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	<title>Tiempo muerto</title>
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	<description>Un tiempo muerto es una oportunidad para tomar distancia y comprender lo que está pasando y recuperar la motivación. Es un tiempo para volver sobre las cosas con más acierto. Un tiempo muerto puede decidir un partido. Imprescindible para empezar la remontada que nos toca.</description>
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		<title>Demasiado sutil para ser un día perfecto</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2015 08:10:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pablo José Martínez Osés]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cooperación]]></category>
		<category><![CDATA[Desarrollo]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>

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		<description><![CDATA[(En esta entrada se desvelan argumentos de la película) Fui a ver la nueva película de Fernando León de Aranoa. Su filmografía es suficiente credencial para decidir verla, pero además, en esta ocasión se trataba de una aproximación al mundo de la cooperación, o para ser más precisos, al mundo de la ayuda humanitaria en situación de (post) conflicto bélico. En realidad las precisiones dan igual: sabiendo de la capacidad del realizador de reproducir los principales mecanismos que reproducen las relaciones entre grupos de personas o situaciones, a base de desvelar y mostrar con crudeza lo que, a fuerza de ser cotidiano, suele pasar desapercibido o darse por sentado en nuestros análisis sobre la familia, el barrio o, como en este caso en los equipos de expatriados humanitarios y entre éstos y las personas que les ven llegar a sus poblaciones. Lo importante sería disfrutar de cómo había logrado reproducir un sistema de relaciones tan complejo como cualquier otro, pero que en cierto modo tiene de particular que suele presentarse social y públicamente como un mundo más bien idealizado y bastante ingenuo. El “mundo” de la cooperación se ha esforzado, y se esfuerza, en proporcionar una imagen de sí mismo esencialmente despolitizada, en la que los conflictos “están ahí fuera” a donde vamos a ayudar a resolverlos. No suele explicarse públicamente que esa “intromisión” desde fuera del conflicto supone a su vez numerosos conflictos de carácter cultural y político. Tanto porque el marco cultural en el que se asienta y reproduce el mundo de la cooperación es esencialmente occidental y responde a una visión del desarrollo excesivamente vinculada a la transferencia (de ideas, de tecnología, de recursos, de soluciones, etc.,… da igual) de un lugar que ha tenido éxito a otro que no lo ha tenido. Y la propuesta me gustó. Y no sólo por lo que muchos considerarán un acierto, a saber, la humanización de los personajes en situaciones límite. Una humanización cargada de contradicciones contra las que rebelarse, puesto que muestra caracteres y prácticas machistas, irrespetuosas con la autoridad, el dolor y las diferencias que representan los otros, lejos de cualquier idealización que desgraciadamente es tan habitual en la representación de los cooperantes y su trabajo. También es apreciable la algo soterrada crítica al primer mundo, que envía a profesionales devastados por sus biografías, bastante lejos de otras representaciones, también ideales, de profesionales competentes, serviciales y compasivos (aunque de este tipo de respuestas podríamos decir que hay un abuso impropio). Lo que más me ha gustado es que la película constituye una crítica radical, demoledora, a la acciones de cooperación en general, de la que podríamos aprender mucho. El hilo argumental (¡ojo! Que a partir de aquí ya incurro en spoiler, y recomiendo en cualquier caso ir a ver la película) de la misma no es más que una sucesión de decisiones ineficaces, innecesarias e injustificadas. Desde el propósito que da base al argumento: extraer con la mayor de las urgencias un cadáver de un pozo, para solucionar un problema de la comunidad cuando ésta aparece nada más que mirando, sin compartir la urgencia ni la solución propuesta, sin impedirlo (¿no se comportan así la totalidad de nuestras comunidades beneficiarias?), a sabiendas de que no tardará en llover y eso resolverá todo el enorme y urgente problema, como sucede al final de la película. Al final de ese Día perfecto, título cargado de ironía, en el que los protagonistas persiguen con ahínco y cierto riesgo lo que sus manuales (los de los protocolos oficiales y los del individualismo heroico y descreído) les dicen, anteponiendo a todas las dificultades aquellas normas, aquellos significados que consideran indiscutibles y fundamento de todo su ser y su hacer: ayudar a los inútiles, que sólo tienen una consideración de víctimas incapacitadas y equivocadas en su imaginario. Tan fuerte es esta predisposición, esta vocación, esta aventura vital, que se muestra completamente incapaz de reflexionar sobre su inutilidad, de considerar ni por un momento que son personajes de más en una historia de la que sin embargo se sienten protagonistas. La amenaza de la evaluación que pondrá fin a su misión salvadora es rechazada como posible, sólo consentida con resignación por falta de recursos económicos para continuar. Así, su misión en el mundo no corre peligro, en todo caso será sólo desplazada de lugar y de conflicto. Aunque esta lectura de la película me pareció nítida, está sin embargo cargada de sutileza. Una compañera me dice que en entrevistas promocionales el director no mostró ninguna intención crítica con este mundo, más bien todo lo contrario, alabando y celebrando la existencia de estas acciones tan necesarias por tantos lugares del mundo necesitados de nuestra ayuda. Al salir de la película, le pregunté a mi hijo de 12 años, quien me había hecho la propuesta de verla juntos: ¿Qué te parece el trabajo que hacen los protagonistas? ¿tiene sentido? Y me respondió sin dudarlo: “Son unos héroes, sólo que no les dejan hacer”. En efecto, si Fernando León quiso mostrar algo de lo que yo interpreté (cada día lo dudo más), lo hizo de forma demasiado sutil para ser un día perfecto.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>(En esta entrada se desvelan argumentos de la película)</p>
<p>Fui a ver la nueva película de Fernando León de Aranoa. Su filmografía es suficiente credencial para decidir verla, pero además, en esta ocasión se trataba de una aproximación al mundo de la cooperación, o para ser más precisos, al mundo de la ayuda humanitaria en situación de (post) conflicto bélico. En realidad las precisiones dan igual: sabiendo de la capacidad del realizador de reproducir los principales mecanismos que reproducen las relaciones entre grupos de personas o situaciones, a base de desvelar y mostrar con crudeza lo que, a fuerza de ser cotidiano, suele pasar desapercibido o darse por sentado en nuestros análisis sobre la familia, el barrio o, como en este caso en los equipos de <em>expatriados humanitarios </em>y entre éstos y las personas que les ven llegar a sus poblaciones.</p>
<p>Lo importante sería disfrutar de cómo había logrado reproducir un sistema de relaciones tan complejo como cualquier otro, pero que en cierto modo tiene de particular que suele presentarse social y públicamente como un mundo más bien idealizado y bastante ingenuo. El “mundo” de la cooperación se ha esforzado, y se esfuerza, en proporcionar una imagen de sí mismo esencialmente despolitizada, en la que los conflictos “están ahí fuera” a donde vamos a ayudar a resolverlos. No suele explicarse públicamente que esa “intromisión” desde fuera del conflicto supone a su vez numerosos conflictos de carácter cultural y político. Tanto porque el marco cultural en el que se asienta y reproduce el mundo de la cooperación es esencialmente occidental y responde a una visión del desarrollo excesivamente vinculada a la transferencia (de ideas, de tecnología, de recursos, de soluciones, etc.,… da igual) de un lugar que ha tenido éxito a otro que no lo ha tenido.</p>
<p>Y la propuesta me gustó. Y no sólo por lo que muchos considerarán un acierto, a saber, la <em>humanización </em>de los personajes en situaciones límite. Una <em>humanización </em>cargada de contradicciones contra las que rebelarse, puesto que muestra caracteres y prácticas machistas, irrespetuosas con la autoridad, el dolor y las diferencias que representan los otros, lejos de cualquier idealización que desgraciadamente es tan habitual en la representación de los cooperantes y su trabajo. También es apreciable la algo soterrada crítica al primer mundo, que envía a profesionales devastados por sus biografías, bastante lejos de otras representaciones, también ideales, de profesionales competentes, serviciales y compasivos (aunque de este tipo de respuestas podríamos decir que hay un abuso impropio).</p>
<p>Lo que más me ha gustado es que la película constituye una crítica radical, demoledora, a la acciones de cooperación en general, de la que podríamos aprender mucho. El hilo argumental (¡ojo! Que a partir de aquí ya incurro en <em>spoiler, </em>y recomiendo en cualquier caso ir a ver la película) de la misma no es más que una sucesión de decisiones ineficaces, innecesarias e injustificadas. Desde el propósito que da base al argumento: extraer con la mayor de las urgencias un cadáver de un pozo, para <em>solucionar </em>un problema de la comunidad cuando ésta aparece nada más que mirando, sin compartir la urgencia ni la solución propuesta, sin impedirlo (¿no se comportan así la totalidad de nuestras comunidades <em>beneficiarias</em>?), a sabiendas de que no tardará en llover y eso resolverá <em>todo el enorme y urgente problema, </em>como sucede al final de la película. Al final de ese <em>Día perfecto, </em>título cargado de ironía, en el que los protagonistas persiguen con ahínco y cierto riesgo lo que sus manuales (los de los protocolos oficiales y los del individualismo heroico y descreído) les dicen, anteponiendo a todas las dificultades aquellas normas, aquellos significados que consideran indiscutibles y fundamento de todo su ser y su hacer: ayudar a los inútiles, que sólo tienen una consideración de víctimas incapacitadas y equivocadas en su imaginario. Tan fuerte es esta predisposición, esta vocación, esta aventura vital, que se muestra completamente incapaz de reflexionar sobre su inutilidad, de considerar ni por un momento que son personajes de más en una historia de la que sin embargo se sienten protagonistas. La amenaza de la evaluación que pondrá fin a su <em>misión </em>salvadora es rechazada como posible, sólo consentida con resignación por falta de recursos económicos para continuar. Así, su <em>misión en el mundo</em> no corre peligro, en todo caso será sólo desplazada de lugar y de conflicto.</p>
<p>Aunque esta lectura de la película me pareció nítida, está sin embargo cargada de sutileza. Una compañera me dice que en entrevistas promocionales el director no mostró ninguna intención crítica con este <em>mundo, </em>más bien todo lo contrario, alabando y celebrando la existencia de estas acciones tan <em>necesarias </em>por tantos lugares del mundo <em>necesitados </em>de nuestra ayuda. Al salir de la película, le pregunté a mi hijo de 12 años, quien me había hecho la propuesta de verla juntos: ¿Qué te parece el trabajo que hacen los protagonistas? ¿tiene sentido? Y me respondió sin dudarlo: “Son unos héroes, sólo que no les dejan hacer”. En efecto, si Fernando León quiso mostrar algo de lo que yo interpreté (cada día lo dudo más), lo hizo de forma <em>demasiado sutil para ser un día perfecto.</em></p>
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		<title>Se acabó</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jul 2015 09:57:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pablo José Martínez Osés]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio Social]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos Sociales]]></category>
		<category><![CDATA[Políticas Públicas]]></category>

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		<description><![CDATA[Paradoja al canto: Inaugurar un blog con este título. Pero parece ser el signo de los tiempos. Hay cosas que se acaban, y otras que no se acaban aunque haya quien augure su final. También es el signo de este Tiempo Muerto en el que, como en los partidos de baloncesto, nos fijamos en el marcador y, en función de cuál sea el resultado, el tiempo restante para finalizar el partido se puede tornar en angustia o en esperanza. El Tiempo Muerto impide, aunque sea por unos minutos, que la cuenta atrás siga su inexorable marcha, contra el deseo de los que ganan y para alivio de los que pierden. Por eso en el Tiempo Muerto no hay tiempo que perder: sentarse, hidratarse, respirar, tomar distancia, analizar lo que está sucediendo y proyectar lo que podríamos hacer que suceda cuando la cuenta atrás se reanude. Es difícil saber cuándo se acaban algunas cosas. Como es difícil saber cuándo hay que dar un partido por terminado. A veces, darlo por concluido puede suponer un desprecio de las capacidades del propio equipo o de los rivales, por menosprecio o por sobrestimación. Siempre existe el riesgo de pensar que con el final de un partido se acaban las posibilidades, despreciando las que esa derrota abrió. Hay cosas que se acaban y es mejor que así sea. Esas no suelen volver. Sin embargo, las fuerzas que dieron lugar a esas cosas no se acaban por más que algunos las den por acabadas, éstas suelen regresar de alguna forma. Aprendidas y mejoradas, con más posibilidades. Hay cosas que se acaban. Como los partidos o las competiciones. Pero hay cosas que no se acaban con los partidos. Como la rivalidad, los análisis y las explicaciones, las posibilidades de cambiar el resultado en la próxima ocasión. En definitiva el aliento del que se hacen las competiciones permanece como una fuerza inacabable. En la historia no hay partido final, por más que haya muchas finales. Sólo quienes van venciendo quieren hacer creer al resto que el tiempo se acaba. Que hemos llegado al fin de la historia. Nos dicen: “se acabó”. Pero la historia sigue, siempre abierta. Hay cosas que se acaban. Como las organizaciones y las instituciones, sus planes y sus proyectos. O como las legislaturas y los acuerdos. Pero en cada cosa que se acaba debe apreciarse la apertura característica de la historia. Hay quienes tratan de convencernos de que votar contra los términos del acuerdo ofrecido por la Troika en la convocatoria del referéndum griego supone el fin de su pertenencia al euro. Y de que el Grexit supone el fin de la moneda única. Y de que éste será el fin de la Unión Europea. Pero nuestra percepción cambia si comprendemos que la convocatoria del referéndum puede servir para abrir nuevas posibilidades. Algunas ya evidentes: aparece con fuerza en el debate público la contraposición austeridad-soberanía; se incide en la debilidad de la unión monetaria concebida sin políticas fiscales comunes; se evidencia la intromisión del FMI y el carácter antidemocrático de la Troika. En definitiva, la dialéctica contra las políticas de austeridad y el desplome del gasto público de los estados avanza, al mismo tiempo que se debilita la autoridad con que tecnócratas y representantes de los intereses acreedores gobiernan nuestros destinos. Se remonta el partido, la convocatoria del referéndum es como un triple imposible en el momento más imprevisto y desesperado. Con el tiempo, tal vez, no será más que un lance de la historia que ayudó a cambiar el curso de la realidad europea. O tal vez no, al contrario, sea recordado sólo como una excentricidad de quienes se negaban a aceptar la realidad. Una victoria del “no” en el referéndum supondría que además, la remontada continúa abriéndose camino, como un par de robos de balón y contraataques fulgurantes. Aún quedaría mucho para culminar, mucho sufrimiento y mucho sacrificio, pero ahora con más claridad de quién es el rival, dónde está y qué debilidades tiene. Una derrota del “no” tampoco concluiría el partido. Ni siquiera suponiendo un final anticipado de la legislatura. Las posibilidades estarían ya abiertas, aunque siempre habrá quien pretenda darlas por cerradas, el partido por concluido. Pero ya sabemos que hay cosas que no se acaban aún y cuando se acaban los partidos. Las fuerzas del rival avanzan en varias canchas de juego traicionando todas las normas de transparencia, diálogo o democracia, imponiendo normas favorables a sus privilegios con apariencia de acuerdos negociados y nombres rimbombantes, como el Acuerdo del Comercio en Servicios. Suerte que tenemos la brecha al secretismo que nos ofrece Wikileaks. ¿No convendría exigir un referéndum sobre el mismo? ¿También nos dirían que sería el acabose del progreso, de la libertad y del mundo? Lo importante es que las fuerzas que abren brechas, posibilidades y alternativas no se acaben. Las que luchan contra los agoreros del “se acabó”, los que pretenden imponer una realidad terminada sin alternativa posible, una realidad que niega su carácter histórico porque este partido les puso en situación privilegio. Siempre es posible otra realidad, otra realidad europea, otra política económica u otro mundo. ¿Remontamos?]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Paradoja al canto: Inaugurar un blog con este título. Pero parece ser el signo de los tiempos. Hay cosas que se acaban, y otras que no se acaban aunque haya quien augure su final.</p>
<p>También es el signo de este <em>Tiempo Muerto</em> en el que, como en los partidos de baloncesto, nos fijamos en el marcador y, en función de cuál sea el resultado, el tiempo restante para finalizar el partido se puede tornar en angustia o en esperanza. El <em>Tiempo Muerto</em> impide, aunque sea por unos minutos, que la cuenta atrás siga su inexorable marcha, contra el deseo de los que ganan y para alivio de los que pierden. Por eso en el <em>Tiempo Muerto</em> no hay tiempo que perder: sentarse, hidratarse, respirar, tomar distancia, analizar lo que está sucediendo y proyectar lo que podríamos hacer que suceda cuando la cuenta atrás se reanude.</p>
<p>Es difícil saber cuándo se acaban algunas cosas. Como es difícil saber cuándo hay que dar un partido por terminado. A veces, darlo por concluido puede suponer un desprecio de las capacidades del propio equipo o de los rivales, por menosprecio o por sobrestimación. Siempre existe el riesgo de pensar que con el final de un partido se acaban las posibilidades, despreciando las que esa derrota abrió. Hay cosas que se acaban y es mejor que así sea. Esas no suelen volver. Sin embargo, las fuerzas que dieron lugar a esas cosas no se acaban por más que algunos las den por acabadas, éstas suelen regresar de alguna forma. Aprendidas y mejoradas, con más posibilidades.</p>
<p>Hay cosas que se acaban. Como los partidos o las competiciones. Pero hay cosas que no se acaban con los partidos. Como la rivalidad, los análisis y las explicaciones, las posibilidades de cambiar el resultado en la próxima ocasión. En definitiva el aliento del que se hacen las competiciones permanece como una fuerza inacabable. En la historia no hay partido final, por más que haya muchas finales. Sólo quienes van venciendo quieren hacer creer al resto que el tiempo se acaba. Que hemos llegado al <em>fin de la historia</em>.</p>
<p>Nos dicen: “se acabó”. Pero la historia sigue, siempre abierta.</p>
<p>Hay cosas que se acaban. Como las organizaciones y las instituciones, sus planes y sus proyectos. O como las legislaturas y los acuerdos. Pero en cada cosa que se acaba debe apreciarse la apertura característica de la historia.</p>
<p>Hay quienes tratan de convencernos de que votar contra los términos del acuerdo ofrecido por la Troika en la convocatoria del referéndum griego supone el fin de su pertenencia al euro. Y de que el <em>Grexit </em>supone el fin de la moneda única. Y de que éste será el fin de la Unión Europea. Pero nuestra percepción cambia si comprendemos que la convocatoria del referéndum puede servir para abrir nuevas posibilidades. Algunas ya evidentes: aparece con fuerza en el debate público la contraposición austeridad-soberanía; se incide en la debilidad de la unión monetaria concebida sin políticas fiscales comunes; se evidencia la intromisión del FMI y el carácter antidemocrático de la Troika. En definitiva, la dialéctica contra las políticas de austeridad y el desplome del gasto público de los estados avanza, al mismo tiempo que se debilita la autoridad con que tecnócratas y representantes de los intereses acreedores gobiernan nuestros destinos. Se remonta el partido, la convocatoria del referéndum es como un triple imposible en el momento más imprevisto y desesperado. Con el tiempo, tal vez, no será más que un lance de la historia que ayudó a cambiar el curso de la realidad europea. O tal vez no, al contrario, sea recordado sólo como una excentricidad de quienes se negaban a aceptar la realidad.</p>
<p>Una victoria del “no” en el referéndum supondría que además, la remontada continúa abriéndose camino, como un par de robos de balón y contraataques fulgurantes. Aún quedaría mucho para culminar, mucho sufrimiento y mucho sacrificio, pero ahora con más claridad de quién es el rival, dónde está y qué debilidades tiene. Una derrota del “no” tampoco concluiría el partido. Ni siquiera suponiendo un final anticipado de la legislatura. Las posibilidades estarían ya abiertas, aunque siempre habrá quien pretenda darlas por cerradas, el partido por concluido. Pero ya sabemos que hay cosas que no se acaban aún y cuando se acaban los partidos. Las fuerzas del rival avanzan en varias canchas de juego traicionando todas las normas de transparencia, diálogo o democracia, imponiendo normas favorables a sus privilegios con apariencia de acuerdos negociados y nombres rimbombantes, como el <em><a href="http://www.publico.es/internacional/wikileaks/50-paises-pactan-secreto-tratado.html">Acuerdo del Comercio en Servicios</a>.</em> Suerte que tenemos la brecha al secretismo que nos ofrece Wikileaks. ¿No convendría exigir un referéndum sobre el mismo? ¿También nos dirían que sería el <em>acabose </em>del progreso, de la libertad y del mundo?</p>
<p>Lo importante es que las fuerzas que abren brechas, posibilidades y alternativas no se acaben. Las que luchan contra los agoreros del “se acabó”, los que pretenden imponer una realidad terminada sin alternativa posible, una realidad que niega su carácter histórico porque este partido les puso en situación privilegio. Siempre es posible otra realidad, otra realidad europea, otra política económica u otro mundo. ¿Remontamos?</p>
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