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	<title>Otro mundo está en marcha &#187; Ecologías</title>
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	<description>Blogosfera 2015 y más</description>
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		<title>«Canto yo y la montaña baila», de Irene Solà</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Jul 2020 15:24:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela Canto yo y la montaña baila (Canto jo i la muntanya balla, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente. Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera. En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”. La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido. Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue. La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron. La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina. La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece. Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos. El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando. &#160; La versión en inglés de esta reseña puede leerse en EUPL reviews. &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-165" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2020/07/IMG_6996-300x225.jpg" alt="IMG_6996" width="300" height="225" /></a></p>
<p>La frase del premio nobel islandés Halldór Laxness que Irene Solà elige como cita inicial de su novela <em>Canto yo y la montaña baila</em> (<em>Canto jo i la muntanya balla</em>, en su edición original en catalán) ya nos anuncia la supervivencia del valle, todavía habitado de pasado y espectros, pero donde el sol marca la importancia del ahora, del presente.</p>
<p>Estamos en los Pirineos, entre Camprodón y Prats de Molló, zona de alta montaña y frontera que en la memoria va unida al recuerdo de un exilio doloroso y brutal, de una guerra que dejó restos de granadas y balas reposando en sus bosques. Artefactos que una niña recoge, sedimentos del pasado sobre los que reverdece cada primavera.</p>
<p>En medio de tantas visiones distópicas y catastróficas ante la pérdida del patrimonio natural y el deterioro de los ecosistemas, la novela se erige en canto a la relación armónica del ser vivo con su entorno. Desplaza la visión antropocéntrica para mostrarnos a seres que habitan la montaña y se comunican como iguales. No se trata de dominar, sino de la sucesión de ciclos naturales: el abono de la materia inerte vuelve a dar la vida. “Porque siempre hemos estado aquí -dicen las trompetas negras (un tipo de setas)- y las esporas de una son las esporas de todas. La historia de una es la historia de todas”.</p>
<p>La narración deja a otros seres vivos no humanos tomar la palabra, haciendo que en ellos también repose el punto de vista. La montaña omnipresente, testigo no siempre mudo del transcurrir del tiempo, prefiere el silencio, aunque deja clara la insignificancia de la existencia de animales y personas. Las ha visto morir siglo tras siglo. Vivir cerca de la montaña dimensiona esta pequeñez y hace que la vida y las pasiones cobren más intensidad. Quizás sea el conjunto lo que dote de sentido.</p>
<p>Empiezan hablando las nubes. “Son gente poderosa” diría Dersú Uzalá. Domènec lo sabe, sabe lo que significa que en medio de la montaña te agarre la tormenta. Había salido de una casa que le pesaba y quería probar los versos entre esos testigos inmutables de piedra, pero el rayo hace su aparición, inunda de luz y de belleza el drama, y después la vida sigue.</p>
<p>La naturaleza no entiende de censuras ni de leyes humanas. Sigue su curso y es generosa con quienes la entienden. Los espíritus de las mujeres del agua se han quedado a vivir en el bosque. Reivindican la risa y la alegría. Las colgaron por brujas. Sus cicatrices las absorbió el paisaje. Los torturadores infames desaparecieron.</p>
<p>La libertad es el enemigo de la dominación y para reprimirla los hombres se inventaron a un dios malo. Un dios a cuya maldición acudió un rey para impedir que sus hijas se casasen con infieles convirtiéndolas en montañas. Él había impuesto que lo hicieran con príncipes cristianos. La propia Pirene, que da nombre a los Pirineos, fue quemada viva por Gerión y después cubierta con piedras. Las montañas están ahí recordando la historia de la intolerancia humana, de la permanencia de una tradición muchas veces excluyente, de la violencia masculina.</p>
<p>La realidad también engloba todo aquello que no se comprende. La leyenda da explicaciones que desbordan sus límites. El presente sugiere. Los sentimientos humanos van apareciendo, a veces anudados, otras fluyendo. El paso del tiempo lo mueve todo, nada permanece.</p>
<p>Cierra el relato la historia de Mia, la hija de Domènec, el hombre al que le cayó un rayo azaroso, “porque los rayos van donde se les antoja”. Jaume va a verla después de veinticinco años. Se ha cruzado un corzo en su camino y los miedos han vuelto a instalarse en los procelosos nudos de los sentimientos. Él disparó y su mejor amigo se convirtió en fantasma que componía versos.</p>
<p>El pasado marca lo que sucede, el devenir no se detiene, pero el lenguaje también desafía la inercia del acontecer. El ser humano tiene la palabra y ésta es tan poderosa como los rayos. Palabras que–como la propia Irene Solá escribe- “se pueden decir seguidas, como una cuerda”, otras “se encienden como bengalas”, otras queman, otras mejor arrancarlas… Pero todas se pronuncian mientras los ciclos naturales transcurren y mientras la montaña sigue ahí, bailando.</p>
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<p>La versión en inglés de esta reseña puede leerse en <a href="http://www.euprizeliterature.eu/news/eupl-reviews" target="_blank">EUPL reviews</a>.</p>
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		<title>Ceniza de ombú</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Jul 2017 19:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado 23 de mayo presenté la novela Ceniza de ombú en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.  (extracto del cuaderno de Helena, página 77) No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición. Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios. Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino. Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado 23 de mayo presenté la novela <em><a href="http://www.cce.org.uy/ceniza-de-ombu-el-ultimo-libro-de-la-espanola-raquel-martinez-gomez-se-presenta-en-el-cce/" target="_blank">Ceniza de ombú</a></em> en Montevideo. Comparto en este blog el prólogo.</p>
<p><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44.png"><img class="alignnone size-medium wp-image-135" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Captura-de-pantalla-2017-05-21-a-las-10.12.44-212x300.png" alt="Captura de pantalla 2017-05-21 a las 10.12.44" width="212" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-136" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-1-210x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="210" height="300" /></a><a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3.jpeg"><img class="alignnone size-medium wp-image-137" src="http://www.otromundoestaenmarcha.org/ceniza-de-ombu/wp-content/uploads/sites/5/2017/07/Ceniza-de-ombu-ilustaciones-3-211x300.jpeg" alt="Ceniza de ombu - ilustaciones ok" width="211" height="300" /></a></p>
<p><strong> </strong><strong>(extracto del cuaderno de Helena, página 77)</strong></p>
<p style="text-align: justify">No tiene sentido para un biólogo analizar a un ente viviente fuera del periodo que le toca vivir. Tampoco lo tiene para una biógrafa. ¿Cómo resistir entonces esta ceguera? Equilibristas permanecen sobre hilos de seda, aunque a su alrededor se amontona la basura, desechos venenosos, ruedas cuadradas que empujan hacia un precipicio sin marcha atrás. Apenas van quedando sitios de donde sujetar las puntas que sostienen sus privilegios. La vergüenza empieza a rociar los palacios, los neumáticos pinchados son aderezos de un escenario desolador. El simulacro tiene un límite, el lujo es tan vulgar como las preguntas impertinentes y vacías de los programas televisivos. La carcoma va corroyendo las fronteras de la opulencia, nunca más serán aplaudidos los fantasmas de esta descomposición.</p>
<p style="text-align: justify">Gira el planeta, solo un punto minúsculo en el Universo, y hay quienes todavía esta mañana salieron de sus casas sintiéndose en su centro. No es tan triste el vacío, lo peor es desconocer aquello que somos y sentir desprecio por lo que los otros son. Desolador infravalorar la pérdida que supone privar a otras generaciones del privilegio de lo natural. Manantiales de agua envenenados, kilómetros de cemento donde nunca más crecerá la hierba, miles de especies de animales y plantas extinguidas para siempre, alimentos sin sabor, un ambiente irrespirable, un sol del que hay que huir&#8230; Cambiamos la verdadera riqueza por una baratija, el poder de la vida por sortijas de plástico. La estupidez que encierra la avaricia es muda, pero clamará como una tormenta. Los oropeles sólo servirán para adornar, lúgubres, los cementerios.</p>
<p style="text-align: justify">Pero a pesar de este cielo oscuro, de la lluvia ácida, de tanta masa pesada de gases irrespirables, el ser humano es capaz de abrir espacios, de colarse por las grietas, de renacer entre cenizas, de resistir una y otra vez sus propios embates. El instinto de destrucción al lado del ansia de permanencia, la transformación de la avaricia en generosidad. Por esos resquicios penetra otra posibilidad y sus inspiradores mueren también, pero queda su legado. Son huellas fuera del tablero de juego principal que subsisten como testimonio de resistencia. Hacen girar la línea recta y artificial de la historia aprendida, desafían a quienes usan redes de arrastre para multiplicar ganancias sin contar con la sensibilidad que permite distinguir la variada naturaleza de los seres del mar. Eso redime a una parte: aquella que estuvo disconforme con el crecimiento de ese árbol frágil y en terreno poco propicio; que promovió que las ramas, carcomidas en su interior, fueran abatidas y sustituidas por brotes verdes. Su imaginación llevó a una gran pira el tronco de corcho,  la parte hueca y arrancó las raíces que no posibilitarán la subsistencia. Queda saber qué sustituirá a su fragilidad, qué otra especie renacerá de las cenizas del ombú. Aunque el terreno ya no es tan fértil, las capacidades humanas de construcción y destrucción se han multiplicado exponencialmente. A cada mujer, a cada hombre, le tocará decidir de qué lado está y actuar en consecuencia. Hay ríos de tinta, ríos de sangre, testimonios que dejan muda toda la mezquindad. Elijan un camino.</p>
<p style="text-align: justify">Por mi parte, reconozco con modestia la osadía de intentar encerrar el mundo que me tocó vivir en una novela, y además mostrar sus cenizas. Éste fue el resultado.</p>
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		<title>Perdiendo nuestro mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Sep 2016 08:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Raquel Martínez-Gómez]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en Conducta migratoria (Flight Behavior), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. “¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo? –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático. La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo. Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma. Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza: Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto. El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: Money Tree Industries); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido. Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón. El título original de la novela, Flight Behavior, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta. Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los males del Mediterráneo no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en Crematorio y En la orilla? Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. La novela de Kingsolver es una alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías. Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “un concepto creado por los chinos para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”. Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales, cerrando la puerta de golpe sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas. La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de incomunicación muchas de sus causas. Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción: Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon. La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. La pobreza parece ser la única aliada forzosa en la reducción de emisiones de CO2. Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión. Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores. Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse? * En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre Conducta migratoria. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/ @Ecoclubdlectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/ &#160; &#160;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">       Uno de los grandes temas de la literatura, según escribe Bárbara Kingsolver en <em>Conducta migratoria</em> (<em>Flight Behavior</em>), es el hombre contra el hombre y contra sí mismo. <strong>“¿Podría el hombre estar alguna vez a favor de algo?</strong> –se pregunta Dellarobia Turnbow, su protagonista, mientras la escritora nos muestra una humanidad pasiva a la que le falta valentía para enfrentar la amenaza del cambio climático.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver transcurre en una granja de los Apalaches donde de repente aparecen millones de mariposas monarca. La primera vez que Dellarobia presencia los racimos que forman cree que se trata de una enfermedad de los árboles pero, en realidad, <strong>lo que está viendo es un indicio más del anticipo de la pérdida: un incendio sin fuego en el que también arderá su mundo.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Dellarobia huye de una vida que no ha elegido cuando, curiosamente, ya la está perdiendo. Sometida a los designios de su orfandad, de una sociedad tradicional y patriarcal que reproduce los estereotipos de género, de un amor que “le retuerce las entrañas”, algo cambia cuando el entomólogo Ovid Byron acampa en su granja para estudiar los nuevos patrones migratorios de las mariposas monarca. Él la escucha sin el desprecio que muestra su marido hacia sus opiniones y le da una oportunidad para forjar una independencia económica que también se traduce en confianza en sí misma.</p>
<p style="text-align: justify">Byron es, además, quien pone un nombre a lo que la gente del pueblo considera “el milagro de las mariposas”: se llama cambio climático y las monarca solo “son las refugiadas de una catástrofe horrible”. Dellarobia se rebela entonces con lo que otros explican como “los designios de dios”. <strong>Sabe que las amenazas al equilibrio ecosistémico son reales porque las siente en su propia piel, están ahí, y su cuerpo físico parece metamorfosearse con la naturaleza:</strong></p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Ella conservaba aún la sensación de estar hueca después de los años que había pasado con un niño que chillaba para sacarle la leche y otro que monopolizaba su cuerpo por dentro. Había sido como someterse a la vez a obras de minería profunda y cielo abierto</em>.</p>
<p style="text-align: justify">El DDT que su suegro todavía almacena ilegalmente para “fumigar bichos”; la industria maderera (el sarcasmo le pone nombre: <em>Money Tree Industries</em>); los desechos de fabricación humana que inundan el bosque y arrastra la lluvia… Todo ello se traduce en sucesiva pérdidas: la siega, los melocotones del vecino, el forraje para las oveja… En definitiva, en la desaparición del mundo que hasta entonces Dellarobia había conocido.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Las consecuencias ya están ahí y a Dellarobia le parece que la gente no suele <em>esforzarse tanto por parecer inocente sin ninguna razón</em>.</strong> El título original de la novela, <em>Flight Behavior</em>, anuncia esa necesidad de salir corriendo de un lugar peligroso o incómodo: de preferir ignorar el impacto de nuestro modelo de vida en el planeta.</p>
<p style="text-align: justify">Este verano había quien todavía se extrañaba de que el Mar Menor estuviera turbio por la contaminación. ¿Es que acaso los <a href="http://www.ipsnoticias.net/2016/06/el-mar-de-la-contaminacion-alias-mediterraneo/">males del Mediterráneo</a> no están relacionados con el modelo insostenible, corrupto y criminal que tan bien relata Rafael Chirbes en <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2013/02/28/actualidad/1362067884_779080.html"><em>Crematorio</em></a> y <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/en-la-orilla/9788433997593/NH_512"><em>En la orilla</em></a>?</p>
<p style="text-align: justify">Quizás por eso las ovejas que la protagonista observa parecen más listas y realistas que las personas: soportan <em>con paciencia el caos generado por los indisciplinados humanos, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La novela de Kingsolver es una <strong>alegato contra quienes mienten impunemente negando la existencia del cambio climático para salvaguardar los intereses de las minorías.</strong> Los retrata y no podemos dejar de pensar en el candidato xenófobo y machista a la presidencia de los EEUU pregonando que solo es “<a href="http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=3aa442f5-96dc-4ac1-a898-cfc72cfc18a9">un concepto creado por los chinos</a> para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.</p>
<p style="text-align: justify">Pero el relato también apunta a quienes huyen fabricándose <em>sus pequeñas casas de autocomplacencia y bendiciones especiales</em>, cerrando la puerta de golpe <em>sin saber que las montañas a sus espaldas estaban en llamas</em>.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>La cadena de conformismo, ignorancia, mentira y pasividad encuentra en la negligencia de algunos medios de <em>in</em>comunicación muchas de sus causas.</strong> Para evitar que sean los periodistas sin rigor ni análisis quienes hablen de lo que deberían hablar los científicos, Dellarobia arrastra a Byron a que se enfrente a la televisión. Aunque el comportamiento de la entrevistadora no le deja mucha opción:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><em>Está dejando que una agencia de relaciones públicas le dicte los guiones, la misma agencia que durante una década se dedicó a fabricar dudas acerca de la relación entre el tabaco y el cáncer (…). Cuando Philip Morris dejó de pagarles, firmaron un contrato con la petrolera Exxon</em>.</p>
<p style="text-align: justify">La caricatura llega al esperpento cuando un ecologista venido de la ciudad muestra a Dellarobia la lista de medidas con la que la gente podía comprometerse para reducir su consumo de carbono. Los mensajes van dirigidos a una clase acomodada a la que sin duda ella no pertenece. <a href="https://www.theguardian.com/books/2012/nov/11/flight-behaviour-barbara-kingsolver-review">La pobreza parece ser la única aliada</a> forzosa en la reducción de emisiones de CO2.</p>
<p style="text-align: justify">Pocas explicaciones necesita quien vive en la cuerda floja a diario. Dellarobia no tiene otra opción que comprar en tiendas de segunda mano y nunca llegó ni a plantearse la posibilidad de coger un avión.</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px">Mientras camina por las tiendas de todo a un dólar piensa en <em>las cantidades ingentes de trabajadores mal pagados que producían trastos de ínfima calidad para otros trabajadores mal pagados que los compraban y usaban, y vivían su vida más que nada para cancelarse mutuamente atrapados en una trampa mundial para perdedores</em>.</p>
<p style="text-align: justify">Por esto y mucho más Dellarobia siente que todo lo que tiene en la vida “era irrompible o estaba roto”. <strong>Ella, que no había sabido cómo reaccionar unas semanas antes en presencia de una familia mexicana procedente de Michoacán <em>que había perdido su mundo, incluida la montaña bajo sus pies y las mariposas que llenaban el aire</em>, tiene que enfrentarse al final de la novela a la pérdida del suyo</strong>. ¿Esperaremos nosotras sin hacer nada a ver el nuestro hundirse?</p>
<p>* En la próxima sesión presencial del Ecoclub de lectura, que tendrá lugar el 4 de octubre, se conversará sobre <em>Conducta migratoria</em>. De 20 a 21.30h en La Casa Encendida (Madrid). Enlaces Facebook,Twitter y WordPress</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura/</a></p>
<p>@Ecoclubdlectura</p>
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		<title>#COP21 o cómo la agroindustria se aseguró su parte del pastel</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2016 17:24:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
		<category><![CDATA[Agricultura climáticamente inteligente]]></category>
		<category><![CDATA[CRISIS CLIMÁTICA]]></category>
		<category><![CDATA[SOBERANÍA ALIMENTARIA]]></category>

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		<description><![CDATA[El entusiasmo con el que los mass media han presentado los resultados de la COP21, contrasta con la lectura que se realiza desde movimientos ecologistas y defensores de la Soberanía Alimentaria. Y es que la exaltación de más de un medio de comunicación, merecía ciertas matizaciones. De hecho, la inclusión de la palabra “vinculante” bajo grandes titulares no parece la fórmula más adecuada para intentar explicar la complejidad del Acuerdo. Es cierto que el texto firmado en París, técnicamente, tiene carácter obligatorio; pero no es asunto menor que se haya elegido la herramienta con menor fuerza legal (en la escala jurídica, el Acuerdo es una figura menos vinculante que otros instrumentos como el Protocolo), que los compromisos nacionales para reducir emisiones se queden en meras recomendaciones, que no se establezcan mecanismos para sancionar los incumplimientos de los gobiernos, o que el texto esté lleno de frases genéricas y declaraciones de intenciones. De hecho, es esta vaguedad del Acuerdo de París la pieza clave que ha favorecido que Estados Unidos se sume al texto ya que, de otra forma, tendría que pasarlo por un Senado donde se hubiera topado con el veto republicano. Esta falta de contexto con la que los grandes medios han empleado la palabra vinculante es sólo una de las pistas de este “entusiasmo exagerado” que ha rodeado a la COP21. Entre las novedades que presenta el Acuerdo de París ha pasado algo desapercibido el hecho de que la seguridad alimentaria aparezca nombrada por primera vez en un acuerdo climático global. Más aún, actividades como la agricultura, la silvicultura y la pesca ocupan un lugar destacado en las acciones que los países pueden proponer en el marco del Acuerdo de París. De los 186 Estados que han presentado sus planes voluntarios para reducir sus emisiones, en torno a un centenar incluyen medidas vinculadas con la agricultura y el uso del suelo. Por fin, la agricultura se ha hecho un hueco entre medidas que solían hablar sobre energía, usos forestales y transporte. Si durante años los temas agrarios estaban en un segundo plano, poco a poco comienzan a ganar peso en la agenda climática. Desafortunadamente, lo hacen de la mano y bajo el impulso de una agroindustria que ha pasado de mirar para otro lado en foros y negociaciones climáticas, a dar un paso al frente y autoproponerse como parte de las soluciones con su propuesta de “agricultura climáticamente inteligente”. La agroindustria sabía que no podía continuar colocándose de perfil en las cumbres sobre cambio climático. Tanto su aporte en forma de gases de efecto invernadero, como la alta vulnerabilidad de la agricultura ante los futuros escenarios iban a terminar poniendo el foco sobre su responsabilidad en este tema. Y así ha ocurrido. Lejos quedaron los años en los que diferentes estudios, entre ellos el prestigioso informe Stern, sólo concedían a la agricultura algún valor entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. El propio panel de expertos de la ONU, el IPCC, consideró necesario revisar sus inventarios de emisiones y la cifra ascendió al 24% (ver página 9). Y eso sin considerar cada uno de los eslabones de los que se compone el sistema alimentario global. Si lo hacemos, el sistema alimentario puede pasar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero, aportando entre un 44 y un 57% de las emisiones. Más allá de contribuir de forma protagónica a las causas del cambio climático, se trata de uno de los sectores más vulnerables a los futuros escenarios climáticos. Según el IPCC, para 2050 se prevee un aumento de la inseguridad alimentaria de entre un 15 y un 40%. Ante la posibilidad de que todos los focos señalaran a la agroindustria, las grandes multinacionales del mundo de la alimentación comenzaron a preparar su estrategia de contraataque con un eje central: la agricultura climáticamente inteligente. Aunque el concepto fue propuesto por primera vez en 2009, no fue hasta 2015 que se creó la Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente. Una iniciativa que, con el apoyo del Banco Mundial y la participación activa de empresas como Syngenta, Yara, Kellogg&#8217;s y otras corporaciones del mundo de los fertilizantes, los alimentos kilométricos o las cadenas de frío globales, recorre el mundo afirmando que ellas sí saben cómo reducir las emisiones. Ver para creer. Algo que no debemos pasar por alto es que, hasta ahora, la construcción del discurso en torno a las alternativas en el ámbito de la alimentación ha sido tradicionalmente liderada desde movimientos campesinos, ecologistas y/o con vocación de justicia social. De hecho, la agroindustria suele llegar con retraso y acaba intentando cooptar conceptos que nacieron precisamente para criticarla. Que Carrefour tenga una línea de alimentos ecológicos o que McDonald&#8217;s haga lo propio con el Comercio Justo son escenarios rocambolescos que obligan a los movimientos de base a reinventarse y seguir proponiendo nuevos marcos discursivos. En pocas ocasiones la agroindustria toma la iniciativa pero, a veces, pasa. Con el concepto de “agricultura climáticamente inteligente” tenemos un jugoso caso para diseccionar. Frente a la confrontación o la cooptación del discurso crítico, mucho mejor generar un concepto voluble que esquive las balas. Vayamos a la sección de Preguntas Frecuentes del dosier “Knowledge on Climate Smart Agriculture”, firmado por la FAO. No tiene desperdicio. Al explicar la posición de este modelo agrícola respecto a conceptos tan antagónicos como los transgénicos o la agroecología, demuestra una calculada ambigüedad digna de los mejores expertos en marketing político. Por un lado, afirma que la agroecología puede jugar un papel clave en la reducción de emisiones. Por otro, y tan sólo cinco líneas más tarde, reconoce que ni está en contra ni promueve los transgénicos, que la decisión sobre su uso queda en manos del marco legal de cada país. Una fabulosa forma de limpiarse las manos, dejando una estela de ecuanimidad que obvia la imposibilidad de nadar entre las aguas de dos modelos que se oponen en su concepción sobre qué lugar deben ocupar los derechos campesinos y la vida en su conjunto. Si el “falso centro político” hablara sobre agricultura, sin duda elegiría la agricultura climáticamente responsable como el ejemplo a seguir. No es casualidad que encontremos documentos de la FAO explicando y defendiendo la propuesta de este modelo agrícola. Fue la propia FAO la que empezó a usar este concepto y, desde entonces, se ha convertido en su firme defensora. Haciendo uso de una imagen más “amable” y “desinteresada” que la que pueden ofrecer los miembros privados de la Alianza (como ya señalamos: un 60% de sus promotores privados proceden de la industria de los fertilizantes), la FAO ha conseguido que la agricultura climáticamente inteligente sea tenida cuenta como de las propuestas dignas de recibir financiación por instituciones como el Fondo Verde para el Clima. Al final, es éste el órgano que va a gestionar parte de los los 100.000 millones de dólares anuales comprometidos hasta 2020. Para que un proyecto pueda recibir financiación del Fondo, se necesita que su solicitud sea tramitada a través de una entidad acreditada. ¿Qué organización será la que ayude a bajar fondos del Fondo para subvencionar los planes de la agroindustria? Adivinen&#8230; La FAO está en proceso de conseguir dicha acreditación y, como ella misma reconoce, aprovechará ese nuevo estatus para financiar proyectos vinculados con la agricultura climáticamente inteligente. Por fin, la agroindustria podrá disfrutar del grifo millonario que gestiona el Fondo Verde para el Clima. La agricultura climáticamente inteligente adquiere la forma de hucha en la que el Fondo introducirá el dinero con el que los países industrializados consiguen compensar sus emisiones. Más allá de intentar aparecer en preámbulos de Acuerdos que no aseguran su cumplimiento, la agroindustria ha ido ejecutando una inteligente hoja de ruta para que su modelo agrícola pudiera ser concebido como una solución frente al cambio climático. Con la inclusión de la FAO entre las entidades acreditadas por el Fondo Verde para el Clima se completa parte del plan. La COP21 ha sido un éxito, sí… pero sólo para algunos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">El entusiasmo con el que los <i>mass media</i> han presentado los resultados de la COP21, contrasta con la lectura que se realiza desde <a href="https://www.tierra.org/spip/spip.php?article2314">movimientos ecologistas</a> y <a href="http://www.soberaniaalimentaria.info/otros-documentos/debates/296-cop21-se-cierra-el-telon-de-la-mascarada#.VnAOqlSuLnY.twitter">defensores de la Soberanía Alimentaria</a>. Y es que la exaltación de más de un medio de comunicación, merecía ciertas matizaciones. De hecho, la inclusión de la palabra “vinculante” <a href="http://www.europapress.es/internacional/noticia-acuerdo-paris-sera-legalmente-vinculante-limitara-calentamiento-debajo-dos-grados-20151212120934.html">bajo grandes titulares</a> no parece la fórmula más adecuada para intentar explicar la complejidad del Acuerdo. Es cierto que el texto firmado en París, técnicamente, tiene carácter obligatorio; pero no es asunto menor que se haya elegido la herramienta <a href="https://www.ecologistasenaccion.org/article31348.html">con menor fuerza legal </a>(en la escala jurídica, el Acuerdo es una figura menos vinculante que otros instrumentos como el Protocolo), que los compromisos nacionales para reducir emisiones se queden en meras recomendaciones, que no se establezcan mecanismos para sancionar los incumplimientos de los gobiernos, o que el texto esté lleno de frases genéricas y declaraciones de intenciones. De hecho, es esta vaguedad del <a href="http://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/spa/l09s.pdf">Acuerdo de París</a> la pieza clave que ha favorecido que Estados Unidos se sume al texto ya que, de otra forma, tendría que pasarlo por un Senado donde se hubiera topado con el veto republicano. Esta falta de contexto con la que los grandes medios han empleado la palabra vinculante es sólo una de las pistas de este <a href="http://www.proceso.com.mx/?p=423865">“entusiasmo exagerado”</a> que ha rodeado a la COP21.</p>
<p align="justify">Entre las novedades que presenta el Acuerdo de París <strong>ha pasado algo desapercibido el hecho de que la <i>seguridad alimentaria</i> aparezca nombrada por primera vez en un acuerdo climático global.</strong> Más aún, actividades como la agricultura, la silvicultura y la pesca <a href="http://www.fao.org/news/story/es/item/358390/icode/">ocupan un lugar destacado</a> en las acciones que los países pueden proponer en el marco del Acuerdo de París. De los 186 Estados que han presentado sus planes voluntarios para reducir sus emisiones, en torno a un centenar incluyen medidas vinculadas con la agricultura y el uso del suelo. Por fin, la agricultura se ha hecho un hueco entre medidas que solían hablar sobre energía, usos forestales y transporte. Si durante años los temas agrarios estaban en un segundo plano, poco a poco comienzan a ganar peso en la agenda climática. Desafortunadamente, lo hacen de la mano y bajo el impulso de una agroindustria que ha pasado de mirar para otro lado en foros y negociaciones climáticas, a dar un paso al frente y autoproponerse como parte de las soluciones con su propuesta de “agricultura climáticamente inteligente”.</p>
<p align="justify">La agroindustria sabía que no podía continuar colocándose de perfil en las cumbres sobre cambio climático. Tanto su aporte en forma de gases de efecto invernadero, como la alta vulnerabilidad de la agricultura ante los futuros escenarios iban a terminar poniendo el foco sobre su responsabilidad en este tema. Y así ha ocurrido. Lejos quedaron los años en los que diferentes estudios, entre ellos <a href="http://assets.panda.org/downloads/informe_stern.pdf">el prestigioso informe Stern</a>, sólo concedían a la agricultura algún valor entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. El propio panel de expertos de la ONU, el IPCC, consideró necesario revisar sus inventarios de emisiones y la cifra ascendió al 24% (<a href="https://www.ipcc.ch/pdf/assessment-report/ar5/wg3/WG3AR5_SPM_brochure_es.pdf">ver página 9</a>). Y eso sin considerar cada uno de los eslabones de los que se compone el sistema alimentario global. Si lo hacemos, el sistema alimentario puede pasar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero, <a href="https://www.grain.org/article/entries/4364-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado">aportando entre un 44 y un 57% de las emisiones</a>. Más allá de contribuir de forma protagónica a las causas del cambio climático, se trata de uno de los sectores más vulnerables a los futuros escenarios climáticos. <a href="http://www.cidse.org/publications/just-food/food-and-climate/csa-the-emperor-s-new-clothes.html">Según el IPCC</a>, para 2050 se prevee un aumento de la inseguridad alimentaria de entre un 15 y un 40%. <strong>Ante la posibilidad de que todos los focos señalaran a la agroindustria, las grandes multinacionales del mundo de la alimentación comenzaron a preparar su estrategia de contraataque con un eje central: la agricultura climáticamente inteligente.</strong></p>
<p align="justify">Aunque el concepto fue propuesto por primera vez en 2009, no fue hasta 2015 que se creó la <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5276-las-exxons-de-la-agricultura">Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente</a>. Una iniciativa que, con el apoyo del Banco Mundial y la participación activa de empresas como Syngenta, Yara, Kellogg&#8217;s y otras corporaciones del mundo de los fertilizantes, los alimentos kilométricos o las cadenas de frío globales, recorre el mundo afirmando que ellas sí saben cómo reducir las emisiones. Ver para creer. Algo que no debemos pasar por alto es que, hasta ahora, la construcción del discurso en torno a las alternativas en el ámbito de la alimentación ha sido tradicionalmente liderada desde movimientos campesinos, ecologistas y/o con vocación de justicia social. De hecho, la agroindustria suele llegar con retraso y acaba intentando cooptar conceptos que nacieron precisamente para criticarla. Que Carrefour tenga una línea de alimentos ecológicos o que McDonald&#8217;s haga lo propio con el Comercio Justo son escenarios rocambolescos que obligan a los movimientos de base a reinventarse y seguir proponiendo nuevos marcos discursivos. En pocas ocasiones la agroindustria toma la iniciativa pero, a veces, pasa. Con el concepto de “agricultura climáticamente inteligente” tenemos un jugoso caso para diseccionar. Frente a la confrontación o la cooptación del discurso crítico, mucho mejor generar un concepto voluble que esquive las balas.</p>
<p align="justify">Vayamos a la sección de Preguntas Frecuentes del dosier <a href="http://www.fao.org/3/a-i4226e.pdf">“Knowledge on Climate Smart Agriculture”</a>, firmado por la FAO. No tiene desperdicio. Al explicar la posición de este modelo agrícola respecto a conceptos tan antagónicos como los transgénicos o la agroecología, demuestra una calculada ambigüedad digna de los mejores expertos en marketing político. Por un lado, afirma que la agroecología puede jugar un papel clave en la reducción de emisiones. Por otro, y tan sólo cinco líneas más tarde, reconoce que ni está en contra ni promueve los transgénicos, que la decisión sobre su uso queda en manos del marco legal de cada país. Una fabulosa forma de limpiarse las manos, dejando <strong>una estela de ecuanimidad que obvia la imposibilidad de nadar entre las aguas de dos modelos que se oponen en su concepción sobre qué lugar deben ocupar los derechos campesinos y la vida en su conjunto.</strong> Si el “falso centro político” hablara sobre agricultura, sin duda elegiría la agricultura climáticamente responsable como el ejemplo a seguir.</p>
<p align="justify">No es casualidad que encontremos documentos de la FAO explicando y defendiendo la propuesta de este modelo agrícola. Fue la propia FAO la que empezó a usar este concepto y, desde entonces, se ha convertido <a href="http://www.fao.org/climate-smart-agriculture/en/">en su firme defensora</a>. Haciendo uso de una imagen más “amable” y “desinteresada” que la que pueden ofrecer los miembros privados de la Alianza (como <a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/alvoleo/2015/10/27/cop21-la-agricultura-que-calienta-el-mundo-se-suma-al-baile/">ya señalamos</a>: un 60% de sus promotores privados proceden de la industria de los fertilizantes), la FAO ha conseguido que la<span style="color: #000000"> agricultura climáticamente inteligente </span><span style="color: #000000">sea tenida cuenta como de las propuestas dignas de recibir financiación por instituciones como el Fondo Verde para el Clima.</span> <span style="color: #000000">Al final, es éste el órgano que va a gestionar parte de los los 100.000 millones de dólares anuales comprometidos hasta 2020. </span><span style="color: #000000">Para que un proyecto pueda recibir financiación del Fondo, se necesita que su solicitud sea tramitada a través de <a href="http://newsroom.unfccc.int/es/flujos-financieros/el-fondo-verde-para-el-clima-acredita-13-nuevas-instituciones/">una entidad acreditada</a>. </span><span style="color: #000000">¿Qué organización será la que ayude a bajar fondos del Fondo para subvencionar los planes de la agroindustria? Adivinen&#8230;</span></p>
<p align="justify"><span style="color: #000000">La FAO está en proceso de conseguir dicha acreditación y, <a href="http://www.fao.org/climate-change/international-finance/green-climate-fund/es/">como ella misma reconoce</a>, aprovechará ese nuevo estatus para financiar proyectos vinculados con la agricultura climáticamente inteligente. Por fin, la agroindustria podrá disfrutar del grifo millonario que gestiona el Fondo Verde para el Clima. L</span><span style="color: #000000">a </span><span style="color: #000000">agricultura climáticamente inteligente </span><span style="color: #000000">adquiere la forma de hucha en la que el </span><span style="color: #000000">F</span><span style="color: #000000">ondo </span><span style="color: #000000">introducirá </span><span style="color: #000000">el dinero con el que los países industrializados consiguen compensar sus emisiones. </span><strong><span style="color: #000000">Más allá de intentar aparecer en preámbulos de Acuerdos que no aseguran su cumplimiento, la agroindustria </span><span style="color: #000000">ha ido ejecutando una </span><span style="color: #000000">inteligente </span><span style="color: #000000">hoja de ruta</span><span style="color: #000000"> para que su modelo agrícola pudiera </span><span style="color: #000000">ser concebido como una solución frente al cambio climático.</span></strong> <span style="color: #000000">Con la inclusión de la FAO entre las entidades acreditadas por el Fondo Verde para el Clima se completa parte del plan. </span><span style="color: #000000">La COP21 ha sido un éxito, sí… pero sólo para algunos.</span></p>
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		<title>¿Qué ha cambiado con la nueva Directiva sobre transgénicos?</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Dec 2015 19:26:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
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		<category><![CDATA[Transgénicos]]></category>

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		<description><![CDATA[Los cultivos y alimentos transgénicos inician una nueva relación con Europa. En esta nueva fase no podemos perder de vista dos procesos con incidencia directa en la manera en que la Unión Europea pretende regular la entrada de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) en su territorio. Por un lado, las reuniones a puerta cerrada del TTIP; por otro, la nueva Directiva europea sobre cultivos transgénicos. Ya comentamos algunas de las implicaciones que el proceso desregulatorio del TTIP puede acarrear para la entrada de alimentos transgénicos que hoy por hoy están prohibidos en la Unión Europa. Respecto a la Directiva 2015/412 sobre cultivos transgénicos, parece necesario reactivar el debate social sobre sus repercusiones, ya que los cambios que introduce no son menores. Con su aprobación el pasado mes de marzo, la citada Directiva deja atrás el marco que ha regulado las autorizaciones de cultivos transgénicos en suelo comunitario durante más de una década. Con el objetivo de agilizar estos procesos, se abandona la idea de conseguir posiciones unánimes y se permite que cada país se posicione en línea o no con las autorizaciones otorgadas. A partir de ahora, aunque la UE de luz verde al cultivo de una determinada variedad transgénica, los Estados miembros podrán desmarcarse y prohibir su cultivo en todo o parte de su territorio. Es pronto para tener una imagen nítida sobre las implicaciones y procesos que puede desatar la nueva normativa, pero alguna pista ya podemos nombrar. Vamos a ello. En primer lugar, puede resultar chocante leer que el principal aporte de la nueva Directiva sea posibilitar que un Estado miembro prohíba en su territorio el cultivo de un OGM autorizado en la UE. Se podría pensar: “Pero… ¿No se supone que Alemania, Francia, Austria, Hungría, Grecia, Luxemburgo, Polonia y Bulgaria ya habían prohibido el único cultivo transgénico existente en Europa, el maíz MON810?” Así es, pero tuvieron que recurrir a mecanismos excepcionales como cláusulas de salvaguardia o medidas de emergencia, que no siempre ofrecieron la mayor de las seguridades jurídicas. De hecho, sus prohibiciones no han estado exentas de polémicas judiciales. En marzo de 2009, el Consejo rechazó la solicitud de la Comisión de pedir a Hungría y a Austria que derogaran sus medidas nacionales de salvaguardia, por no contar con el suficiente fundamento científico de acuerdo con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés). Peor suerte corrió Francia cuya prohibición de cultivo de transgénicos de 2008 fue considerada ilegal primero por el Tribunal de Justicia Europeo y posteriormente por el Consejo de Estado francés. De hecho, probar que la prohibición país por país de un cultivo autorizado por la UE era ilegal ha sido una de las puntas de lanza de empresas como Monsanto. Con esta situación de fondo, un grupo de trece Estados miembros solicitó a la Comisión la elaboración de una propuesta para poder aplicar el principio de subsidiariedad en la prohibición de cultivos de OGM con más garantías. Con la Directiva 2015/412 se consigue un mayor aval jurídico para las restricciones estatales a los transgénicos, eso sí, a costa de profundizar la brecha entre dos Europas divididas por su posición en torno a los alimentos y cultivos de OGM. Es precisamente ese debate enconado entre los países que recelan y los que dan la bienvenida a los transgénicos el que ha ralentizado buena parte de los procesos de autorización de transgénicos para cultivo. En el año 2010, tras 12 años sin que la Unión Europa hubiera otorgado ninguna autorización, una filial de BASF conseguía permiso para el cultivo y comercialización para uso industrial de la patata transgénica Amflora. La noticia tenía un sabor agridulce para la empresa alemana: habían pasado más de 13 años desde que inició el proceso de solicitud, toda una eternidad para una actividad íntimamente ligada a la innovación. El procedimiento descrito en el Reglamento 1829/2003 señala que los países miembros tienen que decidir por mayoría cualificada si aceptan o no la solicitud. Primero se vota en un Comité Permanente de Expertos; si no se consigue el número de votos requerido, se pasa a un Comité de Apelaciones. El hecho de que se necesite mayoría cualificada en ambas votaciones (requiere el voto favorable del 55% de los Estados miembros, que representen al menos el 65% de la población de la UE) supone que los procesos se alarguen durante años, cuando no acaban obstaculizados, y termina siendo la Comisión Europea la que da la última palabra, que suele ser en forma de alfombra roja. Desde que se ha aplicado este proceso de decisión, las votaciones tanto en el Comité Permanente como en el de Apelaciones “han consistido sistemáticamente en la ausencia de dictamen”, por lo que la pelota queda en el tejado de una Comisión a la que, según sus propias palabras, no le queda “mucho margen para tomar una decisión que no sea conceder la autorización”. Regresando al caso de la patata Amflora, tras una votación en la que una mayoría de Estados se mostró contraria a su autorización (11 votos en contra, 10 a favor y 6 abstenciones), la Comisión decidió su aprobación. Años más tarde, gracias al Tribunal de Justicia de la Unión Europea nos hemos enterado de que sí le quedaba margen para no aprobarla. Según la propia sentencia del Tribunal, la Comisión decidió aprobar el cultivo de la patata Amflora aunque eso supusiera pasar por alto sus propias normas. Tras la chapuza de la Comisión, a quien no le quedó margen para no anular la autorización fue al Tribunal de Justicia Europeo. A pesar de esos antecedentes, el papel de la Comisión en la nueva Directiva sigue intacto; el cambio reside en esperar que la Comisión tenga que actuar en menos ocasiones al llegar los Estados a mayorías cualificadas en el seno de los Comités con más facilidad. Está por ver si los Estados varían su forma de votar tras la aprobación de esta nueva normativa. En su redacción, el mensaje que traslada la Directiva a los Estados miembros se podría resumir en algo así como “dejad de entorpecer las votaciones en los Comités; no os afecta que en el resto de la UE se autorice este transgénico: siempre podréis recurrir a vuestro nuevo derecho de prohibir el cultivo en vuestro territorio”. Estaremos pendientes de si, efectivamente, los Estados reaccionan a estas invitaciones. Donde sí se ha producido un verdadero cambio es en los motivos que pueden alegar los países miembros para solicitar la prohibición de un cultivo. No hace falta que aleguen motivos de protección humana, animal o ambiental, previo aval de la EFSA. Con la nueva Directiva es suficiente con que las razones estén vinculadas a objetivos de política ambiental y/o agrícola, ordenación del territorio, uso del suelo, repercusiones socioeconómicas y hasta de orden público. Ninguna de estas materias es competencia de la EFSA. El sector protransgénico no ha conseguido que para prohibir un OGM en un territorio se tenga que contar con un informe favorable de la EFSA. Por primera vez, un Estado tendrá autonomía y potestad suficiente para restringir el cultivo de un transgénico, sin que medie una evaluación de la EFSA que certifique que las razones del Estado son lo suficientemente “científicas”. Para explicar el interés del lobby protransgénico para que la EFSA actúe de guardabarrera, conviene recordar que las puertas giratorias y la consecuente falta de imparcialidad son dos críticas recurrentes a este organismo. Sin olvidar las lagunas e imperfecciones de la normativa ya nombradas, hay un dato que ha provocado el gozo de los movimientos ecologistas. La aprobación de esta Directiva ha traído consigo la visibilización de un rechazo histórico por parte de los Estados miembros al cultivo de transgénicos en suelo europeo. Si a principios de año el número de Estados que prohibían el maíz MON810 se limitaba a 8 países, hoy ya son 17 Estados más 4 administraciones regionales los que han formalizado su restricción a que este transgénico llegue a sus cultivos. El listado de peticiones para restringir OGM no se detiene en esta variedad ya autorizada, sino que se incluyen también transgénicos que están en la sala de espera antes de su previsible aprobación por parte de la Comisión Europea. Parece que el rechazo de estos países estaba ahí, pero faltaban las condiciones para que los Estados lo pudieran expresar. La mayor seguridad jurídica y la posiblidad de argumentar motivos para la prohibición sin necesidad de pasar por la EFSA pueden estar entre las condiciones que han facilitado esta nueva situación. La alegría generada con estas restricciones contrasta con la incertidumbre sobre qué ocurrirá en los próximos procesos de autorización. La pregunta que queda en el aire es si la nueva Directiva nos divide Europa en una amplia zona libre de transgénicos, y una pequeña extensión donde el número de cultivos autorizados crece de forma exponencial. En unos meses, tendremos datos para poder responder.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Los cultivos y alimentos transgénicos inician una nueva relación con Europa. En esta nueva fase no podemos perder de vista dos procesos con incidencia directa en la manera en que la Unión Europea pretende regular la entrada de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) en su territorio. Por un lado, las reuniones a puerta cerrada del TTIP; por otro, la nueva Directiva europea sobre cultivos transgénicos. Ya comentamos algunas de las <a href="http://www.otromundoestaenmarcha.org/alvoleo/2015/08/18/ttip-el-trampolin-del-sector-transgenico-hacia-europa/">implicaciones que el proceso desregulatorio del TTIP puede acarrear</a> para la entrada de alimentos transgénicos que hoy por hoy están prohibidos en la Unión Europa. Respecto a la Directiva 2015/412 sobre cultivos transgénicos, parece necesario reactivar el debate social sobre sus repercusiones, ya que los cambios que introduce no son menores.</p>
<p align="justify">Con su aprobación el pasado mes de marzo, la citada <a href="http://www.boe.es/doue/2015/068/L00001-00008.pdf">Directiva</a> deja atrás el marco que ha regulado las autorizaciones de cultivos transgénicos en suelo comunitario durante más de una década. Con el objetivo de agilizar estos procesos, se abandona la idea de conseguir posiciones unánimes y se permite que cada país se posicione en línea o no con las autorizaciones otorgadas. A partir de ahora, aunque la UE de luz verde al cultivo de una determinada variedad transgénica, <strong>los Estados miembros podrán desmarcarse y prohibir su cultivo en todo o parte de su territorio.</strong> Es pronto para tener una imagen nítida sobre las implicaciones y procesos que puede desatar la nueva normativa, pero alguna pista ya podemos nombrar. Vamos a ello.</p>
<p style="text-align: justify">En primer lugar, puede resultar chocante leer que el principal aporte de la nueva Directiva sea posibilitar que un Estado miembro prohíba en su territorio el cultivo de un OGM autorizado en la UE. Se podría pensar: “Pero… ¿No se supone que Alemania, Francia, Austria, Hungría, Grecia, Luxemburgo, Polonia y Bulgaria ya habían prohibido el único cultivo transgénico existente en Europa, el maíz MON810?” Así es, pero tuvieron que recurrir a mecanismos excepcionales como cláusulas de salvaguardia o medidas de emergencia, que no siempre ofrecieron la mayor de las seguridades jurídicas. De hecho, sus prohibiciones no han estado exentas de polémicas judiciales. En marzo de 2009, el <a href="http://ec.europa.eu/transparency/regdoc/rep/1/2014/ES/1-2014-570-ES-F1-1.Pdf">Consejo rechazó la solicitud de la Comisión</a> de pedir a Hungría y a Austria que derogaran sus medidas nacionales de salvaguardia, por no contar con el suficiente fundamento científico de acuerdo con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés). Peor suerte corrió Francia cuya prohibición de cultivo de transgénicos de 2008 fue considerada ilegal <a href="http://fundacion-antama.org/el-tribunal-de-justicia-europeo-concluye-que-la-prohibicion-del-maiz-mon810-en-francia-es-ilegal/">primero por el Tribunal de Justicia Europeo</a> y posteriormente <a href="http://fundacion-antama.org/consejo-de-estado-frances-declara-ilegal-la-prohibicion-de-transgenicos-en-francia/">por el Consejo de Estado francés</a>. De hecho, probar que la prohibición país por país de un cultivo autorizado por la UE era ilegal <a href="http://www.lamarea.com/2014/02/11/casi-el-100-de-los-piensos-para-animales-contiene-transgenicos/">ha sido una de las puntas de lanza</a> de empresas como Monsanto. Con esta situación de fondo, un grupo de trece Estados miembros solicitó a la Comisión la elaboración de una propuesta para poder aplicar el principio de subsidiariedad en la prohibición de cultivos de OGM con más garantías. <strong>Con la Directiva 2015/412 se consigue un mayor aval jurídico para las restricciones estatales a los transgénicos, eso sí, a costa de profundizar la brecha entre dos Europas divididas por su posición en torno a los alimentos y cultivos de OGM.</strong></p>
<p align="justify">Es precisamente ese debate enconado entre los países que recelan y los que dan la bienvenida a los transgénicos el que ha ralentizado buena parte de los procesos de autorización de transgénicos para cultivo. En el año 2010, tras 12 años sin que la Unión Europa hubiera otorgado ninguna autorización, una filial de BASF conseguía permiso para el cultivo y comercialización para uso industrial de la patata transgénica Amflora. La noticia tenía un sabor agridulce para la empresa alemana: habían pasado más de 13 años desde que inició el proceso de solicitud, toda una eternidad para una actividad íntimamente ligada a la innovación. El <a href="http://ec.europa.eu/food/plant/docs/decision_making_process.pdf">procedimiento descrito en el Reglamento 1829/2003</a> señala que los países miembros tienen que decidir por mayoría cualificada si aceptan o no la solicitud. Primero se vota en un Comité Permanente de Expertos; si no se consigue el número de votos requerido, se pasa a un Comité de Apelaciones. El hecho de que se necesite mayoría cualificada en ambas votaciones (requiere el voto favorable del 55% de los Estados miembros, que representen al menos el 65% de la población de la UE) supone que los procesos se alarguen durante años, cuando no acaban obstaculizados, y termina siendo la Comisión Europea la que da la última palabra, que suele ser en forma de alfombra roja.</p>
<p align="justify">Desde que se ha aplicado este proceso de decisión,<a href="http://europa.eu/rapid/press-release_MEMO-15-4779_es.htm"> las votaciones tanto en el Comité Permanente como en el de Apelaciones</a> “han consistido sistemáticamente en la ausencia de dictamen”, por lo que la pelota queda en el tejado de una Comisión a la que, según sus propias palabras, no le queda “mucho margen para tomar una decisión que no sea conceder la autorización”. Regresando al caso de la patata Amflora, tras una votación en la que una mayoría de Estados se mostró contraria a su autorización (11 votos en contra, 10 a favor y 6 abstenciones), la Comisión decidió su aprobación. Años más tarde, gracias al Tribunal de Justicia de la Unión Europea nos hemos enterado de que sí le quedaba margen para no aprobarla. Según la propia sentencia del Tribunal, la Comisión decidió aprobar el cultivo de la patata Amflora aunque eso supusiera <a href="http://www.lavanguardia.com/natural/20131215/54395575826/tribunal-general-europeo-anula-autorizacion-patata-transgenica-amflora.html">pasar por alto sus propias normas</a>. Tras la chapuza de la Comisión, a quien no le quedó margen para no anular la autorización fue al Tribunal de Justicia Europeo. A pesar de esos antecedentes, el papel de la Comisión en la nueva Directiva sigue intacto; <strong>el cambio reside en esperar que la Comisión tenga que actuar en menos ocasiones al llegar los Estados a mayorías cualificadas en el seno de los Comités con más facilidad.</strong></p>
<p align="justify">Está por ver si los Estados varían su forma de votar tras la aprobación de esta nueva normativa. En su redacción, el mensaje que traslada la Directiva a los Estados miembros se podría resumir en algo así como “dejad de entorpecer las votaciones en los Comités; no os afecta que en el resto de la UE se autorice este transgénico: siempre podréis recurrir a vuestro nuevo derecho de prohibir el cultivo en vuestro territorio”. Estaremos pendientes de si, efectivamente, los Estados reaccionan a estas invitaciones. Donde sí <strong>se ha producido un verdadero cambio es en los motivos que pueden alegar los países miembros para solicitar la prohibición de un cultivo</strong>. No hace falta que aleguen motivos de protección humana, animal o ambiental, previo aval de la EFSA. Con la nueva Directiva es suficiente con que las razones estén vinculadas a objetivos de política ambiental y/o agrícola, ordenación del territorio, uso del suelo, repercusiones socioeconómicas y hasta de orden público. Ninguna de estas materias es competencia de la EFSA. El sector protransgénico no ha conseguido que para prohibir un OGM en un territorio se tenga que contar con un informe favorable de la EFSA. Por primera vez, un Estado tendrá autonomía y potestad suficiente para restringir el cultivo de un transgénico, sin que medie una evaluación de la EFSA que certifique que las razones del Estado son lo suficientemente “científicas”. Para explicar el interés del lobby protransgénico para que la EFSA actúe de guardabarrera, conviene recordar que las puertas giratorias y la consecuente falta de imparcialidad <a href="http://viacampesina.org/en/index.php/actions-and-events-mainmenu-26/stop-transnational-corporations-mainmenu-76/1335-campaigners-demand-reform-of-efsa">son dos críticas recurrentes a este organismo</a>.</p>
<p>Sin olvidar las lagunas e imperfecciones de la normativa ya nombradas, hay un dato que ha provocado el gozo de los movimientos ecologistas. La aprobación de esta Directiva ha traído consigo <a href="http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article92608">la visibilización de un rechazo histórico</a> por parte de los Estados miembros al cultivo de transgénicos en suelo europeo. Si a principios de año el número de Estados que prohibían el maíz MON810 se limitaba a 8 países, <strong>hoy ya son 17 Estados más 4 administraciones regionales los que han formalizado su restricción a</strong> <strong>que este transgénico llegue a sus cultivos.</strong> El<a href="http://ec.europa.eu/food/plant/gmo/new/authorisation/cultivation/geographical_scope_en.htm"> listado de peticiones para restringir OGM</a> no se detiene en esta variedad ya autorizada, sino que se incluyen también transgénicos que están en la sala de espera antes de su previsible aprobación por parte de la Comisión Europea. Parece que el rechazo de estos países estaba ahí, pero faltaban las condiciones para que los Estados lo pudieran expresar. La mayor seguridad jurídica y la posiblidad de argumentar motivos para la prohibición sin necesidad de pasar por la EFSA pueden estar entre las condiciones que han facilitado esta nueva situación. La alegría generada con estas restricciones contrasta con la incertidumbre sobre qué ocurrirá en los próximos procesos de autorización. La pregunta que queda en el aire es si la nueva Directiva nos divide Europa en una amplia zona libre de transgénicos, y una pequeña extensión donde el número de cultivos autorizados crece de forma exponencial. En unos meses, tendremos datos para poder responder.</p>
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		<title>Grandes pequeñas resistencias</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Nov 2015 10:01:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Teresa Sancho Ortega]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Políticas Públicas]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>

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		<description><![CDATA[“Como cada Septiembre desde que ella no está subiré a nuestro valle…si me quieren llevar. Junto a la casa hundida,-por ella y por tantos más-, ¡le escupiré al pantano!,…y lo haré sin llorar”. Fragmento de la canción Mermelada de Moras, La Ronda de Boltaña &#160; El pasado domingo, 1 de noviembre, se produjo un hecho fuera de lo común en televisión. Se emitió un programa en prime time sobre… ¡un pueblo! El espacio no fue otro que el de Salvados, con un programa titulado «Jánovas, el pantano fantasma». El contenido, como viene siendo habitual, tenía una pizquita de caso flagrante, empresas que sólo miran por su interés, un sobre allí y otro allá… Lo único inusual pues, era que el foco estuviese puesto en el medio rural. Jánovas no es más que uno de tantos pueblos expropiados para la construcción de pantanos. La peculiaridad que radica en su historia y del resto de pueblos del valle es que en su caso la obra nunca tuvo lugar, mientras el desplazamiento de sus gentes sí. Nada menos que 33 años le costó a Iberduero expulsar a toda la comunidad mediante extorsión, engaños y dinamita. Casi otras tres décadas tuvieron que esperar, ya lejos de su tierra y hogares, a que se reconociese que aquella construcción era técnicamente inviable y que podía comenzar el proceso de reversión. Actualmente sólo cinco familias han conseguido recuperar sus propiedades. Eso sí, pagando previamente una cantidad exorbitante por las mismas a la empresa que previamente las destruyó, y comenzando la reconstrucción del pueblo con sus propios ahorros. Durante todo este tiempo, ningún gobierno, democrático o no, socialista o popular, se ha puesto de su lado. Ni qué decir tiene, nadie se ha disculpado. Salvados se ha convertido en un programa que tiene éxito e impacto en otros medios. Ya es frecuente en los días posteriores, leer artículos o noticas sobre exclusivas presentadas en el mismo. No fue así en este caso. Supongo que el hecho de que hiciese una crítica al lobby energético ayudó a que los medios, financiados por el mismo, se callasen la boca. Sin embargo, me pregunto si la reducida repercusión también fue debida a que el tema no es de gran interés para la mayor parte de la población. Al fin y al cabo,  cualquiera ha escuchado eso de…“oye, que Franco también hizo bien algunas cosas, fíjate en los pantanos”. En nuestro imaginario colectivo permanece la idea de que las presas trajeron riqueza y progreso al reino de España, significaban energía barata y control del agua para mejorar la productividad agraria desarrollando regadíos. Que unas pocas gentes perdieran su hogar, su tierra y sus raíces hace 50 años fue terrible, pero era un mal menor en pos del bien común. Desde luego si los pantanos eran símbolo de progreso, vaya si progresamos. Aunque no sea tan conocido como el honor de tener en nuestro estado 52 aeropuertos (de los cuales sólo ocho de ellos no son deficitarios). También podemos presumir de, con sus 1.200 grandes presas, tener el mayor número de obras hidráulicas por habitante y kilómetro cuadrado del mundo mundial.  Vaya, que somos un territorio pionero, adelantado a su época, ya que parece que nadie más consigue seguir nuestros pasos a ese ritmo. Es curioso eso sí, que la mayoría de pantanos se construyeran durante las dictaduras de Primo de Rivera primero, y de Franco después, cuando era imposible alzar la voz sin que hubiese consecuencias y no había informes absurdos que cumplimentar para demostrar su  viabilidad. Hoy, Huesca es la provincia con más pueblos deshabitados del estado, 320. La mayoría abandonados entre 1930 y 1960. No es de extrañar dado que desde mediados del siglo XIX, los Pirineos fueron vistos por el gobierno central sólo como una reserva de factores productivos de donde obtener energía, agua y madera para favorecer el avance de la industrialización. Su población era un daño colateral, simplemente estaba abocada a emigrar a zonas agrarias más rentables o a convertirse en mano de obra en las ciudades. Sin embargo, el Pirineo Central contenía mucho más que recursos que explotar. Esta región acogía lo que se ha denominado sistema local campesino de montaña.  Un modelo de sociedad que, a pesar de encontrarse en un hábitat hostil, había sabido organizarse durante siglos y demostraba una enorme vitalidad hasta ese momento sin regirse por las normas de la economía de mercado. Se basaba en el pastoreo, la lana, la agricultura diversificada. Se caracterizaba por la dinamización colectiva del territorio,  la tremenda cohesión social, la gestión comunitaria de recursos, o el desarrollo de una cultura y saberes propios que garantizaban el auto abastecimiento de las necesidades básicas de toda la población y hacían su presencia sostenible con el entorno. Este sistema local campesino, no se desvaneció naturalmente porque fuese anticuado o desequilibrado. Fueron las instituciones y las políticas que éstas aplicaron, las que lo condenaron a desaparecer. Una de las brillantes medidas para el desarrollo fue la de expulsar a la población para construir los famosos pantanos. A quien tenía suerte y era favorable al régimen, se le enviaba a colonizar nuevas tierras en la rivera del Ebro, quien no, emigraba a Cataluña en busca de trabajo en la industria. Ésta no fue la única medida. Se acabó con la Mesta, que regulaba la trashumancia, base del pastoreo tradicional, mientras se privatizaban forzosamente las tierras comunales. También se reforestaron grandes zonas de pasto para la obtención de madera, aunque con ello se aislasen decenas de poblaciones. Por supuesto, los servicios mínimos en sanidad o educación no llegaban, para qué, si la montaña no tenía futuro. La poca población que quedaba pasó de un sistema local basado en el trueque, a entrar en el mercado vendiendo sus pequeñas producciones y artesanías, y fue lentamente asfixiada por la competencia intensificada. Finalmente, la poca valorización social de la población campesina, vista como atrasada, ignorante y falta de ambición, hizo el resto. Así, tras siglos de digna existencia, el sistema local campesino se desmoronó. Actualmente, los últimos proyectos de pantanos en el Pirineo llevan años paralizados, parece que las hidroeléctricas para eso apuestan por otros territorios del planeta con administraciones más favorables a sus intereses. No obstante, aquí el discurso no ha cambiado, más bien las estrategias. La urbanización de suelos agrarios para construir casas vacías; las macro-infraestructuras para turistas y no para la población; el nuevo invento de las petroleras, el fracking; o las políticas europeas pro-Mercadona y anti-campesinado. Todos son ejemplos de cómo se continúa viendo la naturaleza como una propiedad a explotar al antojo de unos pocos, y a la agricultura tradicional como una actividad subsidiaria condenada a desaparecer. Este pasado verano en Jánovas, habitantes de la zona y descendientes recogieron comunalmente la primera cosecha después de cuatro largas décadas. Y es que por suerte, hay algo que tampoco cambia, y es la resistencia de las comunidades campesinas a los atropellos a los que se ven sometidas, aquí y en todo el planeta. Es posible que la próxima vez que aparezcan por la tele las volvamos a olvidar al minuto o puede que nos paremos a pensar en porqué no claudican. Ya que, si no es sólo para mantener sus medios de vida, si lo hacen para defender modos de hacer, de pensar y de organizarse alternativos al paradigma dominante, formas que sitúan en el centro la vida, entonces ya no será tan fácil creer que el problema es sólo de unas pocas familias que pierden sus hogares o de un sector que está en decadencia. Quizás, en ese momento, nos demos cuenta que sus problemas y propuestas también nos afectan en primera persona. Puede que entonces, merezca la pena sumarse a esas grandes pequeñas resistencias]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right">“Como cada Septiembre desde que ella no está<br />
subiré a nuestro valle…si me quieren llevar.<br />
Junto a la casa hundida,-por ella y por tantos más-,<br />
¡le escupiré al pantano!,…y lo haré sin llorar”.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: right">Fragmento de la canción <a href="http://www.rondadors.com/d3/17/d3_17.php">Mermelada de Moras</a>,</p>
<p style="text-align: right">La Ronda de Boltaña</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left">El pasado domingo, 1 de noviembre, se produjo un hecho fuera de lo común en televisión. Se emitió un programa en prime time sobre… ¡un pueblo! El espacio no fue otro que el de Salvados, con un programa titulado <a href="http://www.atresplayer.com/television/programas/salvados/temporada-11/capitulo-4-jnovas-pantano-fantasma_2015103000448.html">«Jánovas, el pantano fantasma»</a>. El contenido, como viene siendo habitual, tenía una pizquita de caso flagrante, empresas que sólo miran por su interés, un sobre allí y otro allá… Lo único inusual pues, era que el foco estuviese puesto en el medio rural.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Jánovas no es más que uno de tantos pueblos expropiados para la construcción de pantanos</strong>. La peculiaridad que radica en <a href="http://ibertrola.blogspot.com.es/2013/06/la-triste-historia-de-janovas-el.html">su historia</a> y del resto de pueblos del valle es que en su caso la obra nunca tuvo lugar, mientras el desplazamiento de sus gentes sí. Nada menos que 33 años le costó a Iberduero expulsar a toda la comunidad mediante extorsión, engaños y dinamita. Casi otras tres décadas tuvieron que esperar, ya lejos de su tierra y hogares, a que se reconociese que aquella construcción era técnicamente inviable y que podía comenzar el proceso de reversión. Actualmente sólo cinco familias han conseguido recuperar sus propiedades. Eso sí, pagando previamente una cantidad exorbitante por las mismas a la empresa que previamente las destruyó, y comenzando la reconstrucción del pueblo con sus propios ahorros. Durante todo este tiempo<strong>, ningún gobierno, democrático o no, socialista o popular, se ha puesto de su lado</strong>. Ni qué decir tiene, nadie se ha disculpado.</p>
<p style="text-align: left">Salvados se ha convertido en un programa que tiene éxito e impacto en otros medios. Ya es frecuente en los días posteriores, leer artículos o noticas sobre exclusivas presentadas en el mismo. No fue así en este caso. Supongo que el hecho de que hiciese una crítica al lobby energético ayudó a que los medios, financiados por el mismo, se callasen la boca. Sin embargo, me pregunto si la reducida repercusión también fue debida a que el tema no es de gran interés para la mayor parte de la población. Al fin y al cabo,  cualquiera ha escuchado eso de…“oye, que Franco también hizo bien algunas cosas, fíjate en los pantanos”. <strong>En nuestro imaginario colectivo permanece la idea de que las presas trajeron riqueza y progreso</strong> al reino de España, significaban energía barata y control del agua para mejorar la productividad agraria desarrollando regadíos. Que unas pocas gentes perdieran su hogar, su tierra y sus raíces hace 50 años fue terrible, pero era un mal menor en pos del bien común.</p>
<p style="text-align: left">Desde luego si los pantanos eran símbolo de progreso, vaya si progresamos. Aunque no sea tan conocido como el honor de tener en nuestro estado 52 aeropuertos (de los cuales sólo ocho de ellos no son deficitarios). También podemos presumir de, con sus 1.200 grandes presas, <strong>tener el mayor número de </strong><a href="http://www.revistaentrelineas.es/24/entretemas/los-pueblos-del-agua?page=full"><strong>obras hidráulicas</strong></a><strong> por habitante y kilómetro cuadrado del mundo mundial</strong>.  Vaya, que somos un territorio pionero, adelantado a su época, ya que parece que nadie más consigue seguir nuestros pasos a ese ritmo. Es curioso eso sí, que la mayoría de pantanos se construyeran durante las dictaduras de Primo de Rivera primero, y de Franco después, cuando era imposible alzar la voz sin que hubiese consecuencias y no había informes absurdos que cumplimentar para demostrar su  viabilidad.</p>
<p style="text-align: left">Hoy, Huesca es la provincia con más <a href="http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/temadia/pueblos-terminales_933256.html">pueblos deshabitados</a> del estado, 320. La mayoría abandonados entre 1930 y 1960. No es de extrañar dado que desde mediados del siglo XIX, <strong>los Pirineos fueron vistos por el gobierno central sólo como una reserva de factores productivos</strong> de donde obtener energía, agua y madera para favorecer el avance de la industrialización. Su población era un daño colateral, simplemente estaba abocada a emigrar a zonas agrarias más rentables o a convertirse en mano de obra en las ciudades.</p>
<p style="text-align: left">Sin embargo, el Pirineo Central contenía mucho más que recursos que explotar. Esta región <strong>acogía lo que se ha denominado </strong><a href="http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2387326"><strong>sistema local campesino</strong></a><strong> de montaña</strong>.  Un modelo de sociedad que, a pesar de encontrarse en un hábitat hostil, había sabido organizarse durante siglos y demostraba una enorme vitalidad hasta ese momento sin regirse por las normas de la economía de mercado. Se basaba en el pastoreo, la lana, la agricultura diversificada. Se caracterizaba por la dinamización colectiva del territorio,  la tremenda cohesión social, la gestión comunitaria de recursos, o el desarrollo de una cultura y saberes propios que garantizaban el auto abastecimiento de las necesidades básicas de toda la población y hacían su presencia sostenible con el entorno.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Este sistema local campesino, no se desvaneció naturalmente porque fuese anticuado o desequilibrado</strong>. <strong>Fueron las instituciones y las políticas que éstas aplicaron, las que lo condenaron a desaparecer</strong>. Una de las brillantes medidas para el desarrollo fue la de expulsar a la población para construir los famosos pantanos. A quien tenía suerte y era favorable al régimen, se le enviaba a colonizar nuevas tierras en la rivera del Ebro, quien no, emigraba a Cataluña en busca de trabajo en la industria. Ésta no fue la única medida. Se acabó con la Mesta, que regulaba la trashumancia, base del pastoreo tradicional, mientras se privatizaban forzosamente las tierras comunales. También se reforestaron grandes zonas de pasto para la obtención de madera, aunque con ello se aislasen decenas de poblaciones. Por supuesto, los servicios mínimos en sanidad o educación no llegaban, para qué, si la montaña no tenía futuro. La poca población que quedaba pasó de un sistema local basado en el trueque, a entrar en el mercado vendiendo sus pequeñas producciones y artesanías, y fue lentamente asfixiada por la competencia intensificada. Finalmente, la poca valorización social de la población campesina, vista como atrasada, ignorante y falta de ambición, hizo el resto. Así, tras siglos de digna existencia, el sistema local campesino se desmoronó.</p>
<p style="text-align: left">Actualmente, los últimos proyectos de pantanos en el Pirineo llevan años paralizados, parece que las hidroeléctricas para eso apuestan por <a href="http://www.calamar2.com/2015/11/08/la-presencia-de-una-hidroelectrica-espanola-desata-la-represion-en-guatemala">otros territorios</a> del planeta con administraciones más favorables a sus intereses. No obstante, aquí el discurso no ha cambiado, más bien las estrategias. La urbanización de suelos agrarios para construir casas vacías; las macro-infraestructuras para turistas y no para la población; el nuevo invento de las petroleras, el fracking; o las políticas europeas pro-Mercadona y anti-campesinado. Todos son ejemplos de cómo <strong>se continúa viendo la naturaleza como una propiedad a explotar al antojo de unos pocos, y a la agricultura tradicional como una actividad subsidiaria condenada a desaparecer</strong>.</p>
<p style="text-align: left">Este pasado verano en Jánovas, habitantes de la zona y descendientes recogieron comunalmente la <a href="http://www.eldiario.es/aragon/economia/Janovas-sobrevivio-primera-cosecha-decadas_0_414359527.html">primera cosecha</a> después de cuatro largas décadas. Y es que por suerte, hay algo que tampoco cambia, y es la resistencia de las comunidades campesinas a los atropellos a los que se ven sometidas, aquí y en todo el planeta. Es posible que la próxima vez que aparezcan por la tele las volvamos a olvidar al minuto o puede que nos paremos a pensar en porqué no claudican. Ya que, si no es sólo para mantener sus medios de vida, si lo hacen para <strong>defender modos de hacer, de pensar y de organizarse alternativos al paradigma dominante, formas que sitúan en el centro la vida</strong>, entonces ya no será tan fácil creer que el problema es sólo de unas pocas familias que pierden sus hogares o de un sector que está en decadencia. Quizás, en ese momento, nos demos cuenta que sus problemas y propuestas también nos afectan en primera persona. Puede que entonces, merezca la pena sumarse a esas grandes pequeñas resistencias</p>
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		<title>COP21: La agricultura que calienta el mundo se suma al baile</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2015 10:47:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
		<category><![CDATA[AGROECOLOGÍA]]></category>
		<category><![CDATA[CRISIS CLIMÁTICA]]></category>
		<category><![CDATA[SOBERANÍA ALIMENTARIA]]></category>

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		<description><![CDATA[Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos. En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar. Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con dos grandes proyectos de geoingeniería (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto. Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático. Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (ver figura 3, pág. 10). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global. Estas son las estimaciones recogidas por la organización internacional GRAIN, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones. A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como el interlocutor principal del establishment en esta materia. El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición. Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: un 60% de los miembros privados de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15. Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina. Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Quedan pocas semanas para que se celebre en París la próxima Cumbre del Clima, la COP21. Más de 190 Estados se dan cita como miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Entre sus objetivos: tomar medidas que contengan el aumento de temperatura bajo el límite de 2ºC. Un límite que no todo el mundo comparte. Desde foros alternativos como la Cumbre de las Pueblos se defiende, sin embargo, que <strong>cualquier objetivo por encima de los 1,5ºC no está asumiendo la gravedad de los riesgos que corremos.</strong> En este sentido, el debate gira en torno a qué temperatura nos haría alcanzar el llamado punto de no retorno, con cambios irreversibles en nuestras condiciones climáticas. Es posible que al oír la expresión “punto de no retorno” sientas tanta inquietud como escepticismo te produce la sucesión anual de grandes cumbres climáticas. Ninguna de las dos sensaciones te debería extrañar.</p>
<p align="justify">Resulta difícil depositar confianza en una cumbre que es la continuación de una sucesión de negociaciones fracasadas. A la falta de ambición en los objetivos de reducción de emisiones, se suma el escaso interés en hacer que estos sean de obligado cumplimiento. Por otro lado, las soluciones que proponen se caracterizan por estar desvinculadas de las causas que originan el problema. El eterno e infructuoso combate a los síntomas, pasando por alto el origen de la enfermedad. En el catálogo de los falsos remedios que se presentarán este año en París nos encontramos con <strong>dos grandes proyectos de geoingeniería</strong> (captura-almacenamiento de carbono y manejo de radiación solar) <a href="http://www.etcgroup.org/es/content/paris-climate-change-spectacular"><strong>de los que no existen pruebas concluyentes sobre su viabilidad o impacto.</strong></a> Una vez más, no habrá ni rastro de medidas vinculantes sobre las industrias que más contribuyen a la aceleración del cambio climático.</p>
<p align="justify">Si nos pidieran nombrar a los sectores que más están profundizando la crisis climática con sus emisiones, seguramente nos pasarían por la cabeza industrias como la energética o el sector del transporte. Poca gente se acordaría de la actividad agrícola. Sin embargo, dependiendo de cómo construyamos los inventarios, el sistema alimentario puede llegar a ser el sector con más peso en la emisión de gases de efecto invernadero. Durante algunos años se ha afirmado que la agricultura contribuye en algún punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales. Aún así, existía la sensación de que estos datos infravaloraban su verdadero aporte. Desde 2006 el panel de expertos de la ONU (el IPCC) decidió generar una nueva categoría que no solo incluyera la agricultura sino que también considerara otros usos del suelo relacionados como la silvicultura o las actividades forestales (<a href="http://www.fao.org/3/a-i4260s.pdf">ver figura 3, pág. 10</a>). Desde entonces, actividades agrarias y otros usos del suelo pasaron a representar un 24% de las emisiones globales. Y aún así, al no expandir el foco más allá del lugar de producción, estas cifras siguen sin ofrecer una idea precisa del impacto real. Si en lugar de hablar de prácticas agrarias consideramos todo el sistema alimentario, nos encontraremos con que este es responsable de cerca de la mitad de las emisiones totales de gases de efecto invernadero.</p>
<p align="justify"><strong>Entre un 44% y un 57% de las emisiones de gases proceden del sistema alimentario global.</strong> Estas son las estimaciones recogidas por la <a href="https://www.grain.org/article/entries/4364-alimentos-y-cambio-climatico-el-eslabon-olvidado">organización internacional GRAIN</a>, al atender a cada uno de los pasos vinculados a la producción agroindustrial de alimentos. Repasemos cada eslabón. Sin duda, el más cruento sucede en la deforestación previa al cultivo: entre 15-18% de las emisiones. No es de extrañar si consideramos que la expansión de la frontera agrícola es responsable de un 70-90% de la deforestación mundial. Más de la mitad de este desmonte se produce para obtener mercancías agrícolas de exportación. Siguiente paso: los procesos agrícolas en sí mismos. Como ya hemos comentado, entre un 11-15%. Después, el transporte. En los análisis más conservadores una cuarta parte de las emisiones de este sector se producen para el tránsito de alimentos (5-6% del total de las emisiones globales). El procesamiento y empacado de alimentos suma un 8-10% de los gases de efecto invernadero. En quinto lugar, el mantenimiento de la “cadena de frío” para controlar la temperatura hasta llegar a los establecimientos de la gran distribución y la venta en estos, del 2 al 4%. Por último, el desperdicio de alimentos. Con un descarte de casi la mitad de toda la comida que se produce, el sistema alimentario genera en este eslabón un 3-4% de las emisiones globales. No existe otro sector que a lo largo de todo su ciclo contribuya con tales cantidades de emisiones.</p>
<p align="justify">A pesar de estas cifras, en la agenda de París&#8217;15 no se menciona la necesidad de cambiar el modelo impulsado por el sistema agroalimentario industrial. Todo lo contrario. Cuando se trate de abordar la relación entre agricultura y cambio climático se hará de la mano de la “Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente”. Este panel intergubernamental, auspiciado por la FAO y el Banco Mundial, ha conseguido posicionarse como <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5276-las-exxons-de-la-agricultura">el interlocutor principal del <i>establishment</i> en esta materia</a>. <strong>El sistema agroindustrial ha descubierto la mejor manera de neutralizar cualquier debate crítico con sus prácticas: proponerse a sí mismo como solución bajo el disfraz de un concepto de difícil definición.</strong> Resulta complicado encontrar una aproximación precisa que ayude a entender qué es eso que llaman “agricultura climáticamente inteligente”&#8230; y ahí radica parte de su éxito. Quizá lo más útil para conocer su fundamento sea echar un vistazo a la lista de promotores: <a href="http://www.cidse.org/publications/just-food/food-and-climate/climate-smart-revolution-or-a-new-era-of-green-washing-2.html">un 60% de los miembros privados</a> de la Alianza proceden de la industria de los fertilizantes. Sabiendo esto ya no extraña tanto que entre sus manuales de prácticas exitosas aparezcan proyectos que potencian el uso de agrotóxicos o de transgénicos. Con esta Alianza, el sector agroindustrial ha encontrado su Caballo de Troya con el que introducirse en los salones de París&#8217;15.</p>
<p align="justify">Ahora que la agricultura y la alimentación pueden convertirse en protagonistas del debate y la lucha contra el cambio climático, es crucial que la confusión interesada de términos no nos lleve a desviar las propuestas hacia quienes están acelerando el problema. <strong>La “agricultura climáticamente inteligente” está en las antípodas de ofrecer los beneficios asociados a la agroecología de base campesina.</strong> Es la agricultura campesina la que favorece prácticas agroecológicas como la diversificación de cultivos, la integración de árboles y vegetación silvestre en el campo de cultivo o el aprovechamiento de insumos propios para evitar la compra de agrotóxicos. Según datos de GRAIN, la suma de todas estas prácticas <a href="https://www.grain.org/es/article/entries/5100-la-soberania-alimentaria-5-pasos-para-enfriar-el-planeta-y-alimentar-a-su-gente">puede compensar un 24-30% de todas las emisiones actuales de efecto invernadero</a>. El impacto de un cambio de modelo agroindustrial a uno agroecológico todavía tiene más margen de mejora. Si a estas prácticas en la zona de cultivo se les dota de circuitos de comercialización locales, si se favorecen dietas basadas en alimentos frescos y si se reduce el peso cárnico de nuestra alimentación, la disminución de emisiones puede ser todavía mayor. Recordemos que no estamos hablando de un sector más, sino de la actividad que más contribuye a las emisiones de efecto invernadero. <strong>Quien dice que no ve soluciones a la crisis climática a través de la praxis agroecológica es porque no ve la posibilidad de apropiarse de ella. En las prácticas y saberes que la población campesina lleva cultivando por generaciones está la llave que puede enfriar el planeta.</strong></p>
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		<title>Narrativas y límites planetarios</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 15:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Autor invitado: Ignacio Santos]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Literaturas]]></category>

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		<description><![CDATA[La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la Ecocrítica, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente. Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) Trilogía de Baztán, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el sumak kawsay andino. Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como La sequía, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades. Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el Ecoclub de lectura (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook) La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas. El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente Crematorio, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en El salario del gigante nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en Beatriz y la loba aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista. El Sur, se ha manifestado a través de La chica mecánica, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con Ultimatum este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático. El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo. La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los límites planetarios. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de El salario del gigante, próxima novela sobre la que conversaremos: Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar. Dice Jonathan Gottschall en The Storytelling Animal: How Stories make us human, que la narrativa es: una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro. Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la Huella ecológica y el Índice del planeta vivo. ¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en Un mundo que agoniza (1979)?: .A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. ¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos y metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios? Ecoclub de lectura: https://www.facebook.com/ecoclubdelectura https://ecoclubdelectura.wordpress.com/]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura siempre ha revelado una cierta relación entre los seres humanos y la naturaleza y, en algunos casos, ha transmitido una visión sobre ella (acuden a la cabeza inmediatamente los Románticos). Existe, de hecho, una “literatura de la naturaleza”. Y existe una disciplina, no tan joven, la <em>Ecocrítica</em>, que aplica su capacidad de análisis sobre esa relación entre la literatura y el medio ambiente.</p>
<p>Entre las lecturas recientes, me viene a la mente la fuerte presencia de la naturaleza en la “muchovendida” (tomo prestada la palabra a Ramón Buenaventura) <em>Trilogía de Baztán</em>, escrita por Dolores Redondo. El río Bidasoa, los bosques y montes del Valle de Baztán, donde se asoman, recogidos de las mitologías vasco-navarras, seres como el basajaun, el guardián del bosque (así se titula el primer volumen de la trilogía), y la mari, personificación de la madre tierra, reina de la naturaleza. Y en el terreno de “los clásicos”, puedo mencionar a Miguel Delibes y su Señor Cayo, con quien me reencontraba este verano: un ejemplo cercano de lentitud y de buen vivir, con todo mi respeto por el <em>sumak kawsay </em>andin<em>o</em>.</p>
<p>Pero, más allá de telones de fondo ambientales, me interesa hablar de una narrativa más comprometida con los tiempos, que específicamente refleje los problemas y la crisis ambientales. Y puede decirse que se encuentran cada vez más referencias. En el mundo angloparlante existe cierta tradición; allí J.G. Ballard, por ejemplo, firma algunos de sus novelas más conocidas, como <em>La sequía</em>, en los años sesenta. Recientemente, se ha puesto nombre a un nuevo subgénero dentro de la ficción, la “ficción climática” (CliFi en inglés) y se imparten asignaturas y cursos especializados en algunas universidades.</p>
<p>Una muestra de todas estas obras que abordan la crisis ambiental es precisamente la que se pretende mostrar mediante una iniciativa que puse en marcha a comienzos de este año: el <a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/"> Ecoclub de lectura</a> (al final se muestra también el enlace con el perfil en Facebook)</p>
<p>La idea es, sencillamente, poder compartir algunas lecturas que he ido haciendo en los últimos años y otras que iré acometiendo en los próximos (espero contar con sugerencias de seguidores y amigos de la iniciativa). El objetivo es compartir virtualmente lecturas, pero también conversar sobre ellas cara a cara, al menos con quienes viven en Madrid y se van animando a participar en alguna de las sesiones presenciales organizadas.</p>
<p>El Ecoclub de lectura comenzó con la lectura de un autor inglés, Ian McEwan, y siguió con un norteamericano, Roberto Bacigalupi, y un alemán, Frank Schatzing. Pero aunque la traducción de “Ecofiction” no está en el diccionario de la RAE, además de autores que escriben en inglés, los hay que escriben en español. Ya ha pasado por el Ecoclub Rafael Chirbes, con su excelente <em>Crematorio</em>, que disecciona la urbanización salvaje de nuestro litoral, y este otoño compartiremos mesa, en sentido literal, con José Ardillo, que en <em>El salario del gigante </em>nos ofrece un escenario plausible para la España (y el mundo) de finales de este siglo XXI, y con Concha López Llamas que, en <em>Beatriz y la loba</em> aúna violencia patriarcal contra las mujeres y contra los lobos. Y pasarán autores que escriban sobre el Sur y desde el Sur. Desde América Latina, sobre todo, pero también desde Asia y África. Y habrá más mujeres: Margaret Atwood, Barbara Kingsolver y Rosa Montero, están en la lista.</p>
<p>El Sur, se ha manifestado a través de <em>La chica mecánica</em>, que nos transporta a una Tailandia, y a un mundo, de comienzos del siglo XXII, donde el tema de la soberanía y seguridad alimentarias asociadas a la conservación de la agrobiodiversidad es el protagonista principal de la acción. Y el Sur se asomará nuevamente con<em> Ultimatum</em> este otoño, obra que nos muestra la perspectiva de China en el contexto de las negociaciones internacionales sobre cambio climático.</p>
<p>El Ecoclub de lectura puede ser, además, un canal modesto que permita llegar no solo a lectores concienciados e informados sino, todavía mejor, a lectores no tan concienciados e informados y a los que la lectura de una novela pueda introducir de manera amena, e incluso hacer reflexionar, los problemas y conflictos ambientales de nuestro tiempo.</p>
<p>La novela posee el enorme valor de hacernos imaginar el mundo que queremos, sobre todo mostrando lo que no queremos (hay que reconocer que, por ahora, predominan las distopías), lo que puede suceder si desbordamos los <a href="http://www.stockholmresilience.org/21/research/research-programmes/planetary-boundaries.html">límites planetarios</a>. Valgan como ejemplo las palabras, casi iniciales, de <em>El salario del gigante, </em>próxima novela sobre la que conversaremos<em>:</em></p>
<p><em>Estamos a comienzos de la primavera del año 2098, Madrid ha devenido una modesta urbe que no alcanza el millón de habitantes, poco contaminada, rodeada de zonas semidesérticas donde se asientan colonias dedicadas al cultivo del lino, olivar, girasol, cáñamo y comestibles, y con un clima de temperaturas extremas: Al norte de la ciudad, en las zonas montañosas se explota la madera y el ganado lanar.</em></p>
<p>Dice Jonathan Gottschall en <em>The Storytelling Animal: How Stories make us human</em>, que la narrativa es: <em>una antigua tecnología de realidad virtual especializada en simular los problemas humanos</em>. Las novelas pueden hacernos aprender del futuro.</p>
<p>Pero tras ese planteamiento de contribuir al cambio desde la retaguardia, y sin olvidar que la retaguardia trabaja para el frente y resulta imprescindible, como ha escrito Belén Gopequi, me pregunto si cabría aumentar algo las expectativas en relación a la narrativa, dado que no lo estamos haciendo nada bien, en materia de sostenibilidad ambiental. Así lo muestran, por ejemplo, indicadores como la <a href="http://www.footprintnetwork.org/es/index.php/GFN/page/footprint_basics_overview/">Huella ecológica</a> y el <a href="http://www.footprintnetwork.org/images/article_uploads/Informe-PlanetaVivo2014_LowRES.pdf">Índice del planeta vivo</a>.</p>
<p>¿Tiene capacidad la novela de dirigirse al corazón, de emocionar, para alentar un cambio cultural en dirección hacia la sostenibilidad que cifras y gráficas no consiguen provocar? ¿Tiene capacidad para ensanchar “la conciencia moral universal”, como pedía Miguel Delibes en <em>Un mundo que agoniza</em> (1979)?: .<em>A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. </em></p>
<p>¿Cabe sacar un mayor partido de nuestra condición de “homo narrans” (lo de homo sapiens no está muy claro), de contadores y escuchadores de historias? Y, teniendo en cuenta los últimos conocimientos en psicología y neurociencia, como desde hace tiempo se hace en el terreno de la comunicación política, ¿puede pensarse, a la hora de construir una historia, en valores (sobre todo en fomentar los intrínsecos frente a los extrínsecos), marcos <em>y </em>metáforas? ¿Puede pensarse en una narrativa más militante que favorezca el cambio cultural en favor de la sostenibilidad ambiental y contribuya a mantenernos dentro de los límites planetarios?</p>
<p>Ecoclub de lectura:</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/ecoclubdelectura">https://www.facebook.com/ecoclubdelectura</a></p>
<p><a href="https://ecoclubdelectura.wordpress.com/">https://ecoclubdelectura.wordpress.com/</a></p>
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		<title>TTIP: El trampolín del sector transgénico hacia Europa</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 12:45:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pepe Ruiz Osoro]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ecologías]]></category>
		<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
		<category><![CDATA[SOBERANÍA ALIMENTARIA]]></category>
		<category><![CDATA[TTIP]]></category>

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		<description><![CDATA[Sus planes no han salido como deseaban. Cuando la industria agroquímica decidió abrir nuevos mercados y dar el salto al ámbito biotecnológico, no esperaba encontrar las barreras legales, sociales y políticas que le están dificultando el camino. Tras conseguir que sus fertilizantes y plaguicidas derivados del petróleo se constituyeran como elemento de uso común en la agricultura intensiva, debían de pensar que no resultaría difícil repetir la misma hazaña con los organismos genéticamente modificados (OGM). Sin embargo, hoy por hoy la anunciada próxima revolución verde todavía no ha llegado. Dos décadas después de que se comercializaran las primeras semillas transgénicas en Estados Unidos y Canadá, los datos reflejan una implantación sustancialmente inferior a la que Monsanto, Syngenta o Bayer podrían haber imaginado. Si nos acercamos a los informes elaborados por centros vinculados al sector biotecnológico, podemos constatar el escaso y desigual peso que tiene la agricultura transgénica en la producción mundial de alimentos. Según el International Service for the Acquisition of Agri-Biotech (ISAAA), en 2014 los cultivos transgénicos ocupaban una superficie de 181,5 millones de hectáreas, con 18 millones de personas productoras trabajando en ellos. Aunque la consigna dentro del sector sea vender estas cifras como un éxito sin precedentes, resulta difícil hacerlo si situamos los datos en perspectiva: el 96,3% de la tierra agrícola en el mundo permanece libre de cultivos transgénicos y más del 99% de la población campesina no se ha visto seducida por las promesas de la industria agrobiotecnológica. No se trata sólo de una implantación escasa, incluso marginal, sino también altamente dependiente de un puñado de países aliados. El 90% de las hectáreas con OGM se concentra en tan sólo 5 países: Estados Unidos, Brasil, Argentina, India y Canadá. A pesar de los cuantiosos esfuerzos del sector agrobiotecnológico, más de 160 países en el mundo se mantienen libres de transgénicos y de los 28 que los cultivaron en 2014, 19 representaban menos del 1% del total de superficie cultivada. En este escenario mundial de recelo frente a los transgénicos, cuando no de confrontación, llama la atención la decepción que ha supuesto para la agroindustria la postura de la Unión Europea a lo largo de estas décadas. Sus cultivos transgénicos representan menos del 1% total mundial sembrado en 2014 y sus 79 autorizaciones de OGM con destino alimentario quedan muy lejos de las 172 aprobadas por Estados Unidos. En palabras de la Fundación Antama, organización pro-transgénica con importante presencia de la industria en sus cargos internos: “Europa se ha aislado en la apuesta por la tecnología agraria”. De hecho, la tensa relación llegó incluso a los tribunales en 2003. La moratoria de facto que vivió la Unión Europea contra el cultivo de nuevos alimentos OGM fue contestada con una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) a instancias de países como Estados Unidos, Canadá y Argentina, países que sí han cumplido con creces las expectativas del sector biotecnológico. Tras recibir el correspondiente toque de atención por parte de la OMC, la Comisión Europea ha sido el órgano que ha aprobado la práctica totalidad de los nuevos transgénicos autorizados, a la vez que ha abierto la puerta a que sean los Estados miembros los que individualmente decidan si permiten o prohíben los transgénicos a cambio de no bloquear las decisiones de otros países ni su comercialización a nivel europeo. Este desmantelamiento de una política europea común frente a los transgénicos ha dejado entrever la distancia existente entre los pasos dados por la Comisión Europea y los intereses de la mayor parte de los países miembros. De los 22 países que no cultivan OGM, Alemania, Francia, Austria, Hungría, Grecia, Luxemburgo, Polonia y Bulgaria han formalizado la prohibición de su cultivo, mientras que de los seis países que producen sólo España presenta extensiones considerables. A pesar de los guiños ofrecidos por la Comisión Europea y de tener bien controlada a la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la apertura de los mercados europeos a los OGM sigue siendo un verdadero quebradero de cabeza para el sector transgénico. Más allá de conseguir que la Unión Europea se sume a la locomotora de producción de OGM, los esfuerzos se están destinando a que al menos su regulación no suponga una barrera de entrada a la importación de variedades no autorizadas. Su mercado depende de ello. Como apunta la Revista El Ecologista en su nº 84, no es casualidad que tras la introducción en 1995 de variedades transgénicas en suelo estadounidense, las importaciones europeas de maíz y soja desde este país cayeran en picado. De ahí que la lucha por la desregulación comercial europea sea la clave. Y en esa lucha, el proceso de negociación del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) entre la Unión Europea y Estados Unidos es visto como una ventana de oportunidad que permitirá acabar con esas molestas regulaciones que se han mantenido precariamente en el viejo continente. Durante mucho tiempo, los negociadores europeos del TTIP han negado que el tema de los transgénicos estuviera encima de la mesa, sin embargo, los documentos filtrados y los precedentes de otros acuerdos regionales de libre comercio apuntan a un claro interés por resquebrajar el sistema regulatorio europeo en esta materia. La armonización normativa que busca el TTIP supone una desregulación hacia el mínimo común denominador: las normas menos restrictivas serán las que se apliquen puesto que lo contrario se entendería como una discriminación a las importaciones, al ir en contra de los principios del libre comercio que pretende defender dicho acuerdo. Para hacernos una idea del nivel de desprotección que supondrá aceptar el sistema de regulación estadounidense basta con nombrar su principio de equivalencia sustancial por el que se concluye que no existen diferencias significativas entre los alimentos convencionales y los transgénicos por lo que éstos últimos no requieren de un proceso de autorización específico ni de un etiquetado especial. En todo este tijeretazo normativo podemos imaginar dónde quedará el ya de por sí frecuentemente olvidado principio de precaución. Aún hay más: todo este proceso no acabaría con la firma del acuerdo, puesto que éste prevé un proceso de revisión permanente de la legislación europea para que las partes interesadas (léase, los grandes lobbies comerciales) puedan recomendar cambios en el futuro y de existir resquemores estos siempre podrían ser resueltos en el anunciado Mecanismo de Solución de Diferencias entre Inversores y Estados donde las grandes empresas podrán disparar contra aquellas medidas que incidan en lo que ellas llaman pérdidas del negocio esperado. Todo parece indicar que se anda preparando el asalto perfecto. En los 20 años de resistencia europea a los transgénicos la ciudadanía ha visto cómo para conseguir sus fines el sector agroindustrial ha hecho uso incansable de medidas como puertas giratorias, confusión mediática, presiones políticas, decisiones tomadas en órganos alejados de la voluntad popular o resoluciones de tribunales comerciales. Ahora pretende intentarlo de nuevo, dando el salto desde el trampolín del TTIP, que es un poco la suma de todas las anteriores.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Sus planes no han salido como deseaban. Cuando la industria agroquímica decidió abrir nuevos mercados y dar el salto al ámbito biotecnológico, no esperaba encontrar las barreras legales, sociales y políticas que le están dificultando el camino. Tras conseguir que sus fertilizantes y plaguicidas derivados del petróleo se constituyeran como elemento de uso común en la agricultura intensiva, debían de pensar que no resultaría difícil repetir la misma hazaña con los organismos genéticamente modificados (OGM). Sin embargo, hoy por hoy la anunciada <em>próxima revolución verde</em> todavía no ha llegado. Dos décadas después de que se comercializaran las primeras semillas transgénicas en Estados Unidos y Canadá, los datos reflejan una implantación sustancialmente inferior a la que Monsanto, Syngenta o Bayer podrían haber imaginado.</p>
<p>Si nos acercamos a los informes elaborados por centros vinculados al sector biotecnológico, podemos constatar <strong>el escaso y desigual peso que tiene la agricultura transgénica</strong> en la producción mundial de alimentos. Según el <em>International Service for the Acquisition of Agri-Biotech</em> (ISAAA), en 2014 los cultivos transgénicos ocupaban una superficie de 181,5 millones de hectáreas, con 18 millones de personas productoras trabajando en ellos. Aunque la consigna dentro del sector sea vender estas cifras como un éxito sin precedentes, resulta difícil hacerlo si situamos los datos en perspectiva: el 96,3% de la tierra agrícola en el mundo permanece libre de cultivos transgénicos y más del 99% de la población campesina no se ha visto seducida por las promesas de la industria agrobiotecnológica. No se trata sólo de una implantación escasa, incluso marginal, sino también altamente dependiente de un puñado de países aliados. El 90% de las hectáreas con OGM se concentra en tan sólo 5 países: Estados Unidos, Brasil, Argentina, India y Canadá. A pesar de los cuantiosos esfuerzos del sector agrobiotecnológico, más de 160 países en el mundo se mantienen libres de transgénicos y de los 28 que los cultivaron en 2014, 19 representaban menos del 1% del total de superficie cultivada.</p>
<p>En este escenario mundial de recelo frente a los transgénicos, cuando no de confrontación, llama la atención <strong>la decepción que ha supuesto para la agroindustria la postura de la Unión Europea </strong>a lo largo de estas décadas. Sus cultivos transgénicos representan menos del 1% total mundial sembrado en 2014 y sus 79 autorizaciones de OGM con destino alimentario quedan muy lejos de las 172 aprobadas por Estados Unidos. En palabras de la Fundación Antama, organización pro-transgénica con importante presencia de la industria en sus cargos internos: “Europa se ha aislado en la apuesta por la tecnología agraria”. De hecho, la tensa relación llegó incluso a los tribunales en 2003. La moratoria de facto que vivió la Unión Europea contra el cultivo de nuevos alimentos OGM fue contestada con una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) a instancias de países como Estados Unidos, Canadá y Argentina, países que sí han cumplido con creces las expectativas del sector biotecnológico. Tras recibir el correspondiente toque de atención por parte de la OMC, la Comisión Europea ha sido el órgano que ha aprobado la práctica totalidad de los nuevos transgénicos autorizados, a la vez que ha abierto la puerta a que sean los Estados miembros los que individualmente decidan si permiten o prohíben los transgénicos a cambio de no bloquear las decisiones de otros países ni su comercialización a nivel europeo. Este desmantelamiento de una política europea común frente a los transgénicos ha dejado entrever la distancia existente entre los pasos dados por la Comisión Europea y los intereses de la mayor parte de los países miembros. De los 22 países que no cultivan OGM, Alemania, Francia, Austria, Hungría, Grecia, Luxemburgo, Polonia y Bulgaria han formalizado la prohibición de su cultivo, mientras que de los seis países que producen sólo España presenta extensiones considerables.</p>
<p>A pesar de los guiños ofrecidos por la Comisión Europea y de tener bien controlada a la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la apertura de los mercados europeos a los OGM sigue siendo un verdadero quebradero de cabeza para el sector transgénico. Más allá de conseguir que la Unión Europea se sume a la locomotora de producción de OGM, los esfuerzos se están destinando a que al menos su regulación no suponga una barrera de entrada a la importación de variedades no autorizadas. Su mercado depende de ello. Como apunta la Revista El Ecologista en su nº 84, no es casualidad que tras la introducción en 1995 de variedades transgénicas en suelo estadounidense, las importaciones europeas de maíz y soja desde este país cayeran en picado. De ahí que <strong>la lucha por la desregulación comercial europea sea la clave</strong>. Y en esa lucha, el <em>proceso de negociación </em>del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) entre la Unión Europea y Estados Unidos es visto como una ventana de oportunidad que permitirá acabar con esas molestas regulaciones que se han mantenido precariamente en el viejo continente.</p>
<p>Durante mucho tiempo, los negociadores europeos del TTIP han negado que el tema de los transgénicos estuviera encima de la mesa, sin embargo, los documentos filtrados y los precedentes de otros acuerdos regionales de libre comercio apuntan a un claro interés por resquebrajar el sistema regulatorio europeo en esta materia. La armonización normativa que busca el TTIP supone una desregulación hacia el mínimo común denominador: las normas menos restrictivas serán las que se apliquen puesto que lo contrario se entendería como una discriminación a las importaciones, al ir en contra de los principios del <em>libre comercio</em> que pretende defender dicho acuerdo. Para hacernos una idea del nivel de desprotección que supondrá aceptar el sistema de regulación estadounidense basta con nombrar su principio de equivalencia sustancial por el que se concluye que no existen diferencias significativas entre los alimentos convencionales y los transgénicos por lo que éstos últimos no requieren de un proceso de autorización específico ni de un etiquetado especial. En todo este tijeretazo normativo podemos imaginar dónde quedará el ya de por sí frecuentemente olvidado principio de precaución. Aún hay más: todo este proceso no acabaría con la firma del acuerdo, puesto que éste prevé un proceso de revisión permanente de la legislación europea para que las partes interesadas (léase, los grandes lobbies comerciales) puedan recomendar cambios en el futuro y de existir resquemores estos siempre podrían ser resueltos en el anunciado Mecanismo de Solución de Diferencias entre Inversores y Estados donde las grandes empresas podrán disparar contra aquellas medidas que incidan en lo que ellas llaman <em>pérdidas del negocio esperado</em>.</p>
<p>Todo parece indicar que se anda preparando el asalto perfecto. En los 20 años de resistencia europea a los transgénicos la ciudadanía ha visto cómo para conseguir sus fines el sector agroindustrial ha hecho uso incansable de medidas como puertas giratorias, confusión mediática, presiones políticas, decisiones tomadas en órganos alejados de la voluntad popular o resoluciones de tribunales comerciales. Ahora pretende intentarlo de nuevo, dando el salto desde el trampolín del TTIP, que es un poco la suma de todas las anteriores.</p>
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		<title>La crisis en la interpretación de la crisis</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2015 23:50:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Gudynas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[Desarrollo]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologías]]></category>

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		<description><![CDATA[En el marco de una crisis que discurre en varios frentes a la vez, desde la política al ambiente, se intentan muy diversas interpretaciones, y se apuesta a posibles vías de salida. Esas condiciones son a veces tan acuciantes que ocultan otra crisis más profunda, no siempre entendida y muchas veces relegada: nuestros modos de entender, sentir y analizar estas crisis, también están colapsando. Dicho de otro modo, estamos en una crisis de interpretación dentro de esa otra crisis multidimensional. Quisiera fundamentar esta preocupación apelando a un par de breve ejemplos, donde la mirada desde América Latina, desde esa “esquina en el sur”, ofrece algunas ventajas. Y a la vez dejar expresada una intencionalidad para futuros aportes: esta crisis es tan pero tan compleja, entrelazada y persistente, que requiere de nuevas miradas, romper con viejos esquemas y buscar alternativas atrevidas para abordarla. ¿Cuán global es una crisis global? En los últimos años, y en especial después del derrumbe que se inició con el colapso de los esquemas financiarizados en Estados Unidos, en 2007, se ha escrito y hablado sobre una “crisis global”. Está muy presente en países como España, ya que fue arrastrada por aquella debacle, junto a otras naciones, como Irlanda o Grecia. Pero habría que preguntarse por qué una crisis en algunos países industrializados debe ser calificada como “global”. A los ojos de muchos en el Sur, no había nada de “global” en ella. Es que varios países en otras regiones no fueron muy afectados, y por el contrario, disfrutaron de altos precios en las materias primas, logrando un fuerte crecimiento económico (como ocurrió en buena parte de América Latina). No puede olvidarse que las crisis pasadas que afectaron al sur siempre tuvieron nombres regionales, como el “efecto Tequila” iniciada en México en 1994 o la crisis del “sudeste asiático” de 1997 que se difundió desde Tailandia, pero como no afectaban a los países industrializados no se las rotulaba como “globales”. Eran, por el contrario, problema de mexicanos o asiáticos. En cambio, cuando hay una crisis estadounidense o europea está pasa a ser calificada como “global”. La situación en el resto del planeta parece quedar en segundo plano, y darle ese toque planetario. Y sin duda sirve como fuente de legitimación para medidas políticas y económicas que en otras condiciones serían cuestionables, como la imposición de esquemas de austeridad. Consecuentemente, una crisis será llamada “global” no tanto por los espacios afectados, sino como resultado de quienes tienen el poder para imponer ese calificativo. O sea, lo global en la crisis en buena medida sigue dependiendo de las asimetrías en el poder internacional y de los saberes expertos que son sus ecos. Este es un primer ejemplo de las limitaciones e incapacidades que padecemos para poder analizar las actuales crisis. No dejo de reconocer que estamos ante una crisis, aunque debería ser caracterizada de un modo distinto a cómo se describe corrientemente la “crisis global”. Los problemas no se inician ni se reducen a lo que desencadenó el colapso bursátil de Estados Unidos, sino que tiene raíces profundas en cómo se entiende el desarrollo. Es así que así como hay severos problemas en Grecia o España, también se encontrarán otros en Colombia, Nigeria o Tailandia. ¿Cómo interpretamos el sur? En el marco de la crisis en el norte se mira al sur en general, y América Latina en particular, como fuente de ejemplos, sea para evitarlos o seguirlos. Es comprensible que cuando uno está inmerso en problemas severos, busque las vías de salida más cercanas, y el sur es una cantera de muchos ejemplos. Pero muchos de esos ejercicios vuelven a dejar en evidencia esa otra crisis en las formas de interpretar y analizar los que nos rodea. Algunas expresiones son muy burdas. Una de mis fuentes favoritas es la líder del PP madrileño, Esperanza Aguirre, que tiñe de comunismo a cuanta cuestión sudamericana no le gusta. Es obvio que calificar de comunismo al régimen de Chávez en Venezuela es saber poco y nada de lo que pasa en ese país, cómo sobre qué es el comunismo. Las tiendas ideológicas contrarias no están exentas de este problema, y allí las sensaciones son agridulces. Lo dulce está en valorar la relevancia que se le da a los ensayos de alternativas en nuestra América Latina, pero lo agrio radica en que no son pocas las veces en que se cae en simplismos y deformaciones, sea en un sentido o en otro. La reciente entrevista al filósofo italiano Tony Negri, que le realizara Pablo Iglesias (en su rol periodista) tiene lo dulce, ya que Negri es una persona interesante y muchos de nosotros sin duda comulgaremos con ese espíritu de enfrentar el capitalismo o buscar otras opciones desde las clases populares. Pero en las referencias de Negri a lo que sucede (o sucedió) en América Latina hay muchos errores, simplificaciones y superficialidades. Es esto lo que deja el sabor amargo. Negri, por ejemplo, dice que “Bolsa Familia”, el enorme programa de ayudas monetarias mensuales a los sectores más pobres, es un “fenómeno revolucionario absoluto” del gobierno Lula da Silva en Brasil. En realidad, el sistema de pagos en dinero, mes a mes, no es una invención de la gestión Lula, y tiene una historia mucho más antigua. Comenzó a usarse en México muchos años antes, y bajo el amparo del asistencialismo del Banco Mundial. Programas de ese tipo de difundieron por toda América Latina, y en Brasil lo implantó el gobierno conservador de Fernando Henrique Cardoso. La administración Lula centralizó varios programas separados y le dio un enorme alcance hasta llegar a beneficiar a 14 millones de familias en 2014. No estoy diciendo que esa ayuda financiera a los sectores más pobres no sea importante. Pero, ¿eso es revolución? ¿Enfrentaremos la crisis con esquemas de pagos mensuales?  Preguntas como estas justifican que estos mecanismos de asistencialismo financiarizado se encuentran bajo fuertes debates en América Latina. No me refiero a las críticas de sectores conservadores, que se desentienden de cualquier instrumento de justicia social, sino que aludo a discusiones en el seno de la izquierda y el progresismo, que parecería que Negri ignora a pesar de sus visitas a nuestro continente. Se debate, por ejemplo, que ese instrumento económico deja relegadas otras dimensiones de la justicia, como por ejemplo las referidas a vivienda, educación o empleo. La justicia social se encoge sobre una justicia económica distributiva primero, y luego, sobre un mecanismo de asistencia financiera. Eso genera situaciones raras, como ocurre en Brasil, donde si se mide la calidad de vida por la propiedad de teléfonos móviles hubieron notables mejoras, pero si se examina el acceso al agua potable o el saneamiento,  se padeció un estancamiento. A su vez, gobiernos como el de Lula da Silva, usan esos pagos mensuales para fines muy distintos a la justicia social, como es generar adhesiones electorales en sectores populares que antes les eran esquivos, y compensar así la pérdida de votantes entre los militantes clásicos (de clase media, urbanizados). Por todo esto, cuando Negri dice que Bolsa Familia ha sido “revolucionaria”, ese calificativo rechina en los oídos del sur. Para muchos militantes sociales brasileños, mecanismos como Bolsa Familia y otras compensaciones económicas, no sólo no son revolucionarias, sino que se han convertido en instrumentos de desmovilización ciudadana y resignada aceptación de impactos urbanos y rurales, mientras el gobierno apoyaba grandes empresas. “Te contamino, pero te pago cada mes un dinerito” – es lo que muchos de ellos viven. Hago aquí una pausa para reconocer que exagerar la bondades del progresismo sudamericano, o incluso llamarlo revolucionario, puede ser comprensible en Europa. Enfrentados al desolador panorama de los gobiernos como el español, alemán o italiano, ejemplos como las de Lula da Silva y otros progresistas del sur, significarían un avance enorme ante tanto conservadurismo. Si a uno le obligan a escoger entre un Lula o un Rajoy, dígame, ¿con quién se quedaría? También sabemos que las simplificaciones pueden ocurrir cuando se mira desde afuera a otro país o un continente distinto. Sin duda nos sucede a nosotros, desde América del Sur, cosas similares cuando opinamos sobre el declive del Partido Popular o la novedad que pueda encerrar Podemos. Pero de todos modos, estos ejemplos muestran que persiste el problema de instrumentos y conceptos analíticos insuficientes o limitados en entender la crisis, en identificar opciones a seguir o evitar, y así sucesivamente. Se cae en visiones simplistas y no se las contrasta con lo que realmente ocurre en la sociedad o el ambiente. Limitados ante el desborde Es cierto que estamos inmersos en una crisis. Pero en ella se encuentra otra: las limitaciones, e incluso los colapsos, en las formas por las cuales reconocemos, entendemos o analizamos esas crisis. No sólo hay problemas en las políticas y economías de los países, sino que hay unas enormes dificultades en cómo los economistas, sociólogos, los políticos, los militantes y la sociedad en su conjunto, intentan aprehender todas esas problemáticas. Es algo así como una limitación epistemológica, ya que los esquemas de análisis, comprensión y sensibilidad, parecen incapaces de asir las dinámicas sociales y económicas de situaciones que nos desbordan. Apenas nos contentamos con lidiar con sus destellos, sus vértices más agudos, incapaces de disecar los detalles o hurgar en sus esencias. Es que los mecanismos y conceptos de análisis convencionales son parte de un mundo, de una forma de entender las cosas, que se están resquebrajando. Bajo este contexto de una doble crisis, una global que incluye además una de entendimientos, esta “Esquina Sur” intentará avanzar en los dos frentes a la vez. Por un lado, entender mejor la crisis contemporánea, buceando en las variedades, los matices y las contradicciones, y en particular aquellas que surgen de América Latina y son interesantes para los debates europeos. Por otro lado, rescatar otros modos de descubrir, interpretar y analizar todas estas crisis, las nuestras y las suyas.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En el marco de una crisis que discurre en varios frentes a la vez, desde la política al ambiente, se intentan muy diversas interpretaciones, y se apuesta a posibles vías de salida. Esas condiciones son a veces tan acuciantes que ocultan otra crisis más profunda, no siempre entendida y muchas veces relegada: nuestros modos de entender, sentir y analizar estas crisis, también están colapsando. Dicho de otro modo, estamos en una crisis de interpretación dentro de esa otra crisis multidimensional.</p>
<p>Quisiera fundamentar esta preocupación apelando a un par de breve ejemplos, donde la mirada desde América Latina, desde esa “esquina en el sur”, ofrece algunas ventajas. Y a la vez dejar expresada una intencionalidad para futuros aportes: esta crisis es tan pero tan compleja, entrelazada y persistente, que requiere de nuevas miradas, romper con viejos esquemas y buscar alternativas atrevidas para abordarla.</p>
<p><strong>¿Cuán global es una crisis global?</strong></p>
<p>En los últimos años, y en especial después del derrumbe que se inició con el colapso de los esquemas financiarizados en Estados Unidos, en 2007, se ha escrito y hablado sobre una “crisis global”. Está muy presente en países como España, ya que fue arrastrada por aquella debacle, junto a otras naciones, como Irlanda o Grecia.</p>
<p>Pero habría que preguntarse por qué una crisis en algunos países industrializados debe ser calificada como “global”. A los ojos de muchos en el Sur, no había nada de “global” en ella. Es que varios países en otras regiones no fueron muy afectados, y por el contrario, disfrutaron de altos precios en las materias primas, logrando un fuerte crecimiento económico (como ocurrió en buena parte de América Latina).</p>
<p>No puede olvidarse que las crisis pasadas que afectaron al sur siempre tuvieron nombres regionales, como el “efecto Tequila” iniciada en México en 1994 o la crisis del “sudeste asiático” de 1997 que se difundió desde Tailandia, pero como no afectaban a los países industrializados no se las rotulaba como “globales”. Eran, por el contrario, problema de mexicanos o asiáticos.</p>
<p>En cambio, cuando hay una crisis estadounidense o europea está pasa a ser calificada como “global”. La situación en el resto del planeta parece quedar en segundo plano, y darle ese toque planetario. Y sin duda sirve como fuente de legitimación para medidas políticas y económicas que en otras condiciones serían cuestionables, como la imposición de esquemas de austeridad.</p>
<p>Consecuentemente, una crisis será llamada “global” no tanto por los espacios afectados, sino como resultado de quienes tienen el poder para imponer ese calificativo. O sea, lo global en la crisis en buena medida sigue dependiendo de las asimetrías en el poder internacional y de los saberes expertos que son sus ecos. Este es un primer ejemplo de las limitaciones e incapacidades que padecemos para poder analizar las actuales crisis.</p>
<p>No dejo de reconocer que estamos ante una crisis, aunque debería ser caracterizada de un modo distinto a cómo se describe corrientemente la “crisis global”. Los problemas no se inician ni se reducen a lo que desencadenó el colapso bursátil de Estados Unidos, sino que tiene raíces profundas en cómo se entiende el desarrollo. Es así que así como hay severos problemas en Grecia o España, también se encontrarán otros en Colombia, Nigeria o Tailandia.</p>
<p><strong>¿Cómo interpretamos el sur?</strong></p>
<p>En el marco de la crisis en el norte se mira al sur en general, y América Latina en particular, como fuente de ejemplos, sea para evitarlos o seguirlos. Es comprensible que cuando uno está inmerso en problemas severos, busque las vías de salida más cercanas, y el sur es una cantera de muchos ejemplos.</p>
<p>Pero muchos de esos ejercicios vuelven a dejar en evidencia esa otra crisis en las formas de interpretar y analizar los que nos rodea. Algunas expresiones son muy burdas. Una de mis fuentes favoritas es la líder del PP madrileño, Esperanza Aguirre, que tiñe de comunismo a cuanta cuestión sudamericana no le gusta. Es obvio que calificar de comunismo al régimen de Chávez en Venezuela es saber poco y nada de lo que pasa en ese país, cómo sobre qué es el comunismo.</p>
<p>Las tiendas ideológicas contrarias no están exentas de este problema, y allí las sensaciones son agridulces. Lo dulce está en valorar la relevancia que se le da a los ensayos de alternativas en nuestra América Latina, pero lo agrio radica en que no son pocas las veces en que se cae en simplismos y deformaciones, sea en un sentido o en otro.</p>
<p>La reciente entrevista al filósofo italiano Tony Negri, que le realizara Pablo Iglesias (en su rol periodista) tiene lo dulce, ya que Negri es una persona interesante y muchos de nosotros sin duda comulgaremos con ese espíritu de enfrentar el capitalismo o buscar otras opciones desde las clases populares. Pero en las referencias de Negri a lo que sucede (o sucedió) en América Latina hay muchos errores, simplificaciones y superficialidades. Es esto lo que deja el sabor amargo.</p>
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<p>Negri, por ejemplo, dice que <a href="http://www.mds.gov.br/bolsafamilia/RelatorioGestao2014.pdf.pagespeed.ce.-t0LhupiRB.pdf">“Bolsa Familia</a>”, el enorme programa de ayudas monetarias mensuales a los sectores más pobres, es un “fenómeno revolucionario absoluto” del gobierno Lula da Silva en Brasil. En realidad, el sistema de pagos en dinero, mes a mes, no es una invención de la gestión Lula, y tiene una historia mucho más antigua. Comenzó a usarse en México muchos años antes, y bajo el amparo del asistencialismo del Banco Mundial. Programas de ese tipo de difundieron por toda América Latina, y en Brasil lo implantó el gobierno conservador de Fernando Henrique Cardoso. La administración Lula centralizó varios programas separados y le dio un enorme alcance hasta llegar a beneficiar a 14 millones de familias en 2014.</p>
<p>No estoy diciendo que esa ayuda financiera a los sectores más pobres no sea importante. Pero, ¿eso es revolución? ¿Enfrentaremos la crisis con esquemas de pagos mensuales?  Preguntas como estas justifican que estos mecanismos de asistencialismo financiarizado se encuentran bajo fuertes debates en América Latina. No me refiero a las críticas de sectores conservadores, que se desentienden de cualquier instrumento de justicia social, sino que aludo a discusiones en el seno de la izquierda y el progresismo, que parecería que Negri ignora a pesar de sus visitas a nuestro continente.</p>
<p>Se debate, por ejemplo, que ese instrumento económico deja relegadas otras dimensiones de la justicia, como por ejemplo las referidas a vivienda, educación o empleo. La justicia social se encoge sobre una justicia económica distributiva primero, y luego, sobre un mecanismo de asistencia financiera. Eso genera situaciones raras, como ocurre en Brasil, donde si se mide la calidad de vida por la propiedad de teléfonos móviles hubieron notables mejoras, pero si se examina el acceso al agua potable o el saneamiento,  se padeció un estancamiento.</p>
<p>A su vez, gobiernos como el de Lula da Silva, usan esos pagos mensuales para fines muy distintos a la justicia social, como es generar adhesiones electorales en sectores populares que antes les eran esquivos, y compensar así la pérdida de votantes entre los militantes clásicos (de clase media, urbanizados).</p>
<p>Por todo esto, cuando Negri dice que Bolsa Familia ha sido “revolucionaria”, ese calificativo rechina en los oídos del sur. Para muchos militantes sociales brasileños, mecanismos como Bolsa Familia y otras compensaciones económicas, no sólo no son revolucionarias, sino que se han convertido en instrumentos de desmovilización ciudadana y resignada aceptación de impactos urbanos y rurales, mientras el gobierno apoyaba grandes empresas. “Te contamino, pero te pago cada mes un dinerito” – es lo que muchos de ellos viven.</p>
<p>Hago aquí una pausa para reconocer que exagerar la bondades del progresismo sudamericano, o incluso llamarlo revolucionario, puede ser comprensible en Europa. Enfrentados al desolador panorama de los gobiernos como el español, alemán o italiano, ejemplos como las de Lula da Silva y otros progresistas del sur, significarían un avance enorme ante tanto conservadurismo. Si a uno le obligan a escoger entre un Lula o un Rajoy, dígame, ¿con quién se quedaría?</p>
<p>También sabemos que las simplificaciones pueden ocurrir cuando se mira desde afuera a otro país o un continente distinto. Sin duda nos sucede a nosotros, desde América del Sur, cosas similares cuando opinamos sobre el declive del Partido Popular o la novedad que pueda encerrar Podemos.</p>
<p>Pero de todos modos, estos ejemplos muestran que persiste el problema de instrumentos y conceptos analíticos insuficientes o limitados en entender la crisis, en identificar opciones a seguir o evitar, y así sucesivamente. Se cae en visiones simplistas y no se las contrasta con lo que realmente ocurre en la sociedad o el ambiente.</p>
<p><strong>Limitados ante el desborde</strong></p>
<p>Es cierto que estamos inmersos en una crisis. Pero en ella se encuentra otra: las limitaciones, e incluso los colapsos, en las formas por las cuales reconocemos, entendemos o analizamos esas crisis. No sólo hay problemas en las políticas y economías de los países, sino que hay unas enormes dificultades en cómo los economistas, sociólogos, los políticos, los militantes y la sociedad en su conjunto, intentan aprehender todas esas problemáticas.</p>
<p>Es algo así como una limitación epistemológica, ya que los esquemas de análisis, comprensión y sensibilidad, parecen incapaces de asir las dinámicas sociales y económicas de situaciones que nos desbordan. Apenas nos contentamos con lidiar con sus destellos, sus vértices más agudos, incapaces de disecar los detalles o hurgar en sus esencias. Es que los mecanismos y conceptos de análisis convencionales son parte de un mundo, de una forma de entender las cosas, que se están resquebrajando.</p>
<p>Bajo este contexto de una doble crisis, una global que incluye además una de entendimientos, esta “Esquina Sur” intentará avanzar en los dos frentes a la vez. Por un lado, entender mejor la crisis contemporánea, buceando en las variedades, los matices y las contradicciones, y en particular aquellas que surgen de América Latina y son interesantes para los debates europeos. Por otro lado, rescatar otros modos de descubrir, interpretar y analizar todas estas crisis, las nuestras y las suyas.</p>
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