Conscientes del ruido de fondo

Ellos, los dueños de los días

actúan por la vía láctea con prisas de tijeras.

“Lluvia de estrellas” (María Ángeles Maeso)

Las lecturas y relecturas del verano quizás nos han ayudado a alimentar esperanzas mientras contemplábamos como el retrato del mundo cabía en una playa. Recoger las botellas y los plásticos que otros dejan abandonados en la arena es inevitable cuando nos avergonzamos, ante el mar y la naturaleza, de algunos de nuestros congéneres.

Tener un buen libro cerca siempre reconforta. Abrirlo desde el papel o el dispositivo electrónico que lo cobija no marca la diferencia más importante, que es la que depende de hacerlo buscando algún sentido a todo cuanto nos rodea. Existe un “ruido de fondo” de la realidad del que una buena novela no puede prescindir (al menos así señalaba Italo Calvino).

El ruido de fondo forma parte del barro con el que la/el novelista crea su mundo. Lo escuchamos mientras se narra la historia, nos ancla en las relaciones de poder que hacen que la humanidad nunca haya sido del todo feliz. Desde el ejercicio intelectual y emocional que es la escritura, también se puede indagar en las contradicciones del relato del desarrollo.

Detrás de aquella crueldad de poder impenetrable e institucionalizado que lleva a Josef K. en El proceso (1925) a ser arrestado una mañana había una maquinaria que anulaba al individuo. Franz Kafka nos deja escucharlo como ruido de fondo: hay un culpable tras ese malestar, hay una obediencia a las inercias del pasado que nos estrangula. Lo mismo ocurre en La metamorfosis. Gregorio Samsa prefiere renunciar a vivir como humano porque ser persona no es coherente con esa obediencia esclava.

Desde el privilegio que concede la libertad, el novelista puede parodiar el paradigma del tiempo que le toca vivir. Un paradigma que provoca que una se sienta marciana la mayoría de las veces que hace un esfuerzo por ver las noticias en la televisión (no hay excepciones) y reflexiona sobre los valores en los que estamos enmarcando el contexto de cada información.

A inicios del siglo XXI el sentimiento de malestar puede guardar algunos paralelismos con lo que ocurrió en los albores del siglo XX, cuando la modernidad (estética) supuso una quiebra total con lo existente y el mundo literario buscó formas nuevas, intentó reformular los valores. Las novelas de entonces pretendían describir el mundo en su caótica impenetrabilidad, en la imposibilidad de comprenderlo en su totalidad. Occidente parecía haber tomado conciencia, de repente, de la complejidad del mundo (Christine Zschirnt, 2006).

Los escritores/as más reconocidos de la época se apartaron del modelo de relato lineal, de esa estructura lógica y esa demanda de que “ocurran cosas” que tanto vende en el mercado editorial de nuestra época. Robert Musil, Virginia Woolf, Joyce o Proust declararon que ese esquema resultaba inadecuado para describir la complejidad del mundo.

Sigue siendo imposible que la complejidad de nuestro tiempo quepa en novelas masticadas que impiden ejercer el pensamiento y la reflexión más profunda de quiénes somos y cuál es nuestro proyecto como humanidad. En la preocupación de cuantificar si se lee o no se lee se olvida que también es importante contar con políticas públicas que promuevan la bibliodiversidad. No es el mercado por sí solo quien pone en valor las obras literarias más relevantes. Tampoco son las lista de los libros más vendidos las reconocen a la literatura que transforma, sino más bien las que contribuyen a prender las hogueras de antaño. Por eso se necesitan políticas que den valor a la calidad literaria y promuevan lecturas que amplíen nuestra mirada.

Pero si el reconocimiento de la complejidad del mundo es una obviedad, no lo parece tanto que desde la ficción, y su ruido de fondo, sea imposible descorrer el telón a ciertas dinámicas espurias que nos llevan al desastre medioambiental o al incremento de las desigualdades. Es más, poner de manifiesto cuáles son las causas de estas supone nuevas búsquedas que sirven de leitmotiv de esa literatura que recupera el anclaje del autor/a con el tiempo que le toca vivir.

Hace más de cien años, Joseph Conrad exigía para el autor de obras de ficción “muchos actos de fe entre los cuales el primero habría de ser que alimentara una esperanza imperecedera” (Fuera de la literatura, 2009):

Lo que se percibe como yermo sin esperanza de ninguna clase en el pesimismo militante no es más que arrogancia. Es como si el descubrimiento que han hecho muchos hombres en momentos muy distintos de la historia, es decir, que el mal abunda en el mundo, fuese una fuente de alegría orgullosa y malsana entre algunos de los escritores modernos. Esa manera de pensar no es la adecuada si se aspira a abordar con seriedad el arte de la ficción.

Reflejar ese ruido de fondo encadenando letras no siempre es fácil de conseguir, pero lo hemos escuchado en muchas de las novelas contemporáneas. Abunda en las obras de Belen Gopegui o Rafael Chirbes, y en novelas como Freedom (2010), de Jonathan Franzen; Middlesex (2002), de Jeffrey Eugenides o El jardinero fiel (2001), de John Le Carré. También en otras menos conocidas como la Sombra del jaguar, de Rafael Bernardi o Los últimos días del Ché, de Juan Ignacio Siles.

Las grandes novelas –como nos dice Jorge Volpi (Leer la mente, 2011)- no nos reconfortan: nos desafían. No nos alegran la tarde: cambian, literalmente, nuestras vidas”. La humanidad siempre construyó relatos que hablaban de quiénes éramos y del contexto que habitábamos, libros que incluían el ruido de fondo, que nos ayudaban a expresar sentimientos y a ser capaces de imaginar otros mundos. A las lectoras/es les gusta saborear esa realidad que reconocían o deseaban.

Para recuperar la ilusión en un proyecto más inclusivo necesitaremos relatos que amplíen nuestras fronteras no que cerquen nuestras mentes. Conrad escribía que la búsqueda de la felicidad es el único tema que legítimamente le cabe desarrollar al narrador que sea de veras cronista de las vicisitudes del género humano en medio de los peligros que abundan en el reino de la tierra. Y añade: “ (…) se precisa de valentía para adentrarse con calma allí donde cualquier mentecato temerario puede estar ansioso de precipitarse”.

Raquel Martínez-Gómez

Me siento del Sur. Las palabras no solo las define la geopolítica. Escribo ficción porque creo en el poder transformador de la literatura. Abogo por las formas culturales no dominantes, las actitudes solidarias y la ética del cuidado frente al egoísmo y codicia universales.

Raquel Martínez-Gómez
Me siento del Sur. Las palabras no solo las define la geopolítica. Escribo ficción porque creo en el poder transformador de la literatura. Abogo por las formas culturales no dominantes, las actitudes solidarias y la ética del cuidado frente al egoísmo y codicia universales.

6 Comentarios

  1. Ra, gracias, gracias por la palabra que hila y nos da esperanza, por recordarnos el poder que está tatuado en la literatura…gracias porque tu pluma no para

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  2. Magnifico articulo. Inteligente. Sereno.

    Y magnifico blog, todo.

    También el conjunto de la blogesfera.

    Gracias por esto!

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  3. Excelente Raquel!!. Abrazos.

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  4. Siempre vigente Conrad. Muy bien elegidos los fragmentos que citaste. Te considero una escritora comprometida con su tiempo y sé que vas a describir ese “ruido de fondo” disminuyendo los dolores que desde siempre ha sufrido la humanidad. También se puede “denunciar” encarando la realidad con optimismo.

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  5. Muy interesante tu blog, no había tenido la oportunidad de ingresar y me encanto, lei dos de tus invitados y me gustaron, felicidades abrazos.

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  6. Raquel me encantó este artículo.

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Sobre este blog: Un blog de literatura que transforma