bruja” o “loca” encontró en la literatura un espacio para el desafío. Christine de Pizan en el siglo XIV (L´Epitre au Dieu d`amours), Mary Wollstonecraf (Vindicación de los derechos de la mujer, 1792) y Olympe de Gouges (Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, 1791) en el XVIII dejaron por escrito sus pensamientos y demandas poniendo en peligro su integridad física, como ocurrió con de Gouges, quien fue guillotinada en 1793. En 1889 Elizabeth Corbett escribe New Amazony, una utopía feminista similar a la de su coetáneo Edward Bellamy. Una mujer despierta en el año 2472: el éxito del movimiento sufragista ha permitido la conformación de una sociedad utópica. También en el ámbito de las letras hindúes, a principios del siglo XX, Rokheya S. Hossein (Sultana´s Dream) escribe sobre utopía y feminismo. Las mujeres participan en las revoluciones y luego se les desplaza. La escritura aparece así como el testimonio de los esfuerzos y la opresión. Robespierre prefirió devolver a las mujeres a la vida privada y, de paso, segar algunas cabezas. A prisión domiciliaria -nos recuerda Eduardo Galeano en Mujeres&#8211; estaban de alguna manera condenadas las mil quinientas que invadieron el Parlamento egipcio en 1951 demandando el derecho al voto. Las “primaveras árabes” acabaron siendo más bien un largo invierno para muchas mujeres que participaron en las mismas, lo que ya ha tenido su reflejo en el ámbito de la ficción (La Voz ascendente. Género y creación tras las revoluciones árabes). Los riesgos de ser mujer, desafiar al poder y además dejarlo por escrito fueron variando, pero no tanto para que muchas creadoras se vieran forzadas a disfrazarse de “otro” e incluso tuvieran que aguantar como el mejor halago que “escribían como hombres”. Los críticos lo hicieron con Elena Soriano después de que la censura franquista le impidiera publicar La playa de los locos porque su protagonista mujer acaba suicidándose, algo que para la moral nacionalcatolicista y el machismo de la época era intolerable. A todas estas escritoras les hubiera gustado seguramente tener los principios de las Guerrilla Girls sobre las mujeres creadoras en su escritorio (The Advantages of Being a Woman Artist). La producción de ideas fundamentalistas sobre la mujer sigue siendo el corsé que impide la liberación de todas las formas de machismo. Si la literatura de hoy continúa reflejándolas es porque perviven; y si las pone en duda o descompone, es porque la permanencia de construcciones que van en contra de los propios valores que esgrimimos (piensen en los derechos humanos), ofrecen a las creadoras/es abismos donde explorar. La literatura “que transforma” tiene entre sus ingredientes más sugerentes la reformulación de los marcos castradores que reproducen estereotipos que han encadenado a las mujeres a lo largo de los siglos. Los relatos transformadores han cimentado un cambio que todavía es lento en unos casos y en otros da pasos para atrás. La dependencia o la falta de libertad siguen aprisionando a esas mujeres como en The Yellow Wallpaper (Charlotte Perkins) los barrotes que la protagonista imaginaba en el papel de la pared. La emancipación, como escribía Virginia Woolf en su A Room of One´s Own (1929) empezaba por tener dinero y una habitación propia, aunque sabemos que no son suficientes. Las cárceles de la mente a veces pesan como jaulas cerradas que solo un buen relato propio o ajeno, de esos que nos dejan sin respiración, es capaz de ayudar a abrir. El feminismo y su reflejo a través de la creación implica una posibilidad de transformación del mundo. Cuenta Eduardo Galeano que el día que asesinaron a la revolucionaria Rosa Luxemburgo en Berlín y la arrojaron a las aguas de un canal, ella perdió el zapato. “Rosa –escribe el uruguayo- quería un mundo donde la justicia no fuera sacrificada en nombre de la libertad, ni la libertad fuera sacrificada en nombre de la justicia”. Y concluye apuntando que, esa bandera, como el zapato, es recogida cada día por alguna mano. Muchas de las batallas que tendrán que librarse se mueven en el campo de lo simbólico porque todavía no contamos con las historias y relatos suficientes que nos recuerden que la mitad de esas manos que se mueven para transformar el mundo son de mujeres.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El feminismo nació el día que una mujer dijo no a los sometimientos que la dominación masculina imponía. O quizás, lo que dijo fue sí, pero lo hizo con inteligencia, como Sherezade hilaba historias cada noche, para no dejar su destino al albur de un hombre, quien además disponía de su vida desde la superioridad que su inventada condición de rey le otorgaba.</p>
<p>Sería difícil situar el inicio del feminismo, pero ahora que se entiende su legado y se toma conciencia de lo que ha costado cada paso, datar su origen, por ejemplo, en los movimientos sufragistas de principios del siglo XX sería dejar en silencio miles de batallas que las mujeres disidentes libraron frente al patriarcado en espacios públicos y privados. Fueron muchas las dificultades que impidieron que sus ecos y hazañas quedaran grabadas, lo que no pasó con las aniquilaciones de pueblos enteros por hombres que dan nombre a calles, plazas o ponen rostro a sellos.</p>
<p>Quizás es complicado creer que las mujeres tienden menos a la violencia cuando están “al mando”, como imaginó Gioconda Belli en <em>El país de las mujeres</em>, teniendo ejemplos como Margaret Thatcher. Lo que sí está claro es que la falta de visibilidad de las heroínas transgresoras nos lleva a pensar en la huella que las relaciones de poder desigual deja en la historia y nos brinda la oportunidad de poner en valor la disidencia procedente de algunos textos literarios.</p>
<p>Muchos de esos relatos fueron escritos por las propias mujeres hace mil años, como nos recuerda Eduardo Galeano en su texto recopilatorio <em>Mujeres</em> (2015). Dos japonesas: Murasaki Shikibu, quien recreó en Historia de Genji “aventuras masculinas y humillaciones femeninas”, y Sei Shônagon, quien dio nacimiento con su <em>Libro de almohada</em> al género <em>zuihitsu</em>, escribieron “como si fuera ahora”, nos relata Galeano con la maestría que gozan los grandes buscadores y contadores de historias.</p>
<p>En este recopilatorio habla de mujeres “que conmueven por su determinación y su desobediencia constante”: aquellas que a inicios del siglo XIX creaban escuelas laicas y mixtas en Sudamérica; que en esos mismos años pintaban hombres desnudos; comuneras deportadas después de saborear por un instante el derecho a opinar; presas disidentes de distintas dictaduras; mujeres que promovían los métodos anticonceptivos cuando eran tabú… Todas ellas, la mayoría desde el anonimato, pusieron semillas que hicieron crecer la aspiración de igualdad que hoy está instalada entre nuestros valores y utopías. Cuenta historias que amplían nuestra mirada desde una perspectiva humana que redime todo aquello que fue aniquilado por el poder patriarcal.</p>
<p>La dominación de la mujer y su resistencia dio lugar a relatos tan memorables como <em>The Room Nineteen (Doris Lessing)</em>. La reducción a estereotipos (monja, puta o esclava) o su marginación por su condición de “bruja” o “loca” encontró en la literatura un espacio para el desafío.</p>
<p>Christine de Pizan en el siglo XIV (L´Epitre au Dieu d`amours), Mary Wollstonecraf (<em>Vindicación de los derechos de la mujer, </em>1792) y Olympe de Gouges (<em>Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana</em>, 1791) en el XVIII dejaron por escrito sus pensamientos y demandas poniendo en peligro su integridad física, como ocurrió con de Gouges, quien fue guillotinada en 1793.</p>
<p>En 1889 Elizabeth Corbett escribe <em>New Amazony</em>, una utopía feminista similar a la de su coetáneo Edward Bellamy. Una mujer despierta en el año 2472: el éxito del movimiento sufragista ha permitido la conformación de una sociedad utópica. También en el ámbito de las letras hindúes, a principios del siglo XX, Rokheya S. Hossein (<em>Sultana´s Dream</em>) escribe sobre utopía y feminismo.</p>
<p>Las mujeres participan en las revoluciones y luego se les desplaza. La escritura aparece así como el testimonio de los esfuerzos y la opresión. Robespierre prefirió devolver a las mujeres a la vida privada y, de paso, segar algunas cabezas. A prisión domiciliaria -nos recuerda Eduardo Galeano en <em>Mujeres</em>&#8211; estaban de alguna manera condenadas las mil quinientas que invadieron el Parlamento egipcio en 1951 demandando el derecho al voto. Las “primaveras árabes” acabaron siendo más bien un largo invierno para muchas mujeres que participaron en las mismas, lo que ya ha tenido su reflejo en el ámbito de la ficción <a href="http://www.academia.edu/9614671/La_voz_ascendente._G%C3%A9nero_y_creaci%C3%B3n_tras_las_revoluciones_%C3%A1rabes">(<em>La Voz ascendente. Género y creación tras las revoluciones árabes</em>)</a>.</p>
<p>Los riesgos de ser mujer, desafiar al poder y además dejarlo por escrito fueron variando, pero no tanto para que muchas creadoras se vieran forzadas a disfrazarse de “otro” e incluso tuvieran que aguantar como el mejor halago que “escribían como hombres”. Los críticos lo hicieron con Elena Soriano después de que la censura franquista le impidiera publicar <em>La playa de los locos</em> porque su protagonista mujer acaba suicidándose, algo que para la moral <em>nacionalcatolicista </em>y el machismo de la época era intolerable.</p>
<p>A todas estas escritoras les hubiera gustado seguramente tener los principios de las Guerrilla Girls sobre las mujeres creadoras en su escritorio (<a href="http://www.guerrillagirls.com/posters/advantages.shtml">The Advantages of Being a Woman Artist).</a></p>
<p>La producción de ideas fundamentalistas sobre la mujer sigue siendo el corsé que impide la liberación de todas las formas de machismo. Si la literatura de hoy continúa reflejándolas es porque perviven; y si las pone en duda o descompone, es porque la permanencia de construcciones que van en contra de los propios valores que esgrimimos (piensen en los derechos humanos), ofrecen a las creadoras/es abismos donde explorar.</p>
<p>La literatura “que transforma” tiene entre sus ingredientes más sugerentes la reformulación de los marcos castradores que reproducen estereotipos que han encadenado a las mujeres a lo largo de los siglos. Los relatos transformadores han cimentado un cambio que todavía es lento en unos casos y en otros da pasos para atrás.</p>
<p>La dependencia o la falta de libertad siguen aprisionando a esas mujeres como en <em>The Yellow Wallpaper</em> (Charlotte Perkins) los barrotes que la protagonista imaginaba en el papel de la pared. La emancipación, como escribía Virginia Woolf en su <em>A Room of One´s Own (1929)</em> empezaba por tener dinero y una habitación propia, aunque sabemos que no son suficientes. Las cárceles de la mente a veces pesan como jaulas cerradas que solo un buen relato propio o ajeno, de esos que nos dejan sin respiración, es capaz de ayudar a abrir. El feminismo y su reflejo a través de la creación implica una posibilidad de transformación del mundo.</p>
<p>Cuenta Eduardo Galeano que el día que asesinaron a la revolucionaria Rosa Luxemburgo en Berlín y la arrojaron a las aguas de un canal, ella perdió el zapato. “Rosa –escribe el uruguayo- quería un mundo donde la justicia no fuera sacrificada en nombre de la libertad, ni la libertad fuera sacrificada en nombre de la justicia”. Y concluye apuntando que, esa bandera, como el zapato, es recogida cada día por alguna mano. Muchas de las batallas que tendrán que librarse se mueven en el campo de lo simbólico porque todavía no contamos con las historias y relatos suficientes que nos recuerden que la mitad de esas manos que se mueven para transformar el mundo son de mujeres.</p>
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