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	<title>Al voleo &#187; CRISIS CLIMÁTICA</title>
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	<description>Al voleo. Dícese de la forma de siembra campesina en la que se arrojan puñados de semillas al aire. Hablaremos de las que ya están germinando. Y de los obstáculos que mantienen a otras aletargadas. Un espacio para pensar en ingredientes que nos faciliten construir alternativas sostenibles y vidas vivibles.</description>
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		<title>#COP21 o cómo la agroindustria se aseguró su parte del pastel</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2016 17:24:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
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		<category><![CDATA[CRISIS CLIMÁTICA]]></category>
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		<description><![CDATA[El entusiasmo con el que los mass media han presentado los resultados de la COP21, contrasta con la lectura que se realiza desde movimientos ecologistas y defensores de la Soberanía Alimentaria. Y es que la exaltación de más de un medio de comunicación, merecía ciertas matizaciones. De hecho, la inclusión de la palabra “vinculante” bajo grandes titulares no parece la fórmula más adecuada para intentar explicar la complejidad del Acuerdo. Es cierto que el texto firmado en París, técnicamente, tiene carácter obligatorio; pero no es asunto menor que se haya elegido la herramienta con menor fuerza legal (en la escala jurídica, el Acuerdo es una figura menos vinculante que otros instrumentos como el Protocolo), que los compromisos nacionales para reducir emisiones se queden en meras recomendaciones, que no se establezcan mecanismos para sancionar los incumplimientos de los gobiernos, o que el texto esté lleno de frases genéricas y declaraciones de intenciones. De hecho, es esta vaguedad del Acuerdo de París la pieza clave que ha favorecido que Estados Unidos se sume al texto ya que, de otra forma, tendría que pasarlo por un Senado donde se hubiera topado con el veto republicano. Esta falta de contexto con la que los grandes medios han empleado la palabra vinculante es sólo una de las pistas de este “entusiasmo exagerado” que ha rodeado a la COP21. Entre las novedades que presenta el Acuerdo de París ha pasado algo desapercibido el hecho de que la seguridad alimentaria aparezca nombrada por primera vez en un acuerdo climático global. Más aún, actividades como la agricultura, la silvicultura y la pesca ocupan un lugar destacado en las acciones que los países pueden proponer en el marco del Acuerdo de París. De los 186 Estados que han presentado sus planes voluntarios para reducir sus emisiones, en torno a un centenar incluyen medidas vinculadas con la agricultura y el uso del suelo. Por fin, la agricultura se ha hecho un hueco entre medidas que solían hablar sobre energía, usos forestales y transporte. Si durante años los temas agrarios estaban en un segundo plano, poco a poco comienzan a ganar peso en la agenda climática. Desafortunadamente, lo hacen de la mano y bajo el impulso de una agroindustria que ha pasado de mirar para otro lado en foros y negociaciones climáticas, a dar un paso al frente y autoproponerse como parte de las soluciones con su propuesta de “agricultura climáticamente inteligente”. La agroindustria sabía que no podía continuar colocándose de perfil en las cumbres sobre cambio climático. Tanto su aporte en forma de gases de efecto invernadero, como la alta vulnerabilidad de la agricultura ante los futuros escenarios iban a terminar poniendo el foco sobre su responsabilidad en este tema. Y así ha ocurrido. Lejos quedaron los años en los que diferentes estudios, entre ellos el prestigioso informe Stern, sólo concedían a la agricultura algún valor entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. El propio panel de expertos de la ONU, el IPCC, consideró necesario revisar sus inventarios de emisiones y la cifra ascendió al 24% (ver página 9). Y eso sin considerar cada uno de los eslabones de los que se compone el sistema alimentario global. Si lo hacemos, el sistema alimentario puede pasar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero, aportando entre un 44 y un 57% de las emisiones. Más allá de contribuir de forma protagónica a las causas del cambio climático, se trata de uno de los sectores más vulnerables a los futuros escenarios climáticos. Según el IPCC, para 2050 se prevee un aumento de la inseguridad alimentaria de entre un 15 y un 40%. Ante la posibilidad de que todos los focos señalaran a la agroindustria, las grandes multinacionales del mundo de la alimentación comenzaron a preparar su estrategia de contraataque con un eje central: la agricultura climáticamente inteligente. Aunque el concepto fue propuesto por primera vez en 2009, no fue hasta 2015 que se creó la Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente. Una iniciativa que, con el apoyo del Banco Mundial y la participación activa de empresas como Syngenta, Yara, Kellogg&#8217;s y otras corporaciones del mundo de los fertilizantes, los alimentos kilométricos o las cadenas de frío globales, recorre el mundo afirmando que ellas sí saben cómo reducir las emisiones. Ver para creer. Algo que no debemos pasar por alto es que, hasta ahora, la construcción del discurso en torno a las alternativas en el ámbito de la alimentación ha sido tradicionalmente liderada desde movimientos campesinos, ecologistas y/o con vocación de justicia social. De hecho, la agroindustria suele llegar con retraso y acaba intentando cooptar conceptos que nacieron precisamente para criticarla. Que Carrefour tenga una línea de alimentos ecológicos o que McDonald&#8217;s haga lo propio con el Comercio Justo son escenarios rocambolescos que obligan a los movimientos de base a reinventarse y seguir proponiendo nuevos marcos discursivos. En pocas ocasiones la agroindustria toma la iniciativa pero, a veces, pasa. Con el concepto de “agricultura climáticamente inteligente” tenemos un jugoso caso para diseccionar. Frente a la confrontación o la cooptación del discurso crítico, mucho mejor generar un concepto voluble que esquive las balas. Vayamos a la sección de Preguntas Frecuentes del dosier “Knowledge on Climate Smart Agriculture”, firmado por la FAO. No tiene desperdicio. Al explicar la posición de este modelo agrícola respecto a conceptos tan antagónicos como los transgénicos o la agroecología, demuestra una calculada ambigüedad digna de los mejores expertos en marketing político. Por un lado, afirma que la agroecología puede jugar un papel clave en la reducción de emisiones. Por otro, y tan sólo cinco líneas más tarde, reconoce que ni está en contra ni promueve los transgénicos, que la decisión sobre su uso queda en manos del marco legal de cada país. Una fabulosa forma de limpiarse las manos, dejando una estela de ecuanimidad que obvia la imposibilidad de nadar entre las aguas de dos modelos que se oponen en su concepción sobre qué lugar deben ocupar los derechos campesinos y la vida en su conjunto. Si el “falso centro político” hablara sobre agricultura, sin duda elegiría la agricultura climáticamente responsable como el ejemplo a seguir. No es casualidad que encontremos documentos de la FAO explicando y defendiendo la propuesta de este modelo agrícola. Fue la propia FAO la que empezó a usar este concepto y, desde entonces, se ha convertido en su firme defensora. Haciendo uso de una imagen más “amable” y “desinteresada” que la que pueden ofrecer los miembros privados de la Alianza (como ya señalamos: un 60% de sus promotores privados proceden de la industria de los fertilizantes), la FAO ha conseguido que la agricultura climáticamente inteligente sea tenida cuenta como de las propuestas dignas de recibir financiación por instituciones como el Fondo Verde para el Clima. Al final, es éste el órgano que va a gestionar parte de los los 100.000 millones de dólares anuales comprometidos hasta 2020. Para que un proyecto pueda recibir financiación del Fondo, se necesita que su solicitud sea tramitada a través de una entidad acreditada. ¿Qué organización será la que ayude a bajar fondos del Fondo para subvencionar los planes de la agroindustria? Adivinen&#8230; La FAO está en proceso de conseguir dicha acreditación y, como ella misma reconoce, aprovechará ese nuevo estatus para financiar proyectos vinculados con la agricultura climáticamente inteligente. Por fin, la agroindustria podrá disfrutar del grifo millonario que gestiona el Fondo Verde para el Clima. La agricultura climáticamente inteligente adquiere la forma de hucha en la que el Fondo introducirá el dinero con el que los países industrializados consiguen compensar sus emisiones. Más allá de intentar aparecer en preámbulos de Acuerdos que no aseguran su cumplimiento, la agroindustria ha ido ejecutando una inteligente hoja de ruta para que su modelo agrícola pudiera ser concebido como una solución frente al cambio climático. Con la inclusión de la FAO entre las entidades acreditadas por el Fondo Verde para el Clima se completa parte del plan. La COP21 ha sido un éxito, sí… pero sólo para algunos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">El entusiasmo con el que los <i>mass media</i> han presentado los resultados de la COP21, contrasta con la lectura que se realiza desde <a href="https://www.tierra.org/spip/spip.php?article2314">movimientos ecologistas</a> y <a href="http://www.soberaniaalimentaria.info/otros-documentos/debates/296-cop21-se-cierra-el-telon-de-la-mascarada#.VnAOqlSuLnY.twitter">defensores de la Soberanía Alimentaria</a>. Y es que la exaltación de más de un medio de comunicación, merecía ciertas matizaciones. De hecho, la inclusión de la palabra “vinculante” <a href="http://www.europapress.es/internacional/noticia-acuerdo-paris-sera-legalmente-vinculante-limitara-calentamiento-debajo-dos-grados-20151212120934.html">bajo grandes titulares</a> no parece la fórmula más adecuada para intentar explicar la complejidad del Acuerdo. Es cierto que el texto firmado en París, técnicamente, tiene carácter obligatorio; pero no es asunto menor que se haya elegido la herramienta <a href="https://www.ecologistasenaccion.org/article31348.html">con menor fuerza legal </a>(en la escala jurídica, el Acuerdo es una figura menos vinculante que otros instrumentos como el Protocolo), que los compromisos nacionales para reducir emisiones se queden en meras recomendaciones, que no se establezcan mecanismos para sancionar los incumplimientos de los gobiernos, o que el texto esté lleno de frases genéricas y declaraciones de intenciones. De hecho, es esta vaguedad del <a href="http://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/spa/l09s.pdf">Acuerdo de París</a> la pieza clave que ha favorecido que Estados Unidos se sume al texto ya que, de otra forma, tendría que pasarlo por un Senado donde se hubiera topado con el veto republicano. Esta falta de contexto con la que los grandes medios han empleado la palabra vinculante es sólo una de las pistas de este <a href="http://www.proceso.com.mx/?p=423865">“entusiasmo exagerado”</a> que ha rodeado a la COP21.</p>
<p align="justify">Entre las novedades que presenta el Acuerdo de París <strong>ha pasado algo desapercibido el hecho de que la <i>seguridad alimentaria</i> aparezca nombrada por primera vez en un acuerdo climático global.</strong> Más aún, actividades como la agricultura, la silvicultura y la pesca <a href="http://www.fao.org/news/story/es/item/358390/icode/">ocupan un lugar destacado</a> en las acciones que los países pueden proponer en el marco del Acuerdo de París. De los 186 Estados que han presentado sus planes voluntarios para reducir sus emisiones, en torno a un centenar incluyen medidas vinculadas con la agricultura y el uso del suelo. Por fin, la agricultura se ha hecho un hueco entre medidas que solían hablar sobre energía, usos forestales y transporte. Si durante años los temas agrarios estaban en un segundo plano, poco a poco comienzan a ganar peso en la agenda climática. Desafortunadamente, lo hacen de la mano y bajo el impulso de una agroindustria que ha pasado de mirar para otro lado en foros y negociaciones climáticas, a dar un paso al frente y autoproponerse como parte de las soluciones con su propuesta de “agricultura climáticamente inteligente”.</p>
<p align="justify">La agroindustria sabía que no podía continuar colocándose de perfil en las cumbres sobre cambio climático. Tanto su aporte en forma de gases de efecto invernadero, como la alta vulnerabilidad de la agricultura ante los futuros escenarios iban a terminar poniendo el foco sobre su responsabilidad en este tema. Y así ha ocurrido. Lejos quedaron los años en los que diferentes estudios, entre ellos <a href="http://assets.panda.org/downloads/informe_stern.pdf">el prestigioso informe Stern</a>, sólo concedían a la agricultura algún valor entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. El propio panel de expertos de la ONU, el IPCC, consideró necesario revisar sus inventarios de emisiones y la cifra ascendió al 24% (<a href="https://www.ipcc.ch/pdf/assessment-report/ar5/wg3/WG3AR5_SPM_brochure_es.pdf">ver página 9</a>). Y eso sin considerar cada uno de los eslabones de los que se compone el sistema alimentario global. Si lo hacemos, el sistema alimentario puede pasar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero, <a href="https://www.grain.org/article/entries/4364-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado">aportando entre un 44 y un 57% de las emisiones</a>. Más allá de contribuir de forma protagónica a las causas del cambio climático, se trata de uno de los sectores más vulnerables a los futuros escenarios climáticos. <a href="http://www.cidse.org/publications/just-food/food-and-climate/csa-the-emperor-s-new-clothes.html">Según el IPCC</a>, para 2050 se prevee un aumento de la inseguridad alimentaria de entre un 15 y un 40%. <strong>Ante la posibilidad de que todos los focos señalaran a la agroindustria, las grandes multinacionales del mundo de la alimentación comenzaron a preparar su estrategia de contraataque con un eje central: la agricultura climáticamente inteligente.</strong></p>
<p align="justify">Aunque el concepto fue propuesto por primera vez en 2009, no fue hasta 2015 que se creó la <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5276-las-exxons-de-la-agricultura">Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente</a>. Una iniciativa que, con el apoyo del Banco Mundial y la participación activa de empresas como Syngenta, Yara, Kellogg&#8217;s y otras corporaciones del mundo de los fertilizantes, los alimentos kilométricos o las cadenas de frío globales, recorre el mundo afirmando que ellas sí saben cómo reducir las emisiones. Ver para creer. Algo que no debemos pasar por alto es que, hasta ahora, la construcción del discurso en torno a las alternativas en el ámbito de la alimentación ha sido tradicionalmente liderada desde movimientos campesinos, ecologistas y/o con vocación de justicia social. De hecho, la agroindustria suele llegar con retraso y acaba intentando cooptar conceptos que nacieron precisamente para criticarla. Que Carrefour tenga una línea de alimentos ecológicos o que McDonald&#8217;s haga lo propio con el Comercio Justo son escenarios rocambolescos que obligan a los movimientos de base a reinventarse y seguir proponiendo nuevos marcos discursivos. En pocas ocasiones la agroindustria toma la iniciativa pero, a veces, pasa. Con el concepto de “agricultura climáticamente inteligente” tenemos un jugoso caso para diseccionar. Frente a la confrontación o la cooptación del discurso crítico, mucho mejor generar un concepto voluble que esquive las balas.</p>
<p align="justify">Vayamos a la sección de Preguntas Frecuentes del dosier <a href="http://www.fao.org/3/a-i4226e.pdf">“Knowledge on Climate Smart Agriculture”</a>, firmado por la FAO. No tiene desperdicio. Al explicar la posición de este modelo agrícola respecto a conceptos tan antagónicos como los transgénicos o la agroecología, demuestra una calculada ambigüedad digna de los mejores expertos en marketing político. Por un lado, afirma que la agroecología puede jugar un papel clave en la reducción de emisiones. Por otro, y tan sólo cinco líneas más tarde, reconoce que ni está en contra ni promueve los transgénicos, que la decisión sobre su uso queda en manos del marco legal de cada país. Una fabulosa forma de limpiarse las manos, dejando <strong>una estela de ecuanimidad que obvia la imposibilidad de nadar entre las aguas de dos modelos que se oponen en su concepción sobre qué lugar deben ocupar los derechos campesinos y la vida en su conjunto.</strong> Si el “falso centro político” hablara sobre agricultura, sin duda elegiría la agricultura climáticamente responsable como el ejemplo a seguir.</p>
<p align="justify">No es casualidad que encontremos documentos de la FAO explicando y defendiendo la propuesta de este modelo agrícola. Fue la propia FAO la que empezó a usar este concepto y, desde entonces, se ha convertido <a href="http://www.fao.org/climate-smart-agriculture/en/">en su firme defensora</a>. Haciendo uso de una imagen más “amable” y “desinteresada” que la que pueden ofrecer los miembros privados de la Alianza (como <a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/alvoleo/2015/10/27/cop21-la-agricultura-que-calienta-el-mundo-se-suma-al-baile/">ya señalamos</a>: un 60% de sus promotores privados proceden de la industria de los fertilizantes), la FAO ha conseguido que la<span style="color: #000000"> agricultura climáticamente inteligente </span><span style="color: #000000">sea tenida cuenta como de las propuestas dignas de recibir financiación por instituciones como el Fondo Verde para el Clima.</span> <span style="color: #000000">Al final, es éste el órgano que va a gestionar parte de los los 100.000 millones de dólares anuales comprometidos hasta 2020. </span><span style="color: #000000">Para que un proyecto pueda recibir financiación del Fondo, se necesita que su solicitud sea tramitada a través de <a href="http://newsroom.unfccc.int/es/flujos-financieros/el-fondo-verde-para-el-clima-acredita-13-nuevas-instituciones/">una entidad acreditada</a>. </span><span style="color: #000000">¿Qué organización será la que ayude a bajar fondos del Fondo para subvencionar los planes de la agroindustria? Adivinen&#8230;</span></p>
<p align="justify"><span style="color: #000000">La FAO está en proceso de conseguir dicha acreditación y, <a href="http://www.fao.org/climate-change/international-finance/green-climate-fund/es/">como ella misma reconoce</a>, aprovechará ese nuevo estatus para financiar proyectos vinculados con la agricultura climáticamente inteligente. Por fin, la agroindustria podrá disfrutar del grifo millonario que gestiona el Fondo Verde para el Clima. L</span><span style="color: #000000">a </span><span style="color: #000000">agricultura climáticamente inteligente </span><span style="color: #000000">adquiere la forma de hucha en la que el </span><span style="color: #000000">F</span><span style="color: #000000">ondo </span><span style="color: #000000">introducirá </span><span style="color: #000000">el dinero con el que los países industrializados consiguen compensar sus emisiones. </span><strong><span style="color: #000000">Más allá de intentar aparecer en preámbulos de Acuerdos que no aseguran su cumplimiento, la agroindustria </span><span style="color: #000000">ha ido ejecutando una </span><span style="color: #000000">inteligente </span><span style="color: #000000">hoja de ruta</span><span style="color: #000000"> para que su modelo agrícola pudiera </span><span style="color: #000000">ser concebido como una solución frente al cambio climático.</span></strong> <span style="color: #000000">Con la inclusión de la FAO entre las entidades acreditadas por el Fondo Verde para el Clima se completa parte del plan. </span><span style="color: #000000">La COP21 ha sido un éxito, sí… pero sólo para algunos.</span></p>
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		<title>COP21: La agricultura que calienta el mundo se suma al baile</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2015 10:47:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
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		<description><![CDATA[Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos. En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar. Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con dos grandes proyectos de geoingeniería (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto. Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático. Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (ver figura 3, pág. 10). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global. Estas son las estimaciones recogidas por la organización internacional GRAIN, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones. A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como el interlocutor principal del establishment en esta materia. El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición. Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: un 60% de los miembros privados de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15. Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina. Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que <strong>cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos.</strong> En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar.</p>
<p align="justify">Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con <strong>dos grandes proyectos de geoingeniería</strong> (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) <a href="http://www.etcgroup.org/es/content/paris-climate-change-spectacular"><strong>de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto.</strong></a> Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático.</p>
<p align="justify">Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (<a href="http://www.fao.org/3/a-i4260s.pdf">ver figura 3, pág. 10</a>). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero.</p>
<p align="justify"><strong>Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global.</strong> Estas son las estimaciones recogidas por la <a href="https://www.grain.org/article/entries/4364-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado">organización internacional GRAIN</a>, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones.</p>
<p align="justify">A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5276-las-exxons-de-la-agricultura">el interlocutor principal del <i>establishment</i> en esta materia</a>. <strong>El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición.</strong> Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: <a href="http://www.cidse.org/publications/just-food/food-and-climate/climate-smart-revolution-or-a-new-era-of-green-washing-2.html">un 60% de los miembros privados</a> de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15.</p>
<p align="justify">Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. <strong>La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina.</strong> Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5100-la-soberania-alimentaria-5-pasos-para-enfriar-el-planeta-y-alimentar-a-su-gente">puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero</a>. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. <strong>Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.</strong></p>
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