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	<title>Lanbroan &#187; Teoría Crítica</title>
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	<description>No tenemos certezas. Sólo esperanzas. Buscamos caminos entre la bruma (&#039;lanbroa&#039; en lengua vasca).</description>
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		<title>Parrhesia griega</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Dec 2015 23:30:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Koldo Unceta]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Teoría Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Puede haber futuro sin democracia? ¿Cabe enfrentar los grandes retos que amenazan el provenir de la humanidad sin contar con la opinión y la participación de la gente? Hace ya más de dos décadas que el pensamiento dominante puso en circulación dos ideas que, desde entonces, han ido ganando terreno en una parte significativa de la población y de eso que se llama “opinión pública”. La primera de ellas es que el mercado debe ser la referencia principal a la hora de tomar decisiones. La preservación del medio ambiente, los derechos laborales, la libertad para fabricar medicamentos genéricos para curar determinadas enfermedades, la equidad entre los seres humanos, el acceso al agua… son asuntos que están muy bien, pero que no pueden ni deben plantearse al margen de la necesaria prevalencia de la libertad de mercado y los derechos de las empresas. La segunda idea sugiere que, en el globalizado mundo actual, la complejidad que han alcanzado los problemas económicos y sociales es de tal magnitud que los mismos no pueden ser entendidos ni interpretados por la gran mayoría de la gente, por lo que las soluciones que puedan plantearse deben provenir de aquellos que saben, léase de técnicos, formados –eso sí- en una única e incuestionable forma de analizar la realidad. Resultado: las cosas sólo pueden hacerse de una manera, aquella que viene determinada por la mercantilización completa de la vida y la supeditación de todo lo demás a ese principio, declarado inviolable. Las personas no pueden decidir sobre el mundo en el que quieren vivir porque carecen de información para ello, lo que les llevaría a equivocarse. En consecuencia, la democracia es prescindible, salvo para ratificar cada cierto tiempo un mandato para que técnicos -o políticos profesionales- puedan gestionar los asuntos públicos sin necesidad de consultar a la gente. La construcción europea, de espaldas a la ciudadanía La denominada construcción europea es uno de los temas que mejor ejemplifican todo esto. En la forma de llevarse a cabo y en el resultado mismo. Por una parte, casi todas las decisiones se han tomado de espaldas a la ciudadanía, en opacas negociaciones. Y por otra, se ha diseñado un edificio en el que los Gobiernos y la Comisión tienen más poder que el Parlamento. Pero a partir de Maastricht, y del posterior diseño del euro y de las condiciones para su funcionamiento, el conflicto entre democracia y gestión económica fue haciéndose cada vez más agudo. Un conflicto que finalmente, ha acabado por estallar en Grecia, precisamente en la cuna de la democracia. Es curiosa –a la vez que llamativa– la diferente manera en que algunos conciben y valoran la opinión de la gente. Cuando se trata de defender el inviolable principio del mercado, las personas siempre son sabias, y sus decisiones son racionales. Este es el fundamento de la ortodoxia económica que se enseña en las facultades. Y ello pese a la abrumadora evidencia de que las cosas no son así, de que las decisiones de la gente –comprar, vender, ahorrar, invertir, etc., y cómo hacerlo– están la mayor parte de las veces condicionadas por la ausencia de información, o por una información engañosa. Sin embargo, nada de ello cuestiona el carácter sagrado de tales decisiones. Todo lo más, se admite la existencia de “fallos de mercado”, minucias que los propios tecnócratas se encargarán de corregir. Sin embargo, ocurre todo lo contrario cuando se trata de tomar decisiones políticas, aquellas que afectan –precisamente– a cómo debe gestionarse la convivencia humana y, en consecuencia, qué marco –fiscal, laboral, etc.– debe regular las mencionadas opciones de comprar, vender, ahorrar o invertir, de manera que no lesionen el interés general y sean compatibles con el mismo. En este caso, se aduce que la gente no tiene información suficiente para opinar y que es fácilmente manipulable, lo que provoca que las urnas sean “peligrosas”. Las mismas gentes a las que se anima a consumir telebasura en nombre de su sagrada libertad para hacer lo que les plazca con su tiempo y su dinero, son consideradas incapaces para tomar decisiones cuando se trata de dilucidar asuntos que afectan al interés general. Para esto último ya están los técnicos –sin ideología alguna, faltaba más–, o los profesionales de la política –muchos de ellos debidamente formados en los aparatos de partido en el difícil arte de alcanzar el poder y mantenerse en él. Grecia, utilizar la palabra frente al riesgo de hacerlo El debate abierto sobre el referéndum griego ha puesto en evidencia algunas de estas contradicciones, llevándolas al extremo, y dibujando dos bandos contrapuestos. Por un lado, la denominada troika que, por supuesto, sabe bien lo que conviene –pese a haber errado estrepitosamente en todas y cada una de sus previsiones–, y que tiene conocimiento suficiente para tomar las decisiones oportunas, dentro –lógicamente– de lo que “es posible hacer” cuestión, esta última, previamente decidida por ellos mismos. Y por otro lado, el pueblo llano, que desconoce las claves del asunto, que se deja guiar por las pasiones nacionalistas o de cualquier otro signo, y cuya voluntad –si llega a ser expresada de manera explícita– puede poner en peligro el diseño de una Europa concebida sólo desde el mercado, y en la que los derechos de las personas parecen tener cada vez menos cabida. En su magnífico ensayo Grecia en el aire (Acantilado, Madrid, 2015) Pedro Olalla realiza un canto a la democracia señalando que “los atenienses inventaron ese sistema político que da la palabra a un pueblo activo, capaz de influir en la marcha de su destino; un sistema que fue revolucionario, radical en su día, y que sigue siéndolo hoy”. Y al mismo tiempo, reivindica la parrhesia como el valor de utilizar la palabra frente al riesgo de hacerlo. La parrhesia, señala Olalla “no es sólo honestidad, sino valor para oponerse a una mentira cómoda, para abrir una brecha en el silencio, para dejar en evidencia una falacia. No es sólo conocimiento, sino también responsabilidad y riesgo. No es sólo consistencia, sino también acción”. Vivimos momentos de crisis, de una crisis profunda y sistémica, sobre la que hay distintas interpretaciones y diversas aproximaciones. En esas circunstancias resulta inaceptable la negación de la democracia en nombre de una verdad fabricada previamente en determinados ámbitos. Y resulta obsceno que quienes tantas veces han errado en sus diagnósticos y previsiones, exijan precisión y claridad al resto. Entre otras cosas, porque –como muchas veces se ha dicho– para saber lo que no hay que hacer, no es imprescindible saber a ciencia cierta lo que hay que hacer. Como ha hecho la población griega, es hora de reivindicar la parrhesia como forma de atrevernos a expresar, de manera libre y responsable, nuestra opinión sobre los asuntos colectivos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>¿Puede haber <strong>futuro sin democracia</strong>? ¿Cabe enfrentar los grandes retos que amenazan el provenir de la humanidad sin contar con la opinión y la participación de la gente? Hace ya más de dos décadas que el<strong> pensamiento dominante</strong> puso en circulación dos ideas que, desde entonces, han ido ganando terreno en una parte significativa de la población y de eso que se llama “opinión pública”.</p>
<p>La primera de ellas es que el<strong> mercado debe ser la referencia principal a la hora de tomar decisiones</strong>. La preservación del medio ambiente, los derechos laborales, la libertad para fabricar medicamentos genéricos para curar determinadas enfermedades, la equidad entre los seres humanos, el acceso al agua… son asuntos que están muy bien, pero que no pueden ni deben plantearse al margen de la necesaria prevalencia de la libertad de mercado y los derechos de las empresas.</p>
<p>La segunda idea sugiere que, en el globalizado mundo actual, la complejidad que han alcanzado los <strong>problemas económicos y sociales</strong> es de tal magnitud que los mismos <strong>no pueden ser entendidos ni interpretados por la gran mayoría de la gente</strong>, por lo que las soluciones que puedan plantearse deben provenir de aquellos que saben, léase de técnicos, formados –eso sí- en una única e incuestionable forma de analizar la realidad.</p>
<p>Resultado: <strong>las cosas sólo pueden hacerse de una manera</strong>, aquella que viene determinada por la <strong>mercantilización completa de la vida</strong> y la supeditación de todo lo demás a ese principio, declarado inviolable. Las personas no pueden decidir sobre el mundo en el que quieren vivir porque carecen de información para ello, lo que les llevaría a equivocarse. En consecuencia, <strong>la democracia es prescindible</strong>, salvo para ratificar cada cierto tiempo un mandato para que técnicos -o políticos profesionales- puedan gestionar los asuntos públicos sin necesidad de consultar a la gente.</p>
<h2><strong>La construcción europea, de espaldas a la ciudadanía</strong></h2>
<p>La denominada<strong> construcción europea</strong> es uno de los temas que mejor ejemplifican todo esto. En la forma de llevarse a cabo y en el resultado mismo. Por una parte, casi todas las decisiones se han tomado <strong>de espaldas a la ciudadanía</strong>, en opacas negociaciones. Y por otra, se ha diseñado un edificio en el que los Gobiernos y la Comisión tienen más poder que el Parlamento. Pero a partir de Maastricht, y del posterior diseño del euro y de las condiciones para su funcionamiento, el conflicto entre democracia y gestión económica fue haciéndose cada vez más agudo. <strong>Un conflicto que finalmente, ha acabado por estallar en Grecia, precisamente en la cuna de la democracia.</strong></p>
<p>Es curiosa –a la vez que llamativa– la diferente manera en que algunos conciben y valoran la opinión de la gente. Cuando se trata de defender el inviolable principio del mercado, las personas siempre son sabias, y sus decisiones son racionales. Este es el fundamento de la ortodoxia económica que se enseña en las facultades. Y ello pese a la abrumadora evidencia de que las cosas no son así, de que las decisiones de la gente –comprar, vender, ahorrar, invertir, etc., y cómo hacerlo– están la mayor parte de las veces condicionadas por la ausencia de información, o por una información engañosa. Sin embargo, nada de ello cuestiona el carácter sagrado de tales decisiones. Todo lo más, se admite la existencia de “fallos de mercado”, minucias que los propios tecnócratas se encargarán de corregir.</p>
<p>Sin embargo, ocurre todo lo contrario cuando se trata de tomar <strong>decisiones políticas</strong>, aquellas que afectan –precisamente– a cómo debe gestionarse la convivencia humana y, en consecuencia, qué marco –fiscal, laboral, etc.– debe regular las mencionadas opciones de comprar, vender, ahorrar o invertir, de manera que no lesionen el interés general y sean compatibles con el mismo. En este caso, se aduce que la gente no tiene información suficiente para opinar y que es fácilmente manipulable, lo que provoca que <strong>las urnas sean “peligrosas”</strong>.</p>
<p>Las mismas gentes a las que se anima a consumir telebasura en nombre de su sagrada libertad para hacer lo que les plazca con su tiempo y su dinero, son consideradas incapaces para tomar decisiones cuando se trata de dilucidar asuntos que afectan al interés general. Para esto último ya están los técnicos –sin ideología alguna, faltaba más–, o los profesionales de la política –muchos de ellos debidamente formados en los aparatos de partido en el difícil arte de alcanzar el poder y mantenerse en él.</p>
<h2>Grecia, utilizar la palabra frente al riesgo de hacerlo</h2>
<p>El <strong>debate abierto sobre el referéndum griego</strong> ha puesto en evidencia algunas de estas contradicciones, llevándolas al extremo, y dibujando dos bandos contrapuestos. Por un lado, la denominada troika que, por supuesto, sabe bien lo que conviene –pese a haber errado estrepitosamente en todas y cada una de sus previsiones–, y que tiene conocimiento suficiente para tomar las decisiones oportunas, dentro –lógicamente– de lo que “es posible hacer” cuestión, esta última, previamente decidida por ellos mismos. Y por otro lado, el pueblo llano, que desconoce las claves del asunto, que se deja guiar por las pasiones nacionalistas o de cualquier otro signo, y cuya voluntad –si llega a ser expresada de manera explícita– <strong>puede poner en peligro el diseño de una Europa concebida sólo desde el mercado</strong>, y en la que los derechos de las personas parecen tener cada vez menos cabida.</p>
<p>En su magnífico ensayo <strong><em>Grecia en el aire</em></strong> (Acantilado, Madrid, 2015) Pedro Olalla realiza un canto a la democracia señalando que <strong><em>“</em></strong><strong><em>los atenienses inventaron ese sistema político que da la palabra a un pueblo activo, capaz de influir en la marcha de su destino; un sistema que fue revolucionario, radical en su día, y que sigue siéndolo hoy”</em></strong><strong>. </strong>Y al mismo tiempo, reivindica la <strong><em>p</em><em>arrhesia</em></strong> como el valor de <strong>utilizar la palabra frente al riesgo de hacerlo</strong>. La <em>parrhesia</em>, señala Olalla <em>“no es sólo honestidad, sino <strong>valor para oponerse a una mentira cómoda</strong>, para abrir una brecha en el silencio, para dejar en evidencia una falacia. No es sólo conocimiento, sino también responsabilidad y riesgo. No es sólo consistencia, sino también acción”</em>.</p>
<p>Vivimos momentos de crisis, de una crisis profunda y sistémica, sobre la que hay distintas interpretaciones y diversas aproximaciones. En esas circunstancias <strong>resulta inaceptable la negación de la democracia en nombre de una verdad fabricada previamente en determinados ámbitos.</strong> Y resulta obsceno que quienes tantas veces han errado en sus diagnósticos y previsiones, exijan precisión y claridad al resto. Entre otras cosas, porque –como muchas veces se ha dicho– para saber lo que no hay que hacer, no es imprescindible saber a ciencia cierta lo que hay que hacer.</p>
<p>Como ha hecho la población griega, <strong>es hora de reivindicar la <em>parrhesia</em> como forma de atrevernos a expresar, de manera libre y responsable, nuestra opinión sobre los asuntos colectivos.</strong></p>
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		<title>Economía, Política y Democracia</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2015 08:41:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Koldo Unceta]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Teoría Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Como es sabido, desde hace varias décadas, el pensamiento único se ha instalado en los principales centros de poder y de decisión en materia económica, así como en el núcleo duro de las facultades de economía y las escuelas de negocios más influyentes. Los defensores de la ortodoxia económica dominante consideran que los análisis -para ser respetables- deben tener la elegancia formal de las ciencias exactas, simplificando para ello los supuestos, y traduciendo los comportamientos humanos a reglas matemáticas. Así, las conductas humanas –sean estas consideradas individualmente o en el ámbito de la sociedad en su conjunto- aparecen desprovistas de consideraciones morales o de influencias sociales. En el límite, las personas son contempladas como robots que responden de manera determinada a las señales que el mercado va poniendo en su camino. La ortodoxia dominante considera que en la ciencia económica no hay lugar para el debate de ideas, pues ello sería tanto como discutir si el agua se convierte en vapor a 90, a 120, ó a 140 grados, cuando todo el mundo sabe que lo hace al alcanzar los 100 grados. Del mismo modo, no cabría discutir sobre los motivos, fundamentos, o justificaciones del comportamiento de los seres humanos ya que los mismos no pueden ser otros que los derivados de las señales del mercado, lo que los convertiría así en plenamente predecibles, medibles, y por tanto, traducibles a modelos matemáticos. Como consecuencia de todo ello, el pluralismo metodológico es negado, y los heterodoxos son, en el mejor de los casos, ignorados, aunque muchas veces son condenados a vivir extramuros de la disciplina. En la universidad, esa situación ha dado origen a numerosas críticas, como las contenidas en el llamamiento suscrito en su día por 42 asociaciones de estudiantes de economía de 19 países en el que se denunciaba que esta forma de entender el análisis económico tiene consecuencias “que van más allá de la universidad” ya que lo que se enseña en ella “moldea la mentalidad de la próximas generaciones de políticos y, por tanto, da forma a la sociedad en que vivimos”. El manifiesto concluía reclamando “que el mundo real vuelva a entrar en las aulas” para poder crear un espacio pluralista de debate en el que puedan “generarse soluciones a los problemas de la sociedad”. La ortodoxia económica dominante es sumamente prepotente y arrogante hacia el resto de las ciencias sociales, de las que trata de distanciarse lo más posible. Ello es lógico, pues de lo contrario se vería obligada a considerar –e incluir en el análisis- un buen número de variables que cuestionarían gran parte de sus modelos. Pero, en ese distanciamiento forzado respecto de otras ciencias sociales, se contiene algo mucho más grave: la negativa a considerar la existencia de diversas formas de entender la vida social y los valores que deben estar en la base de su organización. En el fondo, la negación del pluralismo en la economía implica la negación del pluralismo social. Si se tratara de juegos de salón, la cosa no tendría mayor importancia. El problema es que no se trata de ningún juego, sino de análisis y de decisiones que acaban condicionando la vida de millones de personas. Decía Mario Bunge, refiriéndose a algunos postulados económicos que respaldaban las políticas puestas en marcha en América Latina en los 80, que “no tiene nada de vergonzoso que una hipótesis sea refutada. Lo que sí debería avergonzar es el aferrarse obcecadamente a hipótesis en ausencia de datos o en presencia de datos adversos. Y cuando se usan hipótesis notoriamente falsas para fundamentar políticas que afectan al bienestar de millones de seres humanos, estamos en presencia de un escándalo”. Desde entonces, impasible el ademán, los defensores de la ortodoxia no han hecho sino equivocarse una y otra vez en gran parte de sus previsiones, lo que de nuevo ha vuelto a ocurrir en el caso de Grecia, en donde las políticas impuestas han dado un resultado opuesto por completo al anunciado. Como hemos podido ver en estos días, la ortodoxia neoliberal no sólo es incompatible con el pluralismo intelectual, sino también con la democracia misma. No importan los argumentos, sólo la relación de fuerzas. Bien lo ha podido apreciar Varoufakis, quien al parecer creyó ingenuamente que en las reuniones de ministros de economía se hablaba … de economía, sin ser tal vez consciente de que, enfrente, tenía a tipos como De Guindos que, al igual que Draghi, habían estado trabajando en el Banco que falseó todas las cuentas griegas para engañar a la UE. Como pudo comprobar, lo único que contaba allí eran las cartas que llevaba cada uno. Y como Grecia no llevaba nada que pudiera hacer fuerza, más allá de los argumentos económicos, sus dirigentes decidieron invocar a la soberanía del pueblo y convocar un referéndum para fortalecer su posición negociadora. Craso error por lo que se ha visto. El gesto fue entendido como una insolencia impropia de quien sólo debe obedecer. Y como tal ha sido castigado. Para gentes como Schäuble, Merkel, Dijsselbloem y compañía, pase que haya ingenuos que critiquen la ortodoxia económica dominante desde las aulas, en algunos periódicos, o incluso desde las barricadas. Pero de ahí a que la ciudadanía de un país en su conjunto pueda pronunciarse y/o posicionarse respecto a estas cuestiones, va un trecho que para algunos no es tolerable que se transite. Y ello por una razón bastante simple: porque el proyecto neoliberal que se está imponiendo en Europa es en el fondo incompatible con la propia democracia.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Como es sabido, desde hace varias décadas, el pensamiento único se ha instalado en los principales centros de poder y de decisión en materia económica, así como en el núcleo duro de las facultades de economía y las escuelas de negocios más influyentes. Los defensores de la ortodoxia económica dominante consideran que los análisis -para ser respetables- deben tener la elegancia formal de las ciencias exactas, simplificando para ello los supuestos, y traduciendo los comportamientos humanos a reglas matemáticas. Así, las conductas humanas –sean estas consideradas individualmente o en el ámbito de la sociedad en su conjunto- aparecen desprovistas de consideraciones morales o de influencias sociales. En el límite, las personas son contempladas como robots que responden de manera determinada a las señales que el mercado va poniendo en su camino.</p>
<p>La ortodoxia dominante considera que en la ciencia económica no hay lugar para el debate de ideas, pues ello sería tanto como discutir si el agua se convierte en vapor a 90, a 120, ó a 140 grados, cuando todo el mundo sabe que lo hace al alcanzar los 100 grados. Del mismo modo, no cabría discutir sobre los motivos, fundamentos, o justificaciones del comportamiento de los seres humanos ya que los mismos no pueden ser otros que los derivados de las señales del mercado, lo que los convertiría así en plenamente predecibles, medibles, y por tanto, traducibles a modelos matemáticos.</p>
<p>Como consecuencia de todo ello, el pluralismo metodológico es negado, y los heterodoxos son, en el mejor de los casos, ignorados, aunque muchas veces son condenados a vivir extramuros de la disciplina. En la universidad, esa situación ha dado origen a numerosas críticas, como las contenidas en el llamamiento suscrito en su día por 42 asociaciones de estudiantes de economía de 19 países en el que se denunciaba que esta forma de entender el análisis económico tiene consecuencias <em>“que van más allá de la universidad”</em> ya que lo que se enseña en ella <em>“moldea la mentalidad de la próximas generaciones de políticos y, por tanto, da forma a la sociedad en que vivimos”</em>. El manifiesto concluía reclamando <em>“que el mundo real vuelva a entrar en las aulas”</em> para poder crear un espacio pluralista de debate en el que puedan <em>“generarse soluciones a los problemas de la sociedad”.</em></p>
<p>La ortodoxia económica dominante es sumamente prepotente y arrogante hacia el resto de las ciencias sociales, de las que trata de distanciarse lo más posible. Ello es lógico, pues de lo contrario se vería obligada a considerar –e incluir en el análisis- un buen número de variables que cuestionarían gran parte de sus modelos. Pero, en ese distanciamiento forzado respecto de otras ciencias sociales, se contiene algo mucho más grave: la negativa a considerar la existencia de diversas formas de entender la vida social y los valores que deben estar en la base de su organización. En el fondo, la negación del pluralismo en la economía implica la negación del pluralismo social.</p>
<p>Si se tratara de juegos de salón, la cosa no tendría mayor importancia. El problema es que no se trata de ningún juego, sino de análisis y de decisiones que acaban condicionando la vida de millones de personas. Decía Mario Bunge, refiriéndose a algunos postulados económicos que respaldaban las políticas puestas en marcha en América Latina en los 80, que <em>“n</em><em>o tiene nada de vergonzoso que una hipótesis sea refutada. Lo que sí debería avergonzar es el aferrarse obcecadamente a hipótesis en ausencia de datos o en presencia de datos adversos. Y cuando se usan hipótesis notoriamente falsas para fundamentar políticas que afectan al bienestar de millones de seres humanos, estamos en presencia de un escándalo”. </em>Desde entonces, impasible el ademán, los defensores de la ortodoxia no han hecho sino equivocarse una y otra vez en gran parte de sus previsiones, lo que de nuevo ha vuelto a ocurrir en el caso de Grecia, en donde las políticas impuestas han dado un resultado opuesto por completo al anunciado.</p>
<p>Como hemos podido ver en estos días, la ortodoxia neoliberal no sólo es incompatible con el pluralismo intelectual, sino también con la democracia misma. No importan los argumentos, sólo la relación de fuerzas. Bien lo ha podido apreciar Varoufakis, quien al parecer creyó ingenuamente que en las reuniones de ministros de economía se hablaba … de economía, sin ser tal vez consciente de que, enfrente, tenía a tipos como De Guindos que, al igual que Draghi, habían estado trabajando en el Banco que falseó todas las cuentas griegas para engañar a la UE. Como pudo comprobar, lo único que contaba allí eran las cartas que llevaba cada uno. Y como Grecia no llevaba nada que pudiera hacer fuerza, más allá de los argumentos económicos, sus dirigentes decidieron invocar a la soberanía del pueblo y convocar un referéndum para fortalecer su posición negociadora.</p>
<p>Craso error por lo que se ha visto. El gesto fue entendido como una insolencia impropia de quien sólo debe obedecer. Y como tal ha sido castigado. Para gentes como Schäuble, Merkel, Dijsselbloem y compañía, pase que haya ingenuos que critiquen la ortodoxia económica dominante desde las aulas, en algunos periódicos, o incluso desde las barricadas. Pero de ahí a que la ciudadanía de un país en su conjunto pueda pronunciarse y/o posicionarse respecto a estas cuestiones, va un trecho que para algunos no es tolerable que se transite. Y ello por una razón bastante simple: porque el proyecto neoliberal que se está imponiendo en Europa es en el fondo incompatible con la propia democracia.</p>
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