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	<title>Ceniza de Ombú &#187; Comunicación</title>
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	<description>Un blog de literatura que transforma</description>
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		<title>Adrienne Rich: la voluntad de conectar</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Mar 2021 09:21:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios. Cuando recibí la versión revisada de la Antología poética (1951-1985) de Adrienne Rich -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en The Dream of a Common Language) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando: “Nadie vive en este cuarto sin enfrentarse con la blancura de la pared detrás de los poemas, los estantes de libros, las fotografías de heroínas muertas. Sin reflexionar tarde y al fin sobre la verdadera naturaleza de la poesía. La voluntad de conectar. El sueño de un lenguaje común”. Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz[1]: donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –the drive to connect en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien. Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más. A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer. “Kenneth me dice que ha ordenado sus libros para mirar a Blake y Kafka mientras escribe; sí; y todavía debemos considerar a Swift detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto, el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide, y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos- de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres      carbonizadas en la hoguera, siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”                                               (Twenty-one Love Poems, 1976) Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo. Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.                                            “El tiempo es masculino y en sus copas brinda por las bellas. Absortas en las galanterías, escuchamos las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades, la indolencia se interpreta como abnegación, el descuido en el pensar se denomina intuición, se perdona cada traspié, nuestro crimen solo consiste en hacer demasiada sombra, o en romper el molde, sin vacilar.”                           (Snapshots of a Daughter-in-law, 1963) Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:        “ ¿pero cuándo elegimos      ver nuestros cuerpos atados en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante        cuándo elegimos ser      linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos del centro de la ciudad cuándo elegimos       convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”                                  (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común necesita recurrir al legado de otras mujeres. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética. “¿Cómo puedo dejar de amar                                                tu lucidez y tu furia? ¿Cómo puedo darte                                todos tus derechos                                                  obtener valentía de tu valentía honrar tu exacto                           legado tal cual es y reconocer                    además                                 que no es suficiente?”                            (A Wild Patience has Taken me This Far, 1981) La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian. La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: Listening for Something, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”. Por favor: subrayen, subrayen… &#160; [1] Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich y Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&#38;contents=toc-38597 &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><img class="  wp-image-179 alignright" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2021/03/Antologia_poetica_Adrienne-Rich-194x300.jpg" alt="visor" width="159" height="246" />     Soy partidaria de subrayar los libros. Pasado algún tiempo nos encontramos con líneas, asteriscos, símbolos de exclamación o interrogación, anotaciones que garabateamos o que escribimos cuidadosamente y que nos permiten acordarnos de aquellas que fuimos; hacer arqueología de la memoria a partir del reflejo de esos vestigios.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando recibí la versión revisada de la <strong><em>Antología poética (1951-1985)</em> de Adrienne Rich</strong> -que Visor publicó hace algunos meses- abrí al azar sus páginas y el poema “Orígenes e historia de la conciencia” (incluido en <em>The Dream of a Common Language</em>) inauguró su relectura. Quise creer que el propio poemario me estaba guiando:</p>
<p>“Nadie vive en este cuarto<br />
sin enfrentarse con la blancura de la pared<br />
detrás de los poemas, los estantes de libros,<br />
las fotografías de heroínas muertas.<br />
Sin reflexionar tarde y al fin sobre<br />
la verdadera naturaleza de la poesía. <strong>La voluntad</strong><br />
<strong> de conectar. El sueño de un lenguaje común</strong>”.</p>
<p style="text-align: justify">Busqué entonces la versión anterior de la antología entre los libros de poesía que amontono separados de otros géneros y encontré <strong>un matiz poderoso en la nueva traducción de Myriam Diocaretz<a href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a>: </strong>donde entonces se leía “esa urgencia de poner mundos en relación” –<em>the drive to connect </em>en la versión original- ahora encontrábamos “la voluntad de conectar”. La exigencia era el logro de una buena comunicación con alguien.</p>
<p style="text-align: justify">Con ese cambio, la escritora y traductora de origen chileno alumbraba mejor la declaración de intenciones de la poesía de Rich. Eran también esos versos precisos los que Diocaretz había elegido para cerrar la introducción del libro al declarar que el arte de Adrienne Rich nos interna en “…la verdadera naturaleza de la poesía: la voluntad de conectar”. <strong>La conexión era pues la palabra que pilotaría mi nueva lectura, pero iba a ir acompañada de algo más.</strong></p>
<p>A lo largo de todos los poemarios que la antología recoge, Rich <strong>hace un esfuerzo por alcanzar el sueño al que remite “Orígenes e historia de la conciencia”: el de un lenguaje común. </strong>A medida que nos internamos en sus poemas emerge esa búsqueda, que es singular –porque trata de ser propia- a la vez que universal -porque es la suma de las voces de otras mujeres: científicas, mineras…, y sobre todo de escritoras, plurales en sus formas y temáticas, en sus cadencias, en sus ritmos, pero muy similares en su manera de afrontar con valentía y sin miedo la exploración en el lenguaje para lograr una voz que no se ahogue en los marcos patriarcales ni encorsete el sentir de la experiencia de ser mujer.</p>
<p>“Kenneth me dice que ha ordenado sus libros<br />
para mirar a Blake y Kafka mientras escribe;<br />
sí; y todavía debemos considerar a Swift<br />
detestando el cuerpo de la mujer mientras elogia su intelecto,<br />
el pavor de Goethe por las Madres, Claudel difamando a Gide,<br />
y los fantasmas –sus manos estrechadas por siglos-<br />
de artistas muriendo en el parto, de sabias mujeres<br />
<em>     </em><em>carbonizadas en la hoguera,<br />
siglos de libros no escritos amontonados detrás de esos estantes (…)”<br />
<em>         </em> <em>                                    (Twenty-one Love Poems, 1976)</em></em></p>
<p>Me di cuenta, después de llevar de un lado para el otro el libro, de subrayarlo y llenarlo de pósits, que su preocupación también era la mía, la de muchas mujeres.  Ese lenguaje común –quizás sueño y quimera, pero también realidad– <strong>tenía un pasado que encadenaba la búsqueda a lo largo de cronologías y geografías</strong>; implicaba poner fin a ese empeño por traducir la narración a una lengua que no es la nuestra, aunque sea compartida. Diocaretz habla de “desterritorializar el lenguaje de la tradición”. Pero además de desnudarla de toda connotación y visión androcéntrica, Rich indaga y extirpa –al menos su intento es loable- las huellas de clasismo, de las inacabables formas de travestirse del colonialismo.</p>
<p>Esas palabras disidentes que resultan de las voces de muchas mujeres configuran un universo lingüístico, un mirada nueva para enmarcar lo que acontece. Sabemos que está en construcción y que nunca dejará de mutar; también que es la materialización del anhelo de <strong>disponer de una arcilla diferenciada para moldear una creación en la que podamos reconocernos</strong>. A lo largo de los poemas seleccionados, ese nuevo lenguaje va emergiendo para dar forma a una memoria que no fue la hegemónica.</p>
<p><em>            </em>                               <em>“El tiempo es masculino<br />
y en sus copas brinda por las bellas.<br />
Absortas en las galanterías, escuchamos<br />
las exageradas alabanzas a nuestras mediocridades,<br />
la indolencia se interpreta como abnegación,<br />
el descuido en el pensar se denomina intuición,<br />
se perdona cada traspié, nuestro crimen<br />
solo consiste en hacer demasiada sombra,<br />
o en romper el molde, sin vacilar.”<br />
<em> </em>                         </em>(<em>Snapshots of a Daughter-in-law, 1963)</em></p>
<p>Rich se esfuerza en rescatar esa mirada paternalista que tanto daño nos ha hecho a lo largo de los siglos porque, como la propia Adrienne afirma contundente al final de un poema: “Todo acto de tomar conciencia (…)/es un acto contra Natura”. La poeta también nos interroga para dar sentido a ese nuevo lenguaje, para hacernos reflexionar sobre los símbolos caducos que justifican la sumisión, que reproducen la violencia. Así escribe en “Las imágenes”:</p>
<p><em>       </em><em>“ ¿pero cuándo elegimos<br />
<em>     </em><em>ver nuestros cuerpos atados<br />
en cautiverio y crucifixión en el aire asfixiante<br />
<em>       </em><em>cuándo elegimos ser<br />
<em>     </em><em>linchadas en los nauseabundos anuncios eléctricos<br />
del centro de la ciudad cuándo elegimos<br />
<em>      </em><em>convertirnos en la dosis del que se masturba(…)?”<br />
<em>                                 </em>(<em>A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</em></em></em></em></em></p>
<p>Pero la poeta sabe que no es la primera, entiende que la conexión que nos procura ese lenguaje común <strong>necesita recurrir al legado de otras mujeres</strong>. En “Heroínas” entona un canto de agradecimiento e intento vano de resarcir a quienes nos antecedieron y abrieron caminos que han conseguido hacernos más libres. Las conquistas se encadenan y el responso de Rich clama por una justicia que no sea solo poética.</p>
<p>“¿Cómo puedo dejar de amar<br />
<em>                                               </em><em>tu lucidez y tu furia?<br />
¿Cómo puedo darte<br />
<em>                               t</em><em>odos tus derechos<br />
<em>                                                 </em><em>obtener valentía de tu valentía<br />
honrar tu exacto<br />
<em>     </em><em>                     legado tal cual es<br />
y reconocer<br />
<em>                   </em><em>además<br />
<em>                                </em><em>que no es suficiente?”</em></em></em></em></em></em></p>
<p><em>                           (A Wild Patience has Taken me This Far</em>, 1981)</p>
<p style="text-align: justify">La magia literaria hace que la conexión sea también hacia el futuro. Los mundos siguen en relación y no es una simple casualidad que en esta nueva versión de la Antología se incluya el poema “La roca azul”, dedicado por Rich a su traductora. Es en ese pedazo de lapislázuli, procedente de la tierra natal de Diocaretz, donde la poeta concentra la permanencia cuando siente que sus poemas cambian mientras duerme. Y Myriam Diocaretz, al recoger el sentido para adaptarlo a las formas del español,  parece saborear la flexibilidad de su lenguaje, acariciar en la oscuridad los verbos, las proposiciones, los pronombres que nos diferencian.</p>
<p style="text-align: justify">La nueva versión de la antología acabó tan subrayada y llena de anotaciones que me dieron ganas de plantarla en mi huerto aprovechando la pronta llegada de la primavera. La conexión de los versos también era con la tierra, con el tiempo y los conflictos sociales y humanos. Recordé entonces un documental que me había enviado la gestora cultural Ingrid Bejerman: <em>Listening for Something</em>, dirigido por Dionne Brand y producido por Ginny Stikeman. La poeta canadiense dialoga con Rich y su conversación constata que la búsqueda de un lenguaje común no fue una entelequia: colonialismo, exilio, feminismo, lesbianismo… Los versos se entrelazan, reclaman que ninguna lengua es neutral y afirman “su poder para el engaño y la perplejidad”.</p>
<p>Por favor: subrayen, subrayen…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Poeta, escritora e investigadora en teoría literaria y feminista. Es autora, entre muchos otros, de dos libros acerca de Adrienne Rich: <em>The transforming Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich</em> y <em>Translating Poetic Discourse: Questions of Feminist Strategies in Adrienne Rich</em>. También ha sido directora de los seis volúmenes que componen la <em>Breve historia feminista de la </em>literatura española (en lengua castellana) y dirige la serie Critical Studies (Brill): https://brill.com/view/serial/CRSTON?language=en&amp;contents=toc-38597</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Vivian Gornick y su arqueología de voces*</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2021 10:09:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[En estos tiempos de distancias, de conversaciones mediatizadas por una variable creciente de aplicaciones en línea, resulta placentero dejar que alguien supla desde las páginas de un libro esa ausencia de conversaciones cercanas, incluso íntimas. Eso es lo que me ha pasado con tres libros de la escritora neoyorquina Vivian Gornick: una los lee pero es como si los escuchara. Apegos feroces, editado por Sexto Piso y premiado como Mejor Libro del 2017 por el Gremio de Libreros (as) de Madrid entre otros, es sin duda el plato fuerte. Hay una lista abundante, no me atrevería a decir qué tan larga, de novelas que narran distintos aspectos en torno al vínculo maternofilial: baste citar aquí el desgarrador relato de Simone de Beauvoir en Una muerte muy dulce o la mirada muy poco dulcificada de la maternidad que describe Brenda Navarro en Casas vacías. Pero si en algo me ha parecido singular Apegos feroces es por la honestidad con que la escritora se presenta al explorar la complicada relación con su madre, aunque sea consciente de que sus inhibiciones “son sorprendentemente similares”, “unidas en virtud de haber vivido una dentro de la esfera de la otra” casi la totalidad de sus vidas. Descendiente de una familia de emigrantes judía llegada a Nueva York procedente de Rusia, el Bronx se convierte en ese espacio que concentra el universo infantil de Gornick; es allí donde se manifiestan los primeros embates de ese apego. La familia dispone de un apartamento que da a la calle pero la escritora no puede dejar de recordarlo como si hubieran habitado en “la parte de atrás”. Desde sus paredes, la madre escucha lo que acontece en el callejón y lo traduce al espacio íntimo del hogar, lo que provoca la fascinación de su hija. Gornick evoca a sus vecinas: mujeres que nunca hablan como si supiesen quiénes son y tampoco como si comprendieran el trato que han hecho con su vida. La niña las escucha, se impregna, crece a imagen y semejanza de esas mujeres. Una de sus vecinas, la señora Kerner, se expresa como si cada retazo de experiencia solo estuviera esperando “que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo”. Gornick ha empezado a auscultar la ciudad a partir del coro de mujeres que puebla ese edificio y su necesidad de historias ya no podrá parar. Los hombres quedan en un segundo plano, quizás solo para aludir a ese mundo masculino que pone las reglas, que nos condiciona, que en su dominación ha relegado a las mujeres a vivir en la parte de atrás. Nueva York vuelve a ser el universo en La mujer singular y la ciudad, pero ahora Gornick nos lleva a lo que considera su verdadera capital: Manhattan. Paseamos juntas y ella comparte sus intercambios con su madre, con su amigo Leonard, con una trotskista nonagenaria o con cualquiera que el azar pone a su paso. En la plática percibimos de nuevo esa preocupación por la “patológica insatisfacción” que le impide vivir la vida plenamente, quizás porque nada le salió como esperaba. Por eso se aferra a una ciudad que es capaz de curar cuando la escritora comunica con ella. Va recogiendo los retazos de otras historias pasadas donde las calles sanaron la depresión crónica, aliviaron la soledad o provocaron la felicidad. Gornick amplifica las voces de las viandantes, como la de una viejita que le cuenta a su amiga que el papa –el de la iglesia de Roma- ha hecho un llamamiento al capitalismo para que sea amable con los pobres del mundo y la otra le pregunta: “¿Y qué ha contestado el capitalismo”, a lo que la primera responde, “Por ahora nada”. Porque es en ese conjunto de voces, en esa mezcla de intereses, donde llega a la conclusión de que la mayoría de la gente que habita Nueva York lo hace porque necesita muestras de expresividad humana a diario: “En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de cajones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas (…). Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a otras”. Seguimos a la escucha de su prosa en Mirarse de frente, donde califica al talante como el principal secreto que acompaña a una buena conversación. Engarzamos mente y espíritu al ritmo de sus palabras, convirtiendo la experiencia de leer en un acto que va más allá: en un anhelo de entender el pulso de la vida. Ya sin ninguna duda del placer que Gornick siente hacia la escritura hablada, es la coherencia más que la contradicción la que la lleva a referirse a la naturaleza superior de escribir cartas: “Cada vez que las ganas de escribir una carta mueren nonatas en mí, estoy haciendo el mundo contra el que despotrico. Dejo en la estacada al impulso narrativo. Dejo que prevalezca el ruido”. Uno de los regalos que nos hace en Mirarse de frente es compartir su reflexión sobre lo que significa para ella el feminismo, recreándose en una idea que ya hemos escuchado en los dos libros anteriores: la contradicción irresoluble entre tomar conciencia del daño que nos hace el amor romántico y el miedo que nos da renunciar para siempre al mismo. “Tanto en política como en el amor, sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida: la disposición, ese momento en que los elementos se alean en la medida justa para materializarse en un cambio interior”. Concluye reconociendo que es cuando resiste al romance, “cuando miro sin parpadear toda la cruda verdad que puedo asimilar”, cuando tiene más de sí misma, cuando “el feminismo vive en mí”. Para cerrar Mirarse de frente vuelve a las calles de Nueva York. Ella ha recogido esa gran performance que produce la suma de cada persona en su actuación diaria en el espacio público. La escuchamos a la par que la leemos y no deja de sorprendernos su habilidad para la anticipación: “Las calles dan fe del poder del impulso narrativo: su capacidad infinita de adaptación en los tiempos más inhóspitos. ¿Que la civilización se parte en dos? ¿Que la ciudad ha perdido la cabeza? ¿Que este siglo es surrealista? Muévete más rápido. Corre para encontrar cuanto antes la trama.” &#160; * Esta reseña se refiere a tres títulos de Vivian Gornick publicados recientemente por Sexto Piso y traducidos por Daniel Ramos Sánchez (Fierce Attachments: A Memoir como Apegos feroces); Raquel Vicedo (The Odd Woman and the City: A Memoir como La mujer singular y la ciudad) y Julia Osuna Aguilar (Approaching Eye Level como Mirarse de frente). &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">En estos tiempos de distancias, de conversaciones mediatizadas por una variable creciente de aplicaciones en línea, <strong>resulta placentero dejar que alguien supla desde las páginas de un libro esa ausencia de conversaciones cercanas, incluso íntimas</strong>. Eso es lo que me ha pasado con tres libros de la escritora neoyorquina Vivian Gornick: una los lee pero es como si los escuchara.</p>
<p style="text-align: justify"><strong><em>Apegos feroces</em></strong>, editado por Sexto Piso y premiado como Mejor Libro del 2017 por el Gremio de Libreros (as) de Madrid entre otros, es sin duda el plato fuerte. Hay una lista abundante, no me atrevería a decir qué tan larga, de novelas que narran distintos aspectos en torno al vínculo maternofilial: baste citar aquí el desgarrador relato de Simone de Beauvoir en <em>Una muerte muy dulce</em> o la mirada muy poco dulcificada de la maternidad que describe Brenda Navarro en <em>Casas vacías</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Pero si en algo me ha parecido singular <em>Apegos feroces</em> es por <strong>la honestidad con que la escritora se presenta al explorar la complicada relación con su madre</strong>, aunque sea consciente de que sus inhibiciones “son sorprendentemente similares”, “unidas en virtud de haber vivido una dentro de la esfera de la otra” casi la totalidad de sus vidas.</p>
<p style="text-align: justify">Descendiente de una familia de emigrantes judía llegada a Nueva York procedente de Rusia, el Bronx se convierte en ese espacio que concentra el universo infantil de Gornick; es allí donde se manifiestan los primeros embates de ese apego. La familia dispone de un apartamento que da a la calle pero la escritora <strong>no puede dejar de recordarlo como si hubieran habitado en “la parte de atrás”</strong>. Desde sus paredes, la madre escucha lo que acontece en el callejón y lo traduce al espacio íntimo del hogar, lo que provoca la fascinación de su hija.</p>
<p style="text-align: justify">Gornick evoca a sus vecinas: mujeres que nunca hablan como si supiesen quiénes son y tampoco como si comprendieran el trato que han hecho con su vida. La niña las escucha, se impregna, crece a imagen y semejanza de esas mujeres. Una de sus vecinas, la señora Kerner,<strong> se expresa como si cada retazo de experiencia solo estuviera esperando “que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo”.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Gornick ha empezado a auscultar la ciudad a partir del coro de mujeres que puebla ese edificio y su necesidad de historias ya no podrá parar. Los hombres quedan en un segundo plano, quizás solo para aludir a ese mundo masculino que pone las reglas, que nos condiciona, que en su dominación ha relegado a las mujeres a vivir en la parte de atrás.</p>
<p style="text-align: justify">Nueva York vuelve a ser el universo en <strong><em>La mujer singular y la ciudad</em></strong>, pero ahora Gornick nos lleva a lo que considera su verdadera capital: Manhattan. Paseamos juntas y ella comparte sus intercambios con su madre, con su amigo Leonard, con una trotskista nonagenaria o con cualquiera que el azar pone a su paso. En la plática percibimos de nuevo <strong>esa preocupación por la “patológica insatisfacción” que le impide vivir la vida plenamente</strong>, quizás porque nada le salió como esperaba. Por eso se aferra a una ciudad que es capaz de curar cuando la escritora comunica con ella. Va recogiendo los retazos de otras historias pasadas donde las calles sanaron la depresión crónica, aliviaron la soledad o provocaron la felicidad.</p>
<p style="text-align: justify">Gornick amplifica las voces de las viandantes, como la de una viejita que le cuenta a su amiga que el papa –el de la iglesia de Roma- ha hecho un llamamiento al capitalismo para que sea amable con los pobres del mundo y la otra le pregunta: “¿Y qué ha contestado el capitalismo”, a lo que la primera responde, “Por ahora nada”. Porque es en ese conjunto de voces, en esa mezcla de intereses, donde llega a la conclusión de que <strong>la mayoría de la gente que habita Nueva York lo hace porque necesita muestras de expresividad humana a diario</strong>:</p>
<p style="padding-left: 60px">“En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de cajones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas (…). Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a otras”.</p>
<p style="text-align: justify">Seguimos a la escucha de su prosa en <strong><em>Mirarse de frente</em></strong>, donde califica al <em>talante</em> como el principal secreto que acompaña a una buena conversación. Engarzamos mente y espíritu al ritmo de sus palabras, convirtiendo la experiencia de leer en un acto que va más allá: en un anhelo de entender el pulso de la vida. Ya sin ninguna duda del placer que Gornick siente hacia la escritura hablada, es la coherencia más que la contradicción la que la lleva a referirse a la naturaleza superior de escribir cartas:</p>
<p style="padding-left: 60px">“Cada vez que las ganas de escribir una carta mueren nonatas en mí, estoy haciendo el mundo contra el que despotrico. Dejo en la estacada al impulso narrativo. Dejo que prevalezca el ruido”.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de los regalos que nos hace en <em>Mirarse de frente</em> es compartir su reflexión sobre lo que significa para ella el feminismo, recreándose en una idea que ya hemos escuchado en los dos libros anteriores: <strong>la contradicción irresoluble entre tomar conciencia del daño que nos hace el amor romántico y el miedo que nos da renunciar para siempre al mismo</strong>.</p>
<p style="padding-left: 60px">“Tanto en política como en el amor, sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida: la disposición, ese momento en que los elementos se alean en la medida justa para materializarse en un cambio interior”.</p>
<p>Concluye reconociendo que es cuando resiste al romance, “cuando miro sin parpadear toda la cruda verdad que puedo asimilar”, cuando tiene más de sí misma, cuando “el feminismo vive en mí”.</p>
<p style="text-align: justify">Para cerrar <em>Mirarse de frente</em> vuelve a las calles de Nueva York. Ella ha recogido esa gran <em>performance</em> que produce la suma de cada persona en su actuación diaria en el espacio público. La escuchamos a la par que la leemos y <strong>no deja de sorprendernos su habilidad para la anticipación</strong>:</p>
<p style="text-align: left;padding-left: 90px">“Las calles dan fe del poder del impulso narrativo: su capacidad infinita de adaptación en los tiempos más inhóspitos. ¿Que la civilización se parte en dos? ¿Que la ciudad ha perdido la cabeza? ¿Que este siglo es surrealista? Muévete más rápido. Corre para encontrar cuanto antes la trama.”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>* Esta reseña se refiere a tres títulos de Vivian Gornick publicados recientemente por Sexto Piso y traducidos por Daniel Ramos Sánchez (<em>Fierce Attachments: A Memoir</em> como <em>Apegos feroces</em>); Raquel Vicedo (<em>The Odd Woman and the City: A Memoir</em> como <em>La mujer singular y la ciudad</em>) y Julia Osuna Aguilar (<em>Approaching Eye Level</em> como <em>Mirarse de frente</em>).</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Los huecos de la memoria</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2018 06:44:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Celia del Palacio compartió este texto en la presentación de Los huecos de la memoria, en el marco de la FILU de Xalapa (Veracruz, México). Los huecos de la memoria, de Raquel Martínez-Gómez, es una narración de dos vidas paralelas en dos diferentes tiempos. Dos mujeres que por ventura se encuentran a través de la literatura a pesar de que dos o tres décadas separen sus vidas. Vidas, que como se dice en la novela, “se repiten en un círculo interminable y a la vez, cada una es excepcional y por ello vale la pena recuperarla del olvido, para rescatar las ruinas del presente”. La lectura de este libro despierta muchas emociones gracias al uso preciso del lenguaje, a las imágenes oníricas y a la sobriedad para narrar la historia de amor, el dolor lacerante y la esperanza. No voy a narrarles la historia, pero sí delinearé un par de pinceladas alrededor del argumento. Una de las mujeres es una escritora que vivió el franquismo y fue censurada. El régimen le arrancó mucho más que las palabras. De algún modo, le arrancó el corazón. La otra es una joven mujer que sobrevive en un trabajo mediocre: destruyendo libros en una editorial, y decide averiguar qué ocurrió, qué misterios se esconden en la vida de la escritora que ha descubierto en una de las listas de los autores condenados al olvido. Este hecho pone en marcha la novela. La autora nos guía por los laberintos de la vieja casa de la escritora en Madrid y, a través de ellos, volvemos a la vida de Manuela, a sus pasiones, a sus secretos que se irán develando lentamente. La novela puede dividirse en dos partes: la primera es un constante ir y venir, del presente a los años 50, 60, 70: un suave movimiento de olas, un mar no siempre calmo. Prevalecen en ella los elementos femeninos: el agua, los sueños, las voces  de las mujeres, Manuela, Fabiola, Amaya, Candela… En esta parte la autora nos trasmite el ambiente opresivo (tanto en el presente como en el pasado) y muestra las pequeñas miserias en las vidas de las mujeres que no han cambiado tanto a pesar de las diferencias obvias: Fabiola se siente prisionera del tiempo, de las obligaciones, de su vida gris donde hay un único destello: su hija. En la segunda parte, conocemos (por lo menos parcialmente) la otra cara de la historia: la versión de Eloy, de su amigo Shane; aunque nunca escuchamos (o por lo menos no por mucho tiempo) las versiones de Cecilio y Pablo (marido e hijo de Manuela). En esta parte se respira otro aire: la libertad, el mar abierto, los jardines antiguos y la campiña inglesa. ¿Por qué Fabiola busca con tal interés los detalles de la vida íntima de Manuela? ¿Qué nos incita, a través suyo, a asomarnos a esos abismos? La autora nos da algunas pistas:  “Ubuntú”, nos cuenta, significa “que somos gente a través de otra”. Fabiola busca a Manuela para encontrarse a sí misma. Y sin embargo su búsqueda le devuelve imágenes fragmentadas, descompuestas, como los espejos de la casa de la escritora. Los personajes parecen dividirse en dos categorías: los que viven por sí mismos, los que logran encontrar una fuerza interior que los sostiene a través de la adversidad y el dolor (podríamos llamarlos “faros”, esa imagen emblemática que aparece repetidamente en la novela), y los más débiles, quienes se limitan a ser un reflejo de los primeros, vivir a su sombra, alimentarse de su luz (los “espejos”). Algunos, los más afortunados, logran encontrar la grieta en la pared y escapar al mundo, más allá del reflejo, más allá de la sombra del amo, más allá de su embrujo; sin embargo hay otros que se contentarán, sin amargura, a jugar un papel secundario, sintiéndose afortunados de la cercanía con la estrella mayor. La novela muestra tanto el ambiente opresivo del Madrid franquista, como el Madrid de hoy, opresivo por otras razones: el consumismo, los trabajos sin futuro, la falta de equidad de género por más que se pregone lo contrario, las rémoras de un pasado que no acaba de irse… Y sobre todo, la preocupación por el tiempo: la fragilidad del instante, la imposibilidad de detener, acelerar, controlar a ese verdugo implacable. Paradójicamente, los personajes que quieren encontrar la redención, la libertad, a través de la literatura, sea como escritores o como lectores ávidos de entender, de penetrar en el mundo mágico que ésta parece mostrar como un hechizo, no lo logran: la libertad, parece decir la autora, se encuentra en las pequeñas cosas, en el disfrute del instante, en los lazos que se tejen con personajes en apariencia mediocres; la libertad está en los huecos (del día, del pasado, de la memoria) que no tienen por qué llenarse siempre. En un mundo donde hemos aprendido a acumular, a no dejar un solo espacio vacío, esa puede ser una tarea titánica que nos tome el resto de la vida. Agradezco a Raquel Martínez-Gómez por recordárnoslo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Celia del Palacio compartió este texto en </em><em>la presentación de Los huecos de la memoria, en el marco de la FILU de Xalapa (Veracruz, México).</em></p>
<p style="text-align: left"><em>Los huecos de la memoria, d</em>e Raquel Martínez-Gómez, es una narración de dos vidas paralelas en dos diferentes tiempos. Dos mujeres que por ventura se encuentran a través de la literatura a pesar de que dos o tres décadas separen sus vidas. Vidas, que como se dice en la novela, “se repiten en un círculo interminable y a la vez, cada una es excepcional y por ello vale la pena recuperarla del olvido, para rescatar las ruinas del presente”.</p>
<p style="text-align: left">La lectura de este libro despierta muchas emociones gracias al uso preciso del lenguaje, a las imágenes oníricas y a la sobriedad para narrar la historia de amor, el dolor lacerante y la esperanza.</p>
<p style="text-align: left">No voy a narrarles la historia, pero sí delinearé un par de pinceladas alrededor del argumento. Una de las mujeres es una escritora que vivió el franquismo y fue censurada. El régimen le arrancó mucho más que las palabras. De algún modo, le arrancó el corazón. La otra es una joven mujer que sobrevive en un trabajo mediocre: destruyendo libros en una editorial, y decide averiguar qué ocurrió, qué misterios se esconden en la vida de la escritora que ha descubierto en una de las listas de los autores condenados al olvido. Este hecho pone en marcha la novela.</p>
<p style="text-align: left">La autora nos guía por los laberintos de la vieja casa de la escritora en Madrid y, a través de ellos, volvemos a la vida de Manuela, a sus pasiones, a sus secretos que se irán develando lentamente.</p>
<p style="text-align: left">La novela puede dividirse en dos partes: la primera es un constante ir y venir, del presente a los años 50, 60, 70: un suave movimiento de olas, un mar no siempre calmo. Prevalecen en ella los elementos femeninos: el agua, los sueños, las voces  de las mujeres, Manuela, Fabiola, Amaya, Candela… En esta parte la autora nos trasmite el ambiente opresivo (tanto en el presente como en el pasado) y muestra las pequeñas miserias en las vidas de las mujeres que no han cambiado tanto a pesar de las diferencias obvias: Fabiola se siente prisionera del tiempo, de las obligaciones, de su vida gris donde hay un único destello: su hija.</p>
<p style="text-align: left">En la segunda parte, conocemos (por lo menos parcialmente) la otra cara de la historia: la versión de Eloy, de su amigo Shane; aunque nunca escuchamos (o por lo menos no por mucho tiempo) las versiones de Cecilio y Pablo (marido e hijo de Manuela). En esta parte se respira otro aire: la libertad, el mar abierto, los jardines antiguos y la campiña inglesa.</p>
<p style="text-align: left">¿Por qué Fabiola busca con tal interés los detalles de la vida íntima de Manuela? ¿Qué nos incita, a través suyo, a asomarnos a esos abismos? La autora nos da algunas pistas:  “Ubuntú”, nos cuenta, significa “que somos gente a través de otra”. Fabiola busca a Manuela para encontrarse a sí misma. Y sin embargo su búsqueda le devuelve imágenes fragmentadas, descompuestas, como los espejos de la casa de la escritora.</p>
<p style="text-align: left">Los personajes parecen dividirse en dos categorías: los que viven por sí mismos, los que logran encontrar una fuerza interior que los sostiene a través de la adversidad y el dolor (podríamos llamarlos “faros”, esa imagen emblemática que aparece repetidamente en la novela), y los más débiles, quienes se limitan a ser un reflejo de los primeros, vivir a su sombra, alimentarse de su luz (los “espejos”). Algunos, los más afortunados, logran encontrar la grieta en la pared y escapar al mundo, más allá del reflejo, más allá de la sombra del amo, más allá de su embrujo; sin embargo hay otros que se contentarán, sin amargura, a jugar un papel secundario, sintiéndose afortunados de la cercanía con la estrella mayor.</p>
<p style="text-align: left">La novela muestra tanto el ambiente opresivo del Madrid franquista, como el Madrid de hoy, opresivo por otras razones: el consumismo, los trabajos sin futuro, la falta de equidad de género por más que se pregone lo contrario, las rémoras de un pasado que no acaba de irse… Y sobre todo, la preocupación por el tiempo: la fragilidad del instante, la imposibilidad de detener, acelerar, controlar a ese verdugo implacable.</p>
<p style="text-align: left">Paradójicamente, los personajes que quieren encontrar la redención, la libertad, a través de la literatura, sea como escritores o como lectores ávidos de entender, de penetrar en el mundo mágico que ésta parece mostrar como un hechizo, no lo logran: la libertad, parece decir la autora, se encuentra en las pequeñas cosas, en el disfrute del instante, en los lazos que se tejen con personajes en apariencia mediocres; la libertad está en los huecos (del día, del pasado, de la memoria) que no tienen por qué llenarse siempre. En un mundo donde hemos aprendido a acumular, a no dejar un solo espacio vacío, esa puede ser una tarea titánica que nos tome el resto de la vida. Agradezco a Raquel Martínez-Gómez por recordárnoslo.</p>
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