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	<title>Otro mundo está en marcha &#187; Raquel Martínez-Gómez</title>
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		<title>Adrienne Rich: la voluntad de conectar</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Mar 2021 09:21:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
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		<description><![CDATA[     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios. Cuando recibí la versión revisada de la Antología poética (1951-1985) de Adrienne Rich -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en The Dream of a Common Language) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando: “Nadie vive en este cuarto sin enfrentarse con la blancura de la pared detrás de los poemas, los estantes de libros, las fotografías de heroínas muertas. Sin reflexionar tarde y al fin sobre la verdadera naturaleza de la poesía. La voluntad de conectar. El sueño de un lenguaje común”. Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz[1]: donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –the drive to connect en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien. Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más. A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer. “Kenneth me dice que ha ordenado sus libros para mirar a Blake y Kafka mientras escribe; sí; y todavía debemos considerar a Swift detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto, el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide, y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos- de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres      carbonizadas en la hoguera, siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”                                               (Twenty-one Love Poems, 1976) Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo. Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.                                            “El tiempo es masculino y en sus copas brinda por las bellas. Absortas en las galanterías, escuchamos las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades, la indolencia se interpreta como abnegación, el descuido en el pensar se denomina intuición, se perdona cada traspié, nuestro crimen solo consiste en hacer demasiada sombra, o en romper el molde, sin vacilar.”                           (Snapshots of a Daughter-in-law, 1963) Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:        “ ¿pero cuándo elegimos      ver nuestros cuerpos atados en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante        cuándo elegimos ser      linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos del centro de la ciudad cuándo elegimos       convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”                                  (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común necesita recurrir al legado de otras mujeres. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética. “¿Cómo puedo dejar de amar                                                tu lucidez y tu furia? ¿Cómo puedo darte                                todos tus derechos                                                  obtener valentía de tu valentía honrar tu exacto                           legado tal cual es y reconocer                    además                                 que no es suficiente?”                            (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian. La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: Listening for Something, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”. Por favor: subrayen, subrayen… &#160; [1] Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich y Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&#38;contents=toc-38597 &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><img class="  wp-image-179 alignright" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2021/03/Antologia_poetica_Adrienne-Rich-194x300.jpg" alt="visor" width="159" height="246" />     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando recibí la versión revisada de la <strong><em>Antología poética (1951-1985)</em> de Adrienne Rich</strong> -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en <em>The Dream of a Common Language</em>) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando:</p>
<p>“Nadie vive en este cuarto<br />
sin enfrentarse con la blancura de la pared<br />
detrás de los poemas, los estantes de libros,<br />
las fotografías de heroínas muertas.<br />
Sin reflexionar tarde y al fin sobre<br />
la verdadera naturaleza de la poesía. <strong>La voluntad</strong><br />
<strong> de conectar. El sueño de un lenguaje común</strong>”.</p>
<p style="text-align: justify">Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré <strong>un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz<a href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a>: </strong>donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –<em>the drive to connect </em>en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien.</p>
<p style="text-align: justify">Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. <strong>La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más.</strong></p>
<p>A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich <strong>hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. </strong>A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer.</p>
<p>“Kenneth me dice que ha ordenado sus libros<br />
para mirar a Blake y Kafka mientras escribe;<br />
sí; y todavía debemos considerar a Swift<br />
detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto,<br />
el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide,<br />
y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos-<br />
de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres<br />
<em>     </em><em>carbonizadas en la hoguera,<br />
siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”<br />
<em>         </em> <em>                                    (Twenty-one Love Poems, 1976)</em></em></p>
<p>Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– <strong>tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías</strong>; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo.</p>
<p>Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de <strong>disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos</strong>. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.</p>
<p><em>            </em>                               <em>“El tiempo es masculino<br />
y en sus copas brinda por las bellas.<br />
Absortas en las galanterías, escuchamos<br />
las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades,<br />
la indolencia se interpreta como abnegación,<br />
el descuido en el pensar se denomina intuición,<br />
se perdona cada traspié, nuestro crimen<br />
solo consiste en hacer demasiada sombra,<br />
o en romper el molde, sin vacilar.”<br />
<em> </em>                         </em>(<em>Snapshots of a Daughter-in-law, 1963)</em></p>
<p>Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:</p>
<p><em>       </em><em>“ ¿pero cuándo elegimos<br />
<em>     </em><em>ver nuestros cuerpos atados<br />
en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante<br />
<em>       </em><em>cuándo elegimos ser<br />
<em>     </em><em>linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos<br />
del centro de la ciudad cuándo elegimos<br />
<em>      </em><em>convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”<br />
<em>                                 </em>(<em>A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</em></em></em></em></em></p>
<p>Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común <strong>necesita recurrir al legado de otras mujeres</strong>. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética.</p>
<p>“¿Cómo puedo dejar de amar<br />
<em>                                               </em><em>tu lucidez y tu furia?<br />
¿Cómo puedo darte<br />
<em>                               t</em><em>odos tus derechos<br />
<em>                                                 </em><em>obtener valentía de tu valentía<br />
honrar tu exacto<br />
<em>     </em><em>                     legado tal cual es<br />
y reconocer<br />
<em>                   </em><em>además<br />
<em>                                </em><em>que no es suficiente?”</em></em></em></em></em></em></p>
<p><em>                           (A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</p>
<p style="text-align: justify">La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian.</p>
<p style="text-align: justify">La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: <em>Listening for Something</em>, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”.</p>
<p>Por favor: subrayen, subrayen…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: <em>The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich</em> y <em>Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich</em>. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la <em>Breve historia feminista de la </em>literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&amp;contents=toc-38597</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Vivian Gornick y su arqueología de voces*</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2021 10:09:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[En estos tiempos de distancias, de conversaciones mediatizadas por una variable creciente de aplicaciones en línea, resulta placentero dejar que alguien supla desde las páginas de un libro esa ausencia de conversaciones cercanas, incluso íntimas. Eso es lo que me ha pasado con tres libros de la escritora neoyorquina Vivian Gornick: una los lee pero es como si los escuchara. Apegos feroces, editado por Sexto Piso y premiado como Mejor Libro del 2017 por el Gremio de Libreros (as) de Madrid entre otros, es sin duda el plato fuerte. Hay una lista abundante, no me atrevería a decir qué tan larga, de novelas que narran distintos aspectos en torno al vínculo maternofilial: baste citar aquí el desgarrador relato de Simone de Beauvoir en Una muerte muy dulce o la mirada muy poco dulcificada de la maternidad que describe Brenda Navarro en Casas vacías. Pero si en algo me ha parecido singular Apegos feroces es por la honestidad con que la escritora se presenta al explorar la complicada relación con su madre, aunque sea consciente de que sus inhibiciones “son sorprendentemente similares”, “unidas en virtud de haber vivido una dentro de la esfera de la otra” casi la totalidad de sus vidas. Descendiente de una familia de emigrantes judía llegada a Nueva York procedente de Rusia, el Bronx se convierte en ese espacio que concentra el universo infantil de Gornick; es allí donde se manifiestan los primeros embates de ese apego. La familia dispone de un apartamento que da a la calle pero la escritora no puede dejar de recordarlo como si hubieran habitado en “la parte de atrás”. Desde sus paredes, la madre escucha lo que acontece en el callejón y lo traduce al espacio íntimo del hogar, lo que provoca la fascinación de su hija. Gornick evoca a sus vecinas: mujeres que nunca hablan como si supiesen quiénes son y tampoco como si comprendieran el trato que han hecho con su vida. La niña las escucha, se impregna, crece a imagen y semejanza de esas mujeres. Una de sus vecinas, la señora Kerner, se expresa como si cada retazo de experiencia solo estuviera esperando “que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo”. Gornick ha empezado a auscultar la ciudad a partir del coro de mujeres que puebla ese edificio y su necesidad de historias ya no podrá parar. Los hombres quedan en un segundo plano, quizás solo para aludir a ese mundo masculino que pone las reglas, que nos condiciona, que en su dominación ha relegado a las mujeres a vivir en la parte de atrás. Nueva York vuelve a ser el universo en La mujer singular y la ciudad, pero ahora Gornick nos lleva a lo que considera su verdadera capital: Manhattan. Paseamos juntas y ella comparte sus intercambios con su madre, con su amigo Leonard, con una trotskista nonagenaria o con cualquiera que el azar pone a su paso. En la plática percibimos de nuevo esa preocupación por la “patológica insatisfacción” que le impide vivir la vida plenamente, quizás porque nada le salió como esperaba. Por eso se aferra a una ciudad que es capaz de curar cuando la escritora comunica con ella. Va recogiendo los retazos de otras historias pasadas donde las calles sanaron la depresión crónica, aliviaron la soledad o provocaron la felicidad. Gornick amplifica las voces de las viandantes, como la de una viejita que le cuenta a su amiga que el papa –el de la iglesia de Roma- ha hecho un llamamiento al capitalismo para que sea amable con los pobres del mundo y la otra le pregunta: “¿Y qué ha contestado el capitalismo”, a lo que la primera responde, “Por ahora nada”. Porque es en ese conjunto de voces, en esa mezcla de intereses, donde llega a la conclusión de que la mayoría de la gente que habita Nueva York lo hace porque necesita muestras de expresividad humana a diario: “En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de cajones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas (…). Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a otras”. Seguimos a la escucha de su prosa en Mirarse de frente, donde califica al talante como el principal secreto que acompaña a una buena conversación. Engarzamos mente y espíritu al ritmo de sus palabras, convirtiendo la experiencia de leer en un acto que va más allá: en un anhelo de entender el pulso de la vida. Ya sin ninguna duda del placer que Gornick siente hacia la escritura hablada, es la coherencia más que la contradicción la que la lleva a referirse a la naturaleza superior de escribir cartas: “Cada vez que las ganas de escribir una carta mueren nonatas en mí, estoy haciendo el mundo contra el que despotrico. Dejo en la estacada al impulso narrativo. Dejo que prevalezca el ruido”. Uno de los regalos que nos hace en Mirarse de frente es compartir su reflexión sobre lo que significa para ella el feminismo, recreándose en una idea que ya hemos escuchado en los dos libros anteriores: la contradicción irresoluble entre tomar conciencia del daño que nos hace el amor romántico y el miedo que nos da renunciar para siempre al mismo. “Tanto en política como en el amor, sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida: la disposición, ese momento en que los elementos se alean en la medida justa para materializarse en un cambio interior”. Concluye reconociendo que es cuando resiste al romance, “cuando miro sin parpadear toda la cruda verdad que puedo asimilar”, cuando tiene más de sí misma, cuando “el feminismo vive en mí”. Para cerrar Mirarse de frente vuelve a las calles de Nueva York. Ella ha recogido esa gran performance que produce la suma de cada persona en su actuación diaria en el espacio público. La escuchamos a la par que la leemos y no deja de sorprendernos su habilidad para la anticipación: “Las calles dan fe del poder del impulso narrativo: su capacidad infinita de adaptación en los tiempos más inhóspitos. ¿Que la civilización se parte en dos? ¿Que la ciudad ha perdido la cabeza? ¿Que este siglo es surrealista? Muévete más rápido. Corre para encontrar cuanto antes la trama.” &#160; * Esta reseña se refiere a tres títulos de Vivian Gornick publicados recientemente por Sexto Piso y traducidos por Daniel Ramos Sánchez (Fierce Attachments: A Memoir como Apegos feroces); Raquel Vicedo (The Odd Woman and the City: A Memoir como La mujer singular y la ciudad) y Julia Osuna Aguilar (Approaching Eye Level como Mirarse de frente). &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">En estos tiempos de distancias, de conversaciones mediatizadas por una variable creciente de aplicaciones en línea, <strong>resulta placentero dejar que alguien supla desde las páginas de un libro esa ausencia de conversaciones cercanas, incluso íntimas</strong>. Eso es lo que me ha pasado con tres libros de la escritora neoyorquina Vivian Gornick: una los lee pero es como si los escuchara.</p>
<p style="text-align: justify"><strong><em>Apegos feroces</em></strong>, editado por Sexto Piso y premiado como Mejor Libro del 2017 por el Gremio de Libreros (as) de Madrid entre otros, es sin duda el plato fuerte. Hay una lista abundante, no me atrevería a decir qué tan larga, de novelas que narran distintos aspectos en torno al vínculo maternofilial: baste citar aquí el desgarrador relato de Simone de Beauvoir en <em>Una muerte muy dulce</em> o la mirada muy poco dulcificada de la maternidad que describe Brenda Navarro en <em>Casas vacías</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Pero si en algo me ha parecido singular <em>Apegos feroces</em> es por <strong>la honestidad con que la escritora se presenta al explorar la complicada relación con su madre</strong>, aunque sea consciente de que sus inhibiciones “son sorprendentemente similares”, “unidas en virtud de haber vivido una dentro de la esfera de la otra” casi la totalidad de sus vidas.</p>
<p style="text-align: justify">Descendiente de una familia de emigrantes judía llegada a Nueva York procedente de Rusia, el Bronx se convierte en ese espacio que concentra el universo infantil de Gornick; es allí donde se manifiestan los primeros embates de ese apego. La familia dispone de un apartamento que da a la calle pero la escritora <strong>no puede dejar de recordarlo como si hubieran habitado en “la parte de atrás”</strong>. Desde sus paredes, la madre escucha lo que acontece en el callejón y lo traduce al espacio íntimo del hogar, lo que provoca la fascinación de su hija.</p>
<p style="text-align: justify">Gornick evoca a sus vecinas: mujeres que nunca hablan como si supiesen quiénes son y tampoco como si comprendieran el trato que han hecho con su vida. La niña las escucha, se impregna, crece a imagen y semejanza de esas mujeres. Una de sus vecinas, la señora Kerner,<strong> se expresa como si cada retazo de experiencia solo estuviera esperando “que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo”.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Gornick ha empezado a auscultar la ciudad a partir del coro de mujeres que puebla ese edificio y su necesidad de historias ya no podrá parar. Los hombres quedan en un segundo plano, quizás solo para aludir a ese mundo masculino que pone las reglas, que nos condiciona, que en su dominación ha relegado a las mujeres a vivir en la parte de atrás.</p>
<p style="text-align: justify">Nueva York vuelve a ser el universo en <strong><em>La mujer singular y la ciudad</em></strong>, pero ahora Gornick nos lleva a lo que considera su verdadera capital: Manhattan. Paseamos juntas y ella comparte sus intercambios con su madre, con su amigo Leonard, con una trotskista nonagenaria o con cualquiera que el azar pone a su paso. En la plática percibimos de nuevo <strong>esa preocupación por la “patológica insatisfacción” que le impide vivir la vida plenamente</strong>, quizás porque nada le salió como esperaba. Por eso se aferra a una ciudad que es capaz de curar cuando la escritora comunica con ella. Va recogiendo los retazos de otras historias pasadas donde las calles sanaron la depresión crónica, aliviaron la soledad o provocaron la felicidad.</p>
<p style="text-align: justify">Gornick amplifica las voces de las viandantes, como la de una viejita que le cuenta a su amiga que el papa –el de la iglesia de Roma- ha hecho un llamamiento al capitalismo para que sea amable con los pobres del mundo y la otra le pregunta: “¿Y qué ha contestado el capitalismo”, a lo que la primera responde, “Por ahora nada”. Porque es en ese conjunto de voces, en esa mezcla de intereses, donde llega a la conclusión de que <strong>la mayoría de la gente que habita Nueva York lo hace porque necesita muestras de expresividad humana a diario</strong>:</p>
<p style="padding-left: 60px">“En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de cajones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas (…). Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a otras”.</p>
<p style="text-align: justify">Seguimos a la escucha de su prosa en <strong><em>Mirarse de frente</em></strong>, donde califica al <em>talante</em> como el principal secreto que acompaña a una buena conversación. Engarzamos mente y espíritu al ritmo de sus palabras, convirtiendo la experiencia de leer en un acto que va más allá: en un anhelo de entender el pulso de la vida. Ya sin ninguna duda del placer que Gornick siente hacia la escritura hablada, es la coherencia más que la contradicción la que la lleva a referirse a la naturaleza superior de escribir cartas:</p>
<p style="padding-left: 60px">“Cada vez que las ganas de escribir una carta mueren nonatas en mí, estoy haciendo el mundo contra el que despotrico. Dejo en la estacada al impulso narrativo. Dejo que prevalezca el ruido”.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de los regalos que nos hace en <em>Mirarse de frente</em> es compartir su reflexión sobre lo que significa para ella el feminismo, recreándose en una idea que ya hemos escuchado en los dos libros anteriores: <strong>la contradicción irresoluble entre tomar conciencia del daño que nos hace el amor romántico y el miedo que nos da renunciar para siempre al mismo</strong>.</p>
<p style="padding-left: 60px">“Tanto en política como en el amor, sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida: la disposición, ese momento en que los elementos se alean en la medida justa para materializarse en un cambio interior”.</p>
<p>Concluye reconociendo que es cuando resiste al romance, “cuando miro sin parpadear toda la cruda verdad que puedo asimilar”, cuando tiene más de sí misma, cuando “el feminismo vive en mí”.</p>
<p style="text-align: justify">Para cerrar <em>Mirarse de frente</em> vuelve a las calles de Nueva York. Ella ha recogido esa gran <em>performance</em> que produce la suma de cada persona en su actuación diaria en el espacio público. La escuchamos a la par que la leemos y <strong>no deja de sorprendernos su habilidad para la anticipación</strong>:</p>
<p style="text-align: left;padding-left: 90px">“Las calles dan fe del poder del impulso narrativo: su capacidad infinita de adaptación en los tiempos más inhóspitos. ¿Que la civilización se parte en dos? ¿Que la ciudad ha perdido la cabeza? ¿Que este siglo es surrealista? Muévete más rápido. Corre para encontrar cuanto antes la trama.”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>* Esta reseña se refiere a tres títulos de Vivian Gornick publicados recientemente por Sexto Piso y traducidos por Daniel Ramos Sánchez (<em>Fierce Attachments: A Memoir</em> como <em>Apegos feroces</em>); Raquel Vicedo (<em>The Odd Woman and the City: A Memoir</em> como <em>La mujer singular y la ciudad</em>) y Julia Osuna Aguilar (<em>Approaching Eye Level</em> como <em>Mirarse de frente</em>).</p>
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		<title>«Canto yo y la montaña baila», de Irene Solà</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Jul 2020 15:24:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela Canto yo y la montaña baila (Canto jo i la muntanya balla, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente. Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera. En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”. La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido. Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue. La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron. La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina. La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece. Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos. El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando. &#160; La versión en inglés de esta reseña puede leerse en EUPL reviews. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-165" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996-300x225.jpg" alt="IMG_6996" width="300" height="225" /></a></p>
<p>La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela <em>Canto yo y la montaña baila</em> (<em>Canto jo i la muntanya balla</em>, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente.</p>
<p>Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera.</p>
<p>En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”.</p>
<p>La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido.</p>
<p>Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue.</p>
<p>La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron.</p>
<p>La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina.</p>
<p>La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece.</p>
<p>Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos.</p>
<p>El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando.</p>
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<p>La versión en inglés de esta reseña puede leerse en <a href="http://www.euprizeliterature.eu/news/eupl-reviews" target="_blank">EUPL reviews</a>.</p>
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		<title>La voz viva de Adrienne Rich</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Mar 2020 10:24:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[*El 27 de marzo del 2020 se cumplen ocho años de la muerte de la autora. Si algo me ha enseñado la literatura es su imprevisibilidad. En la vida, enredada, se comunica con un lenguaje que no es fácil de interpretar, pero siempre acaba aportando sentido. Hace unos meses me llegó a casa un libro con los ensayos de Adrienne Rich (Essential Essays. Culture, Politics, and the Art of Poetry)[1]. Solo había leído su poesía y su lectura se convirtió en una revelación. No era la primera vez que un libro llegara a mis manos cuando más lo necesitaba. Siempre hay algo de voluntad propia escondida en ese gesto, pero preferí fabular, construir el mito, insistir en la casualidad del milagro que solo la literatura era capaz de propiciar. En este caso contó con la ayuda de la escritora y crítica Myriam Diocaretz, primera traductora de los poemas de Rich en lengua española, quien había pedido a su hijo Pablo Conrad, director de la fundación Adrienne Rich Literary Estate de Nueva York, que me lo enviara. En aquellos días recuerdo que Myriam también me hizo llegar el poema Blue Rock que Adrienne le dedicó cuando ella era una autoexiliada chilena en Estados Unidos: (…) The light of a blue rock from Chile swimming in the apricot liquid called Eye of the Swan this is a chunk of your world, a piece of its heart split from the rest, does it suffer? You needn&#8217;t tell me. Sometimes I hear it singing by the waters of Babylon in a strange land sometimes its just lies heavy in my hand, with the heaviness of silent, seismic knowledge a blue rock in a foreign land, an exile excised but never separated from the gashed heart, its mountains, winter rains language native sorrow. Que el lenguaje de Rich nos sea tan cercano, incluso cuando el inglés no sea nuestra lengua materna, tiene varias explicaciones que sus ensayos van deshilvanando. Rich, como Sandra M.Gilbert señala en la introducción de Essential Essays, escribe para las mujeres, especialmente para lesbianas, afro, de clase trabajadora, judías y, en general, para aquellas “desplazadas por el capital”. Aquí cabemos casi todas. Buena parte de su obra fue escrita en los años sesenta y setenta. Lo personal, lo poético y lo político fue para Rich una misma cosa.[2] Por eso el resultado de su poesía es complejo y real. En sus ensayos, Adrienne Rich mira al legado de otras escritoras: Charlette Brontë, Emily Dickinson… Recupera lo que le están diciendo, lo transmite al futuro. Permite que nos reconozcamos en sus escritos a través de temas y una sensibilidad que los hombres no habían sabido abordar. Leyendo a Adrienne Rich podemos entender la universalidad de nuestras experiencias como mujeres o reconocernos en esa lucha diaria contra el tiempo de una escritora que quiere continuar con el proceso creativo. Y ojo, no estoy diciendo que no la puedan disfrutar los hombres. Pero algunas de nosotras entendemos esa búsqueda hambrienta de huecos que materialicen el tiempo para la escritura, la angustia que nos produce no tenerlo cuando el cuidado de las hijas es insuficientemente compartido o el trabajo de todos los días procura la supervivencia. Si Rich, a sus cuarenta y cinco, desea conocer incluso sus límites[3], muchas ya hemos entendido que para nosotras escribir es como respirar. Aunque como Adrienne Rich lo deja recogido en su ensayo negro sobre blanco: “Si es estimulante estar viva en un tiempo de despertar de la conciencia, puede también ser confuso, desorientador y doloroso”.[4] En el texto When we dead awaken, writing as Re-Vision (1971), Rich se refiere a la obra homónima de Ibsen que versa “sobre el uso que el artista y pensador macho hace sobre las mujeres, en su vida y en su trabajo, y la lucha lenta de una mujer que despierta y toma conciencia de cómo ha sido utilizada su vida”. Señala que la revisión -entendida como la acción de mirar atrás con ojos frescos, de mirar un texto viejo con una perspectiva crítica- es un acto de supervivencia para una mujer. “Hasta que no comprendamos la suposiciones en que hemos estado ahogadas no podremos conocernos a nosotras mismas. Y esta urgencia de autoconocimiento para las mujeres es más que una búsqueda de identidad, es parte de nuestro rechazo al carácter autodestructivo de la sociedad de dominación machista…”[5] A principios de los años setenta, la poeta llama a conocer los escritos del pasado de forma distinta a como han sido divulgados hasta ahora. Reflexiona: “Para la mujer escritora, el espectro de esta clase de juicio machista unido al control machista de la cultura que ha desfigurado y frustrado sus necesidades, crea problemas: problemas de contacto con ella misma, problemas de lenguaje y estilo, problemas de supervivencia, problemas de energía”.  Nos invita a que pensemos en nuestros modelos como escritoras, quizás todavía preponderantemente masculinos, y añade que una de las cosas que permite que sigamos atrapadas es el lenguaje. El mismo que a su vez apunta una posibilidad de liberación. Su voz propia entiende que éste no es un detalle menor, ya que si “el acto de nombrar ha sido hasta ahora una prerrogativa masculina” su identificación también abre una posibilidad para empezar a nombrar de otra manera. Su reflexión nos lleva a cuestionarnos el hecho de haber sido dominadas y obedientes demasiado tiempo, o de haber padecido en nuestra piel la desigualdad, las latentes pequeñas violencias simbólicas y machistas que la sociedad impone y que nos hacer ser más consciente de nuestra voz. Transgredir es por lo tanto un imperativo que pone semillas a nuevas formas del uso del lenguaje, algo que va más allá de ser disidentes con el masculino “genérico”, producto de una imposición lingüística patriarcal, que nos invisibiliza. También hay una necesidad de encontrar un punto de vista que no es el de la historia tantas veces contada por los hombres. Rich, a través de sus ensayos, nos contagia su aspiración de crear situaciones subversivas que nos retan y pueden ser compartidas con nuestras iguales. Es curioso como la sumersión en los ensayos de Rich te va insuflando la urgencia de volver a su poesía. Al principio de estas letras me referí a la imprevisibilidad, la necesidad… Eso era precisamente lo que sentí tras la lectura de sus ensayos. Entendí que sus poemas se abrían a nuevas significaciones, más complejas, más conscientes, más profundas. Así que busqué en mi biblioteca la Antología Poética, cuya edición corrió a cargo de Myriam Diocaretz, publicada por Visor en 1986. Allí, la propia poeta señala en el prólogo que escribiendo poesía ha conocido una “intensa felicidad y el peor de los temores” y que se mostrará complacida si sentimos en ellos “la respiración de una mujer que vive, que intenta cumplir su función en el mundo y que todavía sigue afrontando decisiones y fronteras”. Lean y decidan. A mí me queda claro. Y a veces basta un leer un poema como “Diving into the Wreck”(Buceando hacia el naufragio), que suena así en la traducción de Diocaretz: Vine a explorar el naufragio. Las palabras son propósitos. Las palabras son mapas. Vine a verificar el daño y a ver los tesoros que permanecen.[6] Quien quiera sumergirse en estas lecturas está de enhorabuena porque en Sexto Piso publicó en 2019 su poemario El sueño de una lengua común en edición bilingüe (original y español), con traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Además,  el poemario a cargo de Diocaretz también será reditado próximamente por Visor en bilingüe, con traducciones revisadas y la introducción actualizada. Aunque ambos libros comparten muchos de los poemas, hay otros que solo se pueden encontrar en uno u otro. Es el caso, por ejemplo, de “Diving into the Wreck” –que solo aparece en la antología recogida por Myriam Diocaretz- o “Hunger”, que lo podremos leer exclusivamente en la publicación de Sexto Piso y es así de imprescindible: Pueden gobernar el mundo mientras sean capaces de convencernos de que nuestro dolor está dispuesto en un determinado orden. ¿Es la muerte por hambruna peor que la muerte por suicidio, que una vida de hambruna y suicidio, si una lesbiana negra muere, si una prostituta blanca muere, si una mujer genial se mata de hambre para alimentar a otros, el odio a sí misma cebándose en su cuerpo? Algo que nos mata o que nos deja medio vivas arremete haciéndose pasar por “fuerza mayor” en el Chad, en el Níger, en el Alto Volta: sí, ese dios masculino que obra en nosotras y en nuestros hijos, ese Estado masculino que obra en nosotras y en nuestros hijos hasta que nuestros cerebros quedan embotados por la malnutrición pero aguzados por el ansia de supervivencia, nuestras energías agotadas a diario en la lucha por legar una especie de vida a nuestros hijos, por cambiar la realidad para nuestros amantes incluso en una sola trémula gota de agua.[7] Tenerlos cerca y poder revisarlos puede mostrarnos las distintas vidas de los poemas: la que escribió la escritora, definitivo; y las traducciones que necesitamos en nuestra lengua materna, que fluyen placenteras. El acierto de ser publicadas en bilingüe deja que saboreemos las diversas interpretaciones de las traductoras, que comparten esa vida que mira desde ojos de mujer y que transforman, de una u otra forma, la manera de enfrentarnos a la literatura. Referencias: [1] Traficantes de Sueños publicó en 2019 Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución, con traducción de Ana Becciu. [2] Sandra M. Gilbert, “The Treasures That Prevail”, prólogo de Adrienne Rich. Culture, Politics, and the Art of Poetry. Essentian Essays, Norton, New York/London, 2018. [3] Referencia al poema III de sus Veintiún poemas de amor, 1974-1976. [4] When we dead awaken, writing as Re-Vision (1971) fue recogido en On Lies, Secrets and Silence. Selected Prose 1966-1978 y da inicio a los ensayos de Essential Essays (2018). [5] When we dead awaken, writing as Re-Vision (1971), Essential Essays (2018), pág. 4. [6] I came to explore the wreck./The words are purposes./The words are maps./I came to see the damage that was done/ and the treasures that prevail. Poema recogido en Diving into the Wreck, Poems 1971-1972 (1973). [7] Extracto de “Hambre”, en Adrienne Rich (2019), El sueño de una lengua común, traducción de Patricia Gonzalo de Jesús, Sexto Piso, Ciudad de México (pág.33). &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right">*El 27 de marzo del 2020 se cumplen ocho años de la muerte de la autora.</p>
<p style="text-align: justify">Si algo me ha enseñado la literatura es su <strong>imprevisibilidad</strong>. En la vida, enredada, se comunica con un lenguaje que no es fácil de interpretar, pero siempre acaba aportando sentido. Hace unos meses me llegó a casa un libro con los ensayos de Adrienne Rich (<em>Essential Essays. Culture, Politics, and the Art of Poetry</em>)<a href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a>. Solo había leído su poesía y su lectura se convirtió en una revelación.</p>
<p style="text-align: justify">No era la primera vez que <strong>un libro llegara a mis manos cuando más lo necesitaba.</strong> Siempre hay algo de voluntad propia escondida en ese gesto, pero preferí fabular, construir el mito, insistir en la casualidad del milagro que solo la literatura era capaz de propiciar. En este caso contó con la ayuda de la escritora y crítica Myriam Diocaretz, primera traductora de los poemas de Rich en lengua española, quien había pedido a su hijo Pablo Conrad, director de la fundación Adrienne Rich Literary Estate de Nueva York, que me lo enviara. En aquellos días recuerdo que Myriam también me hizo llegar el poema <a href="https://www.youtube.com/watch?v=iExhHxKBYtM">Blue Rock</a> que Adrienne le dedicó cuando ella era una autoexiliada chilena en Estados Unidos:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center">(…) The light of a blue rock<br />
from Chile swimming in the apricot liquid<br />
called Eye of the Swan this is a chunk of<br />
your world, a piece of its heart split<br />
from the rest, does it suffer? You needn&#8217;t<br />
tell me. Sometimes I hear it singing<br />
by the waters of Babylon in a strange land<br />
sometimes its just lies heavy in my hand,<br />
with the heaviness of silent, seismic knowledge<br />
a blue rock in a foreign land, an exile<br />
excised but never separated from the<br />
gashed heart, its mountains, winter rains<br />
language native sorrow.</p>
<p style="text-align: center">
</blockquote>
<p style="text-align: justify">Que el lenguaje de Rich nos sea tan cercano, incluso cuando el inglés no sea nuestra lengua materna, tiene varias explicaciones que sus ensayos van deshilvanando. Rich, como Sandra M.Gilbert señala en la introducción de <em>Essential Essays</em>, escribe para las mujeres, especialmente para lesbianas, afro, de clase trabajadora, judías y, en general, para aquellas “desplazadas por el capital”. Aquí cabemos casi todas. Buena parte de su obra fue escrita en los años sesenta y setenta. Lo personal, lo poético y lo político fue para Rich una misma cosa.<a href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a> Por eso el resultado de su poesía es complejo y real.</p>
<p style="text-align: justify">En sus ensayos, Adrienne Rich mira al legado de otras escritoras: Charlette Brontë, Emily Dickinson… <strong>Recupera lo que le están diciendo, lo transmite al futuro</strong>. Permite que nos reconozcamos en sus escritos a través de temas y una sensibilidad que los hombres no habían sabido abordar. Leyendo a Adrienne Rich podemos entender la universalidad de nuestras experiencias como mujeres o reconocernos en esa lucha diaria contra el tiempo de una escritora que quiere continuar con el proceso creativo. Y ojo, no estoy diciendo que no la puedan disfrutar los hombres. Pero algunas de nosotras entendemos esa búsqueda hambrienta de huecos que materialicen el tiempo para la escritura, la angustia que nos produce no tenerlo cuando el cuidado de las hijas es insuficientemente compartido o el trabajo de todos los días procura la supervivencia. Si Rich, a sus cuarenta y cinco, desea conocer incluso sus límites<a href="#_ftn3" name="_ftnref3">[3]</a>, muchas ya hemos entendido que para nosotras escribir es como respirar. Aunque como Adrienne Rich lo deja recogido en su ensayo negro sobre blanco:</p>
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<p style="text-align: center">“Si es estimulante estar viva en un tiempo de despertar de la conciencia, puede también ser confuso, desorientador y doloroso”.<a href="#_ftn4" name="_ftnref4">[4]</a></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify">En el texto <em>When we dead awaken, writing as Re-Vision</em> (1971), Rich se refiere a la obra homónima de Ibsen que versa “sobre el uso que el artista y pensador macho hace sobre las mujeres, en su vida y en su trabajo, y la lucha lenta de una mujer que despierta y toma conciencia de cómo ha sido utilizada su vida”. Señala que <strong>la <em>revisión</em></strong> -entendida como la acción de mirar atrás con ojos frescos, de mirar un texto viejo con una perspectiva crítica- <strong>es un</strong> <strong>acto de supervivencia para una mujer</strong>.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center">“Hasta que no comprendamos la suposiciones en que hemos estado ahogadas no podremos conocernos a nosotras mismas. Y esta urgencia de autoconocimiento para las mujeres es más que una búsqueda de identidad, es parte de nuestro rechazo al carácter autodestructivo de la sociedad de dominación machista…”<a href="#_ftn5" name="_ftnref5">[5]</a></p>
</blockquote>
<p>A principios de los años setenta, la poeta llama a conocer los escritos del pasado de forma distinta a como han sido divulgados hasta ahora. Reflexiona:</p>
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<p style="text-align: center">“Para la mujer escritora, el espectro de esta clase de juicio machista unido al control machista de la cultura que ha desfigurado y frustrado sus necesidades, crea problemas: <strong>problemas de contacto con ella misma, problemas de lenguaje y estilo, problemas de supervivencia, problemas de energía</strong>”.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify"> Nos invita a que pensemos en nuestros modelos como escritoras, quizás todavía preponderantemente masculinos, y añade que <strong>una de las cosas</strong> <strong>que permite que sigamos atrapadas es el lenguaje</strong>. <strong>El mismo que a su vez apunta una posibilidad de liberación. </strong>Su voz propia entiende que éste no es un detalle menor, ya que si “el acto de nombrar ha sido hasta ahora una prerrogativa masculina” su identificación también abre una posibilidad para empezar a nombrar de otra manera.</p>
<p style="text-align: justify">Su reflexión nos lleva a cuestionarnos el hecho de haber sido <strong>dominadas y obedientes demasiado tiempo</strong>, o de haber padecido en nuestra piel la desigualdad, las latentes pequeñas violencias simbólicas y machistas que la sociedad impone y que nos hacer ser más consciente de nuestra voz. Transgredir es por lo tanto un imperativo que pone semillas a nuevas formas del uso del lenguaje, algo que va más allá de ser disidentes con el masculino “genérico”, producto de una imposición lingüística patriarcal, que nos invisibiliza. También hay una necesidad de <strong>encontrar un punto de vista que no es el de la historia tantas veces contada por los hombres</strong>. Rich, a través de sus ensayos, nos contagia su aspiración de crear situaciones subversivas que nos retan y pueden ser compartidas con nuestras iguales.</p>
<p style="text-align: justify">Es curioso como <strong>la sumersión en los ensayos de Rich te va insuflando la urgencia de volver a su poesía</strong>. Al principio de estas letras me referí a la imprevisibilidad, la necesidad… Eso era precisamente lo que sentí tras la lectura de sus ensayos. Entendí que sus poemas se abrían a nuevas significaciones, más complejas, más conscientes, más profundas. Así que busqué en mi biblioteca la <em>Antología Poética</em>, cuya edición corrió a cargo de Myriam Diocaretz, publicada por Visor en 1986. Allí, la propia poeta señala en el prólogo que escribiendo poesía ha conocido una “intensa felicidad y el peor de los temores” y que se mostrará complacida si sentimos en ellos “la respiración de una mujer que vive, que intenta cumplir su función en el mundo y que todavía sigue afrontando decisiones y fronteras”. Lean y decidan. A mí me queda claro. Y a veces basta un leer un poema como “Diving into the Wreck”(Buceando hacia el naufragio), que suena así en la traducción de Diocaretz:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center">Vine a explorar el naufragio.</p>
<p style="text-align: center">Las palabras son propósitos.</p>
<p style="text-align: center">Las palabras son mapas.</p>
<p style="text-align: center">Vine a verificar el daño</p>
<p style="text-align: center">y a ver los tesoros que permanecen.<a href="#_ftn6" name="_ftnref6">[6]</a></p>
</blockquote>
<h5></h5>
<p style="text-align: justify">Quien quiera sumergirse en estas lecturas está de enhorabuena porque en Sexto Piso publicó en 2019 su poemario <em>El sueño de una lengua común</em> en edición bilingüe (original y español), con traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Además,  el poemario a cargo de Diocaretz también será reditado próximamente por Visor en bilingüe, con traducciones revisadas y la introducción actualizada. Aunque ambos libros comparten muchos de los poemas, hay otros que solo se pueden encontrar en uno u otro. Es el caso, por ejemplo, de “Diving into the Wreck” –que solo aparece en la antología recogida por Myriam Diocaretz- o “Hunger”, que lo podremos leer exclusivamente en la publicación de Sexto Piso y es así de imprescindible:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center">Pueden gobernar el mundo mientras sean capaces de convencernos</p>
<p style="text-align: center">de que nuestro dolor está dispuesto en un determinado orden.</p>
<p style="text-align: center">¿Es la muerte por hambruna peor que la muerte por suicidio,</p>
<p style="text-align: center">que una vida de hambruna y suicidio, si una lesbiana negra muere,</p>
<p style="text-align: center">si una prostituta blanca muere, si una mujer genial</p>
<p style="text-align: center">se mata de hambre para alimentar a otros,</p>
<p style="text-align: center">el odio a sí misma cebándose en su cuerpo?</p>
<p style="text-align: center">Algo que nos mata o que nos deja medio vivas</p>
<p style="text-align: center">arremete haciéndose pasar por “fuerza mayor”</p>
<p style="text-align: center">en el Chad, en el Níger, en el Alto Volta:</p>
<p style="text-align: center">sí, ese dios masculino que obra en nosotras y en nuestros hijos,</p>
<p style="text-align: center">ese Estado masculino que obra en nosotras y en nuestros hijos</p>
<p style="text-align: center">hasta que nuestros cerebros quedan embotados por la malnutrición</p>
<p style="text-align: center">pero aguzados por el ansia de supervivencia,</p>
<p style="text-align: center">nuestras energías agotadas a diario en la lucha</p>
<p style="text-align: center">por legar una especie de vida a nuestros hijos,</p>
<p style="text-align: center">por cambiar la realidad para nuestros amantes</p>
<p style="text-align: center">incluso en una sola trémula gota de agua.<a href="#_ftn7" name="_ftnref7">[7]</a></p>
</blockquote>
<p style="text-align: left">Tenerlos cerca y poder revisarlos puede mostrarnos las distintas vidas de los poemas: la que escribió la escritora, definitivo; y las traducciones que necesitamos en nuestra lengua materna, que fluyen placenteras. <strong>El acierto de ser publicadas en bilingüe deja que saboreemos las diversas interpretaciones de las traductoras</strong>, que comparten esa vida que mira desde ojos de mujer y que transforman, de una u otra forma, la manera de enfrentarnos a la literatura.</p>
<p>Referencias:</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Traficantes de Sueños publicó en 2019 <em>Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución</em>, con traducción de Ana Becciu.</p>
<p><a href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a> Sandra M. Gilbert, “The Treasures That Prevail”, prólogo de <em>Adrienne Rich. Culture, Politics, and the Art of Poetry. Essentian Essays</em>, Norton, New York/London, 2018.</p>
<p><a href="#_ftnref3" name="_ftn3">[3]</a> Referencia al poema III de sus Veintiún poemas de amor, 1974-1976.</p>
<p><a href="#_ftnref4" name="_ftn4">[4]</a> <em>When we dead awaken, writing as Re-Vision</em> (1971) fue recogido en <em>On Lies, Secrets and Silence. Selected Prose 1966-1978</em> y da inicio a los ensayos de <em>Essential Essays</em> (2018).</p>
<p><a href="#_ftnref5" name="_ftn5">[5]</a> <em>When we dead awaken, writing as Re-Vision </em>(1971), <em>Essential Essays</em> (2018), pág. 4.</p>
<p><a href="#_ftnref6" name="_ftn6">[6]</a> I came to explore the wreck./The words are purposes./The words are maps./I came to see the damage that was done/ and the treasures that prevail. Poema recogido en <em>Diving into the Wreck, Poems 1971-1972</em> (1973).</p>
<p><a href="#_ftnref7" name="_ftn7">[7]</a> Extracto de “Hambre”<em>, </em>en Adrienne Rich (2019),<em> El sueño de una lengua común</em>, traducción de Patricia Gonzalo de Jesús, Sexto Piso, Ciudad de México (pág.33).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Cuando no queda más remedio que negar a las vírgenes</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Mar 2020 10:08:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Igualdad]]></category>

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		<description><![CDATA[Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza. En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las clases dominantes. Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al purple washing sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.” Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas? El feminismo vaut bien plus qu´une messe. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual. Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios. Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente. No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">Ocho de marzo. La reflexión obliga a hacer algo más que asistir a la marcha. Es emocionante ver a tantas mujeres (y cada vez más hombres) reclamando el fin de todas las brechas injustas, pero a veces me entristece que nos pongamos el pin del FEMINISMO con tanta ligereza.</p>
<p style="text-align: justify">En pocos años, en España, como en otros muchos lugares del mundo, hemos pasado de la denostación del término “feminismo” -que siempre encontró violentos contrincantes en los pliegues del patriarcado- a su utilización por las neoliberales, las monárquicas, las católicas, las empresas que maltratan al medio ambiente o a sus trabajadoras, los partidos políticos liderados por hombres o las asociaciones que defienden la igualdad de oportunidades exclusivamente entre las <em>clases dominantes</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Si se trata de vender más, ganar votos o prosélitos, parece que todo el mundo se suma al <em>purple washing</em> sin complejos y sin cuestionar estructuras patriarcales necesitadas de revisiones transformadoras. ¿O es que ahora instituciones como la monarquía, que ha basado su legitimidad histórica en principios antidemocráticos, se va a convertir en feminista paseando a dos niñas? “Uno de los descubrimientos profundos del movimiento feminista- escribió Adrienne Rich- ha sido ver lo diversionista y finalmente destructivo que es el mito de la mujer especial.”</p>
<p style="text-align: justify">Otro ejemplo que circula estos días en los medios de comunicación tiene como protagonistas a un grupo de católicas autodenominadas feministas que bajo el lema “hasta que la igualdad sea una costumbre” están reivindicando el papel de la mujer en la iglesia católica. ¿Pero de veras creen que dejará de ser la institución misógina y machista que siempre ha demostrado ser cambiando el lenguaje no sexista de las homilías, compartiendo el trabajo de limpieza o participando en las actividades litúrgicas?</p>
<p style="text-align: justify">El feminismo <em>vaut bien plus qu´une messe</em>. El feminismo es un terremoto que cuestiona un sistema edificado sobre la negación de oportunidades para las mujeres. Es serio, por lo tanto, que requiera poner fin a los relatos que cimentan la fe machista, de donde emana toda la carga simbólica que otorga a los hombres la llave del poder. Tenemos un dios-padre y un dios-hijo superpoderosos al lado de vírgenes a las que ni siquiera se les concede la prebenda del disfrute sexual.</p>
<p style="text-align: justify">Pero la iglesia católica no es la única institución que ha apuntalado desde sus cimientos al patriarcado. Por eso Nancy Fraser también señala al capitalismo neoliberal y propone cambios acuciantes en nuestra relación con la naturaleza; en las democracias rehenes de las oligarquías y en la relación entre producción y reproducción, trabajo asalariado y vida familiar. Como recuerda Silvia Federici cuando analiza el vínculo entre patriarcado y capitalismo, el relato del movimiento obrero sería muy diferente si se hubiera construido desde lo que acontecía en las cocinas o dormitorios.</p>
<p style="text-align: justify">Invito a que todas reflexionemos sobre el trabajo que día a día erosiona las relaciones de poder asentadas en un sistema que siempre nos perjudicó, utilizándonos como mano de obra gratuita o precaria. Ha sido un relato con demasiados olvidos en la garantía de nuestros derechos en pie de igualdad y no se trata de que ahora banalicemos al feminismo acudiendo a las manifestaciones con pelucas y utensilios fabricados bajo condiciones de explotación laboral o del medio ambiente.</p>
<p style="text-align: justify">No dejemos que nuestra causa, que tantos esfuerzos y sacrificios ha conllevado, sea comercializada o apropiada por un pseudofeminismo descafeinado que refuerza, con su obra u omisión, los marcos del patriarcado. No habrá feminismo hasta que no nos atrevamos a negar a las vírgenes, a las reinas y disentir con un sistema neoliberal que agrede a las mujeres y al Planeta.</p>
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]]></content:encoded>
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		<title>Los huecos de la memoria</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2018 06:44:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Celia del Palacio compartió este texto en la presentación de Los huecos de la memoria, en el marco de la FILU de Xalapa (Veracruz, México). Los huecos de la memoria, de Raquel Martínez-Gómez, es una narración de dos vidas paralelas en dos diferentes tiempos. Dos mujeres que por ventura se encuentran a través de la literatura a pesar de que dos o tres décadas separen sus vidas. Vidas, que como se dice en la novela, “se repiten en un círculo interminable y a la vez, cada una es excepcional y por ello vale la pena recuperarla del olvido, para rescatar las ruinas del presente”. La lectura de este libro despierta muchas emociones gracias al uso preciso del lenguaje, a las imágenes oníricas y a la sobriedad para narrar la historia de amor, el dolor lacerante y la esperanza. No voy a narrarles la historia, pero sí delinearé un par de pinceladas alrededor del argumento. Una de las mujeres es una escritora que vivió el franquismo y fue censurada. El régimen le arrancó mucho más que las palabras. De algún modo, le arrancó el corazón. La otra es una joven mujer que sobrevive en un trabajo mediocre: destruyendo libros en una editorial, y decide averiguar qué ocurrió, qué misterios se esconden en la vida de la escritora que ha descubierto en una de las listas de los autores condenados al olvido. Este hecho pone en marcha la novela. La autora nos guía por los laberintos de la vieja casa de la escritora en Madrid y, a través de ellos, volvemos a la vida de Manuela, a sus pasiones, a sus secretos que se irán develando lentamente. La novela puede dividirse en dos partes: la primera es un constante ir y venir, del presente a los años 50, 60, 70: un suave movimiento de olas, un mar no siempre calmo. Prevalecen en ella los elementos femeninos: el agua, los sueños, las voces  de las mujeres, Manuela, Fabiola, Amaya, Candela… En esta parte la autora nos trasmite el ambiente opresivo (tanto en el presente como en el pasado) y muestra las pequeñas miserias en las vidas de las mujeres que no han cambiado tanto a pesar de las diferencias obvias: Fabiola se siente prisionera del tiempo, de las obligaciones, de su vida gris donde hay un único destello: su hija. En la segunda parte, conocemos (por lo menos parcialmente) la otra cara de la historia: la versión de Eloy, de su amigo Shane; aunque nunca escuchamos (o por lo menos no por mucho tiempo) las versiones de Cecilio y Pablo (marido e hijo de Manuela). En esta parte se respira otro aire: la libertad, el mar abierto, los jardines antiguos y la campiña inglesa. ¿Por qué Fabiola busca con tal interés los detalles de la vida íntima de Manuela? ¿Qué nos incita, a través suyo, a asomarnos a esos abismos? La autora nos da algunas pistas:  “Ubuntú”, nos cuenta, significa “que somos gente a través de otra”. Fabiola busca a Manuela para encontrarse a sí misma. Y sin embargo su búsqueda le devuelve imágenes fragmentadas, descompuestas, como los espejos de la casa de la escritora. Los personajes parecen dividirse en dos categorías: los que viven por sí mismos, los que logran encontrar una fuerza interior que los sostiene a través de la adversidad y el dolor (podríamos llamarlos “faros”, esa imagen emblemática que aparece repetidamente en la novela), y los más débiles, quienes se limitan a ser un reflejo de los primeros, vivir a su sombra, alimentarse de su luz (los “espejos”). Algunos, los más afortunados, logran encontrar la grieta en la pared y escapar al mundo, más allá del reflejo, más allá de la sombra del amo, más allá de su embrujo; sin embargo hay otros que se contentarán, sin amargura, a jugar un papel secundario, sintiéndose afortunados de la cercanía con la estrella mayor. La novela muestra tanto el ambiente opresivo del Madrid franquista, como el Madrid de hoy, opresivo por otras razones: el consumismo, los trabajos sin futuro, la falta de equidad de género por más que se pregone lo contrario, las rémoras de un pasado que no acaba de irse… Y sobre todo, la preocupación por el tiempo: la fragilidad del instante, la imposibilidad de detener, acelerar, controlar a ese verdugo implacable. Paradójicamente, los personajes que quieren encontrar la redención, la libertad, a través de la literatura, sea como escritores o como lectores ávidos de entender, de penetrar en el mundo mágico que ésta parece mostrar como un hechizo, no lo logran: la libertad, parece decir la autora, se encuentra en las pequeñas cosas, en el disfrute del instante, en los lazos que se tejen con personajes en apariencia mediocres; la libertad está en los huecos (del día, del pasado, de la memoria) que no tienen por qué llenarse siempre. En un mundo donde hemos aprendido a acumular, a no dejar un solo espacio vacío, esa puede ser una tarea titánica que nos tome el resto de la vida. Agradezco a Raquel Martínez-Gómez por recordárnoslo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Celia del Palacio compartió este texto en </em><em>la presentación de Los huecos de la memoria, en el marco de la FILU de Xalapa (Veracruz, México).</em></p>
<p style="text-align: left"><em>Los huecos de la memoria, d</em>e Raquel Martínez-Gómez, es una narración de dos vidas paralelas en dos diferentes tiempos. Dos mujeres que por ventura se encuentran a través de la literatura a pesar de que dos o tres décadas separen sus vidas. Vidas, que como se dice en la novela, “se repiten en un círculo interminable y a la vez, cada una es excepcional y por ello vale la pena recuperarla del olvido, para rescatar las ruinas del presente”.</p>
<p style="text-align: left">La lectura de este libro despierta muchas emociones gracias al uso preciso del lenguaje, a las imágenes oníricas y a la sobriedad para narrar la historia de amor, el dolor lacerante y la esperanza.</p>
<p style="text-align: left">No voy a narrarles la historia, pero sí delinearé un par de pinceladas alrededor del argumento. Una de las mujeres es una escritora que vivió el franquismo y fue censurada. El régimen le arrancó mucho más que las palabras. De algún modo, le arrancó el corazón. La otra es una joven mujer que sobrevive en un trabajo mediocre: destruyendo libros en una editorial, y decide averiguar qué ocurrió, qué misterios se esconden en la vida de la escritora que ha descubierto en una de las listas de los autores condenados al olvido. Este hecho pone en marcha la novela.</p>
<p style="text-align: left">La autora nos guía por los laberintos de la vieja casa de la escritora en Madrid y, a través de ellos, volvemos a la vida de Manuela, a sus pasiones, a sus secretos que se irán develando lentamente.</p>
<p style="text-align: left">La novela puede dividirse en dos partes: la primera es un constante ir y venir, del presente a los años 50, 60, 70: un suave movimiento de olas, un mar no siempre calmo. Prevalecen en ella los elementos femeninos: el agua, los sueños, las voces  de las mujeres, Manuela, Fabiola, Amaya, Candela… En esta parte la autora nos trasmite el ambiente opresivo (tanto en el presente como en el pasado) y muestra las pequeñas miserias en las vidas de las mujeres que no han cambiado tanto a pesar de las diferencias obvias: Fabiola se siente prisionera del tiempo, de las obligaciones, de su vida gris donde hay un único destello: su hija.</p>
<p style="text-align: left">En la segunda parte, conocemos (por lo menos parcialmente) la otra cara de la historia: la versión de Eloy, de su amigo Shane; aunque nunca escuchamos (o por lo menos no por mucho tiempo) las versiones de Cecilio y Pablo (marido e hijo de Manuela). En esta parte se respira otro aire: la libertad, el mar abierto, los jardines antiguos y la campiña inglesa.</p>
<p style="text-align: left">¿Por qué Fabiola busca con tal interés los detalles de la vida íntima de Manuela? ¿Qué nos incita, a través suyo, a asomarnos a esos abismos? La autora nos da algunas pistas:  “Ubuntú”, nos cuenta, significa “que somos gente a través de otra”. Fabiola busca a Manuela para encontrarse a sí misma. Y sin embargo su búsqueda le devuelve imágenes fragmentadas, descompuestas, como los espejos de la casa de la escritora.</p>
<p style="text-align: left">Los personajes parecen dividirse en dos categorías: los que viven por sí mismos, los que logran encontrar una fuerza interior que los sostiene a través de la adversidad y el dolor (podríamos llamarlos “faros”, esa imagen emblemática que aparece repetidamente en la novela), y los más débiles, quienes se limitan a ser un reflejo de los primeros, vivir a su sombra, alimentarse de su luz (los “espejos”). Algunos, los más afortunados, logran encontrar la grieta en la pared y escapar al mundo, más allá del reflejo, más allá de la sombra del amo, más allá de su embrujo; sin embargo hay otros que se contentarán, sin amargura, a jugar un papel secundario, sintiéndose afortunados de la cercanía con la estrella mayor.</p>
<p style="text-align: left">La novela muestra tanto el ambiente opresivo del Madrid franquista, como el Madrid de hoy, opresivo por otras razones: el consumismo, los trabajos sin futuro, la falta de equidad de género por más que se pregone lo contrario, las rémoras de un pasado que no acaba de irse… Y sobre todo, la preocupación por el tiempo: la fragilidad del instante, la imposibilidad de detener, acelerar, controlar a ese verdugo implacable.</p>
<p style="text-align: left">Paradójicamente, los personajes que quieren encontrar la redención, la libertad, a través de la literatura, sea como escritores o como lectores ávidos de entender, de penetrar en el mundo mágico que ésta parece mostrar como un hechizo, no lo logran: la libertad, parece decir la autora, se encuentra en las pequeñas cosas, en el disfrute del instante, en los lazos que se tejen con personajes en apariencia mediocres; la libertad está en los huecos (del día, del pasado, de la memoria) que no tienen por qué llenarse siempre. En un mundo donde hemos aprendido a acumular, a no dejar un solo espacio vacío, esa puede ser una tarea titánica que nos tome el resto de la vida. Agradezco a Raquel Martínez-Gómez por recordárnoslo.</p>
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		<title>Ceniza de ombú</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2017/07/30/ceniza-de-ombu/</link>
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		<pubDate>Sun, 30 Jul 2017 19:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado 23 de mayo presenté la novela Ceniza de ombú en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.  (extracto del cuaderno de Helena, página 77) No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición. Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios. Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino. Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado 23 de mayo presenté la novela <em><a href="http://www.cce.org.uy/ceniza-de-ombu-el-ultimo-libro-de-la-espanola-raquel-martinez-gomez-se-presenta-en-el-cce/" target="_blank">Ceniza de ombú</a></em> en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.</p>
<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44.png"><img class="alignnone size-medium wp-image-135" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44-212x300.png" alt="Captura de pantalla 2017-05-21 a las 10.12.44" width="212" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-136" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1-210x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="210" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-137" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3-211x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="211" height="300" /></a></p>
<p><strong> </strong><strong>(extracto del cuaderno de Helena, página 77)</strong></p>
<p style="text-align: justify">No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición.</p>
<p style="text-align: justify">Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios.</p>
<p style="text-align: justify">Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino.</p>
<p style="text-align: justify">Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.</p>
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		<title>Perdiendo nuestro mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Sep 2016 08:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en Conducta migratoria (Flight Behavior), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. “¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo? –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático. La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo. Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma. Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza: Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto. El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: Money Tree Industries); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido. Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón. El título original de la novela, Flight Behavior, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta. Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los males del Mediterráneo no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en Crematorio y En la orilla? Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. La novela de Kingsolver es una alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías. Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “un concepto creado por los chinos para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”. Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales, cerrando la puerta de golpe sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas. La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de incomunicación muchas de sus causas. Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción: Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon. La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. La pobreza parece ser la única aliada forzosa en la reducción de emisiones de CO2. Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión. Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores. Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse? * En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre Conducta migratoria. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/ @Ecoclubdlectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/ &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en <em>Conducta migratoria</em> (<em>Flight Behavior</em>), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. <strong>“¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo?</strong> –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, <strong>lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma.</p>
<p style="text-align: justify">Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. <strong>Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza:</strong></p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto</em>.</p>
<p style="text-align: justify">El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: <em>Money Tree Industries</em>); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele <em>esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón</em>.</strong> El título original de la novela, <em>Flight Behavior</em>, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta.</p>
<p style="text-align: justify">Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los <a href="http://www.ipsnoticias.net/2016/06/el-mar-de-la-contaminacion-alias-mediterraneo/">males del Mediterráneo</a> no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2013/02/28/actualidad/1362067884_779080.html"><em>Crematorio</em></a> y <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/en-la-orilla/9788433997593/NH_512"><em>En la orilla</em></a>?</p>
<p style="text-align: justify">Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan <em>con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver es una <strong>alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías.</strong> Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “<a href="http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=3aa442f5-96dc-4ac1-a898-cfc72cfc18a9">un concepto creado por los chinos</a> para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.</p>
<p style="text-align: justify">Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose <em>sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales</em>, cerrando la puerta de golpe <em>sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas</em>.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de <em>in</em>comunicación muchas de sus causas.</strong> Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. <a href="https://www.theguardian.com/books/2012/nov/11/flight-behaviour-barbara-kingsolver-review">La pobreza parece ser la única aliada</a> forzosa en la reducción de emisiones de CO2.</p>
<p style="text-align: justify">Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión.</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px">Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en <em>las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. <strong>Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán <em>que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire</em>, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo</strong>. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse?</p>
<p>* En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre <em>Conducta migratoria</em>. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/</a></p>
<p>@Ecoclubdlectura</p>
<p><a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/">https://ecoclubdelectura.wordpress.com/</a></p>
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		<title>El rumor de las voces propias</title>
		<link>http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/2016/08/23/el-rumor-de-las-voces-propias/</link>
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		<pubDate>Tue, 23 Aug 2016 17:03:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[        Juan Carlos Onetti escribió que un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre: “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (Dejemos hablar al viento). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog. Al final de El hombre que amaba a los perros, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”. Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en El punto ciego-, la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual. Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores. Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar. Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de Ceniza de ombú (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. Una se paraba a narrar desde algún lugar y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible. La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones. Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. ¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada? Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana. Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos. Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador? Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura. Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la fé cega, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es faca amolada. *Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">        Juan Carlos Onetti escribió que <strong>un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre:</strong> “La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal…” (<em>Dejemos hablar al viento</em>). Las lecturas estivales y la creación vuelven a instalar interrogaciones que, lejos de resolverse, amenazan con otras dudas que retomo en este blog.</p>
<p style="text-align: justify">Al final de <em>El hombre que amaba a los perros</em>, la excelente obra de Leonardo Padura que relata el asesinato de León Trotsky a manos de un Ramón Mercader sometido a los dictámenes del estalinismo, un narrador travieso recién desenmascarado introduce una cuestión clave: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”.</p>
<p style="text-align: justify">Creer o no creer en la posibilidad de un proyecto colectivo, tras ese duro aprendizaje de un siglo XX lleno de experiencias que quebrantaron el respeto a la diferencia, sigue siendo un asunto fundamental que encuentra en la literatura un lenguaje apropiado para manifestarse. Si bien su propósito no sea resolver qué lado de la bifurcación nos conviene tomar, sino abrir muchas otras posibilidades –como nos recordaba Javier Cercás en <em>El punto ciego-</em>, <strong>la ficción puede encarnar a través de sus personajes, como probablemente ningún género, esa resistencia que pugna por dar visibilidad a una voz individual.</strong> Voz que de alguna manera contradice o se convierte en disidente con el metarrelato del poder que exige la fe ciega de sus seguidores.</p>
<p style="text-align: justify">Intentar dilucidar si Padura escribió en esa novela sobre la creencia o el desencanto me pareció un gesto inútil. En parte porque no lograba atisbar que esa utopía pervertida tuviera como única salida el cinismo. Si algunos de los que la habían padecido y alimentado se habían convertido en cínicos, <strong>había otras formas de mirar a un presente que sobre las ruinas de variadas perversiones había edificado nuevos discursos totalizantes en los que nos estamos dejando ahogar.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Si por unos minutos creí entender que los personajes de Padura y los de <em>Ceniza de ombú</em> (novela que acabo de terminar)* estaban a años luz –aquellos porque el dogma de un mundo mejor les había hecho peores personas y estos porque encontraban precisamente en esa búsqueda una forma de redención- necesité algunas horas más, incluidas las del sueño, para reparar en que la brecha no era tan grande. <strong>Una se paraba a narrar desde algún lugar</strong> y, si Padura no podía desprenderse de la experiencia de haber vivido la revolución cubana y sus involuciones, los personajes de mi novela tampoco podían dejar de lado mi experiencia y andanzas por coordenadas temporales y geográficas cuya coincidencia con las suyas o con cualquier otras era imposible.</p>
<p style="text-align: justify">La preocupación por el medio ambiente (cómo no entender a estas alturas el alcance de esa dependencia), el hecho de ser mujer y aborrecer muchas de las consecuencias del patriarcado, la creencia de que los seres humanos tenemos los mismos derechos independientemente del lugar de donde procedamos y el desprecio por esa fe ciega a la que hacía referencia Onetti, la misma que llevó a Mercader a asesinar a Trotsky y que todavía hoy consiente atropellos en nombre de algún dios, partido, empresa transnacional o salvaguarda de los privilegios de unos pocos, sin duda condicionaron la construcción de mis personajes, también en sus contradicciones.</p>
<p style="text-align: justify">Encarnan la resistencia al gran discurso totalizante y lleno de dogmas de este capitalismo salvaje y depredador que nos deja a la intemperie y llega a provocar, por ejemplo, que comunidades y personas vean contaminados sus ríos y, con ello, su sustento y forma de vida para que otros acumulen lingotes de oro en los sótanos de un banco suizo. <strong>¿O es que tiene mucho sentido que el argumento para no acoger a los refugiados sea que lo que necesita la economía para ser productiva es mano de obra especializada?</strong> Y no es una broma, lo escuché en estos días en un informativo español a un miembro de la patronal alemana.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Hay demasiadas imágenes que rompen los ojos y que ponen rostro en cualquier rincón del mundo a este relato omnipresente que erosiona la posibilidad del proyecto colectivo</strong> en aras de la acumulación ridícula del capital en cada vez menos manos<strong>.</strong> Se instaura como forma de vida que limita la propia permanencia del ser humano y otros seres no humanos en el planeta, y va dejando llagas en los espacios más íntimos de nuestra naturaleza. ¿Cómo no responder con personajes que surgen espontáneos de la mente de la creadora o el creador?</p>
<p style="text-align: justify">Sus nombres, reconocibles o anónimos, llenan las páginas de obras de ficción, pero también tienen sus contraparte en una realidad llena de claroscuros. <strong>Es la propia contradicción humana y el peso de las condicionamientos culturales y sociales la que, aunque nos impide ser heroínas y héroes, también nos conduce a realizar los gestos que pueden romper con las inercias más perversas. </strong>Como les pasa a las “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y manipulan hasta hacerlos mierda” de la novela de Padura.</p>
<p style="text-align: justify">Es cierto que la mayoría de las veces formamos parte del inmovilismo, pero esos personajes también saben prender en nosotras la semilla para hacer frente, un poco más cada día, a un modelo de desarrollo inhumano que deja muchos excluidos en la cuneta. Porque la <em>fé cega</em>, como escribieron Milton Nascimiento y Ronaldo Bastos, es <em>faca amolada</em>.</p>
<p style="text-align: right">*Todavía sin fecha de publicación, pero espero poder anunciarla pronto en este blog.</p>
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		<title>Los agujeros del horror y las manos que los cierran</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2016 19:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado desaparece, su vórtice candente colapsó y se evaporó, el ser humano sigue el curso de su vida. Le rodea lo cotidinano. Todo a su alrededor es corriente, excepto su memoria. Svetlana Alexiévich. La guerra no tiene rostro de mujer (pág.169)           Suena de nuevo ese ruido que nos hace daño, nos trastoca. Quizás dure algunos días su eco, tal vez incluso tengamos la oportunidad de demostrar que podemos ser mejores. “Vivimos tiempos inciertos” –escuchamos en las tertulias, a los vecinos que siempre se adelantan a dar las primicias más lúgubres. El horror, que creíamos que era ajeno y no cotidiano, aparece de repente en nuestras calles en intervalos de tiempo que sentimos más cortos. Los agujeros del horror abren sus precipicios bajo nuestros pies. El discurso racista y fundamentalista de quien puede convertirse en presidente de EEUU; el integrismo del ISIS y su amenaza de califato excluyente y asesino; la vergüenza del vecchio continente de dejar a la deriva a miles de refugiados; los pecados de las potencias que apoyaron durante décadas el islamismo radical o lo alentaron; la destrucción del medio ambiente; el patriarcado que sigue adosado a las mentes&#8230; ¿Qué esperar cuando en los países que creímos modelo de tolerancia ganan espacio los discursos más insolidarios y nacionalistas? Todos estos argumentos podrían respaldar la hipótesis de esos tiempos inciertos, pero habría algo de impostado si tratáramos de argumentar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La literatura está ahí para recordarnos otros momentos o geografías de agujeros de horror, siempre tan incomprensibles como probables. La lectura de La guerra no tiene rostro de mujer, de la última premio Nobel de literatura Svetlana Alexiévich, me ha permitido hacer más llevadero el presente. Encontramos argumentos para no juzgarnos peores que nuestros antecesores y corroborar que el progreso es un entorno fallido. Es cierto que somos capaces de consensuar agendas de desarrollo ambiciosas en el seno de las Naciones Unidas, pero a la vez damos pasos atrás en la evolución hacia un buen convivir con otros seres con los que compartimos el planeta. Uno de los agujeros más profundos del siglo XX fue la II Guerra Mundial. Los relatos parecían todos contados, pero la escritora bielorrusa tuvo la paciencia y la ocurrencia de amplificar la voz de un millón de soviéticas que participaron en una de las conflagraciones más sangrientas de todos los siglos. Esos relatos se adentran en sus miradas particulares del drama y la violencia. De nuevo nos sorprenden. Distintas narraciones muestran la guerra desde la juventud de mujeres solidarias que sienten que su destino está ligado al de muchas otras personas. Hay un engaño cruel de partida: el de pensar que tienen más que ver con quienes son de donde ellas han nacido. La máquina de propaganda estaba bien afianzada, el sentimiento nacionalista se manipulaba: “Nosotras no necesitábamos ahondar en cómo éramos (…). Nos educaron en la idea de que éramos uno con la Patria” (pág.87). Ese es otro fundamentalismo que hace más iguales a las personas, a pesar de que se esté en distintos bandos. La guerra no deja espacio para comprender al prisionero que cae preso, todo se convierte en patria totalizante, excusa para la muerte, para ese horror que solo se combate desde el recuerdo, desde el relato que hacen aquellas que lo vivieron. La obligación de odiar, el miedo a ser persona, a mirar al otro. Pero Alexiévich nos muestra las grietas que se abren en ese muro desde las miradas de esas mujeres. Los trajes de los soldados les quedan demasiado grandes, las botas de hombre les provocan heridas por no estar hechas con hormas adaptadas a sus pies. Lo cierto es que hay una violencia que ellas detestan, desde otra sensibilidad, que hace que hasta critiquen a sus compañeros soviéticos cuando perciben la violencia masculina, incluso contra el enemigo, como intolerable. Tan deplorable como la que ven en los alemanes cuando el soldado arrebata a un bebé de los brazos de su madre mientras le da el pecho para molerlo a golpes o cuando presencian la brutalidad contra sus compañeras violadas y exhibidas salvajemente empaladas después de ser torturadas y asesinadas. Alexiévich argumenta esta diferencia de mirada entre hombres y mujeres, pero eso no significa que no haya pluralidad de cantos y escalas: “Ellas -¿cómo explicarlo bien?- extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y solo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias. Los sentimientos y el lenguaje de las personas cultas, por muy extraño que parezca, a menudo son más vulnerables frente al moldeo del tiempo” (pág.15). Su mirada no es la misma, como tampoco lo es el resultado de ese horror. Cuando la guerra termina, después de servir con su juventud como carne de cañón, el patriarcado hizo que a aquellas mujeres fueran estigmatizadas, que fueran tratadas como no se merecían: “…como las chicas del frente, unas cualquiera que habían estado con los hombres…”. Los seres humanos somos capaces de abrir un agujero de horror, pero también son nuestros pequeños gestos los que descorren un sortilegios que hace posible taponar el hueco que todo lo absorbe. En el relato de Alexiévich, que es confeccionado de manera caleidoscópica a través de ese coro de testimonios, vemos como los gestos de las combatientes van cerrando el precipicio. Sus acciones, contra todo pronóstico, les acercan al otro, a quien han sentido tan diferente. Una de ellas comparte el pan con los prisioneros alemanes vencidos:  “Yo estaba feliz… Estaba feliz porque no era capaz de odiar. Me sorprendí a mí misma…” (pág.105). Este es un relato de uno de tantos agujeros del horror con los que se escribe la historia de la humanidad. Y todos emanan una pestilencia intolerable. Una de las ex combatientes, Anastasia Ivánovna, le dice a Alexievich: “Usted es escritora. Invéntense algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…” (pág. 242). Pero pese a esta frase, los lectores de este testimonio seguramente no puedan dejar de admirarse por esa fortaleza, por esa capacidad para celebrar la vida de quienes han contribuido a poner fin a ese horror. Nosotras también estamos a tiempo de cerrar los agujeros presentes, de estar al lado de la tolerancia y la cultura de paz que son las mejores armas contra cualquier fundamentalismo, porque como bien decía una enfermera soviética al sentir compasión por uno de los heridos alemanes: “(…) no sería capaz de pegar a un prisionero por el mero hecho de que está indefenso. Lo importante es que cada uno tomaba sus propias decisiones” (pág. 189). * Las citas han sido extraídas de la siguiente edición: Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer, Debate, Buenos Aires, 2015. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>El pasado desaparece, su vórtice candente colapsó y </em></p>
<p style="text-align: right"><em>se evaporó, el ser humano sigue el curso de su vida. </em></p>
<p style="text-align: right"><em>Le rodea lo cotidinano. </em></p>
<p style="text-align: right"><em>Todo a su alrededor es corriente, excepto su memoria.</em></p>
<p style="text-align: right">Svetlana Alexiévich. <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em> (pág.169)</p>
<p style="text-align: justify">          Suena de nuevo ese ruido que nos hace daño, nos trastoca. Quizás dure algunos días su eco, tal vez incluso tengamos la oportunidad de demostrar que podemos ser mejores. “Vivimos tiempos inciertos” –escuchamos en las tertulias, a los vecinos que siempre se adelantan a dar las primicias más lúgubres. <strong>El horror, que creíamos que era ajeno y no cotidiano, aparece de repente en nuestras calles en intervalos de tiempo que sentimos más cortos.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Los agujeros del horror abren sus precipicios bajo nuestros pies. El discurso racista y fundamentalista de quien puede convertirse en presidente de EEUU; el integrismo del ISIS y su amenaza de califato excluyente y asesino; la vergüenza del <em>vecchio continente</em> de dejar a la deriva a miles de refugiados; los pecados de las potencias que apoyaron durante décadas el islamismo radical o lo alentaron; la destrucción del medio ambiente; el patriarcado que sigue adosado a las mentes&#8230; <strong>¿Qué esperar cuando en los países que creímos modelo de tolerancia ganan espacio los discursos más insolidarios y nacionalistas?</strong></p>
<p style="text-align: justify">Todos estos argumentos podrían respaldar la hipótesis de esos tiempos inciertos, pero habría algo de impostado si tratáramos de argumentar aquello de que <em>cualquier tiempo pasado fue mejor</em>. <strong>La literatura está ahí para recordarnos otros momentos o geografías de agujeros de horror, siempre tan incomprensibles como probables.</strong></p>
<p style="text-align: justify">La lectura de<strong><em> La guerra no tiene rostro de mujer</em>, de la última premio Nobel de literatura Svetlana Alexiévich,</strong> me ha permitido hacer más llevadero el presente. Encontramos argumentos para no juzgarnos peores que nuestros antecesores y corroborar que el progreso es un entorno fallido. Es cierto que somos capaces de consensuar agendas de desarrollo ambiciosas en el seno de las Naciones Unidas, pero a la vez damos pasos atrás en la evolución hacia un buen convivir con otros seres con los que compartimos el planeta.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de los agujeros más profundos del siglo XX fue la II Guerra Mundial. <strong>Los relatos parecían todos contados, pero la escritora bielorrusa tuvo la paciencia y la ocurrencia de amplificar la voz de un millón de soviéticas</strong> que participaron en una de las conflagraciones más sangrientas de todos los siglos. Esos relatos se adentran en sus miradas particulares del drama y la violencia. De nuevo nos sorprenden.</p>
<p style="text-align: justify">Distintas narraciones muestran la guerra desde la juventud de mujeres solidarias que sienten que su destino está ligado al de muchas otras personas. <strong>Hay un engaño cruel de partida: el de pensar que tienen más que ver con quienes son de donde ellas han nacido.</strong></p>
<p style="text-align: justify">La máquina de propaganda estaba bien afianzada, el sentimiento nacionalista se manipulaba: “Nosotras no necesitábamos ahondar en cómo éramos (…). Nos educaron en la idea de que éramos uno con la Patria” (pág.87). Ese es otro fundamentalismo que hace más iguales a las personas, a pesar de que se esté en distintos bandos.</p>
<p>La guerra no deja espacio para comprender al prisionero que cae preso, t<strong>odo se convierte en patria totalizante, excusa para la muerte, para ese horror que solo se combate desde el recuerdo, desde el relato que hacen aquellas que lo vivieron</strong>. La obligación de odiar, el miedo a ser persona, a mirar al otro.</p>
<p style="text-align: justify">Pero <strong>Alexiévich nos muestra las grietas que se abren en ese muro desde las miradas de esas mujeres.</strong> Los trajes de los soldados les quedan demasiado grandes, las botas de hombre les provocan heridas por no estar hechas con hormas adaptadas a sus pies. Lo cierto es que hay una violencia que ellas detestan, desde otra sensibilidad, que hace que hasta critiquen a sus compañeros soviéticos cuando perciben la violencia masculina, incluso contra el enemigo, como intolerable.</p>
<p style="text-align: justify">Tan deplorable como la que ven en los alemanes cuando el soldado arrebata a un bebé de los brazos de su madre mientras le da el pecho para molerlo a golpes o cuando presencian la brutalidad contra sus compañeras violadas y exhibidas salvajemente empaladas después de ser torturadas y asesinadas.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Alexiévich argumenta esta diferencia de mirada entre hombres y mujeres,</strong> pero eso no significa que no haya pluralidad de cantos y escalas:</p>
<p style="text-align: justify"><em>“Ellas -¿cómo explicarlo bien?- extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y solo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias. Los sentimientos y el lenguaje de las personas cultas, por muy extraño que parezca, a menudo son más vulnerables frente al moldeo del tiempo” (pág.15).</em></p>
<p style="text-align: justify">Su mirada no es la misma, como tampoco lo es el resultado de ese horror. Cuando la guerra termina, después de servir con su juventud como carne de cañón, el patriarcado hizo que a aquellas mujeres fueran estigmatizadas, que fueran tratadas como no se merecían: “…como las chicas del frente, unas cualquiera que habían estado con los hombres…”.</p>
<p style="text-align: justify">Los seres humanos somos capaces de abrir un agujero de horror, pero también s<strong>on nuestros pequeños gestos los que descorren un sortilegios que hace posible taponar el hueco que todo lo absorbe.</strong> En el relato de Alexiévich, que es confeccionado de manera caleidoscópica a través de ese coro de testimonios, vemos como los gestos de las combatientes van cerrando el precipicio. Sus acciones, contra todo pronóstico, les acercan al otro, a quien han sentido tan diferente. Una de ellas comparte el pan con los prisioneros alemanes vencidos:</p>
<p><em> “Yo estaba feliz… Estaba feliz porque no era capaz de odiar. Me sorprendí a mí misma…” (pág.105).</em></p>
<p>Este es un relato de uno de tantos agujeros del horror con los que se escribe la historia de la humanidad. Y todos emanan una pestilencia intolerable. Una de las ex combatientes, Anastasia Ivánovna, le dice a Alexievich:</p>
<p><em>“Usted es escritora. Invéntense algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…” (pág. 242). </em></p>
<p style="text-align: justify">Pero pese a esta frase, los lectores de este testimonio seguramente no puedan dejar de admirarse por esa fortaleza, por esa capacidad para celebrar la vida de quienes han contribuido a poner fin a ese horror. <strong>Nosotras también estamos a tiempo de cerrar los agujeros presentes, de estar al lado de la tolerancia y la cultura de paz que son las mejores armas contra cualquier fundamentalismo,</strong> porque como bien decía una enfermera soviética al sentir compasión por uno de los heridos alemanes:</p>
<p style="text-align: justify"><em>“(…) no sería capaz de pegar a un prisionero por el mero hecho de que está indefenso. Lo importante es que cada uno tomaba sus propias decisiones” (pág. 189).</em></p>
<p style="text-align: left">* Las citas han sido extraídas de la siguiente edición: Svetlana Alexiévich: <em>La guerra no tiene rostro de mujer, </em>Debate, Buenos Aires, 2015.</p>
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